Chispitas de Lenguaje • Albur femenino • Enrique R. Soriano Valencia

"El albur es un arte muy mexicano"
Chispitas de Lenguaje • Albur femenino • Enrique R. Soriano Valencia

El albur es un arte muy mexicano. Es una contienda, una lucha verbal. Este singular uso del lenguaje demuestra habilidad y agilidad para tener un diálogo lógico, hilado, pero con una lectura doble. El juego está en usar el eufemismo (las desvirtuación para que no es escuche mal: «De atrás tiempo», para referirse a la parte baja de la espalda), las contracciones populares («pa’lo que me interesa»), los sonidos hilados («Alma María Rico») o la polisemia (un mismo vocablo con diferentes significados: ¿cómo?, que en se podría interpretar como el verbo comer en primera persona) para lograr en el diálogo hacer víctima al oponente de abuso sexual (que no se da en la realidad, por eso es un juego).

En virtud del abuso, siempre fue una práctica masculina… sin embargo, eso ha cambiado. Desde hace algunos años, las mujeres se han subido a la contienda y francamente… son admirables.

El albur está considerado un vulgarismo, por eso era un juego limitado para hombres (un buen caballero solo considera a las mujeres damas). Pero este enfoque ha quedado como muy machista y por ello, las mujeres ahora asumen con idéntica capacidad el reto. Lo que queda de manifiesto, vulgar o no, es la sorprendente habilidad mental para responder con verdadero arte. Entre más se recurra al ocultamiento, sin perder la lógica de la charla, la contienda se vuelve un encuentro de la más alta calidad. De ahí que hasta actualmente el Instituto Nacional de Bellas Artes promueva encuentros y hasta cursos. 

Si hay habilidad entre hombres, que una mujer alburee es de verdadera admiración. Hace años fui testigo de un encuentro de excelsitud. Era una señora que vendía tamales en la Ciudad de México. Cuando dos varones se alburean es más o menos fácil; el albur femenino (dada la ausencia de miembro), siempre debe poner en tela de juicio las supuestas trincheras de la masculinidad (capacidad, longitud, fuerza y habilidad). Esta señora albureó magistralmente a quien le surtía pan. Cuando llegué, entregaba su mercancía y le dijo a la señora: «Aquí se los dejo, con un buen virote de regalo» (la palabra virote se usa para nombrar a las hogazas de forma alargada; la referencia era evidente). Sin perder, compostura al atender a los clientes, le respondió: «Usted tan presumido, pero ni tan grande, ni tan güeno. Se han visto mejores... A ver señor —le dijo a uno de los clientes que ya comía un tamal— ¿a que hay mejores virotes? Yo le aseguro que usted, me surtiría mejor». Ni tardo, ni perezoso, el cliente exclamó: «Pos yo encantado con su tamal». «El mejor, usted no lo ha probado —de inmediato respondió— porque es más caro, pero me atengo». Mientras tanto, el panadero insistió «No va a probar mejor virote que el mío, oiga». «Para un buen tamal como este, –dijo la señora– hasta su virote se arruga», le dijo. «Es cuestión de probar», arremetió el panadero. «Mmmm... pa' pruebas estoy yo. Aquí lo que se necesita es alguien que se las faje (se refería a un ayudante o pareja fija). Pero ya vi que usted solo es de paso para surtir pan... y ni tan güeno...» El panadero perdió el encuentro. Era evidente que él mismo había dicho que solo era una prueba y ella usó eso para indicarle que no era suficiente. Ambos sonreían de su duelo, mientras uno se alejaba y la otra continuaba su trabajo. La conversación fue más allá que el simple surtido de buen pan. Del tamal, no recuerdo si estaba bueno o no, pero la conversación fue única, pues ya no he escuchado alburear tan bien a otra mujer, con rapidez y precisión. El mejor sabor me lo llevé de su diálogo. Aún disfruto al recordarlo. Aprecio la insistencia de algunos de los lectores por retomar este tema hace ya mucho tratado.

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