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Maradona: La larga noche del Diez

Oscar Luviano
 

Oscar LuvianoX
Tachas 390
Maradona: La larga noche del Diez


Un sofocado Joaquín Sabina, recién salido del hospital tras un episodio a causa del abuso de la coca, luce perdido en un enorme escenario lleno de bailarinas, figurantes y los obligados colados que son parte del star system argentino (botineras y ese grupo de vividores que siempre se conoció como “el circulo”). Un exultante Diego Maradona le recuerda que es ¡su cumpleaños! y que le tienen un regalo: apenas sostenido por un bastón que quiere ser mefistofélico, el cantante español observa la enorme caja que, no sin trabajos, una grúa deposita en el plató. Como Sabina no atina a escalar la caja para deshacer el gigantesco moño de regalo, el brazo de la grúa se encarga y al hacerlo la caja colapsa: de su interior brota, entre nubes de hielo seco, Charly García aporreando un piano y vociferando algo que se pierde entre la saliva que se confunde con una incipiente barbita bicolor. Sabina, como puede, y porque Maradona insiste en empujarlo, abraza a Charly, que le toca el happy birthday, y aunque ese García engordado por la falta de adicciones se ve más enfermo que Sabina, Diego Armando Maradona los observa conmovido y se abraza a sí mismo, poseído por una cursilería viril que hace falta ser argentino para disfrutar.

Esto que cuento ocurrió. Es parte de La noche del diez (2005), un programa de variedades que se transmitió en el Canal 13 argentino la noche de los lunes. Se trataba de un vehículo para Diego Maradona, caótico y excesivo: un estudio lleno de gente, entre la que más de una vez quedó algún invitado que, en la confusión no fue presentado y conducido al trío de sofás en los que Maradona recibía y entrevistaba a sus invitados, siempre auxiliado por Sergio Goycochea, un ex compañero del Boca Juniors reconvertido en comentarista deportivo y cuya finalidad era reencauzar al Diez cuando olvidaba el guion, se distraía en largos silencios o descubría que no tenía la menor idea de a quién entrevistaba.

Sobre todo, Goycochea tenía la finalidad de aterrizar a Maradona cuando era consumido por la pasión del futbol cinco. El segmento central del programa era Maradona jugando una cascarita con jugadores en activo, actores, representantes de asociaciones asistenciales… Jugaba como si estuviera en el partido contra los ingleses, discutía cada jugada y si su escuadra iba perdiendo, alargaba el encuentro hasta conseguir el empate, por lo menos, sin que le importase retrasar la costosa tanda de comerciales.

Por las doce emisiones de La noche del diez pasaron figuras como Thalía, Chespirito, Arjona, Cristiano Ronaldo y Lionel Messi… e incluso Fidel Castro en videollamada. Y, desde luego, Pelé, el antecedente y rival de Maradona.

Pelé se negó a jugar la cascarita y el público tuvo que resignarse a un duelo de cabeceadas entre los dos titanes. Pelé se veía incómodo y deseoso de terminar con el trámite. Tal vez porque cada vez que cuestionaban a Maradona sobre la grandeza de Edson Arantes do Nascimento, Maradona replicaba: “Se estrenó con un pibe”.

A diferencia de Maradona, que siempre vivió dentro de los medios tras su carrera como futbolista, Pelé fue una figura discreta, embajador deportivo y ocasional promotor de medicamentos contra la disfunción eréctil. De su boca nunca salieron las declaraciones que eran lugar común en la de Maradona, y su biografía no refleja, ni lejanamente, la grandguinolesca odisea del Diez. Una odisea, como debe de ser, de regreso al punto de partida, tras hechos y adicciones, logros y fracasos, eventos circulares que no eran otra cosa que la ola expansiva de su Big Bang: el gol de la Mano de Dios a los ingleses.

Y es que La noche del diez, las accidentadas estadías en equipos europeos, la foto en la bañera de oro de la Camorra napolitana, los episodios con esta o aquella botinera, cada vez que celebró su negativa a reconocer a alguno de sus diez hijos no reconocidos (italianos, cubanos y argentinos), su fracaso como entrenador de equipos de primera, su fracaso como entrenador de la selección argentina, su fracaso como entrenador de equipos de segunda mexicanos, su paso como decoración de la política bolivariana, su ingreso y escape de clínicas de desintoxicación, el juramento del mismísimo Fidel de que sacaría al Diego de las garras de la droga… Todo ellos son episodios de la larga noche del 10. Esas tres décadas en las que Argentina y el mundo trataron de encontrarle un uso o un refugio o un santuario a una bestia (en el sentido mitológico de la frase) que tras cumplir su función divina (marcar los dos goles que subsanaron la herida de Malvinas) no parecía tener oficio ni beneficio.

El 22 de junio de 1986, en uno de los encuentros de cuartos de final, en el minuto 6 del segundo tiempo, los defensores ingleses pelotean un pase de Jorge Valdano, y Maradona se adelanta al portero Peter Chilton. Existe una foto del periodista Alejandro Ojeda que da cuenta de que el gol que sigue es hecho con la mano. La foto, sin embargo, también demuestra que Maradona pudo meter el gol con la cabeza, de manera legal.

Luis Alberto Spinetta (sí, el cantante que hizo de rock argentino lo que es) opinaba que esta elección era lógica y trágica: reflejaba la naturaleza argentina. Ganar cuando se puede ganar, pero con la trampa que convierte la derrota del otro en humillación. Algo que Pelé no haría.

El gol que dio la victoria a Argentina en ese partido, y que sería el pase a semifinales y al campeonato argentino, sólo es el milagro adicional que confirma que no tiene mucho sentido cuestionar aquello que hace la Mano de Dios.

Resulta notable que, ahora que ha muerto (por los abusos acumulados en su cuerpo, por negarse a la atención médica, por una cadena de errores médicos) en plena Era de la Cancelación, la figura de Maradona se resista a una revaluación. La que el mismo se negó: en La noche del diez, 19 años después, admitió que había metido aquel gol con la mano, pero sin visos de arrepentimiento, y muy en plan de “Hacete desde abajo, pibe”.

Aquellos que no han dudado en cancelar, por menos de lo que Maradona admitió en vida, a decenas de figuras públicas, no lo hacen con Maradona. La ausencia de una mirada crítica al respecto se sustenta en asegurar que se toma de las figuras míticas aquello que las salva o que nos sirve. Es decir: de Maradona los goles, y metamos debajo de la alfombra los episodios de maltrato, las prostitutas adolescentes, la homofobia, los nexos con el narco napolitano…

Ante esta idea, yo más bien pregunto ¿para qué? Separar a Maradona de su esencia reaccionaria y machista es quitarle todo ese esencialismo que lo hizo ser lo que era. Es decir, uno de nosotros

No cualquiera puede ser Messi, ese pinocho fruto del bisturí y del alto rendimiento. En cambio, precisamente por nuestras falencias, todos podríamos ser Maradona, y esa es la esencia de su santidad.



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Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

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