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22:45h. Lunes, 20 de Mayo de 2019

"Con tantos temas urgentes y trascendentes en la agenda nacional, es llamativo con qué facilidad se pueden colar tramas arcaicas que uno pensaría superadas hace mucho tiempo..."


Con tantos temas urgentes y trascendentes en la agenda nacional, es llamativo con qué facilidad se pueden colar tramas arcaicas que uno pensaría superadas hace mucho tiempo. Me refiero a la sorprendente solicitud por parte de nuestro jefe de Estado hacia su homólogo que reina en España: la pretendida presentación de disculpas públicas por los agravios y sufrimientos infringidos a los pueblos originarios durante el proceso histórico que la historia oficial denomina “conquista”, hace 500 años.

No es que yo pretenda minimizar la cuestión, sino que me sorprende que un asunto que debería ser debatido con la seriedad necesaria por parte de especialistas y por los propios pueblos afectados, sea inopinadamente planteado como asunto de Estado, y por ende politizado. El el timing de este planteamiento parece de lo más inoportuno: con elecciones el próximo mes en España, y con el listado de temas que amenazan convertirse en crisis en nuestro país, más parece una estrategia de evasión.

Me queda claro que se creó un problema donde no había ninguno, al menos sobre la mesa. Es un distractor que puede acarrear problemas diplomáticos con la nación con la que más historia, cultura e identidad compartimos. Es como un adulto inmaduro que se emberrincha con su anciana madre al recordar, de la nada, los chanclazos que le propinó de niño.

Afortunadamente ha habido voces razonables en ambos lados del Atlántico. Ya se aclaró que entre España y México se firmó en 1836 el “Tratado definitivo de paz y amistad entre la República Mexicana y S.M.C. la Reina Gobernadora de España”, mejor conocido como “Tratado Santa María-Calatrava”, por el apellido de sus artífices. En ese instrumento se acordó el “total olvido de lo pasado, y una amnistía general y completa para todos los mexicanos y españoles”. El olvido implica un perdón mutuo, un nuevo inicio a partir de un punto cero. Desde entonces ambos países han sostenido relaciones de estrecha amistad y colaboración, con excepción del olvidable periodo franquista entre 1936 y 1975, precedido por el espléndido dechado de generosidad del pueblo mexicano cuando recibió a los huérfanos de la república española, y luego a los trasterrados de la posguerra.

El nacionalismo patriotero es una ideología excluyente, xenófoba e intolerante, propia del siglo XX, no del XXI; éste debe ser el siglo de la nueva universalidad humanista que derribe muros y fronteras. Vivimos en el siglo de las migraciones masivas, los intercambios económicos trasfronterizos y las influencias culturales que construyen nuevos códigos con base en la instantaneidad de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. México es uno y es muchos, al igual que España. Pero hay que recordar que ambos estados nacionales son producto de la imaginación de sus élites del poder, y que no existían en los inicios del siglo XVI. “España” no conquistó a “México”. Más bien fueron las fuerzas de la economía expansiva de la Europa que abandonaba el feudalismo las que impulsaron a aventureros de la época, que contaron con apoyo de las monarquías emergentes del viejo mundo, a explorar, ocupar, invadir y explotar “nuevos” territorios y poblaciones. Fue un choque de mundos que generó nuevas realidades sociales y políticas en ambos lados del mar Océano. Fue el tren de la historia, con sus fuerzas mecánicas e inconscientes, lo que arrasó a los pueblos nativos, criollos y peninsulares. Las masacres mayores no fueron producto de la espada, sino de la viruela y el sarampión en América, y la sífilis en Europa.

Abusos, explotación y crueldad ha habido en todos los periodos de nuestra existencia como especie humana. Afortunadamente hemos evolucionado hacia su amortiguación mediante las leyes y los derechos humanos. Mucho se ha avanzado, como lo reconoce el genial Yuval Harari, y en ello han tenido un papel importante los denostados imperios conquistadores: “Todas las culturas humanas son, parcialmente cuando menos, la herencia de imperios y de civilizaciones imperiales, y no hay cirugía académica o política que pueda zanjar las herencias imperiales sin matar al paciente”.

Los trasnochados del nacionalismo azteca harían bien en recordar —o conocer— las palabras del poeta liberal español Manuel José Quintana (1772-1857), quien al referirse a la conquista afirmó:

Yo olvidaría / El rigor de mis duros vencedores; / Su atroz codicia, su inclemente saña / Crimen fueron del tiempo, y no de España.