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16:56h. Sábado, 23 de Septiembre de 2017

Finster’s Paradise Garden Studio

Andrés Baldíos

A Michael, Peter, Mike y Bill.

 

El verdadero laberinto, nos guste o no a todos, no se encuentra en el esplendoroso encabezado de París con todas esas maestrías de la pintura. No se encuentra, tampoco, en el Prado y sus gamas glorificantes, ni en alguna de las portentosas ciudades del mundo. Este laberinto es apenas concebible para tan fornidas obras maestras, avivadas en su poderío, incapaces de mezclarse en un más allá de sus bóvedas de oro. Este laberinto se encuentra en Summerville, Georgia, Estados Unidos de Norteamérica.

(…) Una banda local atraviesa la cerca de su escuela para entrar de lleno a la espesura del universo musical (…)

Deambulé las carreteras hasta toparme con un portón invisible que daba la bienvenida con la naturalidad de su flora dispersa. Dejé atrás el carisma de la monotonía campestre para adentrarme en el murmullo de una finca atestada de laberintos y beldades. Crucé los arbustos hasta llegar a un angosto túnel hecho de bicicletas oxidadas, ruedas que decoraban el pasaje con una desbaratada simetría que incitaba a continuar el camino. Pasé por montículos eternamente inmóviles de serpientes y lagartijas incrustadas y adornadas con la dedicación de las manos de un solo hombre. Caminé por entre los árboles delgados y los prismas de piedra. Contemplé pequeñas hélices que numeraban los distintos vientos de la tierra.

Aquello parecía el más hermoso cementerio y más que eso era una incomparable curiosidad. En cada introspección de cada detalle podía figurarme en una tranquilidad tan misteriosa que olvidaba la existencia de las ciudades. Aquel era un reducto de mapas y leyendas forjadas por un par de manos consagradas por su entrega total. Aquel camino me esparcía en mi sentir favorito: el silvestre. Recordaba la sierra, la cumbre, el kiosco, la balaustrada maderera en el centro del valle, el letrero abandonado en medio de un pastizal, el objeto oxidándose bajo la libertad del sol y el movimiento de los árboles, los arroyitos de claror inusitado que daban directo a preciosos lagos pantanosos. Recordaba el primer y más hermoso murmullo de los campos. Recordaba los cantos inentendibles de mis artistas favoritos.

Arte significa “yo dispongo”. La vida existe de por medio.

Al final de todo se encontraba un cuarteto de jóvenes reposando en la contemplación de un hombre viejo trabajando en lo que sería su pieza de arte número cuarenta mil.

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Andrés Baldíos
es escritor. Los primeros peldaños son peligrosos, su hasta ahora primer libro de cuentos, fue editado en 2012 por San Roque.

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