Es lo Cotidiano

MEMORIA

Junio sería un jazmín

Yara Ortega

Junio sería un jazmín
Junio sería un jazmín
Junio sería un jazmín

Más de cien días autoconfinados.

Amaneció más temprano que de costumbre, las Chullas sienten la lluvia. No sé si con la cabeza romboide o con la cola, pirámide entre las patas que lo mismo sirve para aparearse, apelincarse o sostener la masa del caparacho en el ascenso indiferente al mármol, piedra o cemento. Buscan la tierra, buscan la comida. Y una pareja a quién amar. Aunque no estén de por medio las promesas de nubilidad o los juramentos del himeneo.

Vago entre las alucinaciones de imágenes de la Huaxteka Potosina y la demencia de una piel, desconocida por la ausencia de más de mil dias deslizados gota a gota en el olvido del desuso.

Sería quizá más fácil por primitivo, desplazarse sobre un vientre reptiliano, oculto en el seno de la tierra casi trescientos días, en la casa a cuestas, a salvo de la predación social, a la que no basta para conjurarla, veinte uñas y dos ojos de obsidiana.

Inundación de la memoria, de otros días de julio. Otros calores, otras aguas. El iris como un arco entesado sobre Palotes, o La Golondrina. Cointzio. Veinte años menos, treinta quizá. Cuando la inocencia sostenía planteamientos descartesianos ante las arremetidas convenientes de Spinoza. Era tan fácil debatir el nihilismo, cuando ignoraba que Nietzche mismo eras tú.

Infancia de pies costrosos o tobilleras de encaje, igual en su perjuicio constructivo independiente y adulto. No bastan buenas intenciones ni actos heroicos cuando las curvas del cuerpo son como las de un mapamundo con división política: son fronteras las cicatrices que vamos coleccionando en el check-in de la madurez.

A tus pies divinos, de uñas espatuladas y geometría egipcia. Un segundo dedo, largo y cabezón, separado en su raíz, da cuenta de que no eres tan indio como quisiera, pero tampoco tan gachupín como desearías. Nos sale lo marrano sefardita, aunque disimulemos. No es la belleza ni el abolengo, sino las taras y enfermedades, las que dan cuenta del achacoso mestizaje.

***

Cirenia Austreberta Carranza se fue. Con cara de unicornio y huesos de cristal. Pero muerta ya estaba desde hace más de medio siglo, cuando su hermana decidió que abandonada no valía la pena seguir adelante. Y vino postergando la agonía, en un tiempo sin cuenta. Una sucesión de días con noches, fríos con calores. Y el hambre siempre presente. La soledad, nunca ausente, La oblación de los propios sueños en aras de ver primero por los niños.

Crecidos, le dejaron a su vez los propios y ajenos. Y para alimentarlos valía el trabajo de sirvienta, costurera, cocinera. La doblaba el cansancio, pero la levantaba la preocupación de que anduviera por ahí, como alma en pena, algún estómago gruñente en la canción solitaria del hambre. Nunca supo leer los libros, pero descifraba los pensamientos.

***

Trueno rodado por el Tzirate, que comenzó como un relámpago en Huatulco. Lluvia fina, pero persistente, seguro infiltraría cuatro dedos en la tierra bendita que ahora te cubriría, de no ser porque el fuego dio cuenta con organizada pira y flamazo certero. Tus últimas horas, de fiebre y delirio, rescatada a punta de ensalmos, hechizos, velas y oraciones. Arrancada de la condenación por la intercesión de aquellos que te amaron, pero sobre todo, te agradecieron.

Ahora eres un colibrí, que migrando con el sueño, aparezcas en Buckingham o las Carolinas. Qusiera tener un jardín, lleno de flores para darte la bienvenida, la mañana soleada en la que sacara mi arrugada cara de tortuga centenaria, sabia en la cartografía de los alcatraces y el musgo. Que tu pico de espada en diminutos trinos cuasiaudibles me contaras de los amores que nos precedieron y encomendaron a tu memoria el recado.

Pero mi puesto sigue aquí. Zapadora del pasado, ingeniera de un futuro incierto. Tal vez mañana reciba la noticia de que mi tortugo mayor se contagió en el apostolado de Esculapio, igual que tú, entre el olor del formol y los protocolos de CEYE, con el mal que corta el aire y ensancha el corazón. Mentirán, dirán que fue un cangrejo el que devoró ansioso y contumaz el cordón de triple cabo de tu vida.

La única verdad, Cire, mi huesito de chabacano, es que quisiera eterno el julio que empieza, contigo y nadie que falta. Ojalá julio fuera un granduque. Agosto, una magnolia.


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