Martes. 15.10.2019
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Campos Oesternales

Andrés Baldíos

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook
Campos Oesternales

Más fructífera en imaginación que las vagas melancolías de las tardes de invierno es la múltiple apariencia de los atardeceres sangrientos que se deleitan en su privilegio de brotar cualquier día del año. Más estrechos que los nortes y sures son los occidentes, donde alguna vez existieron los paisajes de Los Gutans y de Beleriand, los rincones de Götaland y de Cirith Ungol, las fortalezas y pastizales cubiertas de horror mitológico, de batallas fantasmagóricas, de exquisito hedor a sangre coagulada y tempestuosa, ansiosa por quedarse y recordarles a todos el matadero añejo. Uno gira la cabeza y busca direcciones, urgido por señales o vistas confiables. Si uno gira correctamente, se alcanzan a ver las prensadas aguas del Negro y Dardanelles, las conexiones del Gelion; el Adurant y el Legolin, las espaciosas Maddalena, Marmara y Madradena, las cenizas de guerras frívolas y renacimientos intelectuales conllevados alguna vez por los sistemas, los bosquejazos de viejas palästras a base de muslos y mortero, las testosteronas de los peces en invierno y los bosques con entrada y salida improvisadas. Regiones inmortales, confirmadas por sus propios milenios de convalecencia, por sus cuestiones existenciales de horror y justicia horrorosa y horror justiciero, que incautos e intranquilos perpetúan en los extranjeros y los hipnotizan con sus millones de historias. Patrias analizadas por Toynbee, Hobsbawm, Mommsen y Quigley, cunas de los Constantinos, de los Alexanders y los Magnos, naciones de los Faustos y los Guillotinados, de los átomos y los clavicordios, los feudales y los paganos, los monasterios y las espadas, las pestes y las invenciones. Territorios que espero (que juro por cualquiera de los sulfuros que me permiten parlotearles tanta bajeza gramatical) visitar, para ir a vivirme y dejarme morir.

Quiero arrodillarme donde yacen todos y cada uno de mis individuos predilectos.

Quiero retornar a las puertas de Macedonia, abrirlas sin el titubeo del explorador y con la confidencia de quien vuelve al vientre y bailar sus tradiciones y cantarle “Mori Čupi Kosturčanki” a las intemperies, recostarme ante el Korab y fotografiar el Morodvis. Beber del Vardar. Contemplar toda esa concentración de rojizos desde la Torre de Marko.

Quiero ver si Nagorny Karabakh continúa con su guerra.

Quiero entrar a la casa de Nabokov y empañar secretamente la vitrina de sus samizdat con mis tenues espiraciones.

Quiero tocar las basílicas y los monasterios embriagados de visitas, arañas y secretos cimentados.

Quiero recorrer París mientras releo la verdadera historia sin fin, aquella que según su propio autor argentino, decía todo cuanto deseara el lector.

Quiero acercarme a las grandes pinturas y lamer sus marcos.

Quiero mezclarme con los habitantes para que me confundan como uno de sus hermanos.

Quiero leer y vivenciar, en un total y debido unísono, el día entero de Leopold Bloom, recorriendo los respectivos y cambiados rincones de Dublín.

Quiero fortificar mis pasiones con la atestiguación experimental del Oriente completo.

Quiero visitar el otro mundo para ir a vivirme y dejarme morir, y fotografiarme en sus afueras y adentros para siempre jamás.

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Andrés Baldíos
es escritor. Los primeros peldaños son peligrosos, su hasta ahora primer libro de cuentos, fue editado en 2012 por San Roque.

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