domingo. 26.05.2024
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Tachas 565 • Cine centenario: 1923 • Fernando Cuevas

Fernando Cuevas
El hombre mosca (Safety Last!)
El hombre mosca (Safety Last!)
Tachas 565 • Cine centenario: 1923 • Fernando Cuevas

Un breve recorrido por quince de las grandes películas que cumplieron el siglo de vida el año que recién terminó, todavía en la época del cine silente y con el impresionismo en fase creciente, el surgimiento de Warner Brothers y el desarrollo de pruebas del sistema Phonofilm, creada por Lee DeForest para incluir banda sonora a las cintas. Veamos.

Empezamos con uno de los grandes clásicos de la historia del cine: la acrobática y genial comedia El hombre mosca (Safety Last!), dirigida con sentido de vértigo y gracia por Fred C. Newmeyer y Sam Taylor, e interpretada por Harold Lloyd, acá confirmando su capacidad no solo para la comedia física, con todo y la icónica estampa del empleado de almacén colgando sobre el reloj, sino para encarnar a un hombre común del campo llegado a la ciudad para sostener su amor. Una comedia maravillosa. Por su parte, John G. Blystone y Buster Keaton dirigieron la shakesperiana Nuestra hospitalidad, donde un joven regresa a su lugar de origen para tomar posesión de una propiedad, y en el trayecto se enamora de una mujer que resulta ser de la familia ancestralmente rival: ahí queda la icónica secuencia de la cascada y las acostumbradas notas de humor físico en esta cinta, más tendiente al drama y a la aventura. Junto con Edward F. Cline, Keaton también realizó Tres edades, alrededor de mismo número de episodios -en la edad de piedra, en la Roma antigua y en los veinte- con los intentos de conquista de un hombre hacia una mujer cual hilo conductor.

Dirigida por Charles Bryant y la estrella rusa Alla Nazimova, también en el papel principal con toda la sensualidad del caso, Salomé se concluyó en 1922 pero su estreno fue en 1923, brindando una versión visual de largo alcance sobre el clásico relato bíblico, fuente también para la megaproducción Los diez mandamientos, la deslumbrante realización de Cecile B. DeMille que volvería a hacer en 1956, con guion de Jeanni McPherson que plantea dos partes: la muy conocida historia del Éxodo y la vida de dos hermanos contrastantes en la época actual, con sus respectivos puntos de vista sobre las tablas: el tono moral se establece desde el mensaje acerca de que la Primera Guerra Mundial fue una consecuencia de no obedecer los preceptos ahí descritos.

Enclavada en la fiebre del oro, La apuesta de la comida (The Grub-Stake) fue dirigida por Nell Shipman y Bert Van Tuyle y sigue a una joven citadina, interpretada por la propia directora, en busca de fortuna rumbo a la región de Yukón, entre aventura, engaño, romance, drama y acción, filmada en hermosos paisajes montañosos por donde transitan animales, habituales en los filmes de la realizadora, que después de esta obra con problemas de distribución, solo realizaría cortos. En este contexto de personas viajantes en pos de nuevas riquezas, el realizador e intérprete James Cruze entregó en clave western La caravana de Oregón, retomando la novela de Emerson Hough, y en la que un par de grupos coinciden en Kansas y emprenden el viaje entre dificultades con pobladores, estampidas de bisontes y hasta triángulos amorosos.

Dirigida por Wallace Worsley, El jorobado de Notre Dame le hizo los honores a una de las clásicas obras de Víctor Hugo, Nuestra señora de París, previamente llevada a la pantalla: la notable recreación de la Francia del siglo XV contribuye al desarrollo de la triste historia, entre revueltas campesinas, de Quasimodo, interpretado con plena convicción por Lon Chaney, y de la gitana Esmeralda, encarnada con igual compromiso por Patsy Ruth Miller; ya que estamos por rumbos parisinos, Charles Chaplin, por su parte, dirigió con sensibilidad romántica y nostálgica Una mujer de París (A Woman of Paris: A Drama of Fate), en la que solo hace un cameo y en donde la protagonista (Edna Purviance), recién llegada a un gran centro urbano, se ve envuelta en la compleja situación de definir si continúa con la seguridad y estabilidad de su relación o se lanza a la aventura con un antiguo amor. Ambos también protagonizaron el mediometraje El peregrino, sobre un prisionero que se fuga y asume el rol de ministro religioso, con todo y desenlace en frontera con México.

Todavía ubicada en el expresionismo alemán, Arthur Robison realizó Sombras (Schätten - Eine nächtliche Halluzination), dándose vuelo con las sombras, justamente, para retratar una historia de celos, clarividencia y advertencia en forma de alucinación nocturna sobre lo que podría suceder si los pretendientes de la esposa de un barón siguen intentando sus lances románticos. También jugando con las sombras, el director austriaco Karl Grune entregó La calle, filme de enfáticos usos en la iluminación y en la creación de decorados que se centra, por una parte, en un hombre aburrido de su vida que se lanza por la ciudad y por la otra, en un anciano ciego con su nieto: hilos argumentales que se terminarán encontrando junto con otros personajes como una prostituta y un proxeneta, además del consabido asesinato. 

Corazón fiel es una de las grandes películas del realizador Jean Epstein, en la que construye innovadoras transiciones y diversidad de planos, en particular los que remiten a la mirada de la protagonista (Gina Manés), quien atiende un bar de sus padres adoptivos, mientras suspira por un trabajador del puerto y resiste las insinuaciones de otro hombre, apenas consolada por la hermosa costa de Marsella, también retratada con aliento poético. Con precursor enfoque feminista y de alcance también impresionista, la cineasta y crítica Germaine Dulac dirigió con toques vanguardistas en la estructura y fotografía, La sonriente Madame Beudet, en la que su tocaya Germaine Dermoz interpreta a una mujer hastiada de su matrimonio y de las repetitivas bromas de su marido apuntándose a la cabeza con una pistola, alcanzando el límite cuando le quita la llave del piano donde interpretaba a Debussy: solo sus propias fantasías que habitan su mundo interior la mantienen a flote hasta que ya no puede más.

El gran Abel Gance realizó La rueda, drama romántico-familiar en la que un hombre viudo con un hijo, rescata a una pequeña que cría como propia sin decirle nada; al paso del tiempo, el propio padre, angustiado, y el hermano adoptivo se enamoran de ella, pero un hombre rico amenaza con decir la verdad si no se la da en matrimonio: con una edición fugaz para la época y un manejo de la luz que acrecienta el drama, la historia se desarrolla con un desenlace agridulce.


 

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