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CRÍTICA

Tachas 565 • El espacio barrial y sus límites • Paz Cabral

Paz Cabral

Modelo 3D de La Plata
Modelo 3D de La Plata
Tachas 565 • El espacio barrial y sus límites • Paz Cabral

El espacio barrial y sus límites. Experiencias, interacciones y conflictos de jóvenes de la periferia de La Plata[1]

Introducción

En el presente trabajo retomamos la perspectiva de los estudios urbanos que han problematizado el lugar del espacio en la vida social, con el propósito de indagar en las experiencias espaciales de jóvenes habitantes de un barrio periférico de la ciudad de La Plata. Analizamos las significaciones otorgadas al espacio –particularmente al espacio barrial– indagando en los diversos clivajes socio-espaciales que movilizan los actores para identificarse y diferenciarse. Nos interesamos por la construcción de límites y fronteras, y por el modo en que ellas contribuyen a organizar las interacciones sociales. A partir de dicho análisis, destacamos la importancia del espacio barrial como dimensión central en la experiencia de los jóvenes y como eje organizador de prácticas, relaciones e interacciones. Mostramos que el barrio constituye un elemento fundamental para la producción de identidades y alteridades, que a su vez, contribuyen a la configuración de ciertos conflictos y rivalidades entre jóvenes. Asimismo, advertimos la presencia de diferentes sistemas clasificatorios sobre el barrio y sus límites, diversas concepciones en torno a la distinción entre barrio y villa, las cuales están íntimamente asociadas con las experiencias territoriales de los sujetos, con los espacios por ellos habitados, transitados y apropiados. 

En oposición a las miradas sociológicas que han naturalizado al espacio y han soslayado su análisis, aquí recuperamos los aportes de autores que han subrayado la importancia de su abordaje para la investigación social, en tanto lo han concebido como una dimensión producida y productora de lo social. De este modo, el espacio ha sido conceptualizado como una realidad socialmente construida, es decir, producto de prácticas y relaciones sociales, y al mismo tiempo, como una dimensión constitutiva de las mismas (Simmel, 1939; Barth, 1976; Harvey, 1994; Said, 2004). Especialmente, nos servimos de algunos aportes teóricos de autores que se han dedicado a analizar fronteras nacionales y/o étnicas y a problematizar las relaciones entre territorio, cultura e identidad (Barth, 1976; Grimson, 2000; Grimson, 2011; Vila, 2001) para indagar por los diversos clivajes espaciales y simbólicos que movilizan los sujetos en distintos contextos configurando formas de identificación o diferencias. Retomando a Gupta y Ferguson (2008) –quienes cuestionan la perspectiva de la “crítica cultural” y plantean la necesidad de problematizar la unidad de “nosotros” y la alteridad del “otro” discutiendo la separación radical entre ambos– nos interesa explorar los “procesos de producción de la diferencia en un mundo de espacios cultural, social y económicamente interconectados” (p. 12). Por esto, rescatamos la idea de la centralidad de las adscripciones e identificaciones de los propios actores, y en relación con esto, de las relaciones sociales y la “estructura de interacción” que contribuyen a la producción y reproducción de los límites y diferencias entre grupos sociales (Barth, 1976). 

Aquí retomamos estos abordajes que han problematizado el lugar del espacio en la vida social, para analizar interacciones sociales desarrolladas en una formación espacial particular: el barrio. Siguiendo a Grimson (2009) entendemos al barrio no meramente como una categoría administrativa, sino como una categoría social, como una delimitación de fronteras socioespaciales constitutiva de las formas de percepción, significación y acción. En una línea similar, para Roberti el barrio constituye “una frontera socioespacial específica que configura las relaciones entre el adentro y el afuera, entre el ámbito local y su entorno, contribuyendo a conformar la centralidad del espacio barrial como marco organizador de prácticas y representaciones” (Roberti, 2013: 5 y 6); prácticas y representaciones que a su vez, contribuyen a la producción del mismo. En este trabajo nos interesa abordar los modos en que sus habitantes conciben y delimitan al barrio, y a su vez, cómo a partir de ello se configuran interacciones, identificaciones, distinciones y se organiza la vida comunitaria. Nos preguntamos por los modos en que diversos actores, a partir de sus experiencias espaciales, simbolizan el barrio y sus límites, por las disputas en torno a la demarcación de tales límites, como por los vínculos entre éstas significaciones y las experiencias territoriales, buscando dar cuenta de la importancia que adquiere el espacio barrial para las interacciones sociales entre los jóvenes. 

El barrio y los jóvenes entrevistados

El barrio en el que se llevó a cabo la investigación en la que se basa el presente trabajo, “El Horizonte”[2], forma parte de la localidad de Melchor Romero, ubicada en la periferia de la ciudad de La Plata. El mismo es un asentamiento relativamente nuevo que nació hace aproximadamente 20 años y a partir de entonces ha venido creciendo. Los/as pobladores/as se fueron instalando en el barrio, algunos a partir de la toma de terrenos fiscales, y otros de la compra de terrenos privados. La zona tiene un carácter semirural, donde conviven las casas y casillas con invernaderos, quintas y descampados. 

Para llegar a El Horizonte es necesario atravesar en primer lugar la zona de la delegación municipal, que sería el centro de Romero, y luego la zona de las vías identificada por los entrevistados como “la villa”. Ambas zonas muestran características diferenciadas al barrio en cuestión. La zona de la delegación municipal, ubicada en las proximidades de la calle 520, presenta una mayor urbanización y características de un barrio de clase media. A diferencia del barrio El Horizonte y de la zona de las vías, los terrenos no son fiscales y sus habitantes son propietarios de los mismos. La mayoría de las calles están asfaltadas; las viviendas son de material, con terrenos amplios y patio; y se observa una buena calidad infraestructural. En esta zona hay servicio de cloacas, buen alumbrado público, electricidad y gas natural. 

