jueves. 09.07.2020
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Domingo monomaniaco

Esteban Cisneros

Domingo monomaniaco

Lleno de polvo, las manos negras, tirado en la alfombra. Los audífonos bien puestos, estéreo para el dolor de la semana. Los pies cansados y los ojos con resaca escondidos detrás de unas gafas negras, cerrados.

¿Por qué hay días así?

Estiro la mano para alcanzar la bufanda que está tirada a mi lado, recién comprada, vieja y llena de olores, azulgrana. Hay días de rituales, como el sabbath o el domingo o el viernes de juerga. Para mí hay uno, no específico, destinado a ir por la ciudad con el ansia de encontrar. No es algo filosófico, sin embargo. Soy melancólico, pero no de esa manera. Camino por las inmundas calles de León buscando discos, libros, revistas viejas, cassettes, películas. Es la triste vida que he elegido.

El ritual tiene que suceder. Como todo fervor religioso o vital no se interrumpe casi nunca, sólo cuando los días han succionado toda la vida que quedaba. O todo el dinero. Llenarse de polvo y suciedad entre bazares, tiraderos, garajes, sótanos, templos llenos de cosas viejas, de discos, de basura y tesoros, es tan necesario como la medicina de un enfermo. Porque al final nosotros, acumuladores de símbolos, coleccionistas de basura, somos unos enfermos.

La cosa es que, ¿ves?, nuestra medicina no cura. Alimenta la enfermedad.

Somos unos jodidos adictos. Una vez alguien me dijo que era como las señoras de sociedad que compran porque necesitan la emoción de comprar, el cuerpo y el cerebro piden ciertas sustancias que... Como sea, tal vez es cierto. Pero no puedes comparar el hallar una buena canción enterrada en un ático con nada.

En Pierrot el Loco, de Godard, el personaje de Belmondo se encuentra con un hombre obsesionado con una melodía. Con lo que me gusta la película, puedo asegurar que esa es mi parte favorita. El hombre silba esa canción, intentando reconocerla, preguntando a quien se encuentra. Y no da con el nombre de esa melodía. Es un enamoramiento loco, como los enamoramientos de verdad. He estado ahí, mi amigo. Te entiendo. Perfectamente.

Pero hoy todo duele demasiado como para que el ritual haya servido de algo. La caminata sólo sirvió para abrir las heridas de los pies; la piel no tiene su color y los ojos se me saldrán como pechos de una supervixen de Russ Meyer. Y no es todo. Adentro también duele. A bruised soul.

Tengo, eso sí, una bufanda nueva. Vieja, pero nueva. Azulgrana, como debe ser. Recuperé un disco que regalé hace mucho a un amigo al que ya no veo porque se fue del país (como todos, huir está de moda) y compré un 7" sólo porque me gustó su picture sleeve: una chica, un globo, una carretera. A que puedes armar una historia con esos tres elementos. Sí, vale, falta the gun, Godard, pero esas se pueden esconder fácilmente debajo del vestido. Supongamos que lleva una.

Me pongo la bufanda sobre la cara. La luz de tarde de domingo nunca me ha gustado. La de hoy es una luz como de aquella tarde en que tu equipo perdió la final. Siempre es así, la maldita tarde del domingo, como un rayón en tu disco favorito. Y todo duele. Duele mucho. Estoy agotado. Seco. Lleno de polvo y suciedad, con las manos negras. Los dedos tiznados casi siempre son señal de triunfo, de una batalla ganada, de un tesoro descubierto. Hoy no.

Hoy sólo suena un disco. En los audífonos, estéreo para el hastío y la tristeza del domingo. El mundo va a terminarse en un domingo y no será un gran bum sino un tremendo lloriqueo, una agonía con luz perdedora y sin música ni azúcar. Y el sábado previo será como anoche: una gran fiesta, en la que todo se construye para caerse.

Todos se divierten. Menos tú. La broma está en ti. De la euforia al fondo del vaso y del suelo en unos segundos. Scratch. Resbaló el disco, la canción se rompió, caíste en un pozo ciego de remordimientos. The needle and the damage done. Todo pasa en la quietud de la noche, mientras todo duerme, porque te atreviste a desafiarla.

Cuando sales a la noche sabes que tendrás que pagarla por el día. Nada es regalado. El problema es esta maldita pesadumbre. Sabía que perdería. Pero no sabía de qué manera.

Y tengo que levantarme. Se acabó la música. Hay que voltear la cara B y volver a la alfombra. Estéreo para el dolor de domingo. Y en lunes, tal vez, depende de cómo vaya la cosa, back to mono.

C/S.

 

***
Esteban Cisneros
(León, Guanajuato) es panza verde, músico de tres acordes, lector, escritor, dandi entre basura. Cuanto sabe lo aprendió entre surcos de vinilo y vermú. Está convencido de que la felicidad son los 37 minutos que dura el primer disco de Dexys Midnight Runners. Procura llevar una toalla a todos lados por si hay que hacer autoestop intergaláctico.

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