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Los lados positivo y negativo del agua en Nathaniel Hawthorne

Karmina Cervantes

Los lados positivo y negativo del agua en Nathaniel Hawthorne

El agua, al mismo tiempo que bebida, fue el primer espejo estancado y oscuro.
Gilbert Durand

 

 

I. Generalidades

¿Qué es la hermenéutica, sino una clase de arte de la interpretación que evade a muchos, que reserva su esencia para un puñado, y otorga migas al resto? Si bien se dice que la interpretación se da en cualquier lector, en cualquier ser humano, la verdadera hermenéutica va más allá. Su objetivo no es sólo saber qué se cree que dice el texto, también es comprender lo que hay en el ‘fondo del vaso’, la intención detrás de lo que se hace público.

Las formas de llegar al mencionado núcleo son diversas, e igualmente vagas; aunque se deduce qué es la hermenéutica, es difícil abarcarla entera. En el pasado, se consideraba un ‘arte’ exclusivo del dios mensajero Hermes, y por tanto, al ser algo divino, resulta imposible para simples seres humanos estudiar la totalidad de su comprensión. Es por ello que hay una gran cantidad de autores que manejan diversas perspectivas dentro del área de la hermenéutica, y cada uno de ellos la aborda desde un ángulo distinto.

Mientras varios autores se basan en la posible intención del autor al escribir la obra, otros se centran en el mensaje que ésta aparentemente transmite, aún si no era la intención del autor que el público comprendiera tal cosa. Otros más pueden dedicarse a analizar el contexto histórico que muestra la obra, o bien los símbolos que contiene y que pueden haber sido incluidos o no con un propósito determinado, mientras otros más pueden dedicarse sólo a aquello que el imaginario del escritor ha plasmado en el texto.

Esta amplia cantidad de estudios, hechos por profesionales de variadas culturas y creencias desde que se decidió retomar la hermenéutica como ‘arma’ para el estudio de los textos (principalmente bíblicos) durante los siglos que duró la Edad Media, promueve el estudio de cualquier obra literaria, poética o narrativa, desde el ángulo que más agrade al lector/estudioso; ofrece desde perspectivas absolutamente serias, hasta aquellas que permiten hacer un interesante juego con el texto que se está analizando. Para el presente ensayo, se manejará el uso del agua como símbolo, con sus caras positiva y negativa, en La casa de los siete altillos de Nathaniel Hawthorne, publicada en 1851, con apoyo de las teorías que manejan Gilbert Durand (Estructuras antropológicas del imaginario) y Gastón Bachelard (Poética de la ensoñaciónEl agua y los sueños).

II. Contextualización de acuerdo a las teorías de Durand y Bachelard

Entre los elementos más misteriosos y ambiguos que es posible percibir, se encuentra el agua. Tantos significados posee, tantos fines y percepciones de ella se conciben, que es difícil encasillarla en una sola naturaleza. ¿Es madre o verdugo? ¿Es un elemento creador o más bien destructor? ¿Es más una fuente de relajación o un turbio estanque que contiene tanto el homicidio como la muerte?

Todas las propiedades que este elemento posee pueden reducirse a dos grandes grupos: puede ser purificadora, pero también simboliza la destrucción. Imitando las palabras de Bachelard, es un elemento capaz de confundir al ‘soñador’ entre lo que es verdaderamente real y lo que compone al reflejo, pero aparenta ser corpóreo… y además observa… cualquier estanque es un gran ojo fijo que siempre observa, con buenos o malos fines.

Gilbert Durand la expone como una “invitación al viaje sin regreso: […] la figura de lo irrevocable […], es epifanía de la desdicha del tiempo, […] por ende, […] [es] la materia de la desesperación”[1]. Por otro lado, Gastón Bachelard expresa que cualquier cuerpo acuático estancado está muerto, que es oscuro y manifiesta una puerta hacia lo que ya ha partido, es una ventana abierta cuyo paisaje son los campos de la muerte.

En La casa de los siete altillos de Nathaniel Hawthorne, tenemos una obra cuyo flujo está tan poderosamente regido por el agua, que es casi imposible denominar la historia como algo más que un “cauce”. Se encuentra al iniciar la obra, no sólo como elemento, sino como causa; rige el romántico desarrollo a través de la sombra presente no sólo en el estanque de Maule, también en la casa de los siete tejados, y de la familia Pyncheon. Además su presencia permanece en el desenlace definitivo de la narración, si bien se muestra ya tranquilo y pacífico, con una indicación de perpetuidad.

