Educación a la distancia

"Ciento diez días de encierro pueden desalentar a cualquiera..."
Educación a la distancia


Ciento diez días de encierro pueden desalentar a cualquiera. El “quédate en casa” suena cada vez más irreal y cruel. La gente ya se cansó, y salen en tropel a los lugares públicos, con o sin precauciones. Como trabajador de cuello blanco tengo la ventaja de que puedo desarrollar mis obligaciones laborales desde el home office, pero no es así para la mayoría, en particular quienes se desempeñan en actividades primarias y secundarias, y más aún los cuentan con empleos en servicios básicos, como la seguridad, la salud, el agua potable, la electricidad, los combustibles, la limpia y disposición de desechos, etcétera. Ellos no pueden dejar de hacer su trabajo; si lo hicieran colapsaría la vida en sociedad civilizada. Mi agradecimiento más sincero a su esfuerzo y sacrificios.

Pronto me reintegraré como profesor de tiempo completo a la Universidad de Guanajuato, por lo que tendré la obligación de impartir entre ocho y diez horas semanales frente a grupo, más los posgrados. Mi último curso lo comencé en enero en el aula y lo terminé en junio con sesiones de MS Teams, lo que exigió a al grupo —yo incluido— una readaptación que no fue sencilla ni rápida, incluso considerando que las TIC son consustanciales a la generación Z o GenTec. Afortunadamente, desde hace una década me apoyo en alguna plataforma Learning Management System (LMS); hoy día en Moodle. Ha sido una experiencia retadora concretar con eficiencia la educación a distancia, pues yo sólo usaba los recursos tecnológicos como complemento.

La ausencia de proximidad social es un enorme factor en contra de un aprendizaje efectivo. Quienes hayan cursado estudios no presenciales, como la telesecundaria, la educación para adultos y otros, saben bien que el nivel de exigencia y de compromiso personales es mucho mayor, pues la convivencia social es un poderoso aliciente educativo. Los estudiantes aprenden muchísimo de ellos mismos; se acelera su maduración y su inteligencia emocional. La figura del docente no es menor: la o el joven busca definir su individualidad en función de patrones ideales, que puede encontrar en sus padres —que son rechazados en la adolescencia— y luego en sus profesores. Claro, esto en un esquema ideal, pues no es raro que en una edad de definiciones se opte por patrones antisociales, que pueden verse favorecidos en una situación de ostracismo o segregación social.

La pandemia tendrá indudables efectos en nuestra convivencia y socialización futuras. Efectos tanto positivos —como el mejoramiento de nuestros hábitos de higiene y contacto físico— como negativos —psicosis postraumática, paranoia, soledad y desconfianza mutua—. La educación reflejará esta situación, y puede innovarse o retraerse; todo dependerá de los talentos que podamos desplegar en nuestras comunidades de aprendizaje en todos los niveles. México aún padece un analfabetismo tecnológico profundo en sus generaciones mayores, donde se ubican los docentes.

No queda otra: los educadores nos debemos reeducar, para apropiarnos de los recursos de la modernidad. No será fácil, y menos cuando nos gobierna una generación pretecnológica, que no comprende cuál es la necesidad de hacer uso de una computadora, pues ni Hidalgo, Allende o Juárez las necesitaron para hacer grandes cosas por el país. O sea, que regrese el gis…

(*) Antropólogo social. Profesor de la Universidad de Guanajuato e investigador nacional. luis@rionda.net – @rionda – ugto.academia.edu/LuisMiguelRionda

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