miércoles. 22.05.2024
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María Elisa Aranda Blackaller

Farinelli y Metastasio
Farinelli y Metastasio

Ignorando el sonido de las olas, el deslumbrante resplandor del Sol a través de mis párpados y el escozor por la arena bajo mi espalda, escuché dentro de mi cabeza el Fa cinco y el siguiente La seis. Vi las notas dibujándose en mi mente tan coloquialmente como si se tratara de zapatos colgando de los cables de un pentagrama popular. Cada imagen sonora y el resto de sensaciones que la acompañaban me hacían sentir más y más fuertemente el deseo de perderme por completo en la fascinación. Ésta, a su vez, me producía una inquietud emocionantísima de apresurarme a escribir lo que acababa de componer. Abrí entonces los ojos a mi realidad no menos onírica y desentumí el cuerpo para satisfacer mi pequeño placer matutino.

Apenas entré a mi apartamento, sentí el olor del café. Con la excitación propia de quien es capaz de experimentar placeres múltiples simultáneamente, me preparé una taza y añadí, encarrilada en mi momento hedonista, unas gotas sabrosas de crema. Ansiosa por concretar la belleza casi pecaminosa que recién había creado en mi ilusión musical, tomé mi plumín y mi obsoleto cuaderno pautado para dotar de realidad a mi fantasía. Mientas más se ocupaban las hojas, más ávida era mi escritura, como si las notas resbalosas me aceleraran hacia el inminente silencio del final, igual que los deleites compulsivos suelen apresurar hacia la muerte.

Una vez terminada la pieza, ya de madrugada, me atreví a escuchar cada nota en el piano por primera vez. Parecía una congregación de pequeños soldaditos dispuestos a proteger celosamente cada sonido. Conforme transcurrían, sentía vibrar la sangre dentro de mis venas, como pidiendo desesperadamente que la música me llenara completamente. De pronto, me percaté de una osadía de mi mente que lo volvió todo tan incitante como la posibilidad de lo perfecto: se trataba de una voz de mezzosoprano con un registro amplísimo y una tesitura de gamuza que, gratuitamente, comenzaba a interpretar mi pieza, haciendo que mi imaginación gozara sin recato.

No dormí esa noche, y en las siguientes sólo algunas horas. Antes de salir el sol, me vencía la abrumadora necesidad de levantarme para tocar el piano y reproducir la prodigiosa combinación de éste y la mezzosoprano imaginaria. Ahí me quedaba hasta que el deseo de tomar café me regresaba a lo terrenal desde el inmenso mundo de mis fantasías. Es al mismo tiempo liberadora y esclavizadora la posibilidad de imaginar tan concretamente lo perfecto. Por una parte, surge dentro de una la ambición incontenible de entregar la vida a la exploración de su existencia. Por otra parte, se convierte en algo parecido a un capricho donde un poquito menos de virtud es despreciable. Así pues, una oscila entre una ilusión esperanzadora casi inquebrantable y una decepción desoladora casi fulminante. 

La última vez que me dejé llevar así, encontré justo la voz que había deseado, alimentando mi confianza en la búsqueda de lo irrestricto. Era un adolescente que todavía no tenía un registro definitivo. Dediqué ocho años a componer música específicamente para escucharla en su voz. Él estaba maravillado de todo lo que avanzaba en su preparación y yo me engolosinaba con todos los sonidos y matices que era capaz de producir. Pero creció y su voz cambió, se volvió de una hermosura resuelta y despampanante. Tardaron poco en descubrir su talento las grandes academias y un día se despidió de mí para mudarse a Austria. Mi música sufrió un desgarre con esa separación y decidí trabajar un poco en publicidad para distraerme, desempeñar mis emociones y recuperar la calma y el dinero. Luego regresé a la composición artística, sabiendo que, tarde o temprano, volvería a perderme en mis propias fantasías. Más que temerlo, sentí desesperación de que pronto sucediera. No es gratuito, no es algo que todos puedan experimentar ni algo que yo pueda sentir con cada pieza. Son regalos furtivos para los sentidos, que inexorablemente dilatan a la mente y la dejan inmersa en una quimera absolutamente deliciosa.

En mis posibilidades vive esa nueva pieza tan sutil como soberbia, esperando impacientemente conocer a la voz de mezzo que la sublimará. Uno no siempre corre con la suerte de encontrarla y de cuando en cuando se permite usar instrumentos en vez de voces. Pero podría ser que, de alguna manera seguramente inesperada, se presentara a mis oídos ese prodigio que volvería a desprenderme de la tierra para hacerme flotar en el encantamiento de la música que puede ser perfecta.

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María Elisa Aranda Blackaller
(León, Guanajuato, 1984) comenzó a escribir recurrentemente cuando tenía 17 años. Encontró en las letras un mundo creativo y expansivo que la invitó a la exploración. Desde entonces ha navegado entre cuentos, ensayos y haikus.

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