domingo. 26.05.2024
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Destellos del desdén

María Elisa Aranda Blackaller

Destellos del desdén

No es demasiada inteligencia la que se necesita para distinguir cuando una mujer busca amor y cuando cree que lo busca. Puedo decirle, señor, hay señales claras que se descubren en sus manos. Cuando quieren engañar, entrenan los ojos porque son los que tienen la fama como ventanas del alma. Ninguna se fija en sus manos, creyendo que los hombres no las verán por poner la atención en lo que abrazan. Si se fija, uno nunca les abraza las manos, por eso, éstas se sienten libres y pueden desligarse de los afectos del resto del cuerpo. Cuando uno presta atención a las manos, es cuando las pide en matrimonio. Las mujeres que engañan en estos tiempos no se dejan llevar tan lejos. Podrán pasar por tres millones de lunas de miel, pero nunca por un matrimonio. No hasta que llega la edad que a sus veintiún años establecieron que sería el tope máximo de soledad. Generalmente escogen los cuarenta; si al cumplir su primera cuarentena no han hallado un amor que merezca arriesgar por él el resto de su destino, entonces buscarán un incauto que si bien no les dará la felicidad, al menos les dará un poco de compañía todos los días.

Son cuidadosas al elegir, señor. De jóvenes buscan hombres con mala memoria, generalmente mucho más grandes, sedientos de un cuerpo joven, con uno que otro vacío en el alma y tan abatidos como para que les baste una sonrisa fingidamente cándida. Conforme van creciendo, el mercado de conveniencia va cambiando. Ahora son los más jóvenes los que desean mujeres maduras, no demasiado viejas, pero con sobrada experiencia para que les enseñen una que otra maña de la que después presumirán a sus amigos, midiendo todo menos la fatiga que va asentándoseles en el alma. Finalmente, cuando a ellas no les queda otro remedio que llegar a los cuarenta después de tres años de rehuir esa edad, deciden desposarse con hombres que les lleven sólo unos pocos años para que no las dejen viudas tan pronto y las hagan sentirse jóvenes siempre, más jóvenes que ellos.

Ella creía que buscaba amor, lo sentí en esa última caricia que le mencioné hace rato. Ya le contaré más al respecto. Por ahora le adelanto que vio en mí el incauto dispuesto a casarse, a comprometerse para siempre con una mujer llena de misterios, con un pasado más extenso de lo que la vida que pasaríamos juntos me permitiría descubrir. Yo solo me enredé en esto, sintiendo que sólo una mujer así podría perdonármelo todo y no exigirme decencia, pulcritud, puntualidad y todas esas cosas que intenté ofrecer la primera vez que amé a una mujer. En ese tiempo lo hice con gusto, queriendo agradar, complacer, sintiendo que así funcionaban las cosas. Con el paso del tiempo, señor, uno va cansándose de todo eso. Tal vez no con el tiempo, más bien con el tiempo en soledad, en la soledad que dejan los encuentros fugaces. Hay cosas que uno es irremediablemente, y que al llegar a esta edad puede seguir ofreciendo. Pero todo eso que lo hacía a uno galante y encantador va degradándose, palideciendo, volviéndose ajeno a lo que uno ve ahora en el espejo en medio de la penumbra. Sólo se notan las arrugas, señor, cuando la luz pronuncia y la oscuridad arrebata. Uno se vuelve viejo y busca a una mujer que sirva de compañera, que lo deje a uno como está, sólo que un poco menos miserable.

