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07:51h. Martes, 21 de Noviembre de 2017

IR DE MUSEOS

El fraude de Avelina Lésper

Gabriela Mosqueda

Desde hace unos cuantos meses con cierta frecuencia veo en mis redes sociales compartido un video donde Avelina Lésper, famosa por ser igualmente odiada y amada en el mundillo cultural, atropella sus propias palabras en la búsqueda de una definición del arte para terminar diciéndonos con talante de superioridad y fraseo hostil lo que el arte NO es, arguyendo que el arte se define "en cuanto a filosofía negativa" (?).

Yo siempre he pensado que Lésper, más que un verdadero sustento teórico, tiene un fuerte componente de enojo contenido en sus textos y participaciones en medios. Un disgusto amargo, visible y polarizador que ha dividido las opiniones alrededor suyo exitosamente, logrando tener así una sólida base de fans y un nutrido grupo de detractores, entre los que habría que contarme.

Pero más allá del desagradable tufillo de "te voy a decir lo que es el arte porque claramente tú no sabes nada", he de decir que me intriga la activa participación y la negación total al diálogo de los seguidores de Avelina o aveliebers. ¿Es que acaso pueden obviar las mentiras y contradicciones en lo que la misma Lésper argumenta? ¿Son la versión cultureta de los pejezombies?

Para poder poner sobre la mesa mis análisis, y con afán francamente masoquista, leí su libro El fraude del arte contemporáneo, cuatro ensayos venenosos (de entre los cuales el más desafortunado lleva por título "Arte y feminismo. Entre la cuota y el chantaje") en los que básicamente nos dice que hay un solo arte verdadero, el que ella en su omnipotencia teórica dice que es, y el resto es falso arte, creado como un retroceso en la inteligencia humana, un disfraz retórico para el vacío de creación y talento; una visión optimista que "no quiere ver el desfiladero al que se dirige cantando" (¿la versión Avelina del des-Peña-dero de AMLO?).

Lésper señala que necesitamos arte, no creencias, y simultáneamente exige que se le crea sin pruebas que todo el arte contemporáneo desde Duchamp -es decir desde principios del siglo XX, casi cien años- es basura. No hay espacio para la duda ni el análisis. También reprocha duramente a los medios, pero ella es la directora de la colección de arte de Grupo Milenio, un conglomerado de medios.

Reprende al gobierno por ser ignorante e ingenuo y por ponerse al servicio de los curadores: entes malignos que existen únicamente para lucrar con dicha ignorancia, aprovechando su figura dogmática e incuestionable. Dice esto y ella misma es curadora de una exposición que no es fácilmente comprensible, cuyo único criterio de selección de obra parece haber sido que se encontrara sobre soportes 'tradicionales' y cuyos 34 artistas tienen una técnica muy desigual: unas cuantas obras son notables y otras son francamente malas. Esta exposición además estuvo en el Museo del Carmen, un espacio gubernamental del INAH; "El Milenio visto por el arte" es una muestra que tuve oportunidad de visitar en 2014, cuando no tenía idea de quién era Avelina Lésper y aún entonces no me pareció una buena exposición, pero muchos miembros del gobierno -el fallecido Rafael Tovar y de Teresa o Miguel Ángel Mancera- estuvieron presentes en la inauguración. La muestra ha estado de gira por varios estados desde entonces; en Chihuahua el corte del listón lo haría el Gobernador del estado, el ahora prófugo César Duarte. De todo esto hay evidencia aquí.

Claramente, la coherencia no es el plato fuerte de Avelina Lésper.

Pero mucho de esto quizá no lo sepan los aveliebers, que no están obligados a informarse antes de opinar: esa es la condición de nuestros tiempos. En su descargo y pese a su incoherencia, creo que Lésper ha encontrado una amplia caja de resonancia porque algunas cosas de las que señala son ciertas.

Existen, efectivamente, curadores cuyo discurso expositivo tiene la intención de ser incomprensible; es un diálogo cerrado dirigido a sus pares eruditos y no el espacio del diálogo y la experiencia artística que deberían ser. Existe también arte contemporáneo que parece una tomadura de pelo; negarlo sería cerrar los ojos.

Pero Lésper se olvida de que durante muchos siglos también se creó arte "tradicional" malo; pintura, escultura y dibujo que en su momento fueron una tomadura de pelo, y si pensamos en los siglos de existencia de estas manifestaciones, ese arte malo debe haber sido mucho mayor en cantidad que el arte contemporáneo que tanto escozor le causa. Existe además arte contemporáneo inteligente, divertido y que todo mundo puede comprender.

El único modo de averiguar cuál es cuál es visitar las exposiciones sin prejuicios para poder después comentar con argumentos. El arte no debería de ser el lugar de los maniqueísmos sino del enriquecimiento.

Todos los dogmas, incluido el de Avelina Lésper, excluyen la reflexión y el cambio, un par de componentes esenciales del arte.

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Gabriela Mosqueda
(León, Guanajuato, 1986) es licenciada en Comunicación por la Universidad Iberoamericana León con Maestría en Museología y Gestión de Exposiciones por el Instituto Superior de Arte de Madrid, España. Ha colaborado en museos estatales y federales, galerías y colecciones privadas, así como publicaciones de arte, diseño y cultura en Guanajuato y la Ciudad de México, donde actualmente vive y trabaja.

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