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20:48h. Lunes, 20 de Noviembre de 2017

DE PALOFIERRO [III]

La Gardenia

Yara Imelda Ortega

Álvaro Obregón en el restaurane La Bombilla
Álvaro Obregón en el restaurane La Bombilla

Mis nalgas satinadas. Mis pechitos como duraznos.

Le respondí a Luis, mi  hermano, mi cómplice, mi amigo. Mi administrador. Me preguntó por mis tesoros. No es lo que haya en el banco, ni en la casa. Luego pasa lo que a Eulalia. Tanto trabajar, para que venga el ladrón y se lleve lo que quiera, que ni a la perrita respetó. Tu riqueza es lo que te puedas llevar encima, y eso mientras dure.

Nadie sabía lo que traerían primero la Bola, luego la Cristiada y de remate, la Gran Guerra. Yo nací en los últimos de los 800, casi con el siglo. Pero no supe nada entonces, sino hasta ahora.

Mi padre nos abandonó, porque sus compadres le hicieron creer que se haría una leva para repoblar a Europa. Él era español pero en casa hablaba la lengua de su madre, que nomás se nos vino a morir acá. Y la tiendita de abarrote que surte jarcia, sarapes, pólvora, añil, almidón, sin contar la semilla de avío (que es lo que más nos atrasaba), maíz de comer, frijol, arroz (que vienen de la sierra, a lomo de mula o de cristiano, junto con el petróleo, el diáfano, el aguardiente y el tequila de los Altos de Jalisco; que no entiendo si los hombres de allá son de mejores proporciones, o si será una sierra como la de acá). Ser gachupín no es ser rico. Casarse con un gachupín es condenarse a parir como coneja, trabajar desde oscuro hasta que el último cliente –que  viene por el refino o por el licor de membrillo, manzana, café o ciruela- decide irse, a veces nomás diciendo –Ai apúntamelo, con la cosecha nos arreglamos-.

O por los ojos aterciopelados de mi madre. O por el malhadado naipe de mi padre, que apostaba por costales la semilla y que los tahúres truecan más delante. No era mi destino. Ninguno.

Cuando llegaron los volantineros, decían que eran gitanos, que se robarían los niños o las alhajas que sobrevivían al financiamiento de los diferentes rebeldes. Venía un italiano triste, que echaba malabares. Se comieron el caballo de la equilibrista, porque le dio un dolor de ijada que no se lo quitaron ni con tragos de petróleo. La carne tenía “granillo”, pero era carne... Yo no la probé, porque me dio lástima de tan blanco. Tenía los ojos rosados, y de haber sido cierto, era árabe. Y de haber estado bien comido, sería como un sueño.

Me fui con ellos, dejando atrás a mi madre con doce chiquillas, y su sueño de casarlas, por lo menos, con el Duque de Buckingham. No lo conozco, sino en el periódico. Seguimos la marcha hasta la Capital, por las brechas que iban abriendo para la Carretera Panamericana. Allí el italiano me vendió a un turco, a cambio de unas piezas de raso para el vestuario de la compañía. Cuando el turco me mandó bañar y desliendrar, me preguntó por mi edad. No supe contestarle. A la noche, una como bruja me preguntó si ya me “enfermaba” y otras cosas secretas, que no conocía. Me quitó la bombacha y me trasculcó. Nomás me dijo: –No tengas miedo, sino a los hombres. No dejes que se te acerquen.

Y del bazar del turco pasé al Teatro Principal. Me alquilaba todas las noches como tiple, es decir, las que bailan hasta atrás y cantan en los coros. Cuando se asentó la humareda de la Revolución, y dejaron de matarse a tontas y locas, empezaron a llenarse las filas de enfrente con uniformes y medallas. Y los pasillos de “ayudas de cámara” que acompañaban a los enmedallados para cuidarles las espaldas.

Mi dueño de entonces me mercadeó por dos jovencitos: un mulato de doce años y otro peninsular, los dos huérfanos. Nunca entendí lo del “vicio francés” que padecía el turco, pero cambió mi vida.

El coreógrafo la traía conmigo. Que si movía mucho la cadera, que si meneaba de más los hombros. Que tenía las piernas deformes, demasiado largas. Y los pies muy grandes, que no me quedaban los botines de baile. Que tenía que comprar de hombre y ponerles tacón. Pero un general me echó el ojo. Dicen que capitaneaba “La Banda de Carro Gris”, pero como era cercano al Gobierno, nunca se le comprobó nada.

Consiguió que bailara en el centro, luego me hicieron solista. Y aprendí el ragtime, la conga, el jazz. Pero lo que gustaba era el can-can. De no ser por eso, hubiera quedado en rumbera. Y tenía el número principal, con una cancioncita boba de una gata cuzca. De versos de doble sentido. En mi debut no hubo ni una señora. Al terminar, ya no compartía los vestidores con las tiples; tenía un camerino propio, lleno de flores. Y a Luis, mi vestuarista y diseñador desde entonces.

Hubo champán a ríos, cortesía de la Zona Militar. Y el capitán me sacó del teatro a un departamento con vista a la Alameda. A partir de ahí, bailaba sólo un número diario, el can-cán, que cambiaba cada que la orquesta se aprendía uno nuevo. Y las entradas subían de precio, por el estreno. Yo me preguntaba cuánto me iba a costar tanto lujo, porque no veía un centavo. Y seguí conservando el gusto por la seda y las tafetas que aprendí en Bernal, pero ahora con marabús en el sombrero, pieles suavecitas y zapatos de estreno a diario.

El Capi, como lo llamaba yo, un día me dijo: –Quítate los trapos-. Y me dejé sólo el corpiño y las bombachas. Me revisó las nalgas y el pecho, como quien palpa un borrego. Me preguntó con cuántos hombres había estado, y le dije que nomás con los clientes de la tienda en Bernal, vendiéndoles. Mi papá, hasta que nos dejó. El volantinero tísico y luego el turco. El empresario. Y me dijo: –¿Sin calzones?-. Yo le pegué tamaño bofetón, porque honrada siempre he sido, y aunque sean de percal, son de cambio diario. Me dijo: –¿Cuánto hace que te enfermas?-. Nunca, porque no dejo que me dé el sereno. –Que eres mujer, pues-. Desde que nací, faltaba más-. –Que te baja-. Nada me baja, ni me sube. Antes sí, de repente pulgas y una que otra chinche, pero ya no...

Y como está acostumbrado a las matanzas y eso, me habló de sangre y cosas que de una herida arriba de la pierna y cosas de ésas. Yo seguí en babia, pelando los ojos. Nomás decía con la cabeza que no. Me dio un besote tronado y salió corriendo. Luis me dijo –¡Qué mensa estás! De veras-. Has de tener tus quince años, pero bien bruta!

Regresó en la tarde. El ayuda de cámara venía en otro carro, lleno de cajas también. Y salieron vestidos, que devolví los más. No me gustan con encajes, ni tanto botón. Sencillos. Sin rayas ni cuadros ni flores. Y zapatos. Muchos zapatos. Hechos especialmente para mí. De cabrito y ternera. De todos colores. Y con ellos me convenció de usar los vestidos combinados, para que a diario estrenara por lo menos un par. Que los caminara en La Alameda y los trajera bien enterregados. Sudados. Y empezaron los corajes, luego los berrinches. Hasta que le rompí la chapa a un cuarto al que tenía prohibido acercarme. Dije: –Aquí, hago alguna jodedera, para que deveras lo sienta-. Y que me encuentro mis zapatos, mis zapatitos adorados, hechos pedazos. Y  pañuelos tiesos. Con los años vine entendiendo que era mañoso.

Un día llegó Luis sin aliento.

–Mija, tráeme un vaso de agua azucarada-.

Como lo vi tan pálido, corrí y se la traje, sin darle tiempo a la criada ni de parpadear.

–Hubo balacera en “La Bombilla”, dicen que ahí estaba el Capitán-.

–No jodas.. Y le dieron?-.

Dicen que él brincó sobre mi General Obregón, y las balas los traspasaron a los dos. Si se muere, tú, ¿qué hacemos?

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