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Asunta Basterra, chronique sans nom

Carmina Warden

Asunta Basterra, chronique sans nom

—Tu imaginación calenturienta nos va a traer muchos problemas.

—¿Cómo?

—Tu imaginación calenturienta, que nos va a traer muchos problemas.

—Bueno, nena, por eso. ¡Silencio!

—Y que yo en casa, todo cuanto insecto había..., [inaudible] con un cojín, no quiere decir que vaya ahogando a la gente con cojines.

—Pues claro que no, mi vida. Pues claro que no.

—Pero, ¡fíjate la que has montado!

—Claro, pero, como no tienen otra cosa, dicen: sospechosos, los padres.

Son las grabaciones de las cámaras de seguridad de una comisaría. Ella camina en círculos por la pequeña celda. Él se encuentra de pie, en la celda contigua, frente a la rejilla que le permite comunicarse con su exmujer. Ella se aprieta las manos y habla con una vocecilla infantil a punto de romper en llanto. Él habla con un tono suave y cuida cada palabra, intenta transmitirle seguridad. Los dos acaban de ser imputados en el asesinato de su pequeña y única hija adoptiva, Asunta Basterra.

La noche del 21 de septiembre de 2013, Rosario Porto y Alfonso Basterra acudieron a la comisaría de Santiago de Compostela para reportar la desaparición de Asunta, su hija de doce años. Rosario Porto declaró que había dejado a la niña sola en el departamento donde vivían juntas, mientras ella se trasladaba a la casa de campo familiar, localizada en el municipio de Teo, a pocos kilómetros de Santiago; y al volver a casa, no encontró a su hija. Horas después de la desaparición, dos peatones reportaron el hallazgo de un cadáver sobre una pista forestal del mismo municipio coruñés de Teo, muy cerca de la finca familiar. Era el cuerpo de una niña abandonado en la tierra con tal mimo que los viandantes al principio creyeron que estaba dormida.

El cadáver fue identificado rápidamente como Asunta Yong Fang Basterra Porto. Era bien conocida en el pueblo por haber sido la primera niña china adoptada en Galicia. El entonces matrimonio viajó por ella a China cuando Asunta apenas tenía un año. Sus padres también destacaban en la sociedad compostelana. Ella, abogada y excónsul de Francia; él, periodista. Aunque divorciados, vivían cerca uno del otro. Recientemente habían limado asperezas y empezaban una nueva rutina familiar, muy parecida a la custodia compartida. Alfonso incluso hablaba a sus amigos de una reconciliación con Charo. Nada enturbiaba el retrato hasta que Rosario fue detenida el mismo día del velatorio. La Guardia Civil desde un principio sospechó de su declaración, llena de contradicciones. La más grave: Porto fue grabada por una cámara de seguridad vial, mientras conducía su coche, con Asunta de copiloto, cuando se suponía que la niña estaría desaparecida a esa hora. Alfonso Basterra pronto la acompañó en el calabozo y en la prisión preventiva hasta que llegara el juicio. «¡Asesinos!», oían gritar a la furiosa turba que desde la calle seguía los registros judiciales.

Se acumulaban los indicios. La autopsia concluyó que la pequeña había muerto con 27 comprimidos de Orfidal (lorazepam) en su cuerpo, un fuerte tranquilizante de uso común en Psiquiatría, que tomaba Rosario Porto por prescripción médica. La causa de la muerte era asfixia por sofocación con un objeto blando: un pañuelo, una mano, un cojín. En las muñecas y tobillos había marcas de ataduras. La presencia de hemorragias pulmonares y gástricas sugieren que, aún casi inconsciente y reducida físicamente, Asunta trató de resistir el ataque y la asfixia no fue rápida. En su pelo se detectaron altas concentraciones de lorazepam en el tramo correspondiente a los últimos tres meses. No se hallaron otros tóxicos, ni lesiones de violencia sexual. En el vestido de Rosario había restos de vómito y lorazepam. Durante el levantamiento judicial, un trozo de cuerda anaranjada fue encontrada cerca de los restos de Asunta, cuerda muy parecida a una descubierta en la casa de Teo. En la misma finca, los agentes también recuperaron un par de guantes y dos pañuelos aún húmedos, con el ADN de Rosario y su hija.

Esto último desmentía la segunda versión que ofreció la imputada (en cuanto supo que había sido grabada conduciendo con la niña), en la que Asunta sí la acompañó a la finca de Teo, pero no entró a la vivienda, otra afirmación puesta en duda por las pruebas, pues los pañuelos húmedos no podían ser viejos. Después de reconectar la alarma de la casa de campo, según Rosario, Asunta y ella regresaron a Santiago. Dejó a la niña en una esquina que no supo precisar y no volvió a verla. Ninguna de las 37 cámaras de seguridad vial intervenidas captaron a Asunta. Registraron, eso sí, a Rosario, sola en su coche.

Por otro lado, Alfonso Basterra fue relacionado con unos extraños episodios de intoxicación.

