CUENTO

Camioneta

Violeta García

Camioneta
Camioneta

De chica soñaba con tener un Mazda convertible, como el que vi en una película. Cuando iba a cumplir quince años, le pedí a mi papá con insistencia que en vez de

hacerme una fiesta, me comprara un coche, aunque fuera usado, pero él no accedió. Me preguntó para qué lo quería. Dijo que no lo necesitaba, que él me llevaría a donde yo le pidiera siempre...

Cuando los tipos se llevaron a papá, mamá y yo comenzamos a suponer que se trataba de un secuestro, aunque de lejos se nota que nuestra familia no es de dinero. Por la ventana vimos cómo le impidieron entrar a su camioneta al salir para el trabajo, y lo subieron a un coche. Unas horas después lo trajeron de vuelta, con el rostro reventado a golpes y casi sin poder moverse. Con todo, pensamos que no tenía heridas de gravedad.

No podíamos imaginar quiénes o por qué le habían hecho eso a un hombre como él: sencillo, sin ambiciones, incapaz de ofender a nadie, ni por equivocación. Incluso debo reconocer que yo le guardaba cierto rencor por considerarlo un mediocre.

Se negó a consultar a un médico. Quién sabe si por orgullo, por no tener que dar explicaciones que él mismo desconocía, o por ahorrarse unos pesos. Nos dijo que se encontraba bien, pero después de un rato, cuando estábamos más tranquilas, empezó a vomitar y luego a convulsionarse. Ahí fue cuando nos percatamos de que se trataba de algo serio. Mamá y yo lo llevamos arrastrando a la camioneta.

Llegamos al hospital en menos de diez minutos. Ella manejó como nunca, forzando el viejo motor y esquivando a los demás vehículos sin parar en los semáforos. Yo tenía miedo de que chocáramos, y sin saber por qué, me puse a llorar.

Después de un rato, un médico nos dijo que los golpes le habían provocado a mi padre una hemorragia interna. Que habían hecho todo lo posible, pero no pudieron salvarlo. El uso de esa forma protocolaria me hizo sentir que se trataba de una farsa. Pero no lo era.

De regreso para hacer los preparativos del funeral, mamá y yo íbamos en silencio.

Al salir, ella se quedó un momento quieta, y finalmente, mientras se limpiaba las lágrimas, dijo con una voz seca, sin entonación: “La camioneta tiene un golpe”. Yo no me explicaba cómo pudo notarlo en semejantes circunstancias, porque ésta era vieja y tenía muchos otros daños. Pero yo sabía de dónde había salido esa abolladura: La noche anterior me invitó a salir por primera vez un chico que me gustaba. Yo quería quedar bien con él, porque es educado, con una posición social respetable y ambiciones. Maneja un convertible. Yo quería causarle una buena impresión, por eso no me atreví a llegar caminando y le pedí a papá la camioneta. Por eso también, me arreglé con mi mejor ropa, comí y bebí tratando de demostrar despreocupación por el dinero.

De regreso le pegué sin querer a un automóvil a toda vista nuevo y muy caro. Vi que adentro había un grupo de hombres que fumaban. Me asuste mucho, y lo único que se me ocurrió fue acelerar. Intentaron seguirme, pero los perdí antes de llegar a casa.

En su testamento, papá me dejó la camioneta.




 

***
Violeta García Costilla (CdMx, 1984). Docente y Lic. En Artes Plásticas. Ha publicado los libros de cuento “Relatos Urbanos” (ed. Sin Nombre, 2009) y “Mitología de una Ciudad Enferma” (ed. Ponciano Arriaga, 2011). Becaria de FECA cuento (2009) y Fondo Editorial (2011); PECDA (cuento, 2015). Ha colaborado en la revista Punto de Partida de la UNAM en 2016 y Lados B, ed. Nitro Press 2015, entre otros. Premio Manuel José Othón de Literatura 2016, en la categoría de Dramaturgia. Exposiciones: “Erótica Profana” y “El Amor que no se atreve a decir su nombre” (2011), “En busca de los Paraísos Artificiales” (2012), “Obsesiones” (2013). Actualmente forma parte del Colectivo Asteroide Errante y cursa la Maestría de Historia del Arte.

[Ir a la portada de Tachas 314]

 

Comentarios