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Aroma y visión: como siempre, tan enamorados

Francisco Rangel

Aroma y visión: como siempre, tan enamorados

A la oxitocina, una droga que nunca supe manejar.

Si por el título entraron para leer frases llenas de miel y fuego, por favor y por su bien, denle click donde dice siguiente. Si eres menor de edad, igual. No hay nada para ti y todo será muy aburrido.

Ok. Empecemos.

Puede ser que sea un idiota; pero a mí todo eso del los arrumacos y abrazos y besos se me hace que es un pretexto para terminar ensabanados. O de preferencia sin sábanas, sin ropa y dejando rastros de fluidos corporales por toda la estancia. Eso, damas y caballeros, es para mí el  amor. Reitero, puede ser que mi visión del amor esté limitada por mi pésima experiencia con el ligue, con el hecho que me aburro muy fácil de la chica y que no suelo decirle nada de lo que desea oír: en dos palabras: soy idiota.

En mi adolescencia, uno de los mejores regalos que encontré para darle a la chica con quien deseaba intercambiar fluidos, fueron dos VHS originales de Tracy Lord. Lo que recibí a cambio fue una cachetada entre madre, ceja y oreja. Eso sí, se llevó los videos. De la misma manera he perdido mis libros del Marqués de Sade, Bataille, Genet, etc. Al punto que una novia me rompió mi colección de mangas hentai en una discusión. Creo, sin lugar a dudas, que los placeres suelen contravenir las disposiciones del llamado amor.

Por alguna razón, a los humanos nos da por complicarlo todo. Si bien durante años construimos una moral que inventó la intimidad, el puritanismo, la fidelidad y todas esas bellezas que hoy se aspiran en una relación monógama, muy pronto esas mismas prácticas construyeron un pensamiento más estilizado y sublimado que la misma prohibición. Podemos encontrar que muchos de los aparatos de tortura para evitar el placer, se transformaron en parte de ese placer. Podría apostar tres a uno que el cincuenta por ciento de los utensilios que hay en una sex shop, fueron primero productos para evitar la excitación. Por un lado construimos una emoción, una idea sublimada que llamamos amor; por otro, construimos un conjunto de sensaciones cuasi prohibitivas que nombramos erotismo. En cada cultura se desarrollaron de diversas maneras; aquí me refiero a la construcción que se desarrolló en la modernidad. Y que ha abarcado una gran parte del mundo. Es más, los mismos pensadores de la modernidad también teorizaron, de alguna manera, ese mundo pasional. A esta pasión desbordada se le armó un marco ético y jurídico. Recreado, claro, bajo una imagen artística. Los valores de esa antípoda pasional (amor-pasional) fueron sugeridos por la literatura, la pintura, el teatro, las artes... sublimación para evitar ver y oler ese miasma que produce la cópula.

Sin embargo, a veces soterrado, a veces explicito, el hedor del sexo hace presencia social. Cada sociedad ha construido un breviario de las conductas plausibles, y las que no, de sus prácticas sexuales. En casi todas hay códigos claros sobre los cuales corre este ámbito: la seducción.

Si bien hasta aquí todo eso me parece producto humano, que responde a su carácter natural y puede expresar de manera cotidiana o sublimada su carácter amoroso, es su banalización la que me llama la atención. La cursilería, como modelo de expresión del amor, es la que me afecta hasta el espasmo vomitivo. Cuando se le niega la posibilidad de sexo al amor, me parece de locos, de verdaderos enfermos o pervertidos. Pero también cuando encubrimos la superficialidad del sexo con rasgos de arte y sublimación chata. Ejemplos: si le doy a la morra unas rosas y unos chocolates, me dejará intercambiar fluidos, es su obligación; le di flores y dulces. Si le abro la puerta del auto y de la habitación, el costo es que abra las piernas para mi placer. Bah, si de eso va el juego, no cuenten conmigo. Me mantengo perfecto en la friendzone. Aún allí juego de banca derecha.

No pude resistir entrar a esos sitios de ligue. Quería saber qué se hacía allí. Cómo ligaba la banda allí. Así que me inventé un esquema de investigación sobre esos sitios. Identifiqué los sitios más transitados, armé un formulario, creé en Excel unas tablas para determinar las posibles respuestas y entregarles datos concretos. Eso sí, una de bolsa de plástico. Y como siempre, la maldita realidad hizo que todo eso, junto con la bolsa, me sirviera de supositorio teórico de mis pendejadas. Me inscribí a badoo, a POF, frecuenté myex.com y CAM4.mx. En POF, para poder comunicarme con alguien que leyera mis mensajes antes, tenía que pagar. Una cosa es mi morbo, otra que el editor de esto quisiera pagarme una inscripción para ligar. Yo no iba a pagar.

Badoo fue un chasco. Bueno, el chasco fui yo. Cuando trataba de conectar con alguien para hacerle el cuestionario, me mandaban a la chingada en la primera pregunta. Las hacía bostezar. Nadie me respondía nada. Cambié la estrategia, usando un poco de ingeniería social: saludaba, hacía algún comentario zafio pero divertido, adulaba un poco al entrevistado y lo envolvía en mis preguntas. Algunas personas creían que en verdad las estaba ligando. Encontré tanta gente tan sola que un simple hola, k hcs le es suficiente para que imaginen una relación. Me rompieron el corazón, no por amor; fue por dejarme ver que somos unos simples simios que aparentamos inteligencia, pero nos cuesta mucho decir por la cara lo que necesitamos de otro. Necesitamos del engaño vil, más que del ocultamiento. Un alto porcentaje de hombres usan las palabras: princesa, chiquita, amor, para referirse a mujeres que nunca han visto (y lo más seguro es que nunca verán). Ellas están igual de necesitadas: los roles que juegan son obvios, la compañía les ofrece un conjunto de iconos a los que llama premios que obtienen por dejarse ser seducidas por tipos que babean (exactamente igual como lo hace el dueño de la cantina con su meseras, que reciben una pequeña cuota por la cantidad cervezas que beben en la mesa donde están sentadas, siendo tocadas por borrachines) en sus fotografíaS. La banda LGTB no varía de esos estereotipos. Al final del experimento, el que quedó mal fui yo. Me asqueó mi humanidad, la mezquindad con que hemos construido nuestra cursilería electrónica. Aún pido un francotirador, por favor.

Myex es una joya de esa mezquindad: primero andan intercambiando fotografías tomadas en los baños (selfies), haciendo duckface, en calzones o enseñando pecho y genitales. Están superenamorados. Pero alguno de los dos se entera que esas mismas fotos las trae un compa, ya que se las muestran unos a otros. Así, pinshis cheaters, aparecerán en myex. Más de doce mil entradas, ahí los veo luego.

CAM4 nos ayuda a creer que todos podemos ser pornostars. Una webcam y una actitud punk son los requisitos para que escales como freelancer del porno. No lo sé, a mí lo que me gustaba del porno no es lo amateur; a mí me gusta la sobreproducción. No es el único lugar, pero sí uno de los mejor armados técnicamente. Lo malo, todos esos simios considerando que son buenísimos amantes y siendo, en su mayoría, aburridos. Pero como canta Juan Cirerol: se vale soñar, pariente. No creo que eso sea pecado.

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