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06:45h. Jueves, 20 de Septiembre de 2018

Pequeñas solidaridades, grandes transformaciones

Fernando Cuevas

Aki Kaurismäki
Aki Kaurismäki

El gran realizador finés Aki Kaurismäki (Crimen y castigo, 1983; Luces al atardecer, 2006), veterano que no pierde el toque para construir retratos de la realidad de su país con su inconfundible inserción de humor teatral, más allá del estado de bienestar, ha creado grandes personajes solitarios y extraviados que suelen cambiar abruptamente de vida tras algún evento que termina por sacudirlos de sus mínimas rutinas: generalmente, en lugar de sumirse más en la derrota surge en ellos, a pesar de sus limitaciones económicas, intelectuales y afectivas, un escondido humanismo que se expresa en actos de solidaridad y cercanía con el próximo.

Siguiendo su discurso pro-inmigrante de Le Havre: el puerto de la esperanza (2011) y colocando en el centro de la trama los pequeñas pero esenciales apoyos brindados por parte de personas comunes a quienes han tenido que abandonar su tierra por diferentes motivos (guerras, hambrunas, falta de oportunidades, búsqueda de familiares, ideas políticas o religiosas), el realizador de la trilogía del proletariado (Sombras en el paraíso, 1986; Ariel, 1988; La chica de la fábrica de cerillos, 1990), propone ahora la emotiva y al mismo tiempo divertida El otro lado de la esperanza (Finlandia-Alemania, 2017), relato que vincula a dos personajes en busca de un nuevo comienzo, desde situaciones legales y vitales distintas, aunque al fin coincidentes en cuanto a sus intentos por identificar sus destinos manifiestos.

Un joven inmigrante sirio se queda atrapado en un centro de refugiados en Finlandia, mientras espera la determinación de si se le da o no permiso de quedarse en el país. En paralelo, un maduro vendedor de camisas decide cambiar de giro cual Hamlet se va de negocios (1987) y, tras dejar provisionalmente a su esposa sin mediar palabra, se avienta una noche jugando póquer para intentar obtener las ganancias necesarias y comprar un restaurante que se traspasa, atendido por una mesera, un cocinero y un encargado de recibir a los cada vez más escasos clientes: por supuesto este trío de empleados despliegan un seco humor inmediatamente reconocible en el mundo fílmico de Kaurismäki, que gusta de trabajar con los mismos actores de base además de algunos añadidos según las necesidades de la trama.

Los protagonistas enclavados en situaciones paralelas inevitablemente terminan coincidiendo y el ahora dueño de un negocio que busca transformarse como si se tratara de Un hombre sin pasado (2002), apoya al huidizo sirio que logró escaparse del centro, con la complicidad de una de las trabajadoras y el apoyo de otro refugiado, justo antes de ser deportado ante la negativa de asilo decidida por un correctísimo pero gélido sistema migratorio, que en sus inflexibilidades impide la posibilidad de abrir opciones para la comprensión humana, ciertamente asediado por las presiones de los riesgos terroristas y por ignorantes células xenófobas que acechan a los recién llegados, como si fueran dueños de una pureza racial que solo existe en sus reducidas mentes.

Así, el restaurante en plena renovación se convertirá en el espacio donde se encuentran estos dos personajes, a los que se suma un simbólico perro, y en el que se despliegan hilarantes secuencias, como la inspección que realizan los funcionarios de salud, el cambio de menú hacia la cocina japonesa y la inclusión de un grupo musical en vivo como estrategia comercial para conseguir fondos, presencia común en las películas del realizador nórdico donde a pesar de las dificultades, se respira un aire comunitario.

El empresario restaurantero le da techo y trabajo al ahora inmigrante ilegal, quien a su vez se encuentra en espera de tener noticias de su hermana: son esas pequeñas solidaridades que surgen entre la gente común y que son elocuentemente capturadas por la cámara, creando encuadres con iluminación artesanal vueltos estampas de los vínculos que se van creando entre estas personas tan disímbolas que, a fin de cuentas, comparten la poderosa necesidad de apoyarse unas a otras y la disposición para hacerlo.

Una vez más, este gran director muestra su capacidad única para jugar con el absurdo, integrar drama social y comedia con pasmosa naturalidad y llevarnos del planteamiento político al personal, irremediablemente relacionados, sobre todo ahora en tiempos de integración global y de profundos cambios en los intensos, conflictivos, multidimensionales y crecientes procesos migratorios, convertidos en uno de los principales retos a escala planetaria. Ahí quedan las pequeñas solidaridades haciendo las grandes trasformaciones.

 

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