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The Iceman Tapes: asesino serial de 9 a 6

Oscar Luviano | 12 de julio de 2020

The Iceman Tapes (1991)
The Iceman Tapes (1991)

Oscar Luviano

The Iceman Tapes (1991) es un documental que, en un primer momento, se televisó como parte de la serie America undercover, una de las exitosas franquicias ochenteras que creció bajo el surgimiento del género del True Crime: docudramas que se movían entre el amarillismo de la nota roja y la reconstrucción de hechos con chafísimas dramatizaciones.

Esta serie no sólo significó el nacimiento de un filón rentable hasta nuestros días (la barra nocturna de los otrora prestigiosos National Geographic y Discovery Channel dan cuenta de ello): con The Iceman Tapes se creó la figura de asesino serial, tal y como le conocemos hasta nuestros días.

The Iceman Tapes se sale del registro habitual de su serie madre y ofrece una factura que lo ha elevado al rango de culto. La producción de Jim Thebaut presenta, de manera cruda (fuera de cierta musicalización efectista e intercortes a material de archivo), segmentos de 14 horas de entrevista con Richard Kuklinski (1935-2006), que se presenta a sí mismo como un asesino de la mafia, responsable de al menos 50 muertes (aunque reconoce “no menos de 200”).

Con una elocuencia y una franqueza aterradora, a lo largo de 45 minutos, desde la prisión estatal de Trenton, en la que cumplía varias cadenas perpetuas por sus crímenes, Kuklinski repasa su vida y su obra. Vestido con una colorida sudadera, con una mirada que ve más allá de la cámara, cómodo al punto de masticar algo que puede ser un chicle o tabaco, narra crímenes aberrantes, sin desprecio por el detalle: La sierra eléctrica es poco elegante. Tienes que andar por ahí con los trocitos de una persona encima. No es para alguien elegante como yo. Huele mal. Prefiero el cuchillo…

La diferencia entre las confesiones vertidas en The Iceman Tapes y todo lo que vendría después (desde Seven hasta Don´t fuck with cats, pasando por todas las series de “crímenes verdaderos”) es que Kuklinski nos habla desde la realidad y sin distancia irónica. Se ríe cuando narra que, tras poner cianuro en la hamburguesa de uno de sus “contratos”, “el tipo comía y comía, y ¡no se moría! Tuve que quedarme viéndolo tragar…”. Se ríe, pero no tendríamos razones para reírnos con él.

Pero las tenemos.

Es imposible que el espectador del siglo XXI no encuentre humor en las confesiones del Hielero: al final de cuentas es el discurso seminal de toda la moderna mitología televisiva del serial killer. Sus anécdotas, sus palabras, su aspecto se encuentran en decenas de series sobre el tema, sin mencionar que el estilo de la entrevista (el sicario que nos describe los pormenores de su oficio en exclusiva y con la suficiencia del lobo que nos cuenta una cautionary tale por nuestro bien) ha creado un filón cinematográfico que crece de manera proporcional al aumento de la violencia industrializada en México.

Richard Kuklinski, según sus propias palabras, pasó por lo que ahora es el camino habitual de todo asesino serial: maltrato paterno, abandono materno, estallidos de furia, tortura de animales y las primeras víctimas en peleas de cantina. A diferencia de otros como él, encontró una salida remunerada y un objetivo para sus crímenes azarosos: la mafia neoyorkina lo reclutó como hitman.

Entre 1950 y 1988 (año de su detención), Kuklinski aplicó un variado espectro de la tortura y del asesinato en cada uno de sus “trabajos”: veneno, ratas, estrangulamiento, cuchillos y, ocasionalmente, el disparo a quemarropa. Lo suyo no era, de ninguna manera, la pulcritud.

Su modus operandi distintivo y que le ganó el apodo del Hielero es que solía congelar los cuerpos de sus víctimas durante meses, de modo que despistaba a las autoridades sobre el momento del asesinato. Ese método fue su perdición, pues acabó por ser delatado por los restos de gas refrigerante en los cuerpos: sólo restó buscar a los dueños de cámaras frigoríficas de cierta zona de Nueva York.

Ahorro a quien me lee los detalles sobre los asesinatos del Hielero. No por algún sentido del decoro, sino porque ya los conoce. Como he señalado, Kuklinski significó el relevo de figuras glamourosas supercriminales como Hannibal Lecter de The silence of the lambs: nada de mentes prodigiosas que remedaban con sus crímenes el arte renacentista. Kuklinski era un hijo de vecino casado y con hijos, que combinaba sus contratos con una vida suburbial perfecta.

Según cuenta en esta larga entrevista, durante una cena navideña recibió una llamada. Dejó la mesa familiar para encargarse de un asesinato rutinario, y regresó a tiempo de cortar el pavo.

Esta procacidad en la toma de vidas y esta dicotomía del pater familia/el cruel sicario, se ha extendido como una constante de nuestros mayores antihéroes televisivos. Al igual que Iceman, Tony Soprano nació en New Jersey (y el parecido entre el actor y el sicario es notable). Walter White, de Breaking Bad, se divide entre su reinado criminal y la atención a su familia. Una mística que ya es un lugar común entre los capos del narco según los retratan las ficciones que los ensalzan (hijos y padre amorosos, respetuosos del diezmo y de la misa, amantes capaces).

Kuklinski murió en la cárcel en 2006, tras recibir a diversos equipos televisivos que trataron de emular la entrevista que le diera una fama más perdurable que la de su crueldad sádica. A lo largo de sus nuevas intervenciones, se le ve más seguro de sí mismo, con una mejor elección de vestuario y haciendo gala de la mayor baza de los telepredicadores: mirar a la cámara de manera encendida.

Aunque en The Iceman Tapes insiste en que sus crímenes y que la vida en su conjunto no le producían ningún sentimiento, en una de sus últimas entrevistas llora a cuadro cuando confiesa que su familia se niega a visitarlo.

Su herencia, pese a ello, está intacta: esa amorosa devoción a los suyos lo ha santificado como parte esencial de nuestros mayores modelos de la masculinidad en el siglo XXI: señores que lo dan todo por su familia, aunque esto signifique violar y mutilar (aunque en una jornada de trabajo bien acotada).

Entre las muchas anécdotas que refiere el sicario, se encuentra una que ha sido plagiada sin alteración por al menos tres novelistas españoles: una de las víctimas de Kuklinski suplica a Dios que intervenga. El asesino a sueldo le concede media hora, “para ver si Dios aparece”.

Y remata: “¿Y sabes lo que pasó? Dios no llegó…”

Somos, pues, eso, según el modelo que el Hielero engendró: ni dioses ni monstruos. Sólo hombres que nos divertimos, sin pasión alguna, con nuestras víctimas, unas horas antes de leer el cuento de las buenas noches a nuestros hijos.

 



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Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.


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