Martes. 15.10.2019
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Tannhäuser

Yara Ortega

Tannhäuser
Tannhäuser

Me gustan los malos. Y los feos. No hay parangón entre Charles Bronson y Tyrone Power. Entre Clint Eastwood y Leonardo Di Caprio. Entre Joaquín Cosío "El Cochiloco" y Roberto Palazuelos, pues.

Y sí, me gusta el cine.

Cine de verdad, con historia, locaciones, producción. Me enloquecen los detalles (*se le nota triunfal cuando identifica el túnel de Ogarrio en una versión de "Pedro Páramo*). No procuro los estrenos, porque hay sobreexposición mercadológica para posicionar el filme de marras en la cartelera (y en el rally de taquillas, por supuesto): ganar mucho, recuperar la inversión en el menor tiempo posible. Odio la comedia. Más si es romántica. Un plus, si es mexicana y contemporánea.

Así, "Odisea del Espacio", "El Planeta de los Simios", "Flash Gordon", llegaron a mi vida previa al quinto piso. Es el caso de "Blade Runner".

Aún no encuentro argumentación en contra. Mi "hebdoartefilia", como he dado en llamarla, pone en el mismo casillero la llamada "distopía" y el "apocalipsis". La distopía como antítesis de la utopía. Una: el ideal mental en concordancia con la praxis. La otra: la cotidianeidad anula cualquier idea; el pragmatismo del poder y la superioridad arrasan con todo humanismo. Y aquí entran las máquinas o seres mutantes que superan al homo hábilis, Frankestein desencadenado. Sin sentimientos. Sin empatías. Siempre la ventaja y la superioridad por sobre cualquier cosa. "Metrópolis" de Fritz Lang es como el arranque de una nueva estética, la noir que nace en Europa en los tardíos 20's y se instala en una América al borde de la crisis del '29.

Y me entero de que, en medio de la distopía real en que habitamos el siglo XXI, muere Rutger Hauer (holandés, de origen alemán, "picador, leñador"). El nombre hace al hombre. Este hombre pasaría a la historia como el "replicante" (antes denominados "androides") de la serie Nexus 6: Roy Batty. Inicia con sus congéneres una revuelta; como un nuevo "Espartaco" encabeza la levantona en contra de sus explotadores. Rick Deckard (Harrison Ford) se encargará de "neutralizarlos".

Sin espoiler, Roy Batty lidera una jauría que tripula vehículos por lo demás hermosos. Los cisternas a velocidades hiperhumanas construyen una estética propia, donde la lógica de la aerodinamia es superada por los diseños netamente europeos, encabezados por "Moebius". Las persecuciones y pesquisas suceden en ciudades como NY y Tokio (sumémosle el Defectuoso en el ideario), postapocalípticas. La fotografía irrumpe en técnicas de FX, renovándolas cuadro a cuadro con otra exposición de luz, que al final logra tridimensionar lo que sólo sería largo y ancho. El "Hades", complejo petroquímico, es el centro neurálgico del postmoderno Los Ángeles, y brilla con luz propia al mismo tiempo que refleja un ocaso.

Sentimos presente el calentamiento global como antecedente, y una pre-glaciación que viene para quedarse. Escasean los bastimentos ("Water World") y el amor se redibuja, con tintes de empatía verdosa aún. Entes andróginos, asexuales, violentos. Rencorosos y vengativos. La música le da carta de identidad propia e inaugura otra forma de capturar la atención del espectador, para convertirlo en testigo inerme que aporta los sentimientos de que carecen las biomáquinas.

Definitivamente, hay un alivio cuando Roy Batty, en el encontronazo final con su némesis Rick Deckard, enuncia un monólogo que pasa a la historia de generación en generación, en la música, la literatura —como prosa, poesía e incluso filosofía.

Cito de memoria:

He visto cosas. Cosas que tu gentecita no creerá. Naves de ataque en llamas sobre los Hombros de Orión, brillantes como el magnesio. Viajé en la cubierta trasera de un "blinker", miré los Rayos-C brillar en la oscuridad cercana a la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se irán como lágrimas en la lluvia. Es tiempo de morir.

Y el Tiempo de Morir le llegó a Batty-Hauer a principios de esta semana. Mas su vida quedó marcada por papeles de arquitectura barroca en su complejidad patopsicológica: Tannhäuser es un personaje Wagneriano. Un Fausto enemigo de Dios y del Hombre. Y como tal, su destino es labrado por su propia mano, guiado por un improbable instinto. Porque las máquinas no tienen conciencia ni remordimientos.

 

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