Es lo Cotidiano

FUMADORES [XLIX]

Enfermeras

José Luis Justes Amador

Enfermeras
Enfermeras - José Luis Justes Amador

El artículo prometía, por el título, ser más que aburrido. Todavía no sé como había llegado a él. Supongo que, como muchas otras veces, un link me había llevado a otro y ese otro a otro hasta caer en algo que no se está buscando pero que, al final, resulta interesante. Me llamó la atención que alguien pudiera dedicar más de una sola página (¡en el American Journal of Nursing!) a algo tan abstruso como “The Ethics of Denying Smokers Employment in Health Care”, la ética detrás de la decisión de negar el empleo en el sector salud a los fumadores. Aunque el viaje había valido la pena sólo por la fotografía que acompañaba el texto.

Las cuatro enfermeras, probablemente en su tiempo de descanso, están fumando y, merecidamente, después de haber tratado con la enfermedad y la muerte, riéndose. La imagen, para un fumador que trabaja en un lugar donde no se puede fumar es, cuanto menos, representativa, necesaria. Las cuatro han terminado, o están en una merecida pausa de su  más que cansado trabajo. Los colores de la fotografía obligan al espectador a dirigir su mirada, haya sido cual haya sido su primer lugar, al centro. Las sombras oscuras de los lados y el fondo son un marco perfecto para el blanco inmaculado de los uniformes. Los uniformes que dirigen la mirada a los cuatro rostros inclinados hacia el centro de la instantánea. Y esos rostros tienen unos labios que sostienen, excepto uno, cigarrillos. La cuarta enfermera, la que no tiene el cigarrillo en los labios está ofreciendo fuego a las otras tres. Probablemente después ella se prenda a sí mismo el cigarrillo.

(Aunque no hay ninguna referencia en el artículo sobre la procedencia de la fotografía, lo que es seguro es que puede ser cualquier país, excepto Inglaterra, donde nadie prendería tres cigarros con la misma llama, por una superstición de la Primera Guerra Mundial).

El problema viene no con la fotografía sino con el artículo que la acompaña. (Escribo esto y me doy cuenta de que es al revés, de que la fotografía acompaña al texto.) Alguien ha escrito a la revista de enfermería quejándose de la discriminación que sufren los aspirantes a enfermeros y enfermeras que fuman. El sistema público de salud los rechaza sistemáticamente. Hoy por hoy, y probablemente mañana, es imposible conseguir trabajo, como enfermero (después irán por los médicos y después por los pacientes –imposible no recordar a Bertold Bretch–) si la respuesta a “Do you smoke?” es afirmativa.

Cualquier razonamiento es absurdo. Cualquier excusa vana. Pero aún así, el autor del artículo (un tal Jacob Molyneux) lo intenta, argumentando (si a lo que hace se le puede llamar argumentación). Leer sus propuestas aterra. “Resulta económicamente beneficioso no contratar empleados fumadores” (es decir, el dinero por encima de la libertad personal), “el trato a los pacientes mejora cuando es un no fumador” (algo que suena, sólo suena, a científicamente no probado), “no se señala a los fumadores, simplemente se les aplica el mismo criterio que a otros aspirantes con conductas no sanas” (o sea, al fumador lo trataremos igual que, por ejemplo, al heroinómano) o, last but not least, “no contratar fumadores es una buena publicidad para el hospital” (algo que no merece ni siquiera comentarios, ya que suena a lo que suena).

Y en medio de los argumentos hay frases tan cercanas a las proclamas hitlerianas que da miedo leerlo. La frase habla por sí misma. “Bastantes empleados lograron dejar de fumar. Los que no lo hicieron fueron despedidos”.

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