Se demostró que en julio y septiembre del 2013 adquirió 175 comprimidos de lorazepam. Para eso, utilizó prescripciones a su nombre, en lugar de las de su exmujer, que era la paciente. A menudo, la niña pernoctaba en la casa paterna. Durante el juicio varios profesores testificaron que por lo menos en cinco ocasiones, en julio y septiembre, Basterra llevó a la escuela a una Asunta desorientada, sin coordinación y adormecida. Además, su computadora portátil desapareció y reapareció repentinamente durante un tercer registro de la vivienda sin rastros de huellas más que en el disco duro. Se recuperó la información, que en mayor medida contenía pornografía de lolitas asiáticas. Según el juez instructor: «Puestos de común acuerdo, y con la intención de acabar con la vida de la niña, le suministraron una cantidad del medicamento necesariamente tóxica para posteriormente, cuando hiciera efecto, asfixiarla. [...](el asesinato) responde a un plan premeditado, ejecutado de forma gradual, y que resulta imposible sin la participación, o al menos el consentimiento, de ambos imputados».

La atención que genera un caso como éste no sería desaprovechada por los medios: «El abuelo paterno de Asunta: creo que lo hizo ella y mi hijo intenta encubrirla», «Lo que se sabe sobre la muerte de Asunta», «El juez acusa al padre de drogar a Asunta y a la madre de matarla», «Hallan restos de semen en la camiseta que vestía Asunta», «La madre de Asunta escribe una carta a un programa de televisión», «¿La niña que sabía demasiado?», «El padre de Asunta tenía fotos eróticas de la niña en su móvil». Muchos programas de televisión se dedicaron, muchas mesas de expertos, muchas animaciones, muchas conexiones remotas Madrid-Santiago de Compostela, muchas entrevistas a amigos de los padres, a sus antiguos amantes, a profesores, a compañeras de escuela. El caso Asunta era prime time en todas las televisoras.

Sin respetar la presunción de inocencia, uno de los temas más discutidos fue el posible móvil de los padres para asesinar a Asunta. El primero fue el económico. En todas las páginas web de noticias españolas se publicó que Asunta era la única heredera de sus abuelos maternos. Pero pronto se desmintió. También se intentó analizar el blog de la niña. La primera entrada del blog, que fue abierto como parte de una tarea escolar, contaba la historia de un crimen: «Érase una vez una familia feliz; una mujer, un hombre y un hijo. Un día la mujer fue asesinada. El hombre quiso tomar represalias sobre la persona que mató a su mujer (Anna) pero él también murió, porque intentó tomar represalias pero el hombre malo mató a John, el marido. Su cuerpo está en el parque de la Alameda y su espíritu también.». En un interesante ejercicio de imaginación, algunos tertulianos quisieron relacionar esa pequeña historia con la muerte inesperada de los padres de Rosario y también con que, muy a menudo, solía verse al abuelo materno y a Asunta, paseando por el mismo parque que la niña menciona en el blog.

Y es que Asunta fue la adoración de sus abuelos maternos. Todos coinciden en que la vida de los viejos giraba en torno a esta niña de altas capacidades. Lo último es un lugar común pero en este caso quizá no esté de más decirlo. Por lo menos su educación sí era de altas capacidades. Entre sus actividades extracurriculares había clases de música (piano, violín, flauta), clases de idiomas (chino, inglés, francés) y clases de ballet. Se deduce que creció rodeada de atenciones. Sus padres se mostraban orgullosos de ella. Era el hijo largamente deseado (Rosario tuvo varios abortos antes de que su médico le desaconsejara para siempre un embarazo). Pero lejos de las academias y de la Alianza Francesa, lejos de las ambiciones pequeñoburguesas de sus padres, Asunta era una niña normal de doce años, que creía en fantasmas, que comía espagueti, que gustaba de Los Simpson y que siempre usaba un reloj de correa azul en la muñeca derecha.

«Alguien que me quiere mucho me trajo esta camiseta de Sanlúcar de Barrameda», decía la leyenda de la playera que Asunta eligió la última mañana de su fugaz vida.

El juicio y la lectura del veredicto fueron, por supuesto, retransmitidos en todos los telediarios. Es posible que Rosario, por su profesión, ya supiera que la suerte estaba echada y por eso no dejó ver ninguna reacción cuando oyó del jurado el unánime veredicto. Alfonso en cambio sí es atravesado por el «culpable» de su esposa, y antes de oír el suyo ya se lleva las manos a la cara y niega con la cabeza. Mientras el jurado enumera los elementos considerados para llegar a su veredicto, el abogado de Rosario reprime sin éxito un bostezo. El caso de Asunta está cerrado y ya no es de relevancia nacional. Es historia, agua pasada.

—Pero, me entiendes, sabes... De todas esas cosas... yo que sé, da lugar a pensar sabe Dios qué.

—Claro. Pero no pasa nada.

—Y lo otro, Alfonso, lo otro.

—¡No hay nada!

—Siento tanto haberte hecho daño...

—No pasa nada. El pasado, pasado está, nena.

 

***

Carmina Warden Arriozola prefiere describirse con un verso de Rothenberg: «o let us never die plumed horn plumed plumed horn plumed horn / plumed horn to bury us & to be plumed & be plumed horn»

 

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