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De construir barcas y entrenar pericos: Robinson Crusoe y la mayoría de edad

Sara Andrade

De construir barcas y entrenar pericos: Robinson Crusoe y la mayoría de edad


¡Metal miserable! ¿De qué puedes servirme? ¡Quédate dónde estás y sumérgete en el fondo del mar! Sin embargo, después de este arrebato volví en mí; y tomando aquel dinero, lo empaqueté.[1]

Las Aventuras de Robinson Crusoe

 

 

En una escena familiar, me cuenta la pastora, una hija pregunta a su padre “¿cuándo alguien se convierte en adulto?”. El padre se rasca la barbilla y luego de reflexionar por un momento, le contesta que nadie despierta un día convertido en adulto, que más bien todo se trata de la experiencia, de las veces que te has tenido que enfrentar obstáculos y de la cantidad de veces que has salido airoso de ellos. La pastora está sentada enfrente de mí con ojos brillantes de emoción. “Ser adulto”, me dice, “es como ser arrojados a una isla en la que tienes que sobrevivir por tus propios medios. Al principio es difícil, pero finalmente aprendes a guarecerte de la naturaleza, gracias a la ayuda de Dios todopoderoso”.

Yo no me lo creo, por supuesto. Y tampoco le voy a decir que acabo de leer Robinson Crusoe, porque la increíble coincidencia entre mi lectura y su analogía se la va a adjudicar a Dios omnipotente, y no me puedo permitir entregarles tal victoria cuando mi madre me ha mandado a base de engaños a un curso cristianísimo de superación personal. Porque, entre otras cosas, ella cree que yo no estoy preparada mental ni físicamente para huir del nidito familiar.

“¡Mamá, pero si ya estoy grande!”, le digo desesperada.

Para el tiempo de Daniel Defoe, sin embargo, ya estoy muy grande (y desafortunadamente, demasiado mujer) como para pensar en salir de la casa. Yo ya me quedé para zurcir servilletas y leerle a mis ancianos padres retirados. Pero si me llamara Robinson y los viajes en barcos de vela para descubrir el mundo entero estuvieran a mi disposición, yo —al igual que nuestro desafortunado protagonista— saldría sin pensarlo dos veces.

Pero el deseo de salir y viajar hacia paisajes improbables es muy distinto a salir, viajar hacia paisajes improbables y sobrevivir. Trabajar de 9 a 3, tener una casa donde dormir y dinero suficiente para comer son obstáculos suficientes como para hacerme pensar dos veces el cruzar el Atlántico. Que no me escuche la pastora, que tiene que creer que soy la chica más tenaz de este lado del mundo, y que mi destino —dedos cruzados— no es el de perderme 28 años en una isla en medio del mar.

Como siempre, vayamos por partes.

1. El panfletista de la picota escribe

En la noche del dos de septiembre de 1666, una vaca medio dormida pateó una lámpara de aceite en un corral lleno de paja seca y ocasionó, no sé si intencionalmente, el peor y más grande incendio que se vio en la ciudad de Londres. El Gran Incendio destruyó miles de casas, la catedral de San Pablo e, incluso, el Palacio de Buckingham, con el rey Carlos II dentro, se vio amenazado. Este desastre impresionó tanto a los londinenses que muchos se creyeron en medio de un terrible apocalipsis, provocado por la vida disipada de los citadinos y por el conflicto de las Guerras Civiles entre parlamentarios y monárquicos.[2] Sin embargo, este mismo fuego logró unir al pueblo inglés para sobreponerse a la tragedia, y que doce años después, con el triunfo de la Revolución Glorioso y el fin de las revoluciones se instaurara la monarquía parlamentaria y con esto el inicio de la Commonwealth Inglesa.[3] Y también provocó que Daniel Defoe, de seis años, quedara profundamente impactado con el ímpetu de las fuerzas naturales y la fortaleza del ser humano,[4] y porque gracias a la “Providencia” su casa y otro par fueron las únicas que quedaron en pie.

