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07:34h. Miércoles, 26 de Julio de 2017

El milenarismo y la primera evangelización en la Nueva España

Eduardo Celaya Díaz

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

La tarea evangelista en el territorio de la Nueva España fue llevada a cabo en un principio por los frailes menores, los franciscanos, por orden y permiso expresa del Papa. Sin embargo, la ideología y propias metas de los franciscanos pronto se verían encontradas con las necesidades de los colonizadores y provocarían serios conflictos de intereses. La tradición Milenarista de la orden, junto con la esperanza de la pobreza y ausente corrupción en las poblaciones indígenas llevarían a los franciscanos a promover un plan de acción enfocado a preparar la llegada de los últimos tiempos, antes que preparar al indio para trabajar para el encomendero. La llegada de los monjes franciscanos a tierras mesoamericanas se dará incluso antes de la consumación de la conquista. Su actuación en las tierras de América se remonta incluso al periodo antillano, en el que se les encarga la educación de los hijos de la nobleza aborigen. Pero antes de abordar la labor evangelizadora de los franciscanos, es necesario hacer un recorrido por la tradición ideológica de la orden, de tal manera que sea comprensible el modo de acción que llevaron a cabo en la Nueva España.

 

El Milenarismo, Joaquín de Fiore y San Francisco de Asís

La protección del cristianismo y su difusión a tierras no creyentes fue una misión importante desde antes del descubrimiento de América. Para el siglo XIII se exploró la posibilidad de convertir a los mongoles en las expediciones al Extremo Oriente, además de buscar la reconquista de los Santos Lugares, rodear el Mediterráneo islámico y convertir a los judíos, con el fin de acabar con el Islam. ”Mongoles y judíos deben ser cristianizados lo antes posible […] éstos aliados a los cristianos de Occidente podrán contribuir a la derrota y al exterminio definitivo del Islam”.[1] Con la interrupción del camino al continente asiático, la caída de Constantinopla, representó un obstáculo a la expansión del cristianismo por parte de los franciscanos, de ahí que el descubrimiento de las tierras americanas reavivara las esperanzas escatológicas de la Orden.

San Francisco de Asís, su fundador, cimentaba su misma existencia a la necesidad de vivir en pobreza. Para poder ir en contra de la corrupción y el abandono de Dios, que se vivió en la Edad Media, era necesario enfrentar la sociedad estratificada y jerarquizada, basada en la posesión de bienes, por lo tanto los pobres serán quienes deban llevar la palabra de Dios, “los doce compañeros de San Francisco son en primer lugar los humildes, los últimos de todos, los hermanos menores”.[2] La pobreza era una condición necesaria para que se cumplieran las profecías, es decir, las promesas del advenimiento de Cristo. Joaquín de Fiore, abad cisterciense del siglo XII, fue autor de varias obras de corte escatológico que habrían de preocupar a la Iglesia. En ellas se postulaba la caída de la Iglesia jerárquica, el regreso de Cristo, el inicio de una nueva edad de la humanidad, en que el Espíritu Santo inspiraría al hombre a vivir en igualdad y paz, y en todas ellas hacía hincapié en la necesidad de la vida en pobreza. La iglesia institucionalizada se llega a comparar con la nueva Babilonia, inclinada a la posesión de bienes, y la destrucción de esta nueva Babilonia fue el eje central de la lectura joaquinista. Además, “estaba destinada a dejar paso, después de la conversión de los judíos y de los gentiles y la eliminación de los infieles, a la Iglesia de los religiosos, al reinado monástico de la caridad pura”.[3]

El ideal de San Francisco de Asís, fundamentado en la vida en pobreza, se vio degradada poco a poco con el paso del tiempo. Incluso algunas facciones de la Orden, como los llamados espirituales, en el siglo XIV llegaron a ser disueltos por orden papal. La ideología de abolición de la Iglesia institucionalizada, y la fundación de una nueva Iglesia de los pobres habría de subsistir. “Las interpretaciones apocalípticas de la historia son revalorizadas […] con el descubrimiento de América”.[4]

 

La influencia milenarista en la primera evangelización

Una nueva reforma habría de ser importante para los franciscanos evangelizadores de la Nueva España. El padre fray Juan de Guadalupe, por medio de una visita a Roma, obtuvo el regreso a los ideales franciscanos, fundamentados en la imitación de su fundador, San Francisco de Asís. Esta reforma inició con la instauración de una casa experimental en Granada, la cual terminó en fracaso, pero se revitalizarían grandemente en tierras americanas. Badout señala bien que esta reforma “había basado su creación en una vuelta a las tradiciones extremistas propias de los visionarios ‘espirituales’ y por lo tanto sobre las perspectivas apocalípticas del joaquinismo, que recibían así nuevo impulso”.[5] Por medio de  estas ideas es que se buscó explicar la existencia de una nueva tierra y, sobre todo, de una nueva población, de la que no se hace referencia en las Sagradas Escrituras. La misión de los franciscanos quedaba clara: la conversión de los indios, “últimos gentiles ocultos hasta entonces por la impenetrable voluntad divina”,[6] sería el requisito necesario para preparar la llegada de los últimos tiempos. Parte importante de la conversión, según lo vieron los evangelizadores, era conocer a fondo la propia historia de los indios, para poder combatir las herejías y falsas religiones que profesaban, pues postulaban que no se puede transformar y derrotar a lo que no se conoce. La labor etnográfica presentaba una clara ventaja a los franciscanos: “clarificar y hacer inteligibles creencias y ritos idolátricos prehispánicos, mal conocidos y por eso mismo difíciles de combatir”.[7]

