Es lo Cotidiano

Los pretendientes de Estela Bastilla

Chema Rosas

Blues Magoos, Electric Comic Book
Blues Magoos, Electric Comic Book
Los pretendientes de Estela Bastilla

Había una vez una joven llamada Estela Bastilla. No era particularmente guapa, ni gozaba de buena percha pero sus ojos eran grandes y redondos como botones, tenía piel de terciopelo y unos dientes tan derechos que cuando sonreía parecía una cremallera. Las chismosas del pueblo, acostumbradas a tejer mentiras, decían que parecía hecha a la carrera. Eso a ella no le importaba y les respondía que a fin de cuentas la belleza está en los ojos de quien mira, sólo hay que pararse frente al espejo y ponerse en los zapatos del otro.

Por las noches se asomaba por la ventana e imaginaba que el cielo era una enorme cortina negra que tapaba el sol, y que las estrellas eran pequeños orificios hechos por pájaros. Sus problemas comenzaron una ocasión en que se metió entre las sábanas frescas de su cama y soñó que era la Bella Durmiente, y que tras pincharse con la rueca y dormir un buen rato, llegaba un príncipe y la despertaba.

Esa mañana se dio cuenta de que le faltaban un par de puntadas en el corazón y se le estaba saliendo el relleno. Alarmada salió corriendo a casa de Cachemira, fina y sabia curandera experta en los temas cardiacos. En cuanto llegó, su amiga la hizo recostarse en cojines de manta, y tras examinarla con detenimiento le proporcionó un terrorífico diagnóstico:

-Mala suerte la tuya, pues ni con mis agujas especiales alcanzo a reparar el desperfecto –le dijo. -Lo que tú necesitas es un hombre que te quiera para siempre y realice ese remiendo.

Ahora sí que se había metido en camisa de once varas. Para empezar, porque nunca había necesitado a un hombre; luego, porque era más bien proclive a morder el rebozo cada vez que alguien se le acercaba… y finalmente, porque hablando de buenos partidos, en su pueblo no había mucha tela de dónde cortar. Consideró dejar las cosas así, pero después pensó que más vale un remiendo feo que un agujero hermoso, así que puso manos a la obra y un anuncio en el periódico, que decía:

Mujer de percha irregular y ojos como botones busca hombre que dé la talla y tenga buenas intenciones (y que sepa remendar, de preferencia).

El primero en responder el anuncio fue un hombre que destilaba elegancia. Peinado para atrás, zapato boleado y pantalón planchado. ¡Qué bien se ve! –pensó Estela al verlo bajar por la calle, como los caballeros de antes, de pipa y guante- . Su madre le decía que por facha y traje se conoce al personaje, y ante este prospecto tendría que quitarse el sombrero. Luego recordó que no usaba sombreros, y cuando lo saludó se limitó a darle la mano. El problema es que el joven no se conformó con la mano y quiso agarrarle más cosas. Resultó que de elegante sólo tenía la facha y que Estela era cinta negra en Jiujitsu y le dejó la cara igualita a la de la mona que se vistió de seda.

Si el primero destilaba elegancia, el segundo pretendiente era todo lo contrario: usaba zapatos de charol, calcetas deportivas, pantalón por encima de la rodilla, camisa de franela y tirantes. En la cara tenía una gran barba, bigote rizado y gafas de pasta sin aumento.

-Las uso de forma irónica -decía-, igual que el sombrero de fieltro negro.

Y eso no era lo más raro, pues aseguraba haber conocido el hilo negro antes de que fuera popular, y que el problema en México era que nadie lo usaba para reconstruir el tejido social. A pesar de todo, ella lo quería, y le hubiera confiado su problema cardiaco si no hubiera sido por el lío de faldas. Le gustaba mucho usarlas, y una tarde que Estela se distrajo, el pretendiente se metió a su closet y las robó todas.

Cuando estaba a punto de tirar la toalla, apareció ante su puerta un tipo. No era particularmente guapo, y aunque dijo que era sastre, su ropa no tenía nada de especial. -El hábito no hace al monje – pensó Estela y decidió no darle importancia a la facha pero notó que, al igual que ella, tenía los pantalones bien puestos (pues el anterior se había llevado todas sus faldas). Al poco tiempo se enamoraron; ella lo traía de un hilo y él la tenía arrastrando la cobija. Un día ella le contó la historia del sueño de la rueca y de lo que le había recetado Cachemira. Él confesó que también tenía un problema cardiaco y Estela se sorprendió al ver su corazón hecho jirones. De inmediato le aplicó un doble pespunte zigzag y él remendó el de ella con una elegante punto francés.

Estela y el sastre se casaron de manteles largos. Las chismosas del pueblo dijeron que era la boda del roto y la descosida… y ellos se dieron cuenta de que les quedaba el saco.

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Chema Rosas
 (Ciudad de México, 1984) es bibliotecario, guionista, columnista, ermitaño y papa-de-sofá, acérrimo de Dr. Who y, por si fuese poco, autoestopista galáctico. Hace poco incursionó también en la comedia.

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