Defoe, no obstante, crece en el seno de una familia presbiteriana disidente: aquella parte de la sociedad inglesa que no estaba de acuerdo con el establishment anglicano y que exigía libertad de culto y representación. Las creencias de su familia le impidieron, posteriormente, asistir a las universidades de Oxford y Cambridge, y tendría que resignarse con estudiar en una institución de la misma corriente inconforme. Estas experiencias lo harían escribir un panfleto satírico dirigido a la inflexible Iglesia de Inglaterra, “The Shortest Way with the Dissenters[5], que logró —además de escandalizar a sus enemigos anglicanos— que lo encarcelaran, en 1703, por difamación y que lo condenaran a sufrir la vergüenza de la picota. Y, sin embargo, como muchos autores hacen notar, Defoe logró transformar su castigo en todo un acontecimiento: le escribió un himno a la picota y los curiosos, en lugar de arrojarle tomates y coles podridas, le guardaron flores en los bolsillos de su levita.[6]

Pero además de irritar religiosos y políticos, Defoe se dedicaría a comerciar vino y calcetas, a acumular deudas y, hacia el final de su vida, a convertirse en el padre de la novela moderna inglesa, cuando para 1719 publica Las Aventuras de Robinson Crusoe, animado por sus experiencias, preocupaciones y por las increíbles historias que se escuchaban en la época de naufragios y caníbales.

Y es aquí y en esta obra, donde se revuelven y confluyen todos las ideas, tópicos y exigencias del nuevísimo siglo XVIII: la tradición inglesa literaria profundamente didáctica y clasicista, la prominencia y supremacía del reino británico, que crece conforme hace suyos territorios en el mundo recién descubierto, la intervención de John Locke en la filosofía inglesa, que influiría grandemente en las guerras civiles y en el pensamiento común, luego de que publicara tratados acerca de la libertad, la experiencia y la religión.[7]

Daniel Defoe, en medio de la vorágine que se desarrolla en Gran Bretaña, es capaz de imbuir las revoluciones no sólo políticas sino intelectuales que empiezan a nacer en la Europa del siglo XVIII. Las ideas de la Ilustración se están gestando y se hacen presentes en las obras de los filósofos y políticos de la época, y en Robinson Crusoe, en la llamada primera novela inglesa, cuando ésta se adelanta a la  idea de “la mayoría de edad”, pensar por sí mismo y del hombre bueno devuelto a la naturaleza, antes de que Kant y Rousseau publicaran sus famosos tratados.

2. Construir barcas y entrenar pericos

El desacato de Robinson Crusoe a su padre es la primera advertencia de que estamos leyendo una obra que está escrita con un fin moralizante: en la Biblia la desobediencia a las figuras paternales nunca es recompensada con flores y aplausos, y por supuesto, Defoe tampoco celebra a su disipado y soñador protagonista. La segunda advertencia aparece cuando Crusoe, establecido en Brasil y amasando una fortuna considerable, apuesta su vida y ganancias a un viaje imposible hacia África, donde ya antes había sido apresado por los musulmanes de Salé.

Italo Calvino también menciona estas transgresiones: Robinson debe pagar un precio elevado por desobedecer a su progenitor, rechazar la tranquila vida burguesa y crear “castillos en el aire” en lugar de trabajar arduamente en alguna carrera respetable.[8] “Ahora recuerdo los buenos consejos de mi padre”, reflexiona Crusoe, años después de su naufragio, “la justicia divina que me ha alcanzado y no tengo a nadie que me auxilie o que me oiga”.[9]

Pero si existe una transgresión, existe una manera de resarcirla. Y si Robinson había “nacido para labrar su propio desdicha”,[10] estaba predestinado a vivir para transformar su tragedia en una valiosa lección, no sólo para sí mismo, sino para el descuidado lector, quizá deseoso de emprender proyectos improbables.

