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22:04h. Martes, 19 de Marzo de 2019

Disfrutes Cotidianos

La dignidad por delante

Fernando Cuevas

Las políticas públicas sobre el trabajo, en contraste con las cada vez más impredecibles dinámicas laborales, junto con el desempleo y el subempleo como consecuencias indeseadas y con todas sus repercusiones tanto económicas como emocionales que alcanzan hasta los vínculos familiares, se han retratado desde diversas perspectivas en la pantallafílmica de aliento realista, desde la clásica Ladrón de bicicletas (de Sica, 1948) hasta las recientes películas de los hermanos Dardenne (Rosetta, 1999; Dos días, una noche, 2014) y Laurent Cantet (Recursos humanos, 1999; Tiempo de mentir, 2001).

La temática también ha merecido un serio tono de comedia, como se muestra enFull Monty (Cattaneo, 1997) yEl lado izquierdo del refrigerador (Falardeu, 2000), así como con cierto sabor agridulce presente enLos lunes al sol (de Araona, 2002) y enNubes pasajeras (Kaurismäki, 1996).Ejecutivos en paro o buscadores desesperados que están dispuestos a traspasar sus fronteras morales han desfilado en cintas como Arcadia (Costa-Gavras, 2005), El método (Piñeyro, 2005) y en la brillante novelaRecursos inhumanos (Alfaguara, 2017) de Pierre Lemaitre. Igual están la segregación por el origen étnico en Come, duerme, muere (Pichler, 2012) o las turbulencias y decisiones empresariales, en las que suelen perder los empleados, vistas en cintas como Roger & Me (Moore, 1989) y The Company Men (Wells, 2010).

Un carpintero y una madre soltera

Con cierto tono optimista a pesar de la difícil situación retratada, y dejando que sus personajes sigan dando batalla aún en los laberintos sin salidas visibles, como lo había planteado en Lloviendo piedras (1993) y En un mundo libre (2007), por citar dos casos de su extensa filmografía, el gran director de constantes apuntes sociales con cincuenta años en activo, Ken Loach (de Kes, 1967 a Jimmy’s Hall, 2014), presenta Yo, Daniel Blake (RU-Francia-Bélgica, 2016), filme oportuno y pertinente para los tiempos que corren, de profundas transformaciones en la organización social del trabajo, y que se llevó la Palma de Oro en el Festival de Cannes de aquel año, reconocimiento que el octogenario realizador inglés ya había obtenido con Vientos de libertad (2006).

Desde su título, el filme parece una declaración de principios que encarna su protagonista (Dave Johns, estoico y empático), un carpintero viudo atrapado entre la imposibilidad de trabajar –porprescripción médica- y el requerimiento de buscar empleo, esperando no encontrarlo a pesar de sí, querer mantenerse en activo, para de esa forma obtener el apoyo de la seguridad social mientras lo dejan volver al ruedo. Debe esperar una llamada que no llega, dar vueltas por las oficinas gubernamentales, solicitar ayuda para llenar formularios por internet y probar que está haciendo lo que se le indicó. No pide favores ni concesiones, sino simplemente un poco de lógica y sentido común. Kafka vive.

En uno de estos interminables trámites, mostrados desde el inicio con pantalla en negro mientras se escucha una entrevista entre el protagonista y una “especialista en salud”, cualquier cosa que ello signifique, en la que se sigue un protocolo tan cerrado como absurdo y fuera de contexto, conoce a Katie, una madre soltera (Hayley Squires, emotiva) con dos hijos pequeños, una niña vivaz y un niño aislado, que es tratada con la punta de la inflexibilidad burocrática: nuestro discreto héroe intenta defenderla y ambos son echados de la oficina, situación que genera un vínculo amistoso entre este hombre solitario y la pequeña familia.

Con guion de Paul Laverty, creando situaciones y diálogos con el debido acento en la verosimilitud, orientado a presentar personajes cercanos y empáticos, la historia se desarrolla a través de una fotografía funcional con algunos encuadres esclarecedores (el protagonista junto a un anuncio de una marca de prestigio), captando gestos y contextos que delinean con claridad estados de ánimo que sobrevuelan la desesperación (la escena en la banco de comida) y la esperanza de que algo tendrá que cambiar, a pesar de las señales en contra y de la incertidumbre que empuja a hacer casi lo que sea, con tal de sostener a la prole.

La cinta es directa y contundente en su planteamiento, ajena al uso de metáforas y sin andarse por las ramas, aunque sí aprovechando situaciones o personajes para construir contextos explicativos acerca de la situación que viven millones de mujeres con hijos por mantener y adultos mayores en un mundo cada vez más digital, globalizado (a pesar del Brexit) y complejo, donde el lápiz y el papel ya no son suficientes para desenvolverse en la cotidianidad. Pero en el realismo también caben momentos de humor compartido y emotividad expresada en la relación que establece Daniel consigo mismo y con quienes merecen su cercanía.

La inflexibilidad de los mercados de trabajo característicos de los países desarrollados, particularmente europeos, y la tendencia privatizadora de servicios públicos dizque para buscar una mayor eficiencia, se retratan con nitidez y desde una perspectiva crítica, además de las pequeñas grietas de la estructura por las que se cuelan actividades comerciales en los márgenes de la ley, como la venta de calzado deportivo proveniente de China que se consigue a la mitad de su precio en que se vende en tiendas de prestigio, aunque sea exactamente el mismo producto.

Reclamarle afectuosamente al joven vecino por la basura tirada; entrarle a la discusión con el que lleva a su perro a hacer sus necesidades sin recogerlas; enfrentarse con los empleados gubernamentales, reconociendo a quienes le intentan ayudar; disfrutar un chat a kilómetros de distancia; tener ánimo para reparar cosas rotas o hacer bellos móviles de peces; hacer una pinta para reafirmar orgullo e identidad y darse tiempo para añorar a la esposa fallecida, por más difícil que hayan sido los últimos años. No pide nada, sólo exige  sus derechos. Así es Daniel Blake.