Yo tenía mucho atractivo con las muchachas cuando era joven. Veían en mí al caballero que no sería capaz de buscar una mujer fácil para complacerse y eso les encantaba. Alimentaban mi ego, haciéndome sentir que merecía amor. Yo nunca fui de los jovencitos que buscaban aprender en una mujer madura. Las llamaba señoras, y mostraba toda mi cortesía. Ellas me respondían con el deseo que querían provocar en mí. Eso me hacía más y más fuerte cada vez. Me sentía tan deseable como merecedor de la chica más pura y noble. Intenté cortejar a unas cuantas, pero finalmente me aburrí. Muy dentro de mí, me hacía falta más aventura de la que una mujer tan inocente puede ofrecer. Con ellas me disculpé, diciéndoles que no las merecía, y sintiendo por dentro que merecía cosas que yo apreciaba más que el confort de unos brazos que se entregarían a mí por primera vez. Uno no necesita ingenuidad cuando lo que busca es pasión.

Me aparté de las mujeres por un tiempo, sin necesidad de volverme homosexual, que eso quede claro. Sólo me decepcioné de lo poco interesantes que resultan cuando se las conoce bien. Eso me hizo pensar en buscar una mujer que no pudiera jamás llegar a conocer bien, una que me mantuviera bien entretenido el resto de mi vida. Además, tenía que ser hermosa y contar con algo de experiencia. Ese tipo de mujeres es difícil de sorprender. Por eso pensé que necesitaría práctica, y comencé a buscar jovencitas. Salía con ellas un par de días y veía hasta dónde me dejaban llegar. Estudiaba con cuidado sus reacciones y trataba de no lastimarlas. Eso no fue posible, hay unas que se entregan demasiado rápido, con una vehemencia difícil de rechazar. Aún así, tuve mucho cuidado de no acelerar yo las cosas. Por lo general, son chicas que intentan liberarse pero que terminan aferrándose a hombres que conocen muy poco, logrando justo lo contrario de lo que se proponían al principio. En cuanto descifré este patrón, me alejé completamente de este tipo de mujeres. Mi intención era puramente académica, se trataba de una investigación que, de ser exitosa, me concedería la felicidad.

Sólo tuve una relación con el tipo de mujer feminista. Es muy difícil lidiar con estas mujeres- nunca hay que llamarlas chicas porque lo toman a mal. Se hacen las fuertes y se concentran demasiado en hacer daño antes de que se lo hagan a ellas. Amenazan a su compañero después del primer beso y tratan de mostrarse irresistiblemente sensuales para luego negarse a darle algo más y así hacerlo sufrir. Intentan escarmentar al género del cual se sienten resentidas y cargan con enormes complejos que hacen crecer con sus actitudes feministas. Suelen decir que nadie las merece, que por eso sólo dan lo que quieren dar cuando quieren darlo. Pero nunca se las ve buscando un hombre que realmente les interese, sólo accediendo o negándose a recibir a quienes las persiguen a ellas. Estas mujeres quiebran o explotan con una decepción. Por eso no se permiten un riesgo así; quieren ser siempre fuertes y por lo mismo no comprometen nada- más que su felicidad, inconscientemente.

Me tocó ver llorar a unas cuantas. Eso pasa cuando se obligan a sí mismas a dar más de lo que pueden soportar. Es muy triste verlas así después de actuar como fieras, arrancándole a uno la camisa. Así les pasa cuando están inseguras y sienten que su condición de vulnerabilidad las hace débiles. Buscan ser inquebrantables y entonces se hacen daño a ellas mismas. Es terrible ser testigo de procesos así. Un par de veces tuve que ser paño de lágrimas y negarme a tocarlas. Mi intención no era abusar de ninguna, yo sólo pretendía aprender. En el camino hice unas cuantas amigas y me convertí en una especie de guía espiritual de varias de ellas. Sentí que les hacía bien a pesar de que mostraban dolor, porque al final siempre me abrazaban y me agradecían que no quisiera hacerles daño. Hubo una en especial que me tuvo sentado en su cama abrazándola la mitad de la noche, sin dejar de suplicarme que la sujetara con firmeza porque tenía miedo.

