Lunes. 24.02.2020
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ESTA CANCIÓN PODRÍA SER TU VIDA [NOVELA POR ENTREGAS, V]

You can leave your hat on (Randy Newman, 1972)

José Luis Justes Amador

Esta canción podría ser tu vida, V
Esta canción podría ser tu vida, V
You can leave your hat on (Randy Newman, 1972)


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Si, para confirmar la teoría, mi infancia terminó con el primer recuerdo consciente que tengo, sé cuál fue. Era verano. El verano del Mundial de futbol. El verano en el que pasé de intercambiar cromos de futbolistas de nombres impronunciables a decidir mi vocación científica. El verano de la fiesta de cumpleaños.

Mi familia apenas los conocía. Nosotros vivíamos en el primer piso de un edificio alto. El patio abierto fomentaba las relaciones cercanas con los vecinos con que compartíamos rellano y patio interior. Arriba era, salvo cuando arrojaban algo por la ventana y mi madre reclamaba, otro mundo, el mundo de los que no podían salir.

Ella (¿Dolores? ¿Angélica?), nunca supe ni pregunté por qué motivo, estaba castigada. Castigada justo el mes de su cumpleaños. Cumplía catorce y, eso sí lo supe, tenía previsto celebrarlo, por primera vez, fuera de casa. Con sus amigos. Supongo que en una hamburguesería o en algún sitio parecido. Libres pero no libertinos. A mitad de camino entre sentirse fuera de casa y la seguridad al mismo tiempo de seguir siendo niños. Adolescentes en los primeros escarceos. Como venganza imprimió unas octavillas mal fotocopiadas en la que invitaba a todos los vecinos de su edad aproximada, uno año arriba o abajo, a su terraza. Aquella fue la palabra mágica. Terraza. Tuve que buscarla en el diccionario. Jamás nadie me había hablado de ellas.

Yo fui el único de los habitantes de aquel enorme edificio en acudir a la cita. Por la palabra mágica y porque mis padres no estaban en casa y yo ya tenía una llave. Podía regresar antes que ellos estuvieran en casa. El resto de la concurrencia, como descubrí al llegar, eran amigos y amigas de ella. Guapos y guapas. Bien vestidos. La fiesta transcurrió rápida entre litros y litros de refresco y sándwiches sin corteza, otra novedad para mí. Nunca he sido de hablar mucho así que no me importó que las únicas palabras que crucé en toda la fiesta fueran saludos.

Siempre que recreo la fiesta en mi cabeza pienso que la verdadera venganza por el castigo no fue invitar a todos los vecinos del edificio, solo acudí yo, sino el fin de fiesta que ella había planeado. No sé porque lo hizo pero lo hizo.

Después del pastel mandó callar a todos los invitados, compañeros de clase y, por lo que alcancé a escuchar en alguna que otra conversación, amigas del equipo de gimnasia de uno de los clubes más exclusivos de la ciudad a cuyo restaurante, también exclusivo, se habrían ido sus padres dejándonos solos.

—Ya somos mayores. —Suena raro escuchándolo en la memoria salir de la boca de una niña de catorce años. —Hagamos cosas de mayores.

Por la rapidez con la que apareció la sabana, blanca aunque percudida, debía tenerlo todo preparado. Alguien, voces de niña también, nos pidió que colocáramos las sillas en la parte posterior de la enorme terraza, al fin sabía lo que era, mirando hacia el improvisado escenario que iba a consistir en una lámpara de mesa, no en pie sino inclinada, y en la sabana que se alzaba entre nosotros y la luz sostenida por dos de sus amigas.

Apenas debieron ser dos o tres minutos pero el extraño mecanismo del recuerdo, a cámara lenta, lo convierte en mucho más tiempo. Ya estaba oscureciendo, por lo que el único sitio al que podíamos mirar era el círculo brillante y enorme de luz sobre la tela blanca.

Era su sombra la que apareció en el redondel iluminado. No sé quién más sabía aparte de las dos tramoyistas, pero supongo que para todos debió ser tan sorprendente para mí. Yo, supongo que los demás también, solo sabíamos de eso que los adultos llamaban “cosas de mayores” por conversaciones susurradas y revistas.

Al otro lado de la sabana la vimos quitarse, rápida y con movimientos torpes, su blusa y el diminuto sujetador que sostuvo unos segundos antes de tirarlo al suelo con un gesto burdo aunque ensayado. Si hubiera terminado ahí ya hubiera supuesto una ceremonia de iniciación. Para ella, quién sabe, y para nosotros. Continuó. Se desabrochó el pantalón y balanceándose, primero sobre una pierna, después sobre la otra, se lo quitó. Supongo que mi pensamiento era compartido por muchos. Allí enfrente, a unos pasos, al otro lado del telón, había una chica de nuestra edad casi desnuda. No sé qué pensamientos desató en los otros. Yo no sabía que pensar. Pero nadie, ni las niñas, podía apartar la vista del espectáculo. Éramos adultos. O, al menos, estábamos jugando a serlo.

Colocó las manos a ambos lados de su cuerpo y lentamente, o al menos así quiero recordarlo, con los pulgares que había introducido en el elástico de sus bragas, comenzó a quitárselas. Al inclinarse para quitárselas totalmente la sombra se convirtió, de una figura humana en algo informe, hasta que volvió a recuperar una forma definida, delimitada en su inmadura perfección por la luz.

Y, de repente, quizá previsto, quizá una torpeza de atrezzo, cayó el telón. Fueron unos segundos. Todavía puedo ver las brillantes gotas en sus muslos, supongo que de miedo, antes de que sus piadosas y torpes compañeras la cubrieran con la sábana y la acompañaran adentro a vestirse. Nadie habló.

Huí, sin despedirme, no había nadie de quien hacerlo, a mi refugio unos cuantos pisos más abajo.

Sólo recuerdo que aquella misma noche, tenía que decidirlo antes del curso que comenzaba en septiembre, decidí estudiar ciencias.


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