¡Abrir las escuelas ya!

“…cerrar las escuelas no nos está haciendo más eficaces en contra del virus…”
¡Abrir las escuelas ya!


Llevamos más de ocho meses sin que los niños y niñas de nuestro estado pisen las aulas escolares. Los daños que esto ha ocasionado a las familias son cada vez más evidentes. El aprendizaje es deficitario, especialmente en los niños y niñas que no tienen acceso a medios digitales. Aún en los casos en los que las familias pudieron convertir parte de sus hogares en aulas digitales, la realidad es que la experiencia educativa no es la misma. El aprendizaje más importante que brinda la escuela son las habilidades sociales, pues estas no se pueden adquirir en otro lado. Las madres y padres de familia, en su mayoría, no están formados como maestros, y se les ha dado una tarea que añade elementos de conflicto que perjudican la relación sana con sus hijos e hijas. La brecha educativa, que ya era alarmante en nuestro país, se agranda cada vez más, y la situación de estrés a la que se ha sometido a las mamás y papás deriva cada vez más en violencia. Quizá lo más grave sea la deserción escolar, que no se ha manifestado en los números en toda su crudeza porque algunos alumnos permanecen inscritos, pero hay muchos que ya se han buscado “qué hacer” en las calles, obteniendo una forma de vida que hará cada vez más difícil su regreso a las aulas.

La situación es grave, y se agravará más en la medida que se prolongue el aislamiento. Urge volver a las aulas por la importancia de la educación misma, pero, además, porque el cierre de las escuelas no hace que los niños y niñas permanezcan en sus casas. Ellos ya están en las calles. En las escuelas los maestros hacen loables esfuerzos por enviar materiales a los niños a través del teléfono. Estos materiales se tienen que imprimir, y las familias deben ir a lugares donde les cobran por tener este servicio: sitios pequeños en los que nadie se cuida de tener el mínimo cuidado sanitario. Es mejor que los niños acudan a espacios controlados en los que se refuercen las medidas preventivas.

Las escuelas pueden (y deben) ser espacios de educación y de irradiación de una cultura de prevención. En nuestra experiencia en estos días, en grupos de apoyo escolar en las Joyas, sabemos que muchos de los niños y niñas que acuden con nosotros no tendrían cubre bocas si no fuera porque nosotros los obligamos y se lo recordamos. Las escuelas podrían ser, incluso, una herramienta para conocer el comportamiento de la pandemia, si se toma la temperatura y se da aviso a las autoridades sanitarias cuando un pequeño, o las personas que lo acompañan, llegan con síntomas.

Hay muchas posibilidades para regresar: horarios terciados y atención personalizada que podría, además, fortalecer la educación digital. Se ha argumentado que el regreso podría saturar el transporte público, pero, si de verdad valoramos la educación, habrá que incrementar las corridas en las horas pico, aunque se tenga que subsidiar parte de los costos. Lo que está en juego es mucho mayor.

Entiendo que para las autoridades siempre es un asunto complejo, porque políticamente es más seguro mantener cerradas las aulas “y no correr riesgos”, entendidos estos como los riesgos más medibles, los contagios. Mientras que los otros riesgos, la ruptura social, los daños psicológicos, el aprendizaje deficiente, son menos medibles y fácilmente transferibles a la pandemia. Y mientras mantenemos a los niños sin educación la pandemia se transmite en espacios informales y otros giros mucho menos vitales socialmente hablando.

Lo que hay que entender es que cerrar las escuelas no nos está haciendo más eficaces en contra del virus, y sí está provocando daños que nos van a costar mucho más en términos sociales.

Regresemos a los niños y niñas a las escuelas.

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