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ESTA CANCIÓN PODRÍA SER TU VIDA, NOVELA POR ENTREGAS [XIX]

I fought the law (The Crickets, 1959)

José Luis Justes Amador

The Trial, Orson Welles, 1962. Fotograma de la película
The Trial, Orson Welles, 1962. Fotograma de la película
I fought the law (The Crickets, 1959)

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Si hubiera sabido lo complicado que resultaría conseguir un cambio de plaza, lo habría hecho de nuevo pero, al menos, me hubiera preparado, mentalizado para luchar contra los estratos más elevados de la estupidez humana, la de aquellos que no están preparados para afrontar algo que salga de sus esquemas humanos. Y no me refiero a la mía, que era y es bastante, sino a la de los encargados de realizar un servicio a sus conciudadanos que la mayor parte de las veces, con poquísimas excepciones, lo consideran un favor por el que se les debe estar eternamente agradecido y, lo que es peor, obediente a sus más absurdas y contraproducentes insinuaciones. Y escribo insinuaciones porque ninguna de sus órdenes (debería ser al revés, ya que si nosotros les pagamos, ellos deberían estar a nuestras órdenes, a pesar de la consabida de recibimiento que contradicen con sus actos y palabras) llega nunca directamente al receptor, sino bajo una capa de amabilidad y facilidad que nunca llega a serlo.

Primero está el asunto de la puntualidad. Te citan a una hora que nunca se cumple. ¿Por qué? Porque, uno, presuponen que vas a llegar tarde y, con la más que lógica intención de ordenar, organizar y agilizar su trabajo, todas las personas a recibir durante un día, tienen asignado un horario en lapsos de quince minutos o, en oficinas en las que el trámite es más complicado, de media hora. (Qué suerte que esto no es Inglaterra, donde la puntualidad está tan arraigada que los trenes o los autobuses pueden salir a horas como la 15:27 o las 23:32). El usuario, por su parte, acostumbrado a que esa hora sea falsa, suele llegar antes, para saltarse turno, o después, para evitar la aglomeración de todos los que han llegado en un horario previo al previsto.

Una vez que uno logra llegar a la oficina prevista, se trata de manera ilógica de demostrar que uno es quien es, como si en la mentalidad funcionarial ese escritorio en concreto fuera el resto del mundo y la gente estuviera ansiosa de cambiar una de esas tibias e irrepetibles mañanas de verano o la calidez de la cama a primera hora de un día de invierno por una habitación helada, cuando afuera hace frío, o bochornosa, cuando el calor arrecia afuera. La pregunta que dirige el funcionario suele ser, si no absurda, al menos silogísticamente incorrecta o peligrosamente cercana al solipsismo.

—¿En qué puedo ayudarle? —Y eso si no adopta la más manida, y totalmente falsa, formulación hiperatrofiada de “A sus órdenes”.

Dan ganas, pero uno las reprime porque está a merced de la persona que tiene enfrente, de contestar en la voz más alta posible (porque los agentes burocráticos suelen ser sordos, o hacérselo, a las más mínimas normas de la lógica) que uno está ahí porque ha sido citado a esa hora de ese día en esa oficina. Y, además, uno no lo hace, porque sabe que la persona que tiene enfrente jamás entenderá que ahí afuera hay un mundo que, si bien no siempre vale la pena vivirlo, resulta más interesante que la oficina en la que los dos contrincantes se encuentran encerrados para, en lugar de cooperar en la resolución del problema, jugar al gato y al ratón. Uno, el ciudadano, intentando encontrar una solución y el otro, el burócrata de turno (expresión nunca mejor empleada), mostrando la solución y luego escondiéndola de nuevo.

Se trata, parece, de ganar tiempo para luego desperdiciarlo, de organizar todo para luego desordenarlo, de facilitar las cosas para después complicarlas. En una palabra, de justificar una necesidad, no cumpliéndola sino impidiéndola. Cuanto más complicada sea la tramitación de un trámite (la redundancia en este caso es burocráticamente obligada en homenaje a los papeles y condiciones redundantes), más necesaria será la ayuda ofrecida en forma de falaz amabilidad.

Lo peor, en mi caso concreto aquel día que fui a intentar lograr ver la posibilidad de que se realizara (11 palabras, cinco verbos; sería un buen funcionario) el cambio de mi plaza, es cuando el funcionario anticipa (porque ellos, sean quienes sean ellos, y ellos siempre son los otros, los malos, saben qué es lo mejor para el ciudadano; tan absurdo como un médico que intentara convencer al enfermo de que en realidad no le duele el bazo sino que es un problema de, por ejemplo, amígdalas o hipertiroidismo) que el ciudadano (me ha costado escribir esa palabra porque últimamente uno es el usuario) no sabe lo que es mejor para él.

—Pero —así comienzan siempre, con un pero que más que adversativo es denegativo—… ¿usted está proponiéndome en su escrito —siempre los llaman así, “escrito”, como si eso les confiriera una valor como de sagrada escritura, olvidando que Jesucristo jamás escribió nada en toda su vida —qué quiere pedir como destino uno peor que el que tiene?

Me miró con cara de confesor amable. Como si esperara que yo le contara algo sobre deudas que no podía cubrir, adulterios en un pequeño pueblo, o un asesinato que aún no había sido descubierto y del que quería alejarme lo más rápido posible.

Creo que mi respuesta, por lo inesperado para ese guion que parecen tener escrito en su cabeza, lo desarmó. O, al menos, lo agarró desprevenido.

—Sí.

Pasó rápidamente de su papel de confesor al de padre que trata a un hijo tonto.

—Imposible. Eso es imposible. No podemos consentir que usted pierda determinados privilegios. Su bono, su posibilidad de ascenso, sus prestaciones.

Tenía razón en una cosa. Eran mías. Se equivocaba, sin embargo, en que no se podía. Si eran mías, la lógica indicaba que con ella podría hacer lo que me diera la gana. Pero parece que el concepto libertad individual no entra en ninguno de los constantes cursos de capacitación que cierran las oficinas gubernamentales en horarios y días incomprensibles para el resto de los mortales que no está dentro del aparato.

—Si son míos —razoné inútilmente— creo que puedo renunciar a ellos. Es mi derecho. Creo —añadí, sorprendiéndome de mi recién adquirida docilidad.

—Sería una excepción.

No sé porque no me gustó aquella frase.

—Nunca hago excepciones. La excepción anula la regla.

Aquel desgraciado funcionario no sabía, o si lo sabía, nada en su entonación o sus gestos lo indicaba, que estaba citando a Sir Arthur Conan Doyle.

—Vuelva usted mañana.

Yo, mientras le daba la espalda, intentaba recordar una vieja canción. La encontré mientras salía a una tibia mañana de primavera y a buscar alguna terraza donde pudiera tomarme un café bien caliente y una cerveza bien helada.

 

***
José Luis Justes Amador (España, 1969) es filólogo con un posgrado en Cambridge sobre poesía inglesa contemporánea. Sus publicaciones más recientes son "99" (2019, UAA) y "El poeta, enamorado, escucha 'The Velvet Underground and Nico'" (2018, IMAC)

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