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EL HOMBRO DE ORIÓN

El Hombro de Orión • Poesía sin fin • Juan Ramón V. Mora

Juan Ramón V. Mora 

Poesía sin fin - Fotograma de la película
Poesía sin fin - Fotograma de la película
El Hombro de Orión • Poesía sin fin • Juan Ramón V. Mora


El payaso metafísico Alejandro Jodorowsky continúa la saga autobiográfica iniciada con La danza de la realidad (2013). Esta vez se trata de su juventud en Santiago. El pequeño Jodorowsky descubre que su vocación es la poesía, leyendo el Romancero gitano de García Lorca. Esto lo enfrenta a un padre autoritario y violento que considera mariconería todo lo que huela a arte. Furioso contra los valores clasemedieros de su familia, Alejandrito decide convertirse en poeta bohemio y titiritero.

Sin corregir los pasos de su película anterior, el autor nos hace aguantar nuevos desfiles de autoindulgencia y psicoanálisis marchito que se vuelven cada vez más difíciles de soportar. Parece no ser capaz de escuchar las críticas (si es que las hay en su corte) por tener la cabeza tan metida dentro de sus esfínteres. Enterradas en las más de dos horas que dura este suplicio hay algunas ideas interesantes, pero todas se pierden en una selva de alegorías burdas, pésimas actuaciones, diálogos ridículos y episodios inconexos.

Las justificaciones para este fracaso pueden ser muchas, pero en el arte las explicaciones sobran. Los símbolos deberían funcionar sin necesidad de conocer más que la propia obra, como sucedía en los clásicos de su filmografía pasada (El Topo [1970], La Montaña Sagrada [1973], Santa Sangre [1989]). Las imágenes de Poesía sin fin —coloreadas como si les hubiera vomitado encima un unicornio borracho de tequila— a veces logran tener fuerza intrínseca, pero no son mejores que las ocurrencias de cualquier estudiante de cine con pretensiones. A diferencia de los surrealistas tardíos que trata de imitar (sobre todo Fellini), Jodorowsky no logra ser universal ni inducir al trance.

Las actuaciones amateur son una distracción innecesaria, como tantas otras. El director continúa su añeja afición por arrastrar a miembros de su familia hacia la ubre. Esta vez el único de la parentela que logra transmitir algo con los pobres elementos que ofrece el guion a su personaje es Brontis Jodorowsky. El protagonista, Adán Jodorowsky, ofrece diálogos ya de por sí acartonados, con la pericia de un robot esclerótico.

Lo único que ofrece para los otros este amasijo autocomplaciente de enredos psico-genealógicos es la certeza de que Jodorowsky debió dejar el cine hace mucho. Estas últimas películas desmerecen una obra y una vida que resplandecieron por su arrojo y brillantez en décadas pasadas. Es posible que el director considere que no se trata de cine para el público, sino de un acto terapéutico personal. No dudo que su ejecución satisfaga su henchido ego, pero hay que tener consideración por los demás. Lo que se expone aquí es puro excremento, la prima materia sin haberse sometido a ningún rigor para ser transformada en oro. Someterse a la visión de La danza de la realidad o Poesía sin fin equivale a pagar por atestiguar un acto de masturbación pública. Sin duda, hay muchas cosas mejores para hacer con nuestro tiempo.

 



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Juan Ramón V. Mora (León, 1989) es venerador felino, escritor, editor, traductor y crítico de cine. Ganó la categoría Cuento Corto de los Premios de Literatura León 2016 y fue coordinador editorial en la edición XXII del Festival Internacional de Cine Guanajuato. Escribe sobre cine en su blog El Hombro de Orión.

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