Decidí que estaba listo para buscar una mujer que representara placer intelectual para mí, que me diera un poco de motivación y convirtiera mi investigación en algo deleitante. Ya no me sentía amenazado por su potencial falta de sorpresa. Ahora sentía que sólo me merecería una chica que supiera mantenerme entretenido intentando descifrarla. Necesitaba ser muy complicada en su pasado pero muy simple de carácter. No quería tener que hacerme la vida pesada por pequeñeces. Me importaba que fuera sólo un poco más joven que yo para que no me viera como padre ni como un chiquillo deseoso de aprender. En este punto yo lo que quería era alguien como yo, con la misma necesidad de pasarla bien, de disfrutar en silencio, de hacer el amor sin la prisa de esas jovencitas que tienen tanta inseguridad que se entregan con desesperación para evitar que algo las haga arrepentirse. Tenía muchas ganas de estar con alguien que no me viera como un hombre atractivo por peligroso, con alguien que no tuviera ganas de ser mala para no sufrir conmigo. Estaba cansado de soportar la curiosidad y las tentaciones de las mujeres que me veían como un hombre de mundo. Quería tener a alguien que pudiera beber vino sin mencionar la cosecha, sabiendo perfectamente en silencio qué tan bueno era. Tenía una enorme ilusión de poder estar con una mujer que no hablara con desdén sobre su cuerpo lleno de lustros. Quería alguien que se disfrutara a si misma, consciente de su atractivo y sin necesidad de venderse para que yo diera todo por ella. Pensaba dar todo lo que me quedaba, que no era más que yo mismo. No podía ofrecer todo el ritual de una conquista a estas alturas. No quería falsedad.

La conocí porque la busqué, la encontré y fui cuidadoso en mi manera de acercarme a ella. No tenía ganas de fallar y tener que volver a empezar. Era un cafecito de ésos con mucha luz cálida que siempre tienen la misma gente en la misma mesa cada vez. Me aproximé a ella y tomé mi lugar diciéndole que me permitiera hablarle, que era importante. No se negó ni se mostró perturbada. Intenté ser honesto con ella y le expliqué que sabía bastante sobre su pasado. Le dije que no quería a cualquier mujer, que me había tomado mi tiempo de escoger y que sentía que si ella hubiera hecho lo mismo, me había elegido a mí. Le conté por qué sentía que podríamos ser felices juntos y le pedí que sin más preámbulos me concediera invitarla a salir. Le aseguré que no se arrepentiría de apartarse de los demás hombres porque en mí hallaría la confiabilidad más auténtica. Su tranquilidad me agradó bastante. Me veía a los ojos con una paz deliciosa. Eso me hizo hablar más y más, y terminé diciendo cosas que no planeaba. Le dije que sabría protegerla y que no permitiría que sufriera. Me vio con algo de ternura, como insinuando que había descubierto en mí una flaqueza que yo mismo desconocía. Entonces me callé completamente. Le dije que no quería hablar de más, que entendiera que yo era un hombre antes que otra cosa. En cierto modo me parecía irritante haberme explayado con tanta fluidez, sabiendo que había dicho cosas que no tenía por qué haber sacado al tema. Por otro lado, me sentía conforme, porque al terminar me tomó de la mano y me llevó afuera a caminar. Llegamos a un parque.

Me preguntó de dónde había obtenido la información. Le expliqué que había salido con varias jovencitas que en su momento me hablaron de otras mujeres que admiraban. Al principio no le di tanta importancia, pero con el tiempo pensé que varias de ellas podrían ser la misma mujer. Entonces, aprovechando la confianza que se había hecho después de que se abrieran conmigo, les pedí más datos sobre esas mujeres. “Creo que la mitad de ellas eran tú”, le dije. Intenté explicarle que no se trataba de un reto, que si así fuera no le diría todo lo que estaba confesándole. Le hice ver que realmente intentaba tener una relación maravillosa, completamente feliz.

