Lunes. 18.11.2019
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CUENTO

Bosque de Noruega

Juan Ramón V. Mora

Bosque de Noruega-Juan Ramón V. Mora
Bosque de Noruega-Juan Ramón V. Mora

Ya una vez había ido a Santa Lucía, durante un viaje escolar en secundaria. Las cosas han cambiado desde entonces. Ahora tengo amistades verdaderas. Entre ellas Lisa ocupa un lugar privilegiado. Con ella regresé a Santa Lucía. Esta vez fue sólo por curiosidad y —debo admitirlo— por la difusa esperanza que ambos teníamos de conocer a Tomás Belmonte. No ignorábamos su avanzada edad, ni la fama de recluso que lo había acompañado siempre, pero los dos habíamos entrado casi al mismo tiempo en su literatura. A los dos nos había deslumbrado la lectura de "Ritos de café": novela disoluta en donde se mezclaba la fascinación por su tierra natal con la más honda cultura universal. Belmonte pasaba con facilidad de la tierra al barco, de la casa de infancia al análisis erudito.

Nos sorprendió descubrir que en el centro de la ciudad se multiplicaban los los locales de anticuario, diseminados entre las tiendas de playeras y baratijas. Las había de todo tipo; desde las que parecían galerías diseñadas para millonarios hasta locales en penumbra, polvorientos y atendidos por un anciano múltiple al que nunca le faltaba el mal humor, como si distintos actores se hubieran puesto de acuerdo para honrar una caricatura.

Fue en una de esas tiendas donde hallamos a Belmonte por casualidad, en un rincón apenas iluminado por el amarillo percudido del foco. Era como una oferta más del lugar: encorvado, con sombrero y traje blancos, sosteniendo entre sus manos un pedazo de coral que después devolvió al anaquel. Una maraña de arrugas le cubría el rostro y no notó los cuchicheos que provocaba en dos turistas varados en el umbral de la puerta. "¡Sí es!", le decía a Lisa, mientras ella me arrojaba una mirada perpleja desde sus enormes ojos. Los dos somos muy tímidos, pero en un arrojo súbito, me le acerqué y lo abordé de la manera más ridícula que se me ocurrió —preguntándole si era quien ya sabía que era. Me respondió con una sonrisa que me hizo retroceder un poco.

—Quisiera decirle que su obra ha sido muy importante en mi vida, y también en la de mi amiga Lisa —dije señalando; ella se limitó a levantar la mano en señal de saludo.

—Discúlpeme, pero soy sordo desde hace mucho. ¿Cómo dijo que se llama?

De cerca sus ojos claros eran más intensos. El bigote cano amarilleaba en el centro y las arrugas se concentraban alrededor de sus órbitas.

—Perdón —respondí avergonzado— me llamo José Miranda.

Belmonte me extendió la mano y le correspondí sorprendido por la firmeza de su apretón.

—Estoy curioseando, nada más. ¿A usted le gustan las curiosidades?—le preguntó a Lisa, mientras recuperaba el objeto que había depositado en un anaquel.—Sí —respondió ella, apenas quebrantando su silencio. Sospeché que se trataba de una respuesta automática. Me dolía verla en posición de firmes, con shorts y huaraches, recibiendo un pequeño coral desde las manos de Belmonte.

Regresé la mirada al anaquel y noté una pequeña talla de piedra, muy polvorienta. Representaba la cara de un murciélago con las fauces abiertas. Belmonte pareció ejercer la telepatía y alargó el brazo para tomarla.

La avidez salía como centellas de sus ojos. Fue como si el lugar entero, con nosotros en él, se hubiera vuelto humo. Su mirada se concentraba en la pieza, las manos suaves le daban vueltas una y otra vez, produciendo una ligera hipnosis interrumpida por un pequeño bufido triunfal seguido de un "¡Me la llevo!".

Nos dejó una tarjeta con su dirección, por si queríamos pasar a visitarlo. Lisa y yo nos quedamos con el sonido de su bastón golpeando la banqueta. Cuando salimos, tan sólo nos recibieron los reflejos que la lluvia provocó en el empedrado.

A mitad de la noche me levantó un sueño en el que tocaba el piano del vestíbulo del hotel. No sé qué tendría de inquietante el episodio, pero no pude volver a cerrar los ojos hasta que el cielo se puso azul de nuevo. Lisa no se ahorró el regaño ni la burla por mi debilidad. Por supuesto que lo primero que propuso fue ir a visitar a Belmonte. Le dije que lo pensara mejor, que quizá la tarjeta sólo era una cortesía. Ella no quiso desaprovechar nuestra buena suerte.

Desayunamos con prisa en el restaurante del hotel (se acercaba ya el mediodía) y salimos al ambiente húmedo que se respira siempre en Santa Lucía. Averiguamos que la dirección que nos dejó Belmonte no quedaba muy lejos, en la misma zona del centro. Creí recordar que su familia había adquirido una enorme finca en el centro de la capital cuando se los había permitido el éxito de sus empresas en el interior de la provincia.

