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21:55h. Martes, 25 de Junio de 2019

OWEROFBAB

Diana Garza Islas

*

Donde un círculo-espejo presenta la actitud

de rojo en la grimoria.

 

Árboles en la memoria el círculo a donde irán

los árboles cuando crezcan.

 

No obstante la trepanación

(de la estrella)

 

en el punto exacto que busco

al fondo de mi cuerpo.

 

No sé si del color de la noche

o en el estiramiento de un verde traje de coctel

 

que me conminaría en polvos:

manos de chango —pigmaliónicamente.

 

O decidir un collar más extenso:

¿cuándo he de recordarte?

 

Sumisos al escaparate pluvial

 

así su baba trasluciendo

así su armario de calor.

 

Donde un graffitti en lodos ya empezara

por fingir tu nombre.

*

Séfer, el libro que no te escribí.

Séfer, la maleta.

 

Su armadura bicolor

de plástico vencejo

 

 cifraría a las gladiolas.

 

Su trajecito de urticaria y plexiglás

que decías sin poema

que decías pastas

 

secrecían ahí el foie gras

bailándola a la sórdida, al gravy.

 

Al gravy donde gruñen saltamperios

y decís: Yo soy así.

 

Y decís: Yo no sé hablar —significando Yo

perdí mi anillo por otro halo de algodón.

 

E incluso, camellones. ¿O lo imaginé?

 

Que apilábamos aún dulcecitos

recabábamos bengalas

 

en la  palabra bienvení

en la palabra adorar

en la palabra seccionáte

 

la punta de la lengua,

intacta:

                     ennocturnecer.

 

Que era decir, su corazón

de aguacate.

 

Que era decir, en semicírculo

de las que tú entreviste luengas

 

ni

su clúster, su botón

 

pudriéndose

y brillosísimo, ahí.

*

Y esa secuencia tras mallas ciclónicas

con su

 

telaraña titilante traslucir

 

desde un Gran Vidrio

que sólo yo veo

 

y mis ojos que lo miran.

 

En la miel de ese color, doble

doblemente espectral

 

su química pentagónica envuelta en fases de

coronamientos nocturnos —los niños

 

exclamaban.

 

En fantasmas a la voz de otro cilindro.

De otro líquido a la vuelta de su tránsito.

 

Su líquido (ya dije que su cuerpo)

como una amanatista dulce

 

mitad gris, mitad cualquier cosa.

 

Y era aquí que un ángel de cerámica

le hablaba al micrófono:

 

Nada nada nada, Anthrax en las yemas. Polvo-

Ámbar. Dedos-Dimisiones —los niños

exclamaban, pero hablaban del dolor.

 

Bien cerradas las colmenas

calle arriba en polvitos de invisual

 

hablaban del color.

 

Y era tan galáctico, decían

pero hablaba La Oranjuela.

 

*

Pero venía diciendo.

 

(Mamá no sabe volar.)

 

Venía diciendo.

 

(La Reina acéfala

es la colmena.)

 

Y cerramos las colmenas.

 

Y dije el corazón de un aguacate.

Animales unicórnicos.

 

Y dije quiero nadarinas.

Y dije un cuerpo.

 

(Para mirar

cuando no hay noche.)

 

Entonces la pared se me viniera

encima, como espadas de cartón.

 

Dije catalizar.

 

(Su huevo azul celeste

en la mordida

          

cámara de gas

 

la que ella nos contaba

cuando estaba por dormir.)

 

 

Pequeñamente

sucintamente

 

nos llevaron destrenzando

la boquita en aspas

 

y era tan radiante

que no cabría decirlo

 

era como allá que en la montaña

aún pastaban ovejitas

 

concéntricamente.

 

[…]

 

Y olía humo.

Y clausuraba el radiador.

 

Donde ya no adivinábamos

el nombre de otro al tú gemir

 

sus barras verdinegras

en sucios mazapanes.

 

*

Stellatundra,

 

Albadune, Whiteout,

Zebranivem, Faloop’njoompoola.

 

—Ingalaterra, ella decía.

 

O cairel de abejas magras, veliz

 

noctífugo

en la punta de la lengua.

 

Darme lazos.

Darme tortugas.

 

Or a swirl of marron bees

at the “noctifuge” suitcase.

 

—Engaland, she said.

(Like an evolor.)

 

Y sus líneas explayaban

un rectángulo de vidrio dando pie

 

a algo con sol, una sombra de bicicleta

arellanándose oblicua.

 

In the whole whale of what we mean.

 

Y espiráculos.

Y nudos.

 

As the knight was falling his sword

his word that was fall in

 

my offspring, mummy.

 

Mientras un sarcófago de algas dividía

vendatorias de mi blusa en carabelas portuguesas

 

y penínsulas neón.

 

¿O serás tú Quien Soslaye

sus Polvitos de Cangrejo? —rió bravo.

 

Así, la vereda persistía

una a una, las migajas

 

la duración insaciable

la fronda

la pesquisa que no duda

 

—ciertamente—

 

cada tiempo en qué lugar

lo que yo supe.

 

Aquí,

 

fundaremos una caja

negra, y que se llame como a mí.

 

(Lo dijimos en voz baja.)

 

Allá

donde la nieve no se derretía, y el hielo

 

era dicho y sin los ojos.

 

 

(Otro día, en otro idioma.)

 

Como flúor.

Como humo.

 

(Como lo que dije entrelíneas

para sí saberlo.)

 

Así superé el andamio

y caí cuesta arriba de mi voz.

 

Y no era yo, solamente, un trío

se unía al paisaje.

 

Arrojaron los velices.

 

                       Aquí es aquí, mamá.

Y aquí es aquí.

 

(Él se hundió, él dijo sí.)

 

Al fondo

ya sólo la certeza de mi cuerpo

 

en la nieve disentía.

 

Diana Garza Islas. (Santiago, Nuevo León, 1985.) Ha publicado en algunas antologías y libros colectivos. Formó parte del consejo editorial de la revista Lenguaraz, de Proyecto Literal, y actualmente es editora en la Capilla Alfonsina de Monterrey. En 2012 recibió una beca del FONCA por su libro Caja negra que se llame como a mí. Escribe en su cuenta @hastrolabia.