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23:19h. Miércoles, 12 de Diciembre de 2018

Los ninjas de la noche

Chema Rosas

Cada noche, mientras estás profundamente dormido
algo extraño ocurre. No sólo tus ojos se siguen moviendo,
aunque tus párpados estén cerrados…
el mundo también se sigue moviendo.

Pete grande, Las aventuras de Pete & Pete

Cuando era niño, uno de mis rituales favoritos consistía en esperar a que todos en mi familia se quedaran dormidos.  Entonces la casa me pertenecía y podía hacer lo que quisiera, siempre y cuando fuera en silencio. Aprovechaba para leer a la luz de una linterna, ir a la cocina y asaltar la caja de galletas, escuchar música en mi walkman, y a veces retaba al peligro y prendía la televisión para ver infomerciales.  Así empecé a vivir una doble vida: de día era un simple niño de nueve años que iba a la escuela y casi siempre obedecía a sus padres… de noche me transformaba en un ninja silencioso aliado de la oscuridad y lo clandestino.  Desde entonces soy un ser nocturno y aunque resulte contradictorio, lo único que me gusta más que dormir es estar despierto durante la noche.

Todo gran poder implica una gran responsabilidad y ser un Batman del desvelo tiene su costo. Al disfrutar tanto de la noche inevitablemente se pierden horas de sueño. No es que a los de mi especie no nos guste dormir, sólo no lo hacemos de noche. Y es que vivimos en una sociedad heliocéntrica –¿o diacéntrica?- en la que estar despiertos mientras hay luz solar es lo normal. Levantarse con el sol es considerado una virtud y al que madruga dios le ayuda y todo eso. Tener esta doble vida no es sencillo, pues hay que cumplir expectativas sociales como llegar a tiempo al trabajo y no quedarse dormido al volante o sobre el teclado de la computadora a media junta laboral.

Es por eso que estamos condenados a pasar el día con cara de desvelados, a depender de la cafeína para funcionar, y que la gente al vernos intente animarnos… como si hubiera algo mal en nosotros por estar despiertos y de mal humor cuando deberíamos estar descansando.

Los ninjas de la noche podemos imitar a los habitantes del día, de forma más o menos convincente… pero en cuanto llega la noche es cuando despertamos y comienza a fluir todo lo que se había mantenido con tapones de letargo. Las ideas se multiplican y el cuerpo se llena de energía. Somos capaces de hacer en media hora una actividad que nos hubiera llevado media jornada laboral; desde escribir un capítulo nuestro próximo best seller hasta hacer limpieza profunda de la casa o podar el pasto con tijeras para no despertar a los vecinos.

El mundo entero es para nosotros –y los veladores y choferes de tráiler– pues todos los demás duermen. Como un pequeño apocalipsis zombi en el que sólo sobrevivieran aquellos que deciden quedarse despiertos, pero en vez de salir a deambular por las calles en busca de cerebros, mejor nos quedamos en casa a platicar entre nosotros frente a una pantalla de computadora. Deslizamos el scroll y un link lleva a otro, hasta que el reloj en la esquina superior derecha nos indica que si nos acostamos en ese instante tendremos cuatro horas de sueño antes de que suene el despertador.

Algunos habitantes del día pretenden ser seres nocturnos, pero sólo los fines de semana y para seguir la fiesta. Ellos simplemente adoptan la oscuridad… nosotros nacimos en ella, fuimos moldeados por ella. Tenemos más que ver con las lechuzas que con algún otro ser que se aferra a la fiesta.

Y no es para sentirse orgulloso, dirán con razón aquellos con la fortuna de poseer el ritmo circadiano bien calibrado. Es una costumbre poco saludable, y no es uno de los hábitos de la gente altamente efectiva. Trato de dormir, pero al acostarme y cerrar los ojos, mis sentidos se agudizan a tal grado que puedo percibir luz entrando entre mis párpados cerrados. He intentado solucionarlo y al preguntar a los expertos me han dado todo tipo de remedios que he clasificado de la siguiente manera:

Remedios químicos: Desde el “tecito de hierbas que es buenísimo” o la infusión de lechuga hasta potentes somníferos, pasando por todas las bebidas alcohólicas y la legalmente polémica mariguana.

Remedios sensoriales: Leer, escuchar mantras cantados por jipis que meditan, poner incienso, música aburrida de campanitas o bañarse en lechuga (aún no sé exactamente cómo funciona eso).

Remedios físicos: Técnicas de respiración por tiempos, hacer mucho ejercicio para llegar a la cama rendido, simplemente acostarse hasta que la aburrición le gane al cuerpo, meditar y tener sexo, da igual si se está solo o acompañado.

Remedios neurolingüísticos: Hacer listas evaluando mi desempeño el día y la situación actual, imaginar tableros neones, borregos que saltan esos letreros y cosas así.

Remedios imposibles: No tener preocupaciones, hablar con gatos (si hablo con gatos creo que debería preocuparme)…

Algunos sugieren hacer combinaciones, pero no veo cómo fumar mariguana en una tina de lechugas y escuchar mantras jipis mientras tengo sexo salvaje y evalúo mi desempeño, me ayude a dormir mejor. Creo que prefiero continuar como ninja silencioso aliado de la oscuridad y lo clandestino. Total, cuando necesite dormir temprano siempre está la posibilidad de desconectar el modem y jugar a que soy diputado en sesión.

notengomeil@gmail.com

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Chema Rosas
 (Ciudad de México, 1984) es bibliotecario, guionista, columnista, ermitaño y papa-de-sofá, acérrimo de Dr. Who y, por si fuese poco, autoestopista galáctico. Hace poco incursionó también en la comedia.

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