Atravesando el centro de Romero, a tres cuadras de distancia de la calle 520, el paisaje cambia bruscamente y comienza la zona de “la villa”, conformada por asentamientos lindantes a las vías del ferrocarril. Es una zona de asentamientos recientes que surgió en gran medida a partir de nuevas tomas de terrenos por parte de los hijos de los primeros pobladores de El Horizonte. La misma está compuesta por casillas –de madera, chapa y nylon– más aglomeradas, y muy precarias; y presenta numerosas carencias en términos infraestructurales y en relación a la provisión de los servicios públicos. 

Finalmente, luego de cruzar las vías y atravesar “la villa”, se ingresa a El Horizonte. Dicho barrio, si bien presenta mayores déficits que el centro de Romero, tiene una mejor infraestructura en las viviendas y en las calles que la zona de las vías. Si bien las casas son pequeñas y precarias, la mayoría son de material y están menos aglomeradas que las casillas de “la villa”. Las calles principales están pavimentadas y son anchas, a diferencia de los estrechos pasillos de tierra que separan las viviendas de “la villa”. En lo que respecta a la provisión de los servicios públicos, se presentan numerosos déficits: el barrio no posee cloacas, se producen permanentemente cortes de luz, hay escaso alumbrado público y no hay gas natural. En líneas generales podemos decir que es un barrio habitado por familias de sectores populares, en su mayoría ocupadas en trabajos informales y/o precarios, y que cuenta con una importante presencia de migrantes internos y externos, provenientes tanto del Norte del país, como de Bolivia y Paraguay. 

La investigación se llevó a cabo a partir del desarrollo de charlas informales y entrevistas en profundidad con un grupo de jóvenes habitantes del Horizonte, así como también con informantes clave del mismo. Por su parte, dicha técnica se complementó con un trabajo de observación participante, basado en el encuentro y la interacción con tales jóvenes, que permitió complejizar los análisis en tanto brindó una mayor comprensión sobre el contexto en el que se producían las situaciones investigadas y posibilitó explorar ciertas prácticas e interacciones de los jóvenes desarrolladas en el escenario barrial. Si bien nuestro trabajo de campo se centró en los discursos y prácticas de tales jóvenes, residentes en el barrio El Horizonte, también en el marco de una investigación del Observatorio de Políticas de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, desarrollada junto a otros colegas, realizamos encuestas, entrevistas y focus groups tanto a jóvenes como informantes claves habitantes de otras zonas de Romero, cercanas y lindantes a tal barrio, que serán retomadas aquí y utilizadas como material para complejizar los análisis. 

La centralidad del espacio barrial

Una de las dimensiones centrales en la experiencia y cotidianeidad de los jóvenes entrevistados la constituye el barrio. Tal como es señalado en numerosos estudios, con el fin de la sociedad salarial y la desestructuración del mundo organizado en torno al trabajo, se produce un proceso de territorialización de los sectores populares. La implementación de las políticas neoliberales lleva al declive de los trabajadores urbanos, y con ello se produce el “pasaje de la fábrica al barrio” y la emergencia del mundo comunitario de los pobres (Svampa, 2005). El trabajo pierde su lugar central en la construcción identitaria de los actores, de modo que irán emergiendo nuevos soportes, entre los cuales el barrio aparece como un lugar central. Si bien es posible plantear que a partir del 2003 se inicia un nuevo período en Argentina, por lo cual en la actualidad existen numerosos cambios en relación a la época neoliberal; el barrio continúa figurando como un lugar central en la experiencia de los sectores populares, y particularmente aparece como una de las dimensiones a partir de las cuales los jóvenes entrevistados construyen identificaciones y diferencias, y organizan sus prácticas. 

Los jóvenes que entrevistamos residen en “El Horizonte” y una de las dimensiones centrales en su experiencia y cotidianeidad la constituye dicho barrio. Ello lo notamos en la gran parte del tiempo que pasan allí: es en sus calles y veredas donde ellos se reúnen y van desarrollando un tipo de sociabilidad basada en el estar juntos y pasar el rato. Asimismo, el barrio constituye una referencia central a partir de la cual ellos se definen e identifican, y a partir de la cual interactúan con otros. Ello se evidencia en sus nombres de Facebook –que incluye su nombre seguido de su pertenencia barrial: de Romero– así como en la recurrencia a identificarse, tanto a sí mismos como a otros, a partir de su pertenencia barrial. Constantemente, en las definiciones de sí y de los otros figura el barrio como una cuestión constitutiva. 

Si, vos ya... cara de desconocido, ¿de dónde sos? Porque es lo mismo que otros vengan a acá al barrio de nosotros y le van a decir lo mismo… (Pablo) 

Si bien en términos amplios nuestros entrevistados se definen como pertenecientes a Romero y en ocasiones usan esa forma de identificarse porque es una manera de ser reconocidos en otros lugares –a diferencia de lo que sucede con El Horizonte que “no lo conoce nadie”–; en contextos más cercanos y conocidos se definen como de El Horizonte, lo cual implica una diferenciación respecto tanto a la zona de la villa, como al centro de Romero y a los otros barrios lindantes pertenecientes a dicha localidad. 

Los usos de la categoría barrio varían no solo en función del contexto, sino también de los actores involucrados y de las situaciones de interacción. Las maneras de definir los límites que distinguen entre el adentro y el afuera son cambiantes y a la vez, objeto de disputa por parte de diversos actores. Tal como plantea Segura, “separar y ligar aparecen así como operaciones complementarias y constitutivas de los modos de simbolizar y habitar el espacio. 

