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10:54h. Martes, 21 de Mayo de 2019

"Un nuevo capítulo se abre en la discusión de pedir u ofrecer disculpas..."

 


Un nuevo capítulo se abre en la discusión de pedir u ofrecer disculpas. Todo ello, en virtud de la solicitud de la Presidencia al Papa y al Rey de España por los acontecimiento de hace 500 años. Trataré primero si se ofrecen o se piden disculpas y después quiénes, a mi juicio, deberían hacerlo.

El vocablo disculpa está integrado por el prefijo dis que significa separación, distinción o negación. En el primer caso tenemos palabras como dislocado, que implica separado de su lugar; del segundo discordante, que se refiere a algo fuera de la homogeneidad; y como negación en disculpas, precisamente.

La raíz de la palabra disculpas es culpa. Esta significa la imputación a alguien por las consecuencia de una determinada acción. Entonces, disculparse implica solicitar un perdón, que le retiren al solicitante la culpa de algo. Por ello, las disculpas se piden y no se ofrecen (menos aún con el sentido de ofertar: ¿quiere usted que me disculpe?).

Entonces, la forma en que lo plantea el Presidente, es correcto: deben pedir disculpas los que ofendieron (que les quitemos la culpa a quienes ofendieron). El problema es, ¿son ellos, a los que les está solicitando se disculpen?

Por una parte, tomemos en cuenta que los hechos por los que solicita que pidan disculpas sucedieron hace 500 años. Todos los involucrados en esos hechos ya murieron… pero sí están sus descendientes. El problema es que quienes descienden de los españoles que hicieron barbaridades somos los que actualmente vivimos en México. De los españoles actuales, sus antepasados se quedaron en España y de ahí descienden los de ahora. Por tanto, nada tiene aquí (quizá solo primos). Los españoles que vinieron a conquistar, aquí se quedaron (justo a administrar  sus haciendas y encomiendas). Con el tiempo se hicieron criollos sus descendientes y, queramos o no, estos o los primeros se mezclaron por la buena o por la mala con los grupos indígenas locales (además del maltrato que les dispensaron). De ahí venimos los mestizos: apellidos españoles con rasgos tanto europeos (bigote y barba) como indígenas (tono de piel morena, aunque no tan fuerte). Además, todo mestizo casi siempre se ufana de tener un ascendente europeo (abuelo ‒hombre o mujer‒, la mayoría de las ocasiones).  Este aspecto es un valor tan arraigado entre mestizos, que recuerdo a mi abuela pedirme que me casara con una mujer blanca «para mejorar la raza» (buenas intenciones las de mi abuela, pero con el mejor cariño, un declarado complejo de inferioridad y un enfoque totalmente inapropiado por suponer que una raza es mejor que la otra). Y no es la única, pues cuando nace un niño, regularmente escucho decir «Al menos no salió tan prietito». En México hay un profundo racismo de los mestizos y de los criollos y si no me creen, que le pregunten a Sergio Goiri.

La Independencia la iniciaron los criollos (los descendientes puros de españoles), pero se hicieron de ella los mestizos (Vicente Guerreo, que incluso se supone que tuvo sangre negra). Y todo el concepto de minusvalía hacia los pueblos indígenas y de persecución, la hemos hechos los mestizos. Nos enorgullecen los indios muertos (los que edificaron las pirámides; pues de ellos descendemos presumimos descender); pero maltratamos, nos avergüenzan (Ay, Yalitzia, cómo revolviste estómagos por salir en revistas de moda de primera línea) y consideramos a los indígenas tan incapaces como los estadounidenses a los negros en los años 50 y 60 (se les ha quitado mucho a los güeros, pero aún muchos siguen pensando así).

Nuestras leyes son una muestra clara de ello, tiene un trato diferenciado hacia las etnias. En el fondo parecen redactadas para considerar limitado, incapaz o impedido para entender las leyes y sus derechos.

Entonces, no son los españoles actuales los que deben disculparse. Somos los que perpetuamos las diferencias, los mestizos que aspiramos a ser vistos europeizados, los que recreamos el racismo que debió desaparecer con la misma independencia. El machismo, por ahí va también…