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POESÍA

Coda

Leonardo Biente

 

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Coda

Eres pura retórica,
reflejo de un mundo que quieres cambiar a golpes.
Así creciste,
así te educaron, dices;
te reprimieron. Te rebelaste haciendo
lo mismo que aquellos que te educaron con palabras que
no quieres recordar, por suaves y dolorosas.
Ella siempre quiso lo mejor para ella, no para ti.
Era egoísta, lo es;
tú lo sabes.
Temía perderlo todo,
temía caer en la monotonía,
por eso nunca se mantuvo estable. Era toda una tormenta, y tú la odiabas.
Ahora, pretendes amarla.
No te culpo. Ante todo,
es tu madre. Estuviste ocho meses en su vientre,
cálida, ni te dabas cuenta del mundo
al que te iba a arrojar. Primero fue tu hogar
y tu paraíso, después tu enemiga; ahora tú
eres como ella. Recuerdo cuando hablaba, en su tono muy amable,
pero los ojos la delataban: mentía,
pero lo hacía sin querer. Ya era un
impulso. Tú siempre renegaste de eso. Por eso siempre
te decías honesta. Quien se dice honesto se delata.
Ella era pura retórica. Hablaba mucho,
con seguridad, en un tono irrefutable, pero no
decía nada. Se refugiaba en un mundo que acabó
derrumbándola: fanatismos y obsesiones que heredaste,
luego agua bendita embotellada y etiquetada;
superación personal, un evangelio distorsionado;
después, las píldoras. Frascos llenos de pastillas
de todos colores, vacíos a la semana.
¿Cuánto crees que dure?
¿Cuánto tiempo más va a soportar?
Tus palabras no le dicen nada, créeme.
Ella no quiere escucharte, porque se escucharía
a sí misma. No quiere saber nada de ti,
no quiere que le leas pasajes de su falsa biblia.
No quiere que le beses la frente como
ella te la besaba a ti. Sólo quiere que te vayas,
sin explicaciones,
sin remordimientos.
De todos modos, nunca
le ayudaste mucho. Lloraste por ella, cierto,
pero nunca sirvió de nada. Egoísta, ella,
y orgullosa. Egoísta, tú, y orgullosa.
Siempre tenían, ambas, el argumento perfecto
para derrotar al enemigo. Nadie les podía refutar nada.
No la molestes. En serio,
si la quieres, vete. Aunque lo dudo.
Tus actos de compasión y misericordia para
los demás eran para beneficio tuyo. Para escalar
un peldaño. Para no sentirte tan mal contigo.
Querías hacer caridad hasta conmigo. Lo hiciste.
Me diste tres monedas, que no he usado. No me
las diste porque querías ayudar, sino porque
querías sentirte santa. Yo estaba feliz al recibir
esos metales. Hasta quise besarte. Pobre.
A tiempo se destruyó lo que habías construido
con materiales de segunda. Parece bastante fuerte,
pero si lo tocas, se cae.
Nunca fuiste buena hermana.
Vete, por favor. Ella te lo
agradecerá. Será la mayor prueba de amor
para ella, que no confía en que la quieras, porque
ella nunca te quiso en realidad. Supongo
que amor no te falta, porque nunca pudiste
vaciarlo en ningún lugar, en ningún cuerpo,
en ningún alma. Si le dices que la amas,
no te creerá. ¿Demostrárselo? Suena lógico,
ya que eres tan lógica. Eres tan lógica que
pareces de verdad. Demuéstraselo, pues.
Ni siquiera toques a la puerta, sólo vete.
Es, además, lo que quieres.
No puedes fingir; el maquillaje
ya se corrió y veo tu carne, pálida.
Con todo, me dio gusto verte.
Te pareces tanto a ella. Hablas
como ella, mientes como ella.
La misma expresión de calidez, la misma
infelicidad en la mirada.
Espero que tu sabiduría te salve.
O que te ahogue.

 




 

***
Leonardo Biente
es escritor y poeta. También es empleado de día.

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