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Black Summer: zombies realistas

Óscar Luviano

Tachas 363
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Black Summer: zombies realistas


A estas alturas del juego, hay dos temas que parecen no dar más de sí: los zombies y la pandemia. Aunque se ha hablado mucho sobre su relación (virus, conspiraciones y administraciones inútiles son su vínculo común), creo que no se ha establecido la forma en que el imaginario de los muertos vivientes ha impulsado (quizá de una manera peligrosa) la idea del hastío como la principal característica de la pandemia que nos toca en suerte.

El hastío es lo que abunda en las columnas, videocharlas y grupos del guassap sobre el Covid-19, a pesar de las dramáticas historias de peregrinaje de hospital en hospital en busca de atención, los crematorios desbordados y hasta la noticia de que la Jefa Fabiana, enfermada amada por todos, ha caído infectada. Ni siquiera el temor a una recesión inusitada o al desempleo parecen matizar los lamentos en las redes sociales por el encierro con los hijos y los trastes sucios y la falta de menús de alta cocina.

Parte de esta sensación de letargo, creo, proviene de que nuestra única educación en epidemiología son las películas y series sobre zombies. Nos habían enseñado que en los contagios masivos la cura consistía en huida con apenas lo puesto, las transmisiones de radio llenas de estática que prometen santuario seguro y lugares que nunca se llamarán “Municipio de la Esperanza” y la pelea cuerpo a cuerpo. Acciones que se alejan mucho de la obligación de lavarse las manos, la prohibición de que el presidente ande besando niñas y del encierro con una sobresaturación de streaming y videocursos. Correr por la vida perseguido por una horda suena más lógico que arriesgarse a un contagio mortal por el precario sueldo que ofrece los call centers de Banco Azteca.

El relato en sí de la pandemia del virus Sarcos-Cov-2 carece de épica o de moralejas (como ya lo había advertido Camus en La Peste). El clamor de sus víctimas y de sus familias es acallado por una burocracia sanitaria elevada al estrellato, sin importar que sus cifras de contagios y de víctimas se contradigan y parezca demasiado apurada en dar buenas noticias (en la semana del 11 de mayo, anunciada como la de mayor cifra de contagios, se anunció la curva aplanada con bombo y platillo).

Es por ello que yo, como espectador, he renunciado a eso que las masas tuiteras llaman “la telenovela de las 7”, y que consiste en un show donde el Subsecretario de Salud, Hugo López Gatell, ofrece cálculos que nadie entiende pero que a todos le gustan, humilla a periodistas y denuncia complots. He dejado de verlas porque se parecen cada vez a las Mañaneras, y aquellas perdieron su rumbo en la primera temporada.

Y a la par que me deslindo de la Gatellmania, he regresado a las series de zombies. Créanme que ha sido un acto reflejo sin ninguna intención. Quizá por ello me he visto recompensado con el hallazgo de una serie que revitaliza al género y arroja al mismo tiempo algunas lecturas útiles para el presente.

Black Summer (ocho episodios que van de los 50 a los 20 minutos, todos disponibles en Netflix) ha sido relanzada tras un discreto estreno en su canal productor (SyFy) justo en este momento, cuando The Walking Dead (Fox) lleva tres temporadas con menos cerebro que uno de sus caminantes y de que el fracaso de la película Zombieland: Double Tap dejara claro que hasta la comedia zombie nos ha saturado.

Esto viene a cuento porque Black Summer es la precuela de otra serie con tintes cómicos del mismo SyFy: Z Nation (2014), que va por su quinta temporada y que no he visto. Los fans aseguran que, dentro de su trama, se habla del inicio de la pandemia durante un “Verano Negro”, y esta breve serie retrata los primeros días de ese fin del mundo.

El primer acierto de Black Summer es que se deslinda espiritualmente del título que le da origen. No solo no es una comedia, sino que es la serie más cruda sobre los zombies que se haya producido. Y quizá la mejor de SyFy.

La creación de Karl Schaefer y John Hyams destaca porque elige un tono casi documental, con una cámara al hombro y el uso de impresionantes planos secuencia. Esta cámara nerviosa oculta más que muestra, pues elige el punto de vista de un personaje en una narración fragmentaria: algunos hechos se muestran desde varias perspectivas y otros quedan sin explicación, dejando que el espectador llene los huecos. Cada episodio está dividido en capítulos que siguen la mirada que sobre los hechos que tiene un personaje mientras suceden.

Black Summer está contada en presente: nada de flashbacks o de explicaciones gatellianas. Se trata de una persecución continúa a lo largo de sus 5 horas y pico de metraje: un grupo heterogéneo de canadienses huye desde los suburbios hacia un estadio en el que esperan ser evacuados en avión.

Su motor es Rose (Jaimie King), una mujer que es separada de su hija en un puesto militar. Espera encontrarse con ella, ayudada por un electricista, una coreana que no habla inglés, un soldado que es en realidad un criminal disfrazado, un sordomudo de noble corazón y el gordo barbudo que cumple la función de ser un angustioso cómic relief. Los persigue una vasta horda de zombies y, desde luego, su peor calamidad son los humanos que se encuentran en el camino.

Y eso es todo. Nadie debe encariñarse con sus protagonistas.

Lo mejor de la serie es la norcoreana Ohh Sun (Christine Lee), que es una gema dentro de este ejercicio minimalista. Los diálogos son escasos, pero Sun no para de hablar. Los otros no la entienden y tampoco el espectador (a menos que sepa coreano), pues no está subtitulada. Sin embargo, todos la escuchan con atención y fingen comprenderla, tal vez porque creen que tiene respuestas tranquilizadoras. Como hacemos con Gatell cada tarde.

En la más bella escena de la serie, encerrados en un comedor, vemos a Sun tomar un medallón con una foto que observa de tanto en tanto, lo besa y se lo lleva a la boca cuando corre para no perderlo. Lo mira con una espantosa tristeza y comienza un largo monólogo que nadie comprende mientras los ojos se le llenan de lágrimas. Los crueles soldados que han capturado a grupo y sus compañeros de huida escuchan, y comienzan a llorar con ella.

¿Qué ha dicho Sun? ¿Quién está en ese medallón? No importa: todos en una epidemia tenemos a alguien ausente cuya foto veneramos y que es poco probable que encontremos de nuevo. En el encierro que marca la supervivencia, todo lo que nos queda es estar ahí, al lado de quienes cuidamos y nos cuidan, y escuchar, aunque no entendamos nada.




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Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968) es narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

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