Por un lado, existe un conjunto de operaciones de marcación de límites y umbrales que separan y aíslan ámbitos y prácticas, distinguiendo según los casos adentro y afuera, interior y exterior, público y privado, nosotros y otros. Por otro lado, un conjunto de operaciones que se dirigen en sentido opuesto, estableciendo puentes y pasajes entre tales ámbitos separados y diferenciados. Así, pensamos que una vía útil para conocer y caracterizar los modos de experimentar el espacio es analizando las maneras en que los actores sociales distinguen y a la vez vinculan el adentro y el afuera, el interior y el exterior, lo público y lo privado, la mismidad y la otredad, y esto supone identificar tanto los límites y los umbrales (operaciones de separación de ámbitos y prácticas) como los puentes y los pasajes (operaciones de conjunción de tales prácticas y ámbitos disímiles)” (2009: 47). Subrayando la centralidad que adquiere el espacio barrial para las autoidentificaciones y heteroidentificaciones entre los jóvenes, nos interesa analizar las significaciones que le otorgan a dicho espacio y a sus límites, prestando atención a los contextos relacionales que contribuyen a la construcción de los mismos, y a la vez, estudiar el modo en que tales significaciones contribuyen a organizar las prácticas e interacciones sociales.

Identificaciones y distinciones: Romero y las rivalidades con otros barrios 

Como dijimos, el barrio aparece como una referencia central a partir de la cual los actores establecen pertenencias y límites, permitiendo la construcción de identificaciones o distinciones. Figura como un eje constitutivo de las prácticas y relaciones sociales, como un elemento central que organiza las interacciones entre los jóvenes. Las identificaciones territoriales no solo configuran pertenencias al interior del propio barrio, sino también instituyen fronteras y límites con el afuera, que pueden ser fuentes de distinciones y conflictos. Las experiencias barriales de los jóvenes están atravesadas por las diversas significaciones asociadas a los barrios, que muchas veces dan lugar a la configuración de rivalidades o “pica” entre los jóvenes que pertenecen a diferentes barrios. 

En el transcurso de nuestro trabajo de campo, fueron señaladas varias disputas entre barrios que orientaban las prácticas de los jóvenes, como las siguientes: Romero-Abasto, la villa-Las casitas, la villa-El Bajo, la villa de El Horizonte-la villa de Las Rosas[3].

Entrevistadora: ¿Esa es la pica digamos?, ¿Abasto-Romero? 

Lucas: Es la pica porque de acá, Romero, van a robar a Abasto; o de Abasto vienen a hacer cagadas acá a Romero también, por eso se odian. 

 

Pablo: El otro día fuimos a Abasto y nos sacaron cagando a todos los de Romero. 

Miguel: Si saben que sos de Romero si, pero vos no le vas a decir que sos de Romero, porque todos odian acá el barrio este. 

La dimensión espacial adquiere una gran importancia como reguladora las relaciones entre los jóvenes. La pica entre barrios, como por ejemplo entre Romero y Abasto, aparece como un eje fundamental que orienta las interacciones entre los jóvenes de ambos barrios, configurando rivalidades, las cuales a su vez, sirven para organizar las circulaciones y tránsitos. Estas rivalidades, que desde la perspectiva de ciertos observadores podrían carecer de sentido, pueden resultar productivas al comprenderlas teniendo en cuenta los códigos comunitarios que regulan las prácticas al interior del barrio. Tales códigos plantean que no se debe robar a los vecinos o los conocidos que residen en el barrio. Y si bien es sabido que estas normas son transgredidas, tienen importancia como ideal normativo que permite juzgar las acciones propias y de los otros. En lo que respecta a la pica Romero-Abasto, vemos que la cercanía posibilita intercambios y circulación de gente, por lo cual, en función de una economía de los desplazamientos, para los romerences, Abasto puede aparecer como un lugar propicio para realizar ciertos robos, hurtos o agresiones; y viceversa. Asimismo, los residentes de Abasto que concurren a colegios ubicados en Romero pueden convertirse en blancos fáciles de este tipo de atracos, lo cual va generando enemistades entre dichos barrios. En relación con esto, vemos que las rivalidades entre ambos espacios contribuyen a organizar la vida comunitaria, en cierta medida restringiendo posibles circulaciones e intercambios. 

Si bien la presencia de estas identificaciones barriales puede dar lugar a rivalidades y peleas, no notamos la existencia de estrictas divisiones de grupos rivales con dominios territoriales bien definidos y límites rígidos a la circulación, como sucede con las maras o pandillas presentes en otros países de América Latina. Antes bien, el tránsito por diversos territorios aparece en los discursos de algunos de los jóvenes como una experiencia frecuente, incluso por barrios con los que tienen “pica”. Los límites aparecen como porosos y son atravesados por los jóvenes con frecuencia. De todos modos, esta constatación no implica negar su existencia. Por el contrario, la presencia de límites y distinciones entre barrios, y en especial aquellos que generan rivalidades, orientan las prácticas de los jóvenes en el espacio haciendo que tengan que desarrollar ciertas estrategias al circular por ellos para neutralizar los eventuales conflictos, como por ejemplo moverse en grupo o decir que son de un barrio diferente cuando transitan por un lugar donde hay pica con su barrio de pertenencia. En función de tales límites, ciertos recorridos y circulaciones resultan más fáciles para los jóvenes que otros. 