 

Belmonte mismo nos abrió la pesada puerta de madera. No parecía sorprendido por nuestra visita, pero yo me sentía avergonzado. Lisa, en cambio, era llevada por un ímpetu que bloqueaba su habitual timidez. 

Ya estando dentro vi que la casa era más chica de lo que había imaginado por sus textos. No dejaba de tener un patio central rodeado de arcos, pero distaba mucho de ser una finca señorial. La humedad incluso era mayor que afuera. En el patio había arriates de adobe con árboles frutales y una enorme cantidad de macetas con plantas que recibían más agua de las nubes que atención de las personas. Aquello, para decirlo pronto, era una selva. Distintos verdores escalaban, bajaban, crecían y morían en apenas unos metros cuadrados. 

Caminamos debajo de los arcos hasta llegar a una escalera de piedra situada en una esquina del rectángulo. Las paredes estaban salpicadas de fotografías viejas y cromos de santos católicos desteñidos por el paso del tiempo. Llegando a la escalera, Belmonte nos preguntó:

—¿Les gustaría ver mi colección?

Subimos una escalera de peldaños tenues y en el segundo piso Belmonte paró ante una puerta de madera. Luego sacó un llavero del bolsillo y quitó el candado que sellaba la estancia. Yo me sentía tan desasosegado por la perfecta concatenación de acontecimientos que nos había conducido hasta ahí, que casi me resistí a pasar. Lisa, por supuesto, entró primero.

Era un cuarto más o menos largo y estrecho, lleno de vitrinas con objetos diversos que no respondían a ningún orden discernible. Las antigüedades coloniales estaban mezcladas con objetos prehispánicos, las cajas de latón junto a puños de alhajas. Entre la multitud de cosas alcancé a distinguir la talla de piedra en forma de murciélago que ambos habíamos notado en la tienda de antigüedades.

—Veo que se consiguió el murciélago— le dije.

—¿De qué hablas?— respondió. Esa talla la descubrí en unos matorrales cuando tenía siete años. No te entretengas con eso.

Luego, dirigiéndose hacia Lisa, preguntó:

—¿Le gustaría conocer mi verdadero tesoro?

Noté que Lisa suprimió con gran esfuerzo un impulso por dar pequeños saltitos y aplaudir. En mí, sin embargo, la inquietud comenzaba a dominar el vacío en el abdomen que experimento siempre en momentos de alta tensión. Suprimí la voz que me aconsejaba retirada y levanté los hombros para acordar —a medias, creía— que lo que ellos opinaran estaba bien.

En la esquina del cuarto había un bulto cubierto con unas mantas. A primera impresión hubiera parecido un montón de trapos viejos acumulados con el tiempo, pero examinado de cerca (como me obligó a hacer el hecho de que Belmonte se dirigiera con resolución hacia ese rincón) revelaba el contorno de un objeto prominente debajo de aquella maraña. Resultó ser una jaula. Una jaula grande, como para perico, pero en vez de perico contenía un gato famélico, sarnoso, recostado sobre uno de sus lados.

Las alarmas de mi mente se encendieron todas a la vez, pero Lisa. Ah, Lisa. En sus ojos de lechuza no había espacio para la duda, sólo para resoluciones concretas. Una vez que se había decidido a algo, se dirigía hacia ello como una daga homicida. No distinguí temor ni asombro cuando Belmonte nos reveló aquel animal.

—Esto es lo que más trabajo me ha costado conseguir, la obra de mi vida— comenzó a discursear Belmonte mientras las costillas del gato, visibles bajo su piel, se expandían y contraían con ritmo acelerado. 

—La primera vez que me encontré con él fue en la adolescencia. En aquel entonces sufría de lo que los psicólogos llaman "falsos despertares". Este problema se mezcló con  un sueño recurrente. Nunca olvidaré esa primera vez, a los diecisiete años. En el sueño despertaba muy temprano, con las primeras luces. Salía de mi cuarto y caminaba por el patio de esta misma casa. Entonces me llamaba la atención un murmullo que venía desde una orilla del segundo piso. Volteé al lugar de donde procedía el rumor y notaba una cara peluda, de ojos salvajes. Un gato feral con el lomo enmarañado que recitaba fragmentos de Los cantos de Maldoror. Me tomó tiempo descubrir de dónde sacaba tanta elocuencia. El sueño se repitió muchas veces, estoy seguro de haber escuchado el libro entero.

»En algún momento, después de los treinta años, me propuse entablar un diálogo con el gato. Supe que en el sueño no podría hacerlo, no por falta de intento sino por falta de respuesta. Mientras escribía libros insulsos para alimentarme, lo mejor de mi tiempo y mis energías lo usé para ejecutar una metodología que trasplantara a ese gato justo aquí, en esta jaula.»