Las acciones de los evangelistas franciscanos se pueden ver, entonces, motivadas por las esperanzas escatológicas de Fiore y el guadalupanismo, con claras finalidades milenaristas. El indio, además, se presentó a los religiosos como el aprendiz perfecto, abierto a cambiar sus creencias, a aceptar las nuevas verdades, y sobre todo, vivía en la pobreza, a diferencia del español, corrompido por las riquezas y la ambición por la posesión de bienes materiales. Surge entonces la necesidad de separar a los indios de los españoles, impedir su contaminación y corrupción, y crear dos naciones, “la de los indios es natural […] la nación de los españoles es advenediza y acrecentada”.[8] Los esfuerzos de los franciscanos son, evidentemente, señalados como un movimiento separatista por la Audiencia de México, y al incluir a los indios en la economía monetarizada, por medio del cobro del diezmo, los franciscanos se ven en una lucha desesperada por preservar la pureza de los indígenas. La hispanización de los indios era lo que menos deseaban, y por tanto sería necesario conservar las raíces de éstos pueblos, junto con el conocimiento de su pasado, iniciando así las empresas etnográficas que habrían de caracterizar éstos primeros tiempos de evangelización. “La barrera de la lengua y las costumbres parecía altamente saludable para edificar un estado indocristiano preservado de los vicios y de las ambiciones que habían alejado a los españoles de las promesas del Apocalipsis”.[9]

 

La lengua de la evangelización

A la llegada de los franciscanos a tierras mesoamericanas existía una gran variedad de lenguas, siendo el náhuatl la principal, por la misma dominación que los mexicas ejercían en el Valle de México. Los religiosos vieron en la lengua de los indios una importante herramienta para evitar la hispanización de los indígenas, por lo que su aprendizaje y difusión fue una de sus principales métodos de acción, lo cual habría de confrontarlos con la metrópoli. “La meta de la Corona fue siempre, en un afán simplificador destinado a administrar mejor las inmensas poblaciones que caían bajo su dominio, extender en toda Mesoamérica la lengua, las costumbres y las instituciones de Castilla”.[10]

Por Real Cédula se ordenó, en 1510, la enseñanza del castellano a los indios, orden que los franciscanos no acataron. La Corona argumentó que ésta orden se daba por la dificultad de explicar los misterios del cristianismo en lenguas autóctonas, aunque en realidad las razones políticas eran las que más pesaban: se temía que los religiosos llegaran a entenderse con los indígenas en un afán por separarse del dominio de Castilla. La enseñanza en lengua náhuatl a los indígenas se llegó a calificar de diabólica, inspirada por los males del Demonio, y se proponía la mezcla de las poblaciones indígenas y españolas para lograr una verdadera unificación de las tierras americanas. Las políticas de castellanización se acentuarían para el año de 1590, ante la negativa de la Orden franciscana de acatar las ordenanzas reales. La labor de los franciscanos, sin embargo, habría dado frutos antes de estas nuevas prohibiciones, pues la difusión de la lengua náhuatl adquirió tal importancia que incluso se elaboraron traducciones de los textos más importantes del cristianismo a ésta lengua. Procuraron sobre todo, evitar dar al cristianismo dar un carácter extranjero, hacer la religión católica algo propio de los indígenas, y sobre todo, evitar los sincretismos, “de ahí que surja para intentar remediarlo, para actuar a contracorriente, un extraordinario esfuerzo para proporcionar en las lenguas vernáculas de México los mayores textos del dogma cristiano”.[11]

Las obras traducidas por los franciscanos no fueron bien recibidas por las autoridades ni la metrópoli, sufriendo muchas veces de censura y confiscación. “Estas contrariedades intervenían con preferencia para entorpecer la difusión de obras realizadas por Frailes Menores sospechosos de ilusiones milenaristas y de sueños autonomistas”.[12] Para 1565 la prohibición de la posesión de estos textos por los indios se hizo oficial, siendo incluso prohibidas las traducciones en el Concilio de Trento. Las inspecciones y confiscaciones se hicieron cada vez más peligrosas para los ideales de los Frailes Menores. Sin embargo, y a pesar de las dificultades, la misión de los franciscanos no se vería detenida, “el estudio, la práctica y la difusión de las lenguas mexicanas constituían la otra página de un programa bien construido de acción milenarista,[13] acción que buscaba fines más trascendentes que la administración de las tierras por la Corona en Castilla. El paso siguiente sería la creación de instituciones que protegieran la instrucción de los indios en la religión cristiana, al mismo tiempo que preservaran su pureza y los alejara de la hispanización.