El Horizonte, la villa y el centro de Romero: diferenciaciones internas y disputas por la demarcación de los límites 

Si bien el barrio definido en términos amplios –en este caso, Romero– puede funcionar como una forma de identificación a partir de la cual se construyen alteridades respecto a los moradores de otros barrios, también al interior del propio barrio los habitantes establecen diversas divisiones y diferenciaciones. Tal como señala Grimson, “en una escala cotidiana, en su propia vecindad, es frecuente que las personas se identifiquen con el barrio „chico‟ (2009: 12). La definición de los jóvenes como pertenecientes a El Horizonte implica una diferenciación respecto tanto a la zona de la villa, como al centro de Romero y a los otros barrios lindantes pertenecientes a dicha localidad. Sin embargo, en sus discursos aparece con mayor recurrencia y centralidad una de estas distinciones: aquella establecida con la zona de asentamientos lindante con las vías del tren; para ellos su barrio deja por fuera a “la villa”. La necesidad de hacer explícita esta distinción se vincula con la existencia de una visión externa que unifica ambas zonas y las considera un espacio homogéneo, englobado todo bajo la denominación de villa. Esta visión externa, que unifica y homogeniza a ambos espacios, es algo conocido por los habitantes de El Horizonte, que buscan remarcar la diferencia: 

Entrevistadora: y específicamente, en lo que sería El Horizonte ¿hay pica con algún barrio o algo así, o no? 

Pablo: No, porque ya nos agarran como si fuera todo esto la villa. 

Lucas: Claro, dicen la villa y dicen todo esto. 

Pablo: No es que lo separan a El Horizonte. Entonces vas y te dicen „vos vivís en la villa‟; no, yo vivo en El Horizonte.

Existen diversos sistemas de significaciones sobre los límites del barrio. Aquello que desde afuera aparece como un espacio homogéneo, es señalado por los residentes como un lugar heterogéneo con demarcaciones y diferenciaciones internas. Estas disputas por la demarcación de los límites pueden analizarse partiendo de un enfoque que visualice a los mismos no como algo natural u ontológico, sino más bien, como construcciones sociales resultado de prácticas y relaciones sociales. Como dice Simmel (1939), “todo límite es arbitrario […] el límite no es un hecho espacial con efectos sociológicos, sino un hecho sociológico con una forma espacial” (p. 215 y 216). Los límites del barrio se construyen a partir de las relaciones sociales, en función de los modos en que los habitantes se definen, caracterizan y clasifican. 

En contraposición a las representaciones del barrio sostenidas por los jóvenes, y de manera más amplia, por los residentes de El Horizonte, desde la perspectiva de quienes habitan en el centro de Romero y en los barrios fronterizos, la zona que comienza a partir de las vías del tren hacia “el fondo” aparece toda como un espacio homogéneo. Tanto los asentamientos lindantes a las vías, como el espacio más acotado, definido por nuestros entrevistados como El Horizonte, son identificados externamente como “la villa”. 

Comenzamos a hablar del barrio nuevamente, de cómo es Romero en sus diferentes zonas. Silvio cuenta que si bien el centro está bien, hay zonas que están peor. Me dice que “El Horizonte es „la villa‟, ahí viven muchas personas, que se cuelgan de la luz, que no tienen gas y eso a veces trae problemas”. […] Me dice que ese lugar [donde estamos realizando la entrevista] es el centro de Romero, que es un barrio bien, pero que después hacia las afueras, hacia la zona de la vía, hay más problemas. Que uno de los principales es que hay familias disfuncionales. “Acá hay familias normales, padres separados y eso, cosas normales, pero más allá no, son muchos viviendo en casas muy precarias, el padre vive de changas y la madre se queda con los hermanos, duermen 7 en un mismo cuarto, es muy difícil. Muchas veces el hermano más grande tiene la misma edad que el padrastro, cosas así” (Notas de la entrevista informal a Silvio, trabajador de la delegación municipal y residente de la zona) 

Me dice que la gente ahí tiene muchos problemas, le pregunto cuáles son y me dice que la gente es muy ignorante, que hay gente muy humilde que no terminó la escuela, que los jóvenes abandonan la secundaria, no trabajan y están vagando por todos lados (…) Me cuenta que la mayoría no termina la escuela, que no tiene el secundario, y entonces no consiguen trabajo, que no tienen nada para hacer, entonces están por ahí dando vueltas, girando, tomando alcohol y drogándose.” (Notas de la entrevista informal a Silvio, trabajador de la delegación municipal y residente de la zona) 

Para analizar la producción de estos límites y la significación particular otorgada a cada zona nos resulta productivo retomar el concepto de “prácticas de fronterización” desarrollada por Briones y del Cairo (2015) que remite a “las diversas maneras en que colectivos sociales marcan un adentro y un afuera, que encuentra un correlato en la diferenciación nosotros/otros” (p. 15). Si bien los autores recurren a tal concepto para debatir sobre las fronteras vinculadas a la dialéctica Estado-minorías étnicas, aquí nos sirve la idea para indagar por los diversos sistemas de significaciones sobre los límites del barrio, y en relación con ello, por la construcción de ciertas diferencias y otredades. Como se observa en el relato, los residentes de la zona de la delegación municipal, establecen diferenciaciones entre el centro de Romero y toda la zona que comienza a partir de las vías del tren en función de las cuales se construyen fronteras simbólicas que separan el adentro definido como “barrio bien” compuesto por “familias normales” y “cosas normales”, del afuera donde residen esos otros, como las “familias disfuncionales” y la gente “humilde”, “ignorante” y “vaga”. Las desigualdades sociales, expresadas en diferencias materiales e infraestructurales entre ambas zonas, son asociadas a distinciones morales, que sirven a la significación de la zona que comienza a partir de la calle 517 –hacia “el fondo”– como un espacio peligroso. 