Si la pastora, que todavía sentada frente a mí y vertiendo más aceite esencial de mirra al aromatizador, tuviera tan fresca la lectura del Robinson como yo, no albergo la menor duda de que lo usaría en mi contra y en contra de mis sueños de independencia: “Salir adelante no significa salir de casa”, me diría con prudencia. Y yo no dejo de pensar en cómo su interpretación new age, avant-gard, metafísica-quántica del cristianismo no es más que el descabellado primo del siglo XXI de los frugales e inflexibles calvinistas del siglo XVI.

Mientras que España permanece encerrada por y en el catolicismo, observando impotente cómo su economía cae inevitablemente, Inglaterra y los países del norte de Europa que siguen los preceptos protestantes del trabajo, ven como las cosechas rinden frutos. Max Weber, años después, en The Protestant Ethic and the Spirit of Capitalism (La ética protestante y el espíritu  del capitalismo), daría cuenta de ello. Las economías de los países protestantes y su alfabetismo serían mayores que la de los países católicos, esto por dos cosas muy importantes: primero, porque la salvación del alma, según la doctrina calvinista, se da a partir del trabajo y de la prosperidad y,  segundo, la Biblia es accesible para cualquiera que pueda leer el inglés.[11]

Robinson Crusoe se encuentra solo y de pie, después de la tormenta que destruyó su barco y lo dejó varado en una isla perdida en medio del Caribe, con varias Biblias remojadas, un perro y un papagayo. Ante tal perspectiva, cualquiera caería en la más absoluta desesperación. Pero la primera acción de Crusoe es la de sacar todas las provisiones del barco encallado y construirse una choza cerca del mar —por si acaso divisara un embarcación—; tranquilo, se toma su tiempo para acondicionar lo que, él cree, será su último destino: “la duración del trabajo, cualquiera que fuese, no debía desanimarme pues me sobraba tiempo”,[12] se dice a sí mismo. Pues de ahora en adelante tiene tres cosas que lo van a salvar de la locura: el trabajo auto infligido, las palabras que ha enseñado a su perico (ominosas frases como “¡Pobre Robin Crusoe! ¿Dónde estás?”), y la idea de construir una barca lo suficientemente grande como para salir de la isla y volver al continente americano.

El constante trabajo, la santificación de los domingos, la compañía de un perro, la voz de un perico y un montón de cabras isleñas, comienzan a surtir efecto en el carácter de Robinson. A pesar de carecer de cualquier tipo de instrucción religiosa y de creer que “la dicha de sobrevivir” se debía más a la suerte y a su iniciativa que a una mano divina, nuestro náufrago se entrega a reflexiones con las que concluye que el mundo de allá afuera, aunque le ofreciera todas las riquezas imaginables, le parece exagerado y complicado: “la Naturaleza y la experiencia nos enseñan que las mejores cosas de este mundo son buenas hasta que bastan para nuestro uso, pero pasando de ahí no nos sirven de nada”.[13]

La isla, con cabras, tortugas y uvas infinitas a su disposición, se convierte en un pequeño paraíso; “era yo el señor de aquel territorio”, dice orgulloso. La Naturaleza ya no le parece un ente extraño y despiadado, sino que ahora está a su merced y si existe un Dios y una salvación ulterior, Robinson se la ha ganado a pulso, pues durante largos y solitarios veinticinco años ha logrado encontrar una verdad, sin necesidad de dogma, ni de pastor y ni de templos de piedra. Alcanza la paz y acepta que ha de morir en esa isla que ahora es suya. Construye barcas por diversión y comienza a domesticar cabras para su autoconsumo. Robinson Crusoe es feliz.

Y es hasta que descubre la huella de un hombre, que su exilio espiritual se ve interrumpido, y el mundo, al que aprendió a rechazar durante un cuarto de siglo, lo alcanza de nuevo.