III. Del autor

Hawthorne nació durante el mes de julio del año 1804 en una familia puritana cuyos miembros se habían dedicado a la cacería de brujas en Salem. Durante su infancia, se vio rodeado por las ideas de aquellos que fueron más notables entre sus antecesores, cosa que le permitió desarrollar un juicio personal sobre la situación que se vivía en la época, y llegar a una ideología propia en que demostraba su convicción de que los pecados del padre se transmiten al hijo, y así en sucesión a todos los descendientes de la línea familiar[2] hasta que pudiesen ser absueltos de algún modo.

Esta es, en general, la temática que maneja Hawthorne en La casa de los siete altillos; se trata de un cuento bastante sencillo cuyo capítulo introductorio se sitúa en la época de los juicios puritanos contra la supuesta hechicería, una historia en que cierta maldición asola el legado de un codicioso inquisidor a lo largo de los casi dos siglos de estadía en el área en que habitaba el supuesto brujo. Dicha maldición se revela en la familia a través de extrañas muertes y un decaimiento marcado sobre la mansión en que se desarrolla la novela, todo ello marcado por una presencia, si bien intermitente, perpetua del agua.

Siendo contemporáneo de Edgar Allan Poe, es posible que Hawthorne haya recibido algunas de las influencias que aquél tenía, ideas que ‘flotaban en el aire de Nueva Inglaterra’. Dichas imágenes, que son mencionadas como base especial por el significado que Poe les da, y que son el principal componente para la interpretación del elemento acuático en El agua y los sueños de Gastón Bachelard, podrían constituir un pequeño tipo en la literatura de varios autores de generaciones vecinas a la suya que alguna vez en sus escritos hayan reflejado este elemento.

       

IV. De la obra

La historia dice que Matías Maule era un hombre que durante un tranquilo paseo encontró una fuente de agua pura en el bosque, en un sitio un tanto apartado del centro de la población. En aquel tiempo de pequeñas colonias puritanas y reclusas, con habitantes temerosos de salir a explorar, un manantial de agua pura era considerado algo raro y muy valioso y, por ello, Maule decidió instalarse en las cercanías de este lugar, contra los estrictos preceptos de la población de que todo ser humano debe vivir en comunidad con el prójimo o ser tachado de hereje.

La rareza de su hallazgo no pasó desapercibida y, considerándolo una especie de tesoro que debía poseer, el Coronel Pyncheon comenzó una discusión legal con la finalidad de sacarlo de aquellas tierras y tomarlas bajo su propiedad. Finalmente, después de varios años de problemas en que, desde luego, Matías Maule se llevó la peor parte, el campesino fue acusado de hechicería, produciendo una orden para su ejecución. Apenas unos momentos antes de que se cumpliera la sentencia, Maule pronunció las palabras “¡Dios le dará sangre a beber!”,[3] mientras apuntaba al Coronel.

Sin que le importara la maldición que los aldeanos le atribuían a aquellas palabras o los rumores que durante la construcción se alzaron, el puritano se dedicó a erigir una mansión sobre la que había sido la antigua casa de Maule, “confiriéndole al espíritu […] algo así como el privilegio de aparecerse en la nueva mansión”.[4] A partir del inicio de los trabajos para adaptar el terreno a lo que sería la casona, el manantial tan codiciado se volvió un estanque salobre, cuyas aguas causaban malestar a quien las usaba.

Además de esto, el día en que las puertas de la residencia fueron abiertas al público general con el pretexto de una fiesta de ‘presentación’, el Coronel fue asesinado, sin que el culpable apareciera jamás, y su familia, tan numerosa, prometedora y saludable, fue decayendo con la misma rapidez con que las cortinas se decoloraban, y las vigas se humedecían. El centro de la historia está localizado en una época más cercana a Hawthorne, donde narra la vida de los últimos descendientes directos del Coronel, ya ancianos, y el paso de su aristocracia decadente, a la clase media marcada por una pariente lejana de nombre Phoebe Pyncheon (Febe, en la versión en español), así como el fin del hechizo con el abandono de la mansión.