Entrevistadora: ¿hay partes del barrio que ustedes creen que son más peligrosas que otras? (…) 

Francisco: A partir de la 517 para allá… 516….514 

Marcos: Sería pasando la vía para aquel lado, ahí está lo que es la villa. 

Brenda: Eh! ¿qué te pasa? Yo vivo ahí. 

Natalia: No, pero hay gente y gente (…) nosotros decimos la villa, o como el bajo, “son todos unos delincuentes, unos chorros”, pero en realidad hay gente y gente. Porque también puede haber chorros acá enfrente y nosotros no lo conocemos. 

Juan: El domingo, el sábado… robaron acá en lo de María. Yo fui porque iba a comprar una bayaspirina, porque me sentía mal, y si iba dos minutos antes me agarraban a mí. Estaban todos corriendo, desesperados. 

Entrevistadora: ¿Ahí llamaron a la policía? 

Juan: Una chica jovencita agarró el auto y los siguió, pero cuando pasaron la vía, para allá villa… ahí ya no… porque no podes. Victoria: Te entregás.

De la mano de la construcción social y simbólica de los espacios se realizan producciones subjetivas y morales de quienes los habitan. Como dice Segura (2011), “el espacio socialmente construido y significado no es secundario o ulterior a las relaciones sociales, ni tan solo un escenario de las mismas, sino que es constitutivo de ellas: „el espacio es una prolongación de las propias personas‟ (Ingold, 2000) que se ven a sí mismas y a los demás siendo del barrio o del asentamiento, de adelante o de atrás, espacios y localizaciones socialmente cargadas de sentidos vinculados con la clase social, la nacionalidad, las conductas y la moral, entre otras” (p. 97). Los diversos clivajes socio-espaciales que movilizan los actores resultan centrales para entender ciertas prácticas, experiencias e interacciones. Al igual que lo ha señalado Barth (1976) en su estudio sobre fronteras y grupos étnicos, la producción de fronteras espaciales y simbólicas organiza las interacciones sociales, constituyendo una “estructura de interacción” que regula las situaciones de contacto y encuentro. En nuestro caso vemos que para quienes habitan en el centro de Romero, la zona que comienza al atravesar las vías del tren es concebida como villa, y sus habitantes como “villeros”, lo cual es asociado a la delincuencia. De este modo, aparece como un espacio peligroso, y por ende negado a la circulación, como un límite, tanto espacial como simbólico. 

Como vimos, existen diferentes modos de simbolizar el espacio y ellos varían en función de los sujetos y su ubicación socioespacial, del contexto y del tipo de interacción social. Pero a la vez, el modo en que los espacios son simbolizados por los sujetos, contribuye a la producción de determinadas prácticas y experiencias territoriales. Para explicar con mayor profundidad esto, sirve retomar la experiencia que me relató una joven cuando me encontraba haciendo trabajo de campo en el marco de la investigación realizada por Observatorio de Políticas de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires para la cual, junto a otrxs investigadorxs, desarrollamos encuestas a habitantes de distintas zonas de Romero. 

Transitando por las proximidades de la calle 520, comienzo a encuestar a una joven. Respondiendo a mis preguntas, me dice que vivía a unas pocas cuadras de ahí, es decir dentro de lo que sería el centro de Romero. Siguiendo el formulario, le pregunto si hay zonas por las que evita transitar, me dice que sí y me señala para el fondo, es decir la zona que comenzaría a partir de las vías. Al preguntarle porqué evitaba circular por allí, me responde que es peligroso, refiriéndose principalmente a los robos. Explayándose un poco, me cuenta que en realidad ella antes vivía ahí, por lo cual yo me quedo un poco sorprendida pensando para mí misma que anteriormente no podría evitar transitar por la zona donde vivía, y despegándome de las preguntas propias de la encuesta, le pregunto si antes también le parecía peligroso. Entonces me explica que antes no le resultaba peligroso circular por allí porque vivía ahí y era conocida, pero que ahora, siendo de otra zona, estaba más expuesta que antes a los robos u otro tipo de victimizaciones y le daba mayor inseguridad (Notas de campo) 

La situación descripta, sirve para observar de manera más profunda los vínculos existentes entre las experiencias territoriales, las tramas relacionales y los sentidos otorgados al espacio. Tales vínculos no son unidireccionales, sino que se influyen de manera recíproca. El habitar un espacio y tener ciertas experiencias territoriales contribuye a representarlo de determinada forma, modelando a su vez las prácticas e interacciones sociales. “Como categoría espacial constitutiva de las formas de percepción, significación y acción, el barrio impone fronteras que son imaginadas, vividas y estructuradoras de prácticas sociales” (Roberti, 2013: 6). La experiencia de habitar un nuevo territorio, puede modificar la forma de significar los espacios, de este modo, como sucede en el ejemplo mencionado, la joven a partir de su mudanza comienza a sentir a su antiguo barrio como un lugar peligroso por el cual prefería evitar transitar. Pero esto no debe ser entendido solo como un cambio aislado en el modo de percibir el espacio, creemos dicho cambio también se vincula con experiencias territoriales concretas, con las estructuras de interacción, con los efectos sociales que tiene el espacio. Tal como dice Bourdieu “el espacio físico expresa el espacio social –y en tanto espacio social reificado– tiene efectos sociales que cobran importancia en la dinámica espacial” (Bourdieu, 1999 en Roberti, 2013: 3). Dicho de otro modo, y retomando el ejemplo, el hecho de habitar un nuevo espacio puede modificar también las interacciones, de modo que no solo la joven encuestada percibiría ahora ese territorio como más peligroso, sino que de hecho podría llegar a serlo, en tanto, al habitar otro barrio ella comenzaba a aparecer como residente de otra zona y por ende como “desconocida”. 