Me hizo sentarme en el kiosco en medio del parque y me dijo que saldría conmigo un par de veces, pero que no esperara que accediera tan rápido a todas mis peticiones. Le dije que entendía perfectamente, que no esperaba brincarme partes del proceso. Sonrió con muchísima ecuanimidad. Me atraía profundamente su serenidad que se veía sin miedos y a la vez la hacía perfectamente mujer. Sabía que habría algunas cosas qué tolerar, al final de cuentas era humana, igual que yo. Pero en ese momento me parecía justo el ideal que tenía en mente. Concertamos una cita al día siguiente.

Quedamos de vernos en el café donde la había conocido. Me dejó establecer el lugar, la hora, todo. Se mostró increíblemente accesible. No me exigió que le abriera la puerta o le extendiera la silla, ni siquiera que pagara por su bebida. Yo no lo hice, sintiendo que me daba una libertad fabulosa que nunca antes me había sido entregada. No mostraba molestia alguna por mi omisión de esos detalles tan simples que para otras mujeres más jóvenes parecían imprescindibles. Sentí que finalmente en la vida me había topado con una mujer con la que podría ser justo el que era, sin pretensión alguna, sin detalles insulsos e innecesarios que enmascararan la relación. Platicamos de lo que me gustaba hacer, lo que le gustaba a ella. Hablamos de lo agradable que era vivir en ciudades pequeñas, pero ambos coincidimos en que las ciudades grandes daban más oportunidades de dedicarse a lo que uno decidiera. Me contó que coordinaba desfiles de modas, yo le hablé de mi trabajo como escritor. Me dijo con una risilla traviesa que esperaba un escrito dedicado a ella. Le dije que sin duda lo haría. No sé cómo se tornó triste el tema y le hablé de mi padre que había muerto de tristeza unos meses después de que mi madre falleciera por problemas en los riñones. Le dije que yo tenía ganas de enamorarme así, y que esa tarde parecía ser el inicio de esa experiencia que yo anhelaba tanto. Me encantaba no temer a asustarla. Podía decirle con toda clemencia que esperaba pasar con ella el resto de mi vida, sabiendo que me correspondería con una sonrisa dulce y una caricia en mi mejilla. Sentí que estaba completamente establecido en donde quería estar. Había hallado una mujer excitante, comprensiva, interesante, lista, muy carismática y adorablemente dulce. Sentía que podía pedirle en ese instante que se casara conmigo, pero no quería apresurarme a hacerlo.

Después de esa tarde, salimos a diario por unos cuantos meses. Cada vez me sentía mejor y me daban más ganas de estar con ella. De repente me inventaba algo para sorprenderla. Me gustaba mucho ver cómo se reía por sus propias reacciones. Nunca le preguntaba sobre su pasado para no incomodarla en caso de que hubiera algo que no quisiera contarme. Me concentraba en quererla y poco a poco fui enamorándome. Le aseguro, señor, llegué a amarla profundamente. Me hacía sentir que con ella no podía ser más que feliz. Estaba agradecido, ilusionado, confiado en el futuro que teníamos juntos. Quería que llegara el resto de mi vida porque sabía que cada vez sería más dichoso a su lado.

Cuando cumplimos un año de salir juntos, le pedí que se mudara conmigo y le dije que si ella quería, podríamos casarnos. Le aseguré que como fuera, yo estaba ya siéndole completamente fiel y no dejaría de serlo, independientemente de lo que ella decidiera. Añadí que no quería presionarla. Me dijo que ella quería proponerme justo lo contrario. No entendí, le demandé que me dijera qué estaba sucediendo. Me dijo que estaba segura de que podía hacerme el hombre más dichoso del mundo por un rato, pero que al final me haría el más infeliz. Me confundí mucho más con esas palabras. Le pedí que habláramos con calma. Me sacó y me hizo sentarme con ella en las escaleras afuera de mi apartamento. Me explicó que sabía que podíamos ser felices, pero que por más lista que estuviera ella, si yo no me arriesgaba a ello, no funcionaría. Le respondí que yo quería darlo todo por esa relación, que no era posible que dejáramos ir algo así, que yo me sentía increíblemente feliz con ella. Me dijo que me quería. Entonces entendí mucho menos. Sacó al tema a las jovencitas con las que salí y me dijo que me habían hecho sentir bien porque las mujeres tienen esa necesidad cuando quieren a alguien. Me dijo que les había hecho mucho daño, que yo me había conformado con la paz de saber que había podido darles un consejo, pero que al irme, seguramente había dejado un vacío muy profundo en ellas, mucho más grande que el beneficio de mis lecciones.

