martes. 09.08.2022
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ENSAYO

Un vistazo a las primeras prácticas penitenciales cristianas: la exagoreusis

Juan Manuel Gasca

Un vistazo
Un vistazo a las primeras prácticas penitenciales cristianas: la exagoreusis
Un vistazo a las primeras prácticas penitenciales cristianas: la exagoreusis

 

No sería preciso entender a las prácticas penitenciales del monacato como un paso más en la evolución de éstas en la historia de la Iglesia. Además de llevarse a cabo en paralelo con la exomologesis, se trata de un caso especial que, no obstante, se convertirá en el primer gran antecedente de lo que llegaremos a conocer como el sacramento de la confesión. Su carácter excepcional descansa en que la vida en el cenobio era concebida como la vida perfecta, su objetivo concreto ya no es la sola salvación sino la santidad misma.

Pero esta salvedad no impide que mantenga elementos comunes con el bautismo, el catecumenado y la exomologesis. De acuerdo a San Juan Casiano, cuando alguien decidía convertirse en monje, lo primero que enfrentaba era el rechazo de acceso al convento. Similar al suplicante que esperaba volver a la comunión pasada la exomologesis, el aspirante llamaba a la puerta del convento y los monjes le rechazarán durante diez días provocándole e insultándole en torno a que sus motivos eran egoístas. A pesar de la similitud con ese momento de la exomologesis, este gesto no comparte su simbolismo, equivale más bien al interrogatorio que se hacía tanto al candidato a catecúmeno como al penitente. Es una prueba inicial para poner de manifiesto las intenciones y la constancia del aspirante a monje.

Si este no revela malas intenciones y soporta pacientemente los insultos, accede a una segunda etapa, un periodo de prueba de un año donde un monje anciano estará a su cargo. Este monje se encarga de atender a los viajeros, dicha labor le recuerda al aspirante que todavía no está aceptado, que es un extranjero en el convento. Vive dentro de este, pero en la periferia. Técnicamente no ha accedido al cenobio, pues conviene recordar que el término proviene del griego koinós bíos, es decir, “vida común”.

Si pasa ese año de prueba, en el que debe haber mostrado aptitudes de servicio, humildad y paciencia, accede a una suerte de noviciado, el cual no puede sino recordarnos al catecumenado mismo, sin embargo, se trata de un periodo donde lo que importa que aprenda es la obediencia. En este noviciado ya vive con los demás monjes, aunque se mantiene bajo la dirección de uno de los más experimentados, junto con otros nueve aspirantes. Similar al periodo del catecumenado y de la exomologesis, en última instancia la duración concreta de este noviciado depende del desenvolvimiento del aspirante.

Al término del noviciado ya se ha convertido en monje, vive ya en el monasterio (que es el nombre de la celda propiamente y no del convento), y se integra a las labores cotidianas de la “vida común” con el resto de los monjes. Este nuevo estatuto no le libera de la dirección, sino que ésta ya se ha vuelto cotidiana y definitiva, su función consiste en llevar a un extremo tal la obediencia que el monje se halle siempre en la disposición de ser dirigido por cualquier otro. Más precisamente, el objetivo es que renuncie a toda posibilidad de gobernarse a sí mismo, sólo de ese modo alcanzará la santidad.

Esto implica una constante labor de anular toda voluntad propia, lo que se logra mediante la práctica permanente de dos ejercicios (y aquí conviene recordar que ‘ascesis’ viene del griego áskhesis que significa justamente “ejercicio”). El primero es el examen de uno mismo y el segundo es la confesión. Estos son los dos grandes antecedentes de lo que hoy conocemos como ‘examen de conciencia’ y la ‘confesión auricular’, que forman parte del sacramento de la confesión.

San Juan Casiano reconoce que el examen de conciencia tiene antecedentes en prácticas paganas, específicamente en Pitágoras, y sabemos que en el estoicismo latino, notablemente en Séneca, era ampliamente practicado, aunque no tenía un carácter de reconocimiento de culpabilidad y se vinculaba a una dirección de la propia alma. La vida monacal invierte el sentido del examen de conciencia, ahora se tratará de una auditoría permanente de todo pensamiento, palabra, obra, gesto, pasión, emoción, sensación. Se trata de una auditoría puesto que se buscan los influjos del Enemigo. Habrá que auditar incluso los sueños y poner especial atención en todo aquello que parezca involuntario, pues donde la voluntad propia es débil la voluntad de Satanás se manifiesta.