3. La epopeya de la iniciativa individual

Ahora estamos escuchando, a través de unas modernísimas bocinas, una especie de melodía que sube y que baja, que viene y que va como las olas del mar. Me es muy difícil concentrarme, pero intento entender lo que la pastora me está diciendo. Algo acerca de las vibraciones universales y de los mandatos de Dios. “Hemos llegado a esta tierra, para ser soberanos sobre toda la existencia y para proclamar la Sagrada Palabra”, su voz ya me suena más como las olas electrónicas que escuchamos. “Nuestro papel es el de ser reyes de lo que nos rodea y de nosotros mismos”. Una parte de mi acepta esto, pero la otra, sabe con toda certeza que mi misión en el planeta es el  de sufrir las conjuras de mi madre.

Cien años después de la publicación del Robinson Crusoe, el Imperio Inglés es el más fuerte, extenso y rico de los que se han conocido: bajo el reino de Victoria I, la Mancomunidad Británica se extiende por América, África, Asia y Oceanía.[14] A través del globo se extiende el inglés como idioma de intercambio, la religión cristiana como vehículo de conquista territorial, y aunque las independencias y los levantamientos en contra del gobierno de las grandes potencias europeas están por empezar, el punto está hecho: la creencia de que existe una fuerza superior y mística que ha otorgado a alguien el poder suficiente para reclamar la tierra y a los pueblos que habitan en ella es real. Es lo que, finalmente, ha empujado a los grandes conquistadores de la historia a colonizar nuevos territorios.

Etwinstle, en la Historia de la Literatura Inglesa, deja muy en claro que el rasgo más interesante a lo largo de la obra es la clara analogía que se hace de la “aventura de la civilización” y la conquista: “Lo que tenemos es un cuadro plausible de la colonización triunfante: la creación de valores nuevos sumando el trabajo a la tierra, y la redención del salvaje”.[15] Robinson se encuentra solo y rodeado únicamente de la tierra que ha proclamado como suya —sólo después de que la isla lo proclamo a él como suyo— y no es sino hasta el momento en que se enfrenta con los salvajes antropófagos que comienza a pensarse como superior, y a considerar a los demás como vasallos.

James Joyce escribiría que “el verdadero símbolo de la conquista británica es Robinson Crusoe (…) Él es el verdadero prototipo del conquistador inglés y Viernes, el símbolo de las razas sometidas”.[16] Crusoe, con poquísimas herramientas y con sólo una Biblia en el bolsillo, se convierte en hábil constructor, agricultor, pastor y soberano; Viernes, caníbal reformado, promete seguir al que ahora llama “amo” hasta el fin del mundo.

Después de la milagrosa aparición de Viernes, la isla de Crusoe se ve sobrepoblada cuando el padre de su amigo salvaje y un español rescatado se unen a ellos. Robinson se encuentra sorprendido y halagado: “Mi isla estaba ahora poblada, y ya me veía rico y con súbditos (…) Mis tres súbditos profesaban cada uno una religión diferente: mi criado Viernes era protestante; su padre, pagano y caníbal; el español, católico. Pero introduje la libertad de conciencia en toda la extensión de mis dominios, esto sea dicho de paso”.[17] Defoe vuelve a contraatacar: si su novela es un experimento para crear una —pequeñísima— civilización perfecta, por supuesto que su héroe permite la libertad de culto que se le negó en su tiempo y que justamente defendió.

Robinson Crusoe tiene cincuenta y cinco años cuando sale de su reino, de la que sale sin más ceremonias y sin más despedidas sentimentales. La salida de la ya entrañable isla se nos antoja fría: la no tan pequeña y no tan exigente hazaña de sobrevivir veintiocho años, dos meses y diecinueve días en una isla encallada en medio del mar, parecen lo suficientemente importante en todos los niveles como para esperar un adiós dificultoso.