Para comprender de manera más acabada esta situación es necesario vincularlo con el modo en que los espacios y sus límites, socialmente construidos, configuran prácticas e interacciones sociales, por ejemplo como vimos, a partir de la creación de rivalidades y conflictos entre los habitantes de distintos barrios. Del mismo modo, como mencionamos, también existen normas comunitarias que funcionan al interior de los barrios y que orientan el accionar, tales como aquellas que plantean que no se debe robar a los habitantes del propio barrio, distinguiendo entre víctimas legítimas e ilegítimas a partir de la territorialidad. En este sentido, los “desconocidos” y residentes de otras zonas aparecen como víctimas más legítimas para este tipo de fechorías, con lo cual aquellos “extraños” que circulan por un barrio en el que no habitan, suelen convertirse en un blanco fácil y más aceptado para algún atraco o robo. Así, vemos como en función de la experiencia de habitar ciertos territorios se construyen subjetividades, categorías de “conocidos” y “desconocidos”, de “víctimas” y “no víctimas”, “nosotros” y “ellos” que orientan las interacciones sociales. En este sentido, la espacialidad – en tanto cargada de significaciones, de subjetividades asociadas a sus moradores, de códigos y reglas que regulan las prácticas territoriales– tiene efectos en las prácticas sociales, es productiva, habilita ciertas interacciones y dificulta otras. 

Mientras que para los residentes del centro de Romero toda la zona que comienza al atravesar las vías es concebida como un espacio homogéneo, definida como “la villa”, y a sus habitantes como “villeros” –que a su vez implica considerarlos como “delincuentes”, “vagos”, “ignorantes” y otros términos descalificativos–, para los habitantes de El Horizonte ellos habitan en un barrio, que se distingue y deja por fuera a “la villa”, la cual se limita a la zona lindante a las vías del tren que corre de manera paralela a las calles 517 y 516. Aquello que desde afuera aparece como un lugar homogéneo, es señalado por sus residentes como heterogéneo, con demarcaciones y diferenciaciones internas. 

No solo nuestros entrevistados de El Horizonte afirman la existencia de una demarcación espacial entre su barrio y la villa, sino que a su vez, señalan la distinción entre ellos y aquellos otros identificados como “los pibes de la villa”, también referenciados como “los pibes de la esquina”. La manifestación más explícita de dicha distinción se observa a partir de la constitución de paradas distintas. Mientras los jóvenes de la villa paran en una de las calles de El Horizonte donde se ubica la garita del gauchito Gil, los jóvenes de El Horizonte paran en la cuadra siguiente, en la vereda de la casa de uno de ellos. Los pibes de la villa son identificados por nuestros entrevistados como más grandes, habitantes de la zona lindante a las vías del ferrocarril y como aquellos jóvenes más vinculados a las prácticas delictivas, a la portación de armas y al consumo de drogas. Al analizar los relatos de los entrevistados es posible encontrar una cierta ambigüedad en sus discursos en lo que respecta a la relación que ellos establecen como los jóvenes de la villa. Por un lado, en ocasiones las narrativas tienden a resaltar los vínculos de cercanía, respeto y las semejanzas con los pibes de la villa, mientras que en otras se resaltan las distancias y se señala a los jóvenes de la villa como los que “hacen cagadas”, y generan problemas en el barrio. 

El quilombo viene siempre de allá [de la villa], porque acá, la gente de este lado, es más tranquila. Pero no porque sean de la villa... hay gente que labura, sí… pero el problema viene de ahí... son pibitos, así, que no entienden nada, no respetan nada, que sus padres fueron así, así que ellos se criaron así y son así. Pero el quilombo de acá del barrio es por ellos (Miguel). 

Entrevistadora: y los de las Rosas dicen que El Horizonte es jodido. Y ¿porque? ¿Porque piensan que dicen eso? 

Pablo: Y por los pibes. 

Entrevistadora: ¿y los pibes son ustedes? 

Pablo: No, los otros, los de la villa 

Lucas: Acá, los de la villa

El establecimiento de esta distinción entre su barrio –El Horizonte– y la villa, se pone de manifiesto en el modo de experimentar y circular por el espacio: el tránsito de nuestros entrevistados por la zona identificada como la villa aparece como algo infrecuente y casi sin sentido. 

Entrevistadora: Y ustedes, ¿se pueden meter por la villa? 

Miguel: Sí 

Entrevistadora: ¿Todos pasan por la villa y no pasa nada? 

Pablo: No, si no hay necesidad de pasar por la villa. Para que voy a ir para allá, si no hay nada. 

Miguel: Hace como 2 años fui… a saludar a un pibe. 

Este tipo de tránsitos y usos del espacio contrasta con aquellos sustentados por los jóvenes de la villa. Si bien el trabajo de campo no logró –tampoco se lo propuso– establecer un diálogo con los pibes de la villa para estudiar sus discursos y representaciones sobre el modo en que conciben los límites del barrio, a partir de los datos construidos en dicho proceso podemos decir que en sus prácticas –reconstruidas principalmente a partir de los relatos de nuestros entrevistados– los límites sostenidos por los jóvenes de El Horizonte –aquellos que marcaban una clara distinción entre su barrio y la villa– aparecen claramente cuestionados. En primer lugar, los pibes de la villa transitan cotidianamente por El Horizonte y de hecho su “parada” se ubica en dicho barrio. Ellos no solo se juntan cotidianamente a pasar el rato y charlar con sus amigos en El Horizonte, sino que además su parada se halla constituida por diversos elementos –bancos, banderas, garita del gauchito Gil, estampitas, estatuillas, etc.– que permiten concebir al mismo con un espacio propio, un espacio apropiado. 