En última instancia el objeto mismo, aparentemente paradójico, de la vida monacal, será que nada escape a la voluntad, y el modo de lograrlo es neutralizar toda voluntad mediante la obediencia. En otras palabras, se trata de hacer efectivo lo que el propio San Pablo anunciaba: la libertad de pecar es la verdadera esclavitud, mientras que esclavizarse a Cristo es la verdadera libertad. La obediencia perfecta al director de conciencia, y en general a cualquier miembro del cenobio, es el modo más efectivo en que se sustrae la voluntad de Satán y se cumple la voluntad divina. Se sigue tratando de una mortificación: morir a la voluntad propia, condición del pecado, renacer en la voluntad de Dios, condición salvífica.

Es por ello que el examen de conciencia es insuficiente: si la única autoridad en esa auditoría fuese uno mismo, ¿cómo saber que no se trata de un engaño de Satán? Por ello es estrictamente necesario que el examen siempre lleve el complemento de la confesión. Se podría decir incluso que se trata de un mismo ejercicio, pero es a su cara confesional que el cristianismo oriental denominó exagoreusis

No obstante, es preciso entenderlo como un ejercicio indivisible porque, contrario a lo que podría suponerse, el examen no analiza y categoriza un conjunto de culpas para después confesarlas de manera ordenada al director de conciencia: la exagoreusis es la pura exteriorización del examen, el confesante no debe elegir cuidadosamente las palabras, por el contrario, debe decirlo todo tal como lo mira interiormente en el examen, debe ser plenamente transparente. Esto se debe a que, al exteriorizar el pensamiento mismo, el monje experimentado que lo escucha podrá descubrir los engaños que el demonio opera sobre la narración del confesante.

Ahora bien, para conjurar esos engaños el primer enemigo a vencer, presente en el confesante mismo, es la vergüenza, pues su función consiste en mantener secretos, y no hay mejor indicador de que algo es malo que su necesidad de mantenerse en las tinieblas. Existe, en torno a esto, toda una premisa cosmoteológica vinculada a la historia de Luzbel y su exilio a la oscuridad. La virtus confessionis, como Casiano la llama, es el instrumento mediante el cual el reino de las tinieblas, presente en la interioridad humana desde el pecado original, es derrotado mediante su exposición a la luz. La obediencia en el decirlo todo es la voluntad de confesar los más oscuros secretos, y en cuanto derrota de la voluntad satánica, se alinea perfectamente a la voluntad divina.

Es por ello que, posterior a la exagoreusis, no se realiza algún tipo de absolución, la sola confesión opera como exorcismo. Esta clase de poder no la consigue el monje por sí mismo, requiere de la gracia divina. Y se trata literalmente de un círculo virtuoso: al ejercitar todo el tiempo el examen y la confesión se prepara el terreno para esa aportación divina. En el límite, mediante ese círculo virtuoso es posible alcanzar la meta del cenobio, la puritas cordis, el punto de la contemplación de Dios en el que ya sólo hay pensamientos puros.

Esto no significa que el examen-confesión sea la única práctica penitencial en el cenobio, son bien conocidos el trabajo, la oración, el ayuno, la vigilia, las penas corporales, entre otros. Pero debido a la centralidad que San Juan Casiano da a la obediencia, el examen-confesión es el pilar de la vida monacal, el instrumento más efectivo para abandonar toda voluntad propia y ejercer, en su lugar, la voluntad divina.

Foucault, M. (2019). Historia de la sexualidad 4. Las confesiones de la carne. (H. Pons, Trad.) Buenos Aires: Siglo XXI.

 

 



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Juan Manuel Gasca Obregón (jmgasca@gmail.com). Estudiante de filosofía. Beneficiario de la Beca de Postgrado PUCV 2019.

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