Si hubo o no secuelas psicológicas o físicas en Crusoe, eso no lo sabemos. Está fuerte, lo suficiente como para reclamar el dinero que encargo en Inglaterra y para recuperar las tierras que dejó sin dueño en el Brasil. No sólo eso, Defoe no deja descansar a nuestro protagonista, pues a sus sesenta y pico todavía es capaz de regresar por Viernes, después de liberarlo, y aventurarse a cazar lobos, oso y otras criaturas en España; para casarlo, darle tres hijos sanos y fuertes, y como si no fuera lo suficientemente grosero e increíble finaliza con toda naturalidad: “Aquí doy fin a la narración de la primera parte de mi vida aventurera, en la que la Providencia ha intervenido para hacerla verdaderamente agitada e interesante; vida que empecé locamente, pero que terminé mucho mejor de lo que yo podía esperar”.[18] Esta es la epopeya de la iniciativa individual, la Biblia de las virtudes industriales.[19]

“¡Si tan sólo viviéramos la mitad de la vida de Robinson Crusoe!”, exclamo en voz alta sin darme cuenta y la pastora me mira sin saber que decir. Creo que a esta altura de la “charla”, que se ha extendido por dos horas, no logra entender por qué yo estoy hablando de un náufrago de ficción cuando ella me ha estado hablando de la exacta relación que existe entre las constelaciones y los profetas del antiguo testamento. Las dos fingimos que esa extraña intervención no sucedió y ella prosigue con su monólogo.

Yo, sin hacer mucho caso y asintiendo en los momentos adecuados, me imagino a mi misma en una isla para mi sola, tal vez no en el Caribe, tal vez con conexión wi-fi; me imagino en el punto más alto de ese pedacito de tierra, guareciéndome de la lluvia, pensando en pasar lo que resta de mi vida en la más absoluta soledad.

 

[1] Daniel Defoe, Aventuras de Robinson Crusoe, Porrúa, México, 2007, p. 87.

[2]Neil Hanson, The Great Fire of London, in that Apocaliptic Year, 1666, consultado en: http://books.google.com.mx/books?id=zX68RNx91VYC&pg=PP1&redir_esc=y

[3] Las guerras civiles se producen entre Inglaterra entre los años desde 1642, cuando los parlamentarios se levantaron en armas contra los monárquicos para derrocar al rey absolutista, Carlos I. The English Civil War, consultado en: http://web.archive.org/web/20070714115529/http://www.theteacher99.btinternet.co.uk/ecivil/index.htm

[4] Tal vez. Daniel Defoe’s Context, consultado en: http://www.sparknotes.com/lit/crusoe/context.html

[5] “El camino más corto con los disidentes”.

[6] Pablo Boullosa, “Prólogoa Las Aventuras de Robinson Crusoe, Porrúa, México, 2007, p. XVI

[7] William Etwinstle, Eric Gillet, et al, Historia de la literatura inglesa: de los orígenes a la actualidad, Fondo de Cultura Económica, pp. 114-115.

[8]  Italo Calvino, Por qué leer los clásicos, Tusquets, Madrid, 1997, p. 105.

[9] Daniel Defoe, op. cit., p. 139.

[10] Ibid., p. 58.

[11] Sascha O. Becker y Ludger Wößmann, A Human Capital Theory of Protestant Economic History, 2007 http://epub.ub.uni-muenchen.de/1366/1/weberLMU.pdf

[12] Daniel Defoe, op. cit., p. 99.

[13] Ibid., p. 195.

[14] Bielefeld University, The British Empire. A general historical overview. Consultado en: http://www.uni-bielefeld.de/lili/personen/mpaetzold/0405ws/britciv/britciv_10_british_empire_historical_overview.pdf

[15] Etwinstle et al, op. cit., p. 117.

[16] David Cody, Capitalism, consultado en: http://www.victorianweb.org/history/Capitalism.html

[17] Daniel Defoe, op. cit., p. 345.

[18] Ibid., p. 450.

[19] Italo Calvino, op. cit., p. 104.