Chispitas de Lenguaje • El voto, boda electoral • Enrique R. Soriano Valencia

"¿Con quiénes nos casaremos este 6 de junio?"
Chispitas de Lenguaje • El voto, boda electoral • Enrique R. Soriano Valencia


Voto y boda proceden de la misma palabra latina: votum. Para los romanos, hacer un voto, implicaba una promesa, un compromiso, un juramento indisoluble, una obligación ante los dioses al reunir a dos personas. Nuestro voto, entonces, implica una boda, etimológicamente hablando. ¿Con quiénes nos casaremos este 6 de junio?

Boda deriva del plural de votum: vota. Este vocablo fue asociado a la costumbre religiosa de fundar familias mediante mutuas promesas ante los dioses, compromisos de los contrayentes. Al plural latino, con el tiempo, se le incorporó una S.  Es el mismo fenómeno de gente y gentes: la primera ya es un colectivo, refleja conjunto, pero es una voz singular. Para satisfacer la necesidad psicológica de identificar varias personas se suele aumentar una S.

Ya para el siglo x, el sacramento recibía el nombre de votas. ¿Por qué en plural? Porque eran dos promesas: la de cada cónyuge. Una reminiscencia del plural es el nombre de la zarzuela Las bodas de Luis Alonso (aunque en algunos carteles aparece en singular). La pieza musical no refiere a varias del personaje. La graciosa historia solo describe el enlace del maestro de baile Luis Alonso con la joven María Jesús. El plural, entonces, hace referencia a los respectivos juramentos.

Esta palabra con la evolución de la Lengua pasó nuevamente a singular, a *voda. En 1241 en el Fuero Juzgo aparece ya con la ortografía actual, aunque la gente la escribía indistintamente. En la Ortografía de Nebrija de 1517, formaliza el vocablo con B, en vez de la V del latín (hay muchas palabras en español que cambiaron a B y en otras lenguas románticas conservaron la V: haber —español—, avoir —francés—, avere ­—italiano— y haver —catalán—).

En estos momentos, nos cortejan mediante las respectivas campañas. Nos proponen celebrar una boda, casarnos por el tiempo que dure el puesto de elección popular. Pero como en el noviazgo, hay gran esmero por agradar a la pareja. ¿Y una vez casados…? Si no cumple, ¿tendríamos la opción del divorcio? Parece que el proceso —al igual que en las parejas— puede ser engorroso y ambos quedar muy lastimados. Meditemos, entonces, a quien llevaremos al «altar».

La historia debe dejarnos enseñanzas. El cortejo no debe quedar solo en época de campañas: cada acto de gobierno, debe confirmar a los ciudadanos que la elección fue la correcta, como pasa en las parejas duraderas.

Pero la coincidencia no termina ahí: entre los romanos la boda no era con igualdad jurídica: el voto, para la mujer era de fidelidad y para el hombre, de protección.

Afortunadamente eso ha cambiado. Las promesas de protección y de fidelidad deben comprometer a ambos. La igualdad jurídica actual así lo contempla. Una buena boda en la perspectiva que nos ocupa, demanda de los diputados y futuros presidentes municipales que no se olviden de compromisos, una vez conseguido el de los votantes; ni los ciudadanos nos olvidemos de exigir cumplimiento de lo prometido durante el cortejo. Y, como entre parejas, ojalá el encanto no se pierda por falta de comunicación honesta y permanente.

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