V. El agua en la obra

Como se ha mencionado, el agua, este manantial encontrado por Matías Maule en el bosque, es la causa principal de la historia. De no haber sido encontrado, la maldición no hubiese sido lanzada y, posiblemente, la descendencia del Coronel Pyncheon no habría sufrido el trágico destino decadente al que se vio sujeta. En su estudio, Durand plantea que desde la antigüedad ha existido una inquietud casi patológica a dicho líquido, proponiendo como posible causa el uso de este medio para la disposición de cadáveres; opina además que el agua es “superlativamente mortuoria”, es un doblete insustancial de las tinieblas, es la “sustancia simbólica de la muerte”.[5] Esto provee de una posible razón para los eventos que se desarrollarán a futuro en la trama.

Para comenzar, Clifford Pyncheon, uno de los ancianos personajes principales, con frecuencia toma asiento en el jardín y dedica algunas horas a admirar el estanque, en el que asegura ver “rostros hermosos con hechiceras sonrisas”, aunque en ocasiones exclama aterrado que “rostros sombríos [le] están mirando con fijeza”,[6] para aterrorizarlo en sus últimos años. De acuerdo a la interpretación de Durand, éstos podrían ser los espíritus de las víctimas de la maldición, así como de Matías Maule, quien acecha la mansión desde su prisión de agua, para asegurarse de que la desgracia siga a los descendientes del Coronel hasta que su propiedad sea restaurada.

Por otra parte, se puede tomar la opinión de Bachelard en que expresa que el agua muestra el reflejo del alma: “el reflejo es más real que lo real porque es más puro”,[7] se interpretaría como una especie de reflejo de la verdadera naturaleza de las cosas. El agua estaría entonces reflejando la psique interna del personaje, quien es descrito como un hombre de alma delicada que durante su vida siempre apreció y amó todo lo que era frágil y hermoso. Sin embargo, en un momento de su vida es acusado del homicidio de un familiar y es enviado largo tiempo a prisión. Aquellas cosas bellas que amaba podrían reflejarse en la forma de los ‘rostros bellos de encantadoras sonrisas’, mientras que el recuerdo del homicidio, del que no parece tener convicción de su inocencia, podría haberse convertido a través de los ancianos ojos, en aquellos rostros oscuros que le torturan.

Dos ejemplos más de este reflejo del alma a través del agua, estrechamente relacionados se encuentran, uno, a mitad del libro, durante una conversación frente al estanque de Maule, de la joven Phoebe con el daguerrotipista que tiene alquilado uno de los cuartos de la casona, en que se menciona fugazmente una serie de rostros que ella podría distinguir si tan sólo mirara con más atención las aguas. El segundo, se encuentra en las últimas líneas, en que, tras abandonar la mansión, el estanque refleja imágenes del brillante futuro que espera a los sobrevivientes Pyncheon. Si bien, podría funcionar en cierto modo como premonición, podría también actuar como una mera expectativa del alma de los que se mudan esperando una mejor vida tras la muerte del Juez Pyncheon.

Otro ejemplo de cómo lo nocturno y el agua misma se encuentran involucrados con lo mortuorio, y con todo aquello que es irrecuperable dentro de la obra, se narra brevemente en la vida y trágico deceso de Alicia Pyncheon, quien tras haber sido hipnotizada por un descendiente de Maule (Matías Maule II), con la cooperación indirecta de su ambicioso padre, se ve acosada por una especie de locura debida al control que sobre ella ejercía el hombre. En una ocasión especial para Maule II, la joven Alicia se encuentra bajo una llovizna nocturna en pleno invierno, que posteriormente le causa una enfermedad severa, y al final, la muerte. Si bien, el descendiente del ‘hechicero’ se muestra enojado y arrepentido por haberla llevado a tal destino, los hechos narrados no pueden cambiarse.

Finalmente tras la oscura muerte del Juez Pyncheon, previa a una tormenta, en el mismo estudio en que el Coronel había fallecido por circunstancias misteriosas en las que parece haber intervenido Clifford, los ancianos protagonistas huyen como “una curiosa pareja de patos, chapoteando por entre los charcos de barro”.[8] Sin embargo, en esta parte de la narración ya no se muestra una visión del agua como elemento agobiante, oscuro o de muerte. Si bien, la tempestad tiene gran fuerza, la suficiente para que el manantial exceda su límite e inunde el jardín, hay cierta felicidad y desahogo en ella.