Más aún, la apropiación de los pibes de la villa respecto de zonas que abarcan lo que sería El Horizonte se pone en evidencia en algunas narraciones de los jóvenes entrevistados donde nos comentan sobre la relación de los pibes de la villa con el barrio. Según sus relatos, los pibes de la villa “se hacen los que mandan en el barrio” por lo cual en diversos conflictos entre habitantes de El Horizonte intervienen y “se hacen los justicieros” buscando que se respete el barrio. 

Agustín: Ahora te mandas y te cagan a trompadas acá. Ponele vos vas a robar acá en el quiosco y ponele que yo vaya con vos, y yo me junto ponele con ellos dos, que ellos van ahí a la esquina, ellos se enteran que nosotros dos solos robamos, y nos van a sacar la plata o anda a comprar con la plata que robaste para tomar o anda a comprar faso o anda a comprar esto (…) vos si tenés que robar ándate a robar a otro barrio. 

Miguel: Claro, se hacen los justicieros, pero si le compartís la plata está todo bien. Y este chabón de allá, que le pego a la mujer y le metió una puñalada. 

Agustín: ¿El Julio?, ¿el bolita Julio? 

Miguel: Sí, creo que la mujer la había engañado con un pibe de ahí, bueno y él se enojó y la caga a palo. Y los chabones de acá supuestamente ellos se hacen los justicieros, los de la villa, y van y les roban las cosas al chabón, pero que te haces el justiciero si andas robando también (…) Ellos quieren hacer… coso, que respeten al barrio, pero si no lo respetan ellos… Ellos te pueden robar, pero si viene otro ellos se hacen los justicieros. 

Agustín: A mi primo, el Lito, intento de homicidio, eso le hicieron a él por culpa del chabón ese [del Piti], porque mi primo le dio un machetazo así y lo abrió todo así. 

Entrevistadora: ¿Por qué? 

Agustín: porque siempre se tenían bronca, porque ese, el Piti, siempre tomaba y se hacia el que él mandaba en la villa. 

Entrevistadora: ¿El Piti era de la villa? 

Agustín: Sí, y ese [el Lito], no se quedaba nada atrás, porque el otro [Piti] quería mandar en todo el barrio, cuando en realidad la villa es de la esquina para allá nomas. Siempre se agarraba a las piñas con el chabón ese, pero no era piñas, era tiro o puñalada. Y la mayoría gano mi primo, todos los sábados se armaba bondi. 

De este modo, advertimos la presencia de diferentes sistemas clasificatorios sobre el barrio y sus límites, diversas concepciones en torno a la distinción entre barrio y villa, las cuales están íntimamente asociadas con las experiencias territoriales de los sujetos, con los espacios en los que habitan y por los que transitan. Mientras que los jóvenes de El Horizonte establecen una diferenciación entre su barrio y la villa; por su parte las prácticas territoriales de los jóvenes de la villa parecerían ponerla en cuestión. Tal como afirma Massey (2012) los lugares no tienen identidades únicas, sino más bien están llenos de conflictos en torno a su definición. En este caso, vemos que existen tensiones y pugnas por los modos de significar, habitar y apropiar el espacio. 

El tránsito por el centro de la ciudad y la experiencia de la estigmatización 

Un último clivaje espacial que nos interesa desarrollar es aquel que diferencia entre centro y periferia. A la hora de representarse a su barrio, los jóvenes marcan una distinción con el centro de la ciudad de La Plata, frente al cual se destacan las similitudes de su barrio con otros barrios periféricos presentándolos de manera homogénea. A diferencia del casco urbano de la ciudad, los barrios periféricos son concebidos como espacios semejantes que poseen una serie de problemáticas comunes vinculadas a cuestiones tanto infraestructurales, como sociales. 

Lucas: Es un barrio como cualquier otro… como Las Rosas, Barrio Nuevo, el Bajo… toda la misma mierda 

Agustín: Como todos menos como el tuyo, como toda La Plata, menos como toda La Plata 

Pablo: Si, como todos menos como el tuyo. 

Entrevistadora: ¿Por qué como todos menos el mío? 

Agustín: Porque vos vivís en el centro ¿o no? Ahí está calmadito todo, acá dos días esta calmado y después pasas por acá y te cagan a tiros. 

Entrevistadora: Que ¿para ustedes es más calmado el centro que esto? 

Agustín: Sí, yo prefiero vivir en el centro antes que vivir acá. 

Entrevistadora: ¿Por? 

Agustín: porque sí, porque ya está el barrio escrachado, la gente de acá va a pedir trabajo a otro lado y le dicen „¿vos de dónde sos?‟ y le das la calle y ¿dónde queda eso? la villa, bueno después te llamamos, en cambio vos vivís en el centro y a los 15 minutos te llaman. 

En líneas generales, definen a su barrio como “cualquier otro barrio” marcando explícitamente la diferencia con el casco urbano de La Plata. Conocen los estigmas externos que pesan sobre su barrio y que se sobreimprimen a sus residentes: “Y lo ven así y dicen „es re villero‟, porque es distinta la forma de hablar de un villero que de uno que vive en el centro, parece que es igual, pero no” (Agustín). Los jóvenes son conscientes de la visión negativa que pesa sobre el barrio, el cual desde afuera es visto como un lugar “escrachado”, “jodido”, peligroso, concebido como villa y a sus habitantes como villeros; por lo cual “todos tienen miedo de venir” (Agustín). Experimentan diversas formas de discriminación en reiteradas ocasiones cuando interactúan con aquellos “otros” que viven fuera de la periferia, tanto al buscar trabajo, al pedirle a un taxi que los lleve hasta su casa o al invitar a gente a su barrio. Su barrio aparece como un lugar estigmatizado, significaciones sobre el espacio que se sobreimprimen a sus habitantes y principalmente a los jóvenes, dificultándoles el acceso a determinados recursos, como el trabajo. Los jóvenes entrevistados no solo son conscientes de la estigmatización que pesa sobre su lugar de pertenencia, sino también sobre ellos mismos, estigmas que se ponen en juego a partir de su forma de vestir y de hablar; en tanto se asocia su estilo, su condición social y su condición juvenil con la delincuencia. Por su parte, al salir de su propio barrio y circular por zonas céntricas, estos estigmas también se ponen en juego. Allí, se saben observados constantemente y vistos como sospechosos, tanto por parte de la policía como de la gente que habita y transita en dicha zona. 