Solté un par de lágrimas. Me pidió que no me sintiera mal, asegurándome que era inmadurez, no maldad, lo que me había llevado a dejar tantos corazones rotos, creyéndome sanador. Añadió que había sido engañado por todas las chicas que en una incesante necesidad de ser apreciadas por mí, habían preferido callarse su dolor y alabarme. Me dijo que todas ellas me veían con admiración, pero ninguna de ellas sería capaz de abrirme su corazón hasta más allá de sus palabras. Me llamó insensato por conformarme con lo que ellas me exponían cuando estaba precisamente intentando entenderlas. Me sentí reprehendido, completamente solo.

Quise hacerle entender que yo no quería involucrarme con ellas, que tanto esas muchachas como yo habíamos aprendido juntos. Le hice saber que no había forzado nunca a ninguna de ellas, que por el contrario eran esas jóvenes las que me invitaban a acostarme con ellas cuando se sentían listas. Le dije que incluso si yo las veía demasiado temerosas, me detenía y hablaba con ellas. Su expresión se entristeció todavía más. Me dijo que no era justo que me justificara por cada vez que actuaba sin querer pensar lo suficiente. Le dije que a veces pensar no servía, que pensando había cometido más errores que usando mis sentidos.

Se quedó callada. Yo también, por un momento, mientras ordenaba mis ideas y decidía lo que diría enseguida. Le dije que sabía que había tenido algunos errores por inmadurez, pero que no había forzado nunca a nadie, que si había hecho daño era por la mezcla de mi inmadurez con la de las chicas, que a eso nos exponemos todos. Me interrumpió para decirme que me faltaba amor. Me sorprendió que una mujer con su pasado me hubiera dicho eso. Me sobresalté y le dije que qué tontería era ésa, que ella bien sabía lo difícil que era educar el corazón para amar como se debe, sin pasar sobre uno mismo. No me devolvió el grito. Le pedí perdón por alzarle la voz. Sentí que perdía el control de las cosas.

Le dije que yo no sabía que sentía todo eso de mí, que creía que era feliz. Me dijo que me había conformado con lo que me decía también ella. Se comparó con las demás chicas, diciéndome que ella también buscaba amor en mí, pero que la diferencia es que con la edad ella había aprendido a no pedirlo. Me dijo que nunca me había exigido nada que yo no quisiera darle. Era cierto, nunca me había pedido nada en serio. Uno que otro beso, un escrito, que asistiera a sus pasarelas, cosas así, sí. Pero nunca me había condicionado el amor que ella me daba a mí. Le reclamé por no decirme que era infeliz. Me dijo que no quería serlo, que no se había dado cuenta de que lo era, que creía que con amarme como lo hacía sería completamente dichosa. Le dije que no me pusiera en el papel de egoísta porque nunca me había dado ninguna pista de que estuviera a disgusto. Dijo que como las demás chicas, quería agradarme y sentirse tranquila de saber que yo estaba bien con ellas, completamente a gusto. Me dijo que me correspondía a mí averiguar cómo estaba ella, y qué tan a gusto.

Créame, señor, que de haber sabido que le faltaba algo, había movido cielo, mar y tierra para conseguírselo. Hallé una mujer de carácter simple, con un pasado complicado que había también complicado su manera de sentir más de lo que yo esperaba. No quería ser feliz a costa de ella, quería que ambos disfrutáramos la relación, la quería siempre a mi lado y siempre feliz. Usted lo sabe bien, señor, a ningún hombre le gusta que lo hagan sentir demasiado bueno ni peor de lo que en realidad es. Al menos a ninguno en esta etapa de la vida en la que se busca una compañera con la que no haya que fingir.

Le pregunté desde cuándo se sentía así. Me dijo que desde el principio, cuando no quise tener atenciones con ella en aquel café donde nos conocimos. Me dijo que mi falta de caballerosidad parecía pereza y orgullo, y que a ninguna mujer le gusta ser sometida a desventaja cuando no ha hecho daño alguno. Me explicó que lo mismo hacen las mujeres cuando sienten que los hombres las han decepcionado, se niegan a agradarlos, a ponerse lindas para ellos, o bien piden las cosas más caras en los restaurantes para darles su merecido, aunque el hombre en turno no haya cometido delito alguno. Le dije que todo eso me parecía falsedad pura, que no necesitábamos eso. Contestó que sólo era falsedad cuando las ganas de agradar no venían del deseo de hacer feliz, sino de una estrategia para conquistar, o del orgullo de saberse galante. Me sorprendió, señor, que una mujer así hablara de esa forma. Le dije que yo quería agradarla, pero con otras cosas, con mis sorpresas de vez en cuando. Me tomó de las manos y me dijo que ella había intentado sorprenderme todos los días, que se había puesto linda para mí cada día, aún si no iba a ser posible que saliéramos. Me dijo que ella no había escatimado conmigo y que nada había sido falsedad. Ahí sentí las manos, señor, y supe que ella creía que buscaba amor, pero en realidad buscaba una razón más para huir de él.

Le expliqué que yo tenía otras formas de complacerla. Me dijo que nunca pensé en lo que ella quería, que siempre le di lo que yo quería darle. Le pregunté qué quería que yo no le hubiera dado. Me dijo que un poco de comprensión. En ese momento, señor, confirmé que había hallado a la mujer más complicada que jamás hubiera conocido.

Todavía no logro entenderla. Tal vez a eso se refería. Ella sabía por qué hacía yo las cosas, y me había dado justo lo que yo quería de ella, sin negarse a si misma. No lo sé, señor, no sé qué me faltó. En ocasiones me pongo a pensar qué más podría haberle dado. Le di todo mi amor y al parecer eso no fue suficiente. No me gusta pensar que no puedo hacerla feliz, después de todo lo que hemos pasado juntos. Me enfada sentir que no puedo retener conmigo a la única mujer con la que realmente he sentido esa clase de libertad de ser yo mismo. No sé qué quiere ella. No sé por qué yo no me siento así. Tal vez ella sí sabe qué quería yo, tal vez fui para ella lo que las jovencitas fueron para mí, aprendizaje puro. Pero ella sí se enamoró de mí, me quiso muchísimo. No me resigno a haberla perdido, señor. No creo que tenga sentido resignarme después de conocer a alguien que me hacía tan feliz.

Cuando terminé de explicarle mis siempre buenas intenciones para con ella y le abrí mi corazón completamente, lo único que hizo fue besar mis manos, diciendo entre voz y suspiro que al final no podría hacerme feliz si seguía sintiéndose tan sola. Me previno que se convertiría en una mujer amargada con demasiadas ilusiones que yo por pereza no podría descifrar jamás. Finalmente me susurró al oído, “estás cansado, no debo cargar con las consecuencias si yo no tuve la culpa”.