Este desbordamiento de la fuente parecería purificarla, al mismo tiempo que libera de su tormentoso pasado a los ancianos que huyen, en principio a Clifford, cuyo entusiasmo es notorio mientras dura dicha tempestad. Esta agua que cae e inunda lo que la rodea tiene ahora la propiedad de liberar de la vieja maldición que caía sobre la casa de los siete altillos a todos los habitantes en ella, por así decirlo, de lavar las manchas que existían en el pasado de la familia para permitirles vivir el agradable futuro que anhelaban.

Esto es gracias a que justo tras este evento, los habitantes de la casona reciben la herencia del Juez Pyncheon, quien perdió a su único heredero en un trágico accidente ocurrido en un lugar lejano, tan solo el día anterior a la suya, y deciden alejarse del lugar para nunca volver. Así mismo, se menciona que uno de los personajes cree escuchar la melodía tocada por el espíritu de Alicia Pyncheon en el clavicordio que le pertenecía en vida, para después alejarse de la casona y la maldición que ha sido ya rota.

 

VI. Conclusiones

Una maldición, pues, puede prevalecer en un sitio determinado por largos años, sin más indicio de su presencia que un pequeño detalle. En La casa de los siete altillos se ha mostrado a través del simbolismo del agua, con sus aspectos multifacéticos. Hay que tener en cuenta también que “las aguas de la muerte no conciernen más que a los pecadores ya que se transforman en agua de vida para los justos”[9], y es precisamente esto lo que se refleja en la historia.

Sin embargo, contrario a lo que Bachelard manifiesta, que un agua estancada es un agua muerta y siniestra, y que toda agua que corre busca morir, análogo a la teoría de Durand en que se expresa que el agua que corre es el símbolo de la transitoriedad de la vida que se dirige a un fin inevitable, Hawthorne revela que el agua que cae no siempre debe tener esta representación; más bien es la expresión de lo que posteriormente Chevalier incluirá en su Diccionario, este líquido puede dar una nueva vida, y ser creadora de ‘nuevos futuros’, hacer renacer todo aquello que toca.

Aquellos miembros de la familia que sólo desean deshacerse del pasado y mirar hacia un mejor futuro, no son tan fuertemente afectados por la maldición que pesa sobre la familia Pyncheon; aquellos que desean continuar con el legado dispuesto por el corrupto Coronel, así como imitar su arrogancia, son los que soportan el peso de los fantasmas y tormentos preparados por Maule para acechar el patrimonio que consiguió para su familia y le fue arrebatado, como se muestra en el caso del Juez.

También se consigue vislumbrar cómo se refleja la ideología de Hawthorne en la obra, al transferir los “pecados” del Coronel Pyncheon a su descendencia por varias generaciones, hasta que finalmente se presenta una oportunidad de redención por aquellos crímenes, y el terreno expropiado finalmente deja de pertenecer a quien no era su auténtico propietario, aunque el nuevo se rehúse a aceptarlo, y termine forjando una profunda amistad con los descendientes de quien asesinó a su antepasado.

Por tanto en esta obra, La casa de los siete altillos, tenemos no sólo una gran obra que representa eventos que ocurrían en la época en que vivió el autor (la decadencia de la aristocracia, el surgimiento de la clase media, la necesidad de conseguir un empleo que se adecúe a la vida urbana de creciente agitación, el cambio de pueblos y aldeas a ciudades, la migración de campesinos a la ciudad), también utiliza el elemento del agua con gran maestría, haciendo notar ambos lados de ésta: el destructor y el regenerador.

 

[1] Gilbert Durand, Estructuras antropológicas del imaginario. Introducción a la arqueotipología general. México, 2004, pp. 100-101.

[2] Hawthorne expresa que asume ”la vergüenza de sus actos, [y ruega] porque las maldiciones en que haya incurrido [su padre]… queden revocadas de hoy en adelante”: Nathaniel Hawthorne, La casa de los siete altillos, Offset, México, 1988, p. 10.

[3] Ibid, p. 41.

[4] Idem.

[5] Gilbert Durand, op. cit., p. 100.

[6] Nathaniel Hawthorne, op. cit., p. 183.

[7] Gaston Bachelard, El agua y los sueños, FCE, México, 1978, p. 78.

[8] Nathaniel Hawthorne, op. cit., p. 299.

[9] Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, Diccionario de símbolos, Herder, Barcelona, 1995, p. 56.