Sin embargo, ellos se distancian de estas visiones externas definiendo al barrio como un “lugar tranquilo”, que “no es villa” e incluso remarcando que “ni eso [la villa] es una villa, porque si vos ves otras villas, nada que ver” (Agustín). Asimismo, en oposición a los estereotipos negativos que recaen sobre ellos, los jóvenes construyen identificaciones sociales y barriales, refuerzan los lazos con sus grupos de pares y recrean alteridades con aquellos “otros”, de clase media-alta, señalados como “los chetos” o “giles”. Justamente “la conciencia de la discriminación de la que son objeto conlleva muchas veces un mayor distanciamiento de ese „afuera‟ que los ubica como sospechosos, reforzando los lazos al interior del barrio, consolidando el „adentro‟ como pertenencia identitaria, y marcando y reafirmando la distancia con „los de afuera del barrio‟, los „chetos‟ (estratos medios-altos y altos) que los discriminan” (Kessler y Dimarco, 2013, 231). De todos modos, pese a estas contra-estrategias de los jóvenes para representarse a sí mismos y construir identificaciones que les permitan hacer frente a los estigmas, tal como dice Hall (2010), las disputas en torno a tales representaciones –sobre el espacio, sus límites y sus habitantes– están atravesadas por relaciones de poder, por lo cual grupos subordinados –como el estudiado aquí– tienen menor capacidad de injerencia en ellas. 

Reflexiones finales 

A lo largo de este recorrido, evidenciamos la presencia de diversos clivajes movilizados por los jóvenes entrevistados para clasificar el espacio barrial, tales como El Horizonte-Centro de Romero, El Horizonte-La villa, Romero-otros barrios periféricos, periferia-centro. En función de los mismos, los actores se identifican y diferencian, se construyen definiciones morales de sus habitantes y se organizan las experiencias barriales y las interacciones sociales. Estos clivajes no solo remiten a diferentes escalas, sino que a su vez, varían en función del contexto y de los actores involucrados, por lo cual en algunas ocasiones pueden funcionar como límites y en otras como puentes. Si bien, al referirse al casco urbano platense, los entrevistados señalan las similitudes con otros barrios periféricos, estableciendo de este modo pasajes, cuando se refieren a su barrio en términos amplios se identifican como “de Romero”, lo cual implica distinguirse e incluso rivalizar con algunos de aquellos otros barrios. Por su parte, al interior de Romero, ellos se definen como del barrio más chico “El Horizonte”, que supone una diferenciación respecto a otras zonas cercanas, tales como el centro de Romero por un lado, y la villa por el otro. De modo que las fronteras que distinguen entre adentro y afuera, entre nosotros y otros, son cambiantes, ya que se constituyen a partir de las tramas relacionales, al tiempo que contribuyen a organizar las mismas. Asimismo, las definiciones y sentidos que adquieren estos límites son objeto de disputa por parte de actores situados en distintos lugares del espacio físico y social. En este sentido, tal como afirma Massey, la especificidad del lugar “deriva del hecho de que cada lugar es el foco de una mezcla distinta de relaciones sociales más amplias y más locales” (2012: 128), por lo cual los vínculos con esos “afueras” forman una parte más de lo que constituye al lugar, en este caso, al barrio. 

Aquí nos interesa subrayar que si bien, como vimos, existen límites que distinguen y separan al barrio estudiado de otros barrios periféricos, así como del centro de La Plata, los cuales sirven para regular la circulación y en el modo en que se circula, los mismos no constituyen una frontera estricta para la movilidad, más bien son regularmente cruzados. Varios de nuestros entrevistados trabajan en otros barrios, salen a bailar al centro, van a fiestas y se juntan con amigos de otros barrios, juegan al futbol y tocan música con jóvenes de otros lados, van a pasear y a hacer compras al centro, etc. En este sentido, coincidimos con aquellas perspectivas que se oponen tanto a las visiones que señalan la circulación y el libre tránsito, como a las que plantean la guetificación de los sectores populares enfatizando en la existencia de total separación y límites estrictos a la movilidad (Segura, 2009; Segura, 2011; Grimson, 2009; Roberti, 2013). En relación con esto, resulta interesante indagar los momentos y contextos en que estos límites se vuelven más rígidos, o por el contrario, más porosos y permeables. De todos modos, como dice Grimson “cruzar una frontera no implica necesariamente desdibujarla. Así como el vínculo no implica ausencia de conflicto, la comunicación entre dos grupos puede ser el proceso que les permite distinguirse uno del otro. Nadie se preocupa demasiado por diferenciarse de grupos lejanos. „Los otros‟ significativos generalmente son nuestros vecinos: los grupos limítrofes, ya sea geográfica o simbólicamente” (2011: 131 y 132). Las maneras en que los actores significan el espacio barrial y las categorías que utilizan para clasificarlo y definir sus límites y fronteras, y a su vez para construir moralmente a sus moradores, constituyen dimensiones claves para interpretar las experiencias territoriales de los mismos. Asimismo, aquellas experiencias e interacciