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00:13h. Lunes, 22 de Abril de 2019

Disfrutes Cotidianos

Las familias como mosaicos afectivo-caóticos

Fernando Cuevas

Un asunto de familia (Japón, 2018)
Un asunto de familia (Japón, 2018)

Hay una reunión familiar. O no, depende si son los Corleone, los Simpson o los Soprano. Quizá se refiera a cierto asunto de mayor interés, como se despliega en la ácida teleserie Succession (Armstrong, 2018- ), donde no hay a quién irle. Formamos un clan según las circunstancias bajo el mismo techo, más allá del llamado de la sangre. O con base en él. De Japón a Rumania y, por supuesto, lo que vivimos en México, no muy distinto porque sin duda la especie se impone: primero la familia, suele decirse. Formas diversas de integración respondiendo a la necesidad de pertenencia que desafían las concepciones tradicionales, aunque conservan determinadas estructuras previamente establecidas.

La película que pasó en cartelera en León y formó parte de la reciente Muestra de cine en León, ganadora de la Palma de oro en Cannes, evocando a las nuevas configuraciones socio-familiares y bien premiada en el festival de cine más importante del mundo (todavía), y una alternativa para disfrturar, presentada también en Cannes un par de años antes, que se puede apreciar en video o plataforma y que termina por ser una prolongada pero muy descriptiva y disfrutable mirada a los encuentros familiares, ésos de los que nadie se salva o que todos agradecemos, según sea el caso.

Un asunto de familia 

Dirigida e ideada por el prestigiado realizador Hirokazu Koreeda (Tokio, 1962), ya consolidado con estilo propio sin negar sus influencias (del maestro Ozu, sobre todo) y representante central del cine nipón actual, Un asunto de familia (Japón, 2018) se entromete en las estrechas calles, las pequeñas casas y los saturados pasillos de las tiendas para retratar la conformación de una pequeña célula social, funcionando en términos generales a partir del núcleo familiar, integrada por una anciana, sus dos hijas, un hombre pareja de una de ellas y un puberto, a la que pronto se suma una pequeña, cual si fuera Nuestra pequeña hermana (2016), ignorada por sus padres y que termina por incorporarse a las actividades de sobrevivencia, consistentes en pequeños robos de mercancía básica, perpetrados a partir de ciertos códigos con lenguaje de señas.

Paulatinamente vamos conociendo a cada uno de los personajes, sus antecedentes e intenciones fuera del entorno hogareño, apretado y diverso pero cálido al fin: tienen sus actividades diversas, saltan a la luz para desplegar sus vidas y desarrollan estrategias para seguir adelante, aprovechando sus capacidades y mañas, particularmente relacionadas con la seducción, no solo sexual, sino afectiva; de igual forma, se va develando el origen de este entramado familiar y cómo se reconstruyen los nexos y complicidades conforme pasan los días y los sucesos. No se juzga, se presenta y se expone la manera en la que estos seres buscan mantenerse de pie, sin exabruptos ni dramas excesivos, acaso buscando ser llamado padre o un sitio en el cual ser aceptado sin más.

Estos personajes desvalidos, solo en apariencia, buscan construir vínculos tipo De tal padre, tal hijo (2013), acaso para saber qué hacer Tras la tormenta (2016), pero desde una candidez que resulta tan emotiva como realista: se elude cualquier tono de manipulación sentimental y al mismo tiempo el filme, ganador de la palma de oro en Cannes, va consiguiendo involucrarnos en las expectativas y los deseos de quienes aparecen a cuadro: ahí, en esas escenas familiares (diría, otra vez, el venerable Ozu), se muestra con cámara paciente la cotidianidad que más allá de fronteras, razas y condiciones funciona como espejo, en específico cuando se comparten costumbres alimenticias y conglomerados de este tipo.

Como el finés Aki Kaurismäki lo hace con la sociedad de su país, el realizador de la enigmática Mabarosi: La luz de la ilusión (1995) y de la oblicua El tercer asesinato (2017), explora acá las condiciones de determinados segmentos de la población que no representan necesariamente el imaginario de desarrollo social y económico que se tiene del país, en contraste con la soledad pudiente pero al fin inasible de Una muñeca inflable (2009): se rescata la solidaridad presente y la sencillez como una forma de entender la existencia, más allá de necesidades creadas y expectativas generadas desde un entorno ajeno.

Sieranevada

Escrita y dirigida por el rumano Cristi Puiu (Aurora, 2010), quien se diera a conocer por estos lares por su brillante La noche del señor Lazarescu (2005) como parte de este renovador cine del país de Europa del este, Sieranevada (Rumania-Francia-Bosnia y Herzegovina-Croacia-Macedonia, 2016) se concentra a lo largo de casi tres horas en la visita de un médico y su esposa, discutiendo desde antes de llegar, a una reunión familiar en torno al fallecimiento del padre del primero, atravesada por el atentado terrorista de Charlie Hebdo, las discusiones sobre el siniestro dictador Ceaușescu, las teorías de la conspiración del 11 de septiembre y, por supuesto, por todo tipo de encuentros y desencuentros que suelen presentarse cuando se reúnen consanguíneos y agregados culturales.

Como se advierte en cintas como Festen: la celebración (Vinterberg, 1998) o No es más que el fin del mundo (Dolan, 2016), los sucesos del pasado y la confrontación con sus respectivos demonios empiezan a cocinarse a fuego lento, brotando en los diversos espacios de la casa en los que se respira amor, tensión y añejas rencillas sin demasiada posibilidad de ser zanjadas. La cámara se inmiscuye entre las distintas habitaciones de la casa y, por momentos, opta por quedarse un poco más lejos, sin saltar a la mesa: este énfasis de acercamientos y distancias contribuye a que nos volvamos parte del encuentro familiar y vivamos los conflictos irresueltos de los que nos vamos enterando de a poco.

 

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