No tuvo la culpa antes, pero ahora la tiene. Estoy absolutamente exhausto. Recibí su visita ayer, señor. Vino después de un mes de no querer ni hablar conmigo, según ella para olvidarme. Me dijo que por favor dejara de buscarla, que entendiera que no podía seguir amándome si eso la hacía sentir tan sola. Me dijo que realmente había pensado casarse conmigo, que estaba en una buena edad para hacerlo, pero que no se apresuraría inútilmente. Era yo un incauto, señor, y ella la mujer madura unos cuantos años más joven. Me eligió porque llegué con ella, no porque le gustara desde antes. Me dio una oportunidad porque yo la perseguí. No sé qué tanto deseaba ella a alguien como yo, o si simplemente fui una opción que ella estaba dispuesta a aceptar. No la entiendo, señor, mi investigación se declara fracasada.

Ayer nuevamente le dije que la amaba, que no iba a cambiar para ella porque no quería fingir. Me dijo que si esforzarme era fingir, entonces ahora tenía todavía menos caso estar juntos. Me molestó, señor, porque desde el principio me esforcé a mi manera, intenté sorprenderla de vez en cuando. Si ella quería eso todos los días, entonces que me lo hubiera dicho. Ya habría sabido yo qué hacer, cómo compensar eso que le faltaba. Pero ella es de las mujeres que no piden nada, de las que sólo esperan y lo analizan a uno detenidamente, sin dar oportunidades, enclaustrando sin piedad a su pobre amante en un papel de mal hombre, de culpable, de injusto, de egoísta. Usted bien sabe, señor, que a ninguno le gusta sentirse así.

Mañana la buscaré, o pasado mañana. No es justo que me convierta en un hombre más que no supo hacerla feliz. Si soy inmaduro, pues también ella. Una mujer muy madura no juega el rol de mujer perfecta para sentir que no le faltó nada por hacer, y se calla la infelicidad mientras convierte a su hombre en un villano. Ella tiene que entender, señor, es bastante inteligente. Va a saber que la quiero, que estoy dispuesto a ceder cuanto sea necesario por ella. Total, si tengo que abrirle las puertas, extenderle las sillas, y pagar por lo que va a tomar, lo haré con gusto. La trataré como a una dama, si eso le saca una sonrisa de ésas que me alimentaban las tardes cuando estábamos juntos. Pero no fingiré señor, eso no. No fingiré que no la quiero. Tenemos miedo los dos. Así funcionan estas cosas. Cuando uno ama, se muere de pánico. No me haré el fuerte como esas jovencitas, ni perderé a esta mujer a cambio de estabilidad. Le digo, señor, hallé a la mujer más complicada, justo como la quería. Sólo tengo que complicar un poquito más nuestra historia, “esforzarme más” como ella dice. ¡Vaya, de haber sabido! Me pedía que la leyera entre líneas, que fuera un caballero andante que vence dragones por ella. Quería una ilusión, sentirse deseada, halagada, cortejada. Qué juego más simple; de haber sabido. Creo que se me olvidó que después de todo, es mujer. Me tiene exhausto, señor. Me tiene confundido. Me tiene enamorado. Tal vez luego me vea en un cuento de hadas o una novela de Bárbara Cartland, haciendo feliz a esta mujer. Mañana le contaré, señor, si es el día más feliz de mi vida, o si me tomará más tiempo convertirme en un galán. Puede ser que me tome toda la vida. Como le dije, señor, necesitaba a alguien que me permitiera nunca llegar a conocerla completamente. Me tiene indiscutiblemente entretenido y me hace profundamente miserable. No me quejo, es justo lo que quería. Creo que finalmente una relación es una mezcla de ilusiones, necesidades y voluntades en convergencia, señor. Lo único que nos falló fue converger. Como usted mismo dijo, “la magia es práctica, pero la practicidad mata la magia”.

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María Elisa Aranda Blackaller
(León, Guanajuato, 1984) comenzó a escribir recurrentemente cuando tenía 17 años. Encontró en las letras un mundo creativo y expansivo que la invitó a la exploración. Desde entonces ha navegado entre cuentos, ensayos y haikus.

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