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22:38h. Lunes, 18 de Marzo de 2019

DIARIO DE NAVEGACIÓN

Abstinencia XXII

José Luis Justes Amador

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

Junio, 16

Siempre he tenido el sueño de montar una editorial. O al menos, de estar en el consejo editorial consultivo o lector de una editorial. O al menos, que una editorial marque para pedirme un libro. Gracias a dos amigos, A. y M., eficientes trabajadores, ahorradores y masoquistas en las inversiones, el  proyecto (del cual no hay que hablar para que no se cebe) puede que vaya a salir adelante mi primera idea. Sólo se puede adelantar que será plural y de calidad, elitista en contenido pero que cualquiera pueda leer.

Hoy tuvimos la primera reunión. De los cinco, además de ellos y yo estaban P., que se encargará de ayudar con la selección y las relaciones públicas, e I. que atenderá todo lo relacionado con impresión y trato con las imprentas, plazos de entrega y esas cosas aburridas pero necesarias. De los cinco sólo fumamos dos. Y en el café en el que se dio la reunión nos tuvieron que cambiar el cenicero constantemente.

Una siempre fuma por extremos contrarios. O por nerviosismo o por ilusión. Fueron, de mi parte, dos cajetillas. Y demasiado alcohol.

Junio, 17

Cruda de cigarro de nuevo. Lo bueno es que al contrario de lo que pasa con las parálisis físicas causadas por el alcohol, por el demasiado alcohol,  no se pueden curar con lo mismo que las causo.

Estoy toda la mañana sin fumar, pero no parece ser un buen remedio para bajar la dosis el meterse el día anterior casi tres cajetillas.

Junio, 18

Transcribo las correcciones de un par de poemarios. Al terminar descubro, ya que antes, en el afán del trabajo, no me había percatado, que tengo dos ceniceros junto a mí: uno al lado de la computadora portátil en el sofá, el otro en el suelo a mis pies junto a la taza de café. Sin darme cuenta he estado fumando todo el rato.

Junio, 19

Voy a una nueva entrevista de trabajo. Todo parece salir bien. Son tres entrevistadores, uno de tras de otro. La última es la encargada de personal y recursos humanos de la enorme maquiladora (setenta mil togas para graduaciones a la semana). Terminamos la entrevista y le pregunto si es una empresa libre de humos. Me dice que en los espacios cerrados sí. Salimos a la puerta de seguridad para que ella me acompañe. Se queda fumando un cigarro conmigo. No sé cómo le sabría el suyo, el mío tras dos horas y media sin fumar me sabe a gloria.

Junio, 20

Intento transcribir esto sin fumar. Sobre todo para saber si el problema era de los cigarrillos o de los poemas. Logro transcribir setenta palabras y volver a cerrar la computadora sin el gesto mecánico. Para celebrarlo, cierro la computadora y prendo uno.

Junio, 21

Nunca lo he contado, pero en el café al que suelo ir habitualmente, hay un parroquiano que siempre me saluda a eso de las doce (yo a él no lo conozco más que de vista) e, invariablemente, me pide un cigarro. Hoy estuve haciendo cálculo. A lo largo de más de cinco años me habrá pedido algo así como mil cigarros. Siempre pide uno solo al día. Algo, sin embargo, dentro de mí, mi timidez supongo, me impide decirle algo.

Mientras fantaseo con agarrarlo de las solapas y gritarle algo así como “y tú, ¿cuándo vas a comprar tú?”, hago un cálculo rápido y pienso en que me ayudaría a sobrevivir un mes si se los cobrara a dos pesos. O, simplemente, si hiciera una división por cajetillas.

Soy incapaz de venderle un cigarro a nadie. Incluso cuando se acercan en la calle para pedirme que les venda un cigarro. Siempre contesto lo mismo. “Te lo regalo hermano. Sé lo que se siente”.

Junio, 22

La ola de calor que nos asalta (efecto supongo del cambio climático y de la estupidez de cierto presidente) confirma mi teoría.  Es más difícil fumar con calor. Mucho más difícil.

[Abstinencia XXI]

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