Acto seguido, Belmonte cogió de una mesa una vara larga y comenzó a picotear la espina dorsal del animal, que apenas parecía tener fuerzas para respirar. Como no respondió a sus estímulos, agitó el instrumento y le dio un azote tal al gato que el eco de su sonido se quedó reverberando en la habitación y en mi cabeza mientras me preguntaba por qué Lisa no había reaccionado ante semejante violencia. Volteé a verla y noté un hilillo de baba cayendo desde su labio inferior. La mirada estaba concentrada en el animal. Por mi parte, noté que el vacío de mi abdomen se había extendido hacia todo mi cuerpo y era incapaz de mover un músculo.

—El gato le está hablando— me dijo Belmonte, dirigiendo un movimiento de cabeza hacia Lisa. —Cada quien lo escucha distinto.

Repentinamente el gato se levantó y adoptó una posición similar a la de una esfinge. Me miró fijamente y comenzó a recitar con una voz honda y penetrante, articulando cada palabra con exactitud:

«Amigo, me es imposible intercambiar ideas contigo. Hace mucho tiempo ya que los dulces rayos de la luna hacen brillar el mármol de las tumbas. Es la hora silenciosa en que más de un ser humano sueña que ve aparecer mujeres encadenadas, arrastrando sus sudarios, cubiertos de manchas de sangre, como de estrellas un cielo oscuro. El que duerme lanza gemidos, parecidos a los de un condenado a muerte, hasta que despierta y advierte que la realidad es tres veces peor que el sueño.»

La habitación, todo lo que entraba en mi campo de visión, comenzó a vibrar con el ritmo que había dejado el eco de su última palabra. Experimenté un pánico indecible ante lo que aparentaba ser la disolución de todo lo que veían mis ojos. La vibración creció en zumbido, luego en ritmo profundo y finalmente perdí el miedo. Me dejé llevar por un entusiasmo idiota al ver la totalidad de mis circunstancias disolverse. "Esto no es el fin", pensé.

De pronto, todo volvió a ser como antes. El hilo de baba que caía desde la cara de Lisa se había transformado en gota y lo primero que volví a ver fue esa partícula estrellándose contra el suelo, liberando un pequeño sonido apenas perceptible. El gato estaba recostado dentro de la jaula, respirando con dificultad

La vida volvió al rostro de Lisa, mientras Belmonte miraba todo atentamente desde su posición. Lo primero que hizo fue voltearme a ver con una mezcla de terror y asombro.

—Esperen un poco. ¿Qué fue lo que te dijo?— dijo Belmonte.

—Me dijo que era imposible hablar conmigo, que…—respondí.

Belmonte interrumpió recitando el pasaje completo. 

—No ha dicho otra cosa desde hace un año. He consultado los oráculos y me revelaron que si iba a la tienda de antigüedades justo el día de ayer, conocería a las víctimas sacrificiales propicias para trasplantar completamente al gato desde el sueño hasta mi casa. Verán, en mis sueños se trata de un enorme gato Bosque de Noruega, con un pelaje abundante y feroz. Su sola presencia era imponente. La tarea de mi vida no estará completa hasta que repita el sueño que tuve con toda exactitud.

Noté que su semblante se tornaba sombrío. Apretaba los labios con decisión y no parecía dispuesto a ceder un ápice. 

Después procedió a asesinarnos con una daga ritual.

Fue muy rápido, debo decir. Cuando morí experimenté algo muy similar a lo que me había pasado con el gato. Luego Belmonte usó la sangre que escurría de nuestros cuerpos para completar algunos rituales que no son seguros de reproducir en ninguna parte.

Después de algunos meses, pudimos observar cómo el gato recobraba el vigor, aumentaba de tamaño y se convertía en un ejemplar enorme, de pelo alebrestado y mirada poderosa que no podía estarse quieto dentro de su jaula.

Belmonte probó de todo, pero terminó por resignarse al hecho de que su gato había perdido la capacidad de recordar de memoria los cantos del oscuro Conde. Ahora limitaba su repertorio a una variedad de canciones rancheras, de las que maullaba la tonada con precisión encantadora. La primera vez que trató de escenificar el momento de su sueño, el gato se soltó maullando la tonada de Guadalajara, la de la tierra mojada. Luego viró hacia Pedro Infante, pasó por Javier Solís y desembocó en Vicente Fernández. Nuestros cuerpos yacen enterrados en su patio, y ahora tengo mejores cosas que hacer aparte de estar viendo a un gato.





***
Juan Ramón V. Mora (León, 1989) es venerador felino, escritor, editor, traductor y crítico de cine. Ganó la categoría Cuento Corto de los Premios de Literatura León 2016 y fue coordinador editorial en la edición XXII del Festival Internacional de Cine Guanajuato.

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