 

El Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco

La educación de los indios, si bien era obligación de las órdenes religiosas, tuvo su inicio con los franciscanos, con la creación de centros de enseñanza, en los que se enseñaba a leer, escribir, cantar, ayudar en misa, y los elementos básicos de trabajos manuales que se consideraba, todo indígena debía saber. La educación secundaria sería también propuesta de los Frailes Menores, aunque tardaría más en llegar, ya que ni los dominicos ni los agustinos cubrieron esta necesidad. La inspiración para estos centros de enseñanza la encontraron los franciscanos en el Calmecac, en donde eran educadas las clases nobles para el sacerdocio. La misma función que el Calmecac cubría en tiempos prehispánicos era lo que los franciscanos buscaban. Esta institución era dirigida por un sacerdote y era protegida por Quetzalcóatl, y se vivía en un ambiente de disciplina y misticismo similar al de un monasterio. Gracias a esta tradición fue que los franciscanos vieron la posibilidad de fundar el colegio de Santa Cruz de Tlatelolco.

“Los orígenes del colegio de Tlatelolco, en efecto, se sitúan en el núcleo de un debate precoz y virulento sobre la capacidad y las cualidades del indio en 1533”.[14] La postura que sostenía que los indios eran inferiores intelectualmente, y por tanto debían ser gobernados, no escapó de las mentalidades religiosas, pues se sabe de religiosos dominicos, como fray Domingo de Betanzos, que sostenían esta idea. Sin embargo, la defensa de los indios se apoyó en varios factores, por ejemplo, la magnificencia de las ciudades prehispánicas, o la búsqueda de una verdad religiosa que, según fray Jacobo de Tastera, se ve reflejada en la cantidad de ritos y religiones paganas, que simplemente buscaban la conexión con la divinidad. La creación del colegio de Santa Cruz de Tlatelolco será, pues, uno de los puntos más fuertes en que los franciscanos continuarán con su misión evangelizadora.

La enseñanza impartida en este colegio fue siempre proporcionada por los franciscanos, y causaba tal admiración acerca de la capacidad de los indígenas, que la Corona misma exploró la posibilidad de la creación de una universidad en México, proyecto que no se concretó. El colegio pronto se convirtió en “un centro de investigaciones sobre el pasado histórico, la lengua, la sociedad y las costumbres de los Mexica”.[15] Los mismos estudiantes se volvieron en fuentes de información para los etnólogos franciscanos, “eran numerosos, elegidos y desempeñaban un papel crucial en la preservación minuciosa de las cosas de su pasado”.[16]

El destino del colegio de los franciscanos, sin embargo, no sería beneficioso, pues una de sus misiones era la de formar las bases para la creación de un clero mexicano, fundamentalmente indígena, cosa que ni los españoles, ni el clero secular, ni los dominicos vieron con buenos ojos. “El colegio de Santa Cruz de Tlatelolco había sido la institución ideal para permitir a los religiosos seráficos intentar la formación de los dirigentes indígenas que servirían de armazón para organizar el México que deseaban”.[17]

La labor de la redacción de las primeras crónicas novohispanas, como se ha visto, es fundamentalmente franciscana, con miras a la preservación de la autenticidad y pureza del indio, para poder conservar su identidad y su vida en pobreza, en contraposición a la corrupción y el alejamiento de la cristiandad de los españoles. Antes de los franciscanos ya se habían hecho algunos trabajos etnográficos, específicamente el de fray Ramón Pane en las Antillas y el de fray Francisco de Bobadilla en Nicaragua, aunque sus fines eran más enfocados a fines políticos y personales, no para preservar la historia y la herencia cultural de los pueblos que estudiaron. Los franciscanos, en palabras de Badout, “emprendieron el inventario exhaustivo de la cultura de aquellos con los que querían construir la última etapa del destino humano”,[18] específicamente para poder cuidar, preservar y proteger “su originalidad protectora frente a la perversión de España, del Viejo Mundo, de la nueva Babilonia”.[19]

 

 

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Eduardo Celaya Díaz
(Ciudad de México, 1984) es actor teatral, dramaturgo e historiador. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos históricos.

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[1] Georges Badout, Utopía e historia en México. Los primeros cronistas de la civilización mexicana (1520-1569), Madrid, Espasa-Calpe, 1983, p. 87.

[2] Ibíd., p. 88.

[3] Ibíd., p. 90.

[4] Ibíd., p 92.

[5] Ibíd., p. 94.

[6] Ibíd., p. 95.

[7] Ibíd., p. 101.

[8] Ibíd., p. 99.

[9] Ibíd., p. 100.

[10] Ibíd., p. 103.

[11] Ibíd., p. 109.

[12] Ibíd.

[13] Ibíd., p. 113.

[14] Ibíd., p. 117.

[15] Ibíd., p. 122.

[16] Ibíd., p. 123.

[17] Ibíd.

[18] Ibíd., p. 128.

[19] Ibíd.