Martes. 19.11.2019
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Plataformas

Antonio Tamez

plataformas, Antonio Tamez
plataformas, Antonio Tamez

Lo que más me chocó de los cuevanenses cuando llegué a vivir aquí, fue que no supieran hacer filas. Creo que todavía me molesta que cuando llega el Vasallo de Cristo[1] la gente se apretuja a un lado de las puertas y se forma un embudo humano que sólo tendría comparación, guardando las debidas proporciones, con en el metro de la capital.  Fue unos meses después de llegar que caí en cuenta de la dinámica que aquí opera y que consiste primero en dejar pasar a las mujeres y luego a los hombres, eso sí, de uno en uno. Las mujeres y los mayores se meten entre la gente haciendo uso de un derecho antiquísimo, implícito para los locales y que podría llegar a ofender al viajero ilustrado en cortesías de Occidente. Algunos señores abusan de este derecho y si tienen canas aprovechan y se le meten a uno en la fila. Hay gordos que te empujan para ganarte el lugar, señoras enfadadas para quien no vales una mierda, madres adolescentes con su hijo en brazos llorando a todo pulmón a quienes debes cederles el asiento porque si no todos te miran feo. Los Vasallos de Cristo suelen ir repletos, especialmente durante la mañana, a medio día y el último de la noche, y no se diga durante el Cervantino. Los operadores se esfuerzan para meter a todos dentro. “Un pasito pa trás amigo, un pasito pa trás”, piden, aunque ya sea físicamente imposible.

En Cuévano nadie respeta el espacio personal. En Tokio, por ejemplo, (si no es la famosa hora pico esa en donde los guardias del metro meten a todos hasta dejar los vagones rebosando como latas de surimi), los ciudadanos suelen pedirse disculpas entre sí y hacerse reverencias por haberse tocado. “Mind the gap” dicen los altavoces del metro de Londres cuando se cierran las puertas. Aquí a todos nos vale madres; nos colamos, nos atravesamos, nos empujamos. Pero aun entre los pueblos bárbaros hay unos más civilizados que otros y Cuévano claramente no forma parte de la lista. Al menos no para quienes defienden el respeto del espacio personal en la calle.

El asunto del apretujamiento cuevanense, sin embargo, tiene una explicación más allá de Occidente, o del capitalismo, o de la imposición de lo políticamente correcto en estos casos. El espacio en Cuévano ha influido notablemente en el desplazamiento de las personas. Una ciudad construida sobre una cañada en donde el entorno resulta en extremo limitado. La gente vive amontonada. Cuévano está dispuesto sobre plataformas. Me pregunto cuántos niveles de plataformas pueden contarse desde las banquetas de los túneles hasta la azotea de la última casa en Valenciana: ¿50?, ¿150?, ¿450? Las viviendas se comunican entre sí a través de una red de estrechos callejones que conforman un auténtico laberinto. Cuévano no es la única ciudad con estas características, pero quizás sí es aquella que las expone de la manera más dramática. Así estaba trazada Teotihuacán, una ciudad que tuvo el mismo número de habitantes que Cuévano durante su época de esplendor. Por momentos, o por zonas, Cuévano también me recuerda a la experiencia habitacional de los indios del norte, de la llamada Oasisamérica; me refiero a los asentamientos Anasazi, Pueblo o Mogollón que construyeron Cliff Palace, en el Parque Nacional Mesa Verde en Colorado, o las Casas Acantilado del noreste de Chihuahua.

Incluso cuando el cuevanense muere y es enterrado en el cementerio de Santa Paula (una de las plataformas más altas de la ciudad), sus restos descansan en un nicho que forma parte de las criptas verticales de alguno de los edificios multifamiliares de la necrópolis. No hay otro modo de vivir en esta cañada, ni de morir, que no sea uno encima del otro.






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Antonio Tamez (Ciudad de México, 1984). Es Licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Querétaro y maestro en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Guanajuato. Estudió el Diplomado en Creación Literaria en la SOGEM. Fue becario del PECDA Querétaro en 2005, 2011 y 2014. Ha publicado los libros de cuentos Historias de princesas para el orfanato de niñas (Instituto de Cultura del Municipio de Querétaro, 2007), Bengala (Herring Publishers, 2011) y El templo de los animales disecados (Montea, 2017). Está incluido en las antologías Porqué Escribo (Gris Tormenta, 2017), Página 1 (Revarena, 2016), Largo Sueño de las Cifras (Instituto de Cultura del Municipio de Querétaro, 2014) y Neónidas [2006-2008] (Herring Publishers, 2009). Ha publicado en diversos medios impresos y digitales como Punto de Partida, LiberoaméricaTres Pies al Gato, entre otros.

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[1] Línea de autobuses que hace la ruta Central-Cristo Rey.

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