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POESÍA

Tachas 547 • Portuaria • Manuel Parra Aguilar

Manuel Parra Aguilar

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Tachas 547 • Portuaria • Manuel Parra Aguilar

Amigos
de por allí y de todos lados, sabrán: Yo nunca he escrito poemas. ¿Por qué he de escribirlos? Los poemas sólo se escriben de joven, como era mi padre y la sal. Dirán: Puedes hacerlo, pero yo nunca he escrito un poema. Sólo he dicho palabras que saben a aceite y todas ahogadas huyen de mi garganta hacia otra parte. Consistiría en decir lo mismo que otros dijeron ya, con igual acento, con la misma voz o no, después de todo da igual: siempre es lo mismo, lo he dicho. Yo nunca he escrito un poema, no podría hacerlo. Yo sólo hablo y hablo entonces de mi padre. Sabrán que mi padre y yo atravesamos esta misma calle en otro momento. Mi padre vuelve a ser joven, yo vuelvo a ser niño. La playa es la misma: se equivoca en todas sus olas. Aún en mis sueños puedo ver el mar perfumado de colores cuya mitad descansa en mi costado, puedo ver al mundo que se enrosca como una caracola, cómo se desvisten sin herir cada una de las personas mayores, cada veraneante en la arena difusa. ¿A dónde la arena que grita mi nombre desparramado, la arena que grita y tiembla? Amigos: un minúsculo filo de agua se desliza entre la espuma y yo hablo de lo que dicen mis sentidos en esta calle con barreras. Estas palabras me pertenecen como podrían pertenecer a cualquier otro. Alguna vez mis ojos recorrieron esta calle cuando un hombre volvía de frente y a sí mismo. ¿Por qué no hablar de aquel hombre que en su momento me llamó montado desde su bicicleta? Aquel hombre era Abelardo. Más allá de ese hombre se encontraba el mar y la tarde. Abelardo fue carpintero. Sé que fue carpintero (alguna vez escuché fluir cada clavo en la madera salobre de su cuerpo). Todos los días a esta hora se paseaba Abelardo en bicicleta. Sin darme cuenta ya todo se ha ido. Pienso en Abelardo mirar su reloj como pienso en mi padre con el mar en sus rodillas. Vengo a escucharlo y luego darle forma con mis manos. En esto hay tanta verdad que creo olvidarme de otras cosas más importantes para decirles. Amigos: en sueños he sido todos los hombres y mis amigas distintas mujeres, pero cada una con su rostro disuelto en el agua, cada uno con distintas manos y rodillas distintas, como mi padre, como mis deseos, como un pan redondo y amarillo. Amigos de por allí, ¿sienten cómo las olas nos hablan del tesoro que ocultan? En ellas hay sombras que mojan mi cuerpo, escamas, barcos y piedras. Luego en mis sueños tengo barba, una barba como la de Abelardo, ya de pronto, un cuerpo azul, tartamudo, peces y naranjas en mis manos. Lo sé porque puedo sentirlas. ¿Por qué no hablar de Abelardo, de sus ojos como yo los quería? Mi padre también fue carpintero y fumador de marihuana. Mi padre paseaba en bicicleta. Amigos de todos lados: comparo mis palabras de un solo pie con mi cuerpo que se resiste a mis brazos y pienso en las personas mayores (imagino al mar en cubos que no terminan en esta orilla sino en otra orilla de rumbo incierto) y pienso en el goce de todos ustedes. Pienso en el escote que lucen mis amigas. Pienso en Abelardo estarse quieto, tallar unos ojos sobre mi rostro, y pienso en mi padre cuando leía poemas; algunos hablaban del amor infantil por Casandra Salviati, otros de la muerte de María Dupín, la bella, y sé que yo nunca he leído un poema como los que leía mi padre en voz alta. Amigos de por allí y de todos lados: mi padre sabía el verdadero nombre de todas las cosas: el color de las ventanas en verano, la puerta imaginaria del mar sonoro y blanco, la mitad del 2 sin disecar en la rada, la fábula del camarón, la carpa, los vestidos huecos, el múltiple antojo de las muchachas prohibidas, la balada de la casada infiel. ¿Quién mejor que mi padre para escribir un poema, para tocar la guitarra del mar y enumerar las olas? ¿Por qué no pensar en mi padre como si hubiera sido un buen hombre al final del mundo? Amigos: se cierra el silencio como una enorme ventana. Las muchachas ríen al verme sin ojos. Ellas huelen a sal marina. Yo les ofrezco helado de naranja y collares de conchas. A veces les escribo algunas cosas, poemas les llaman ellas bajo la arena, 

                                                                                                  aunque en verdad no sepan lo que eso significa 

 




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Manuel Parra Aguilar (Hermosillo, Sonora). Ha sido merecedor del Premio Internacional de Poesía Oliverio Girondo 2005, organizado por la Sociedad Argentina de Escritores, SADE; del XIII Premio Nacional de Poesía Tintanueva; del premio del Concurso del Libro Sonorense y del XII Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal. Es autor del libro de cuentos Contrataciones (JUS, 2009) y de los libros de poemas Más le valiera morir (Rivas Hernández Editores, 2009) En el estudio (Tintanueva, 2011) Manual del mecánico (VOX, Argentina, 2012) Pertenencias (Mantis, 2014) y Portuaria(Instituto Sonorense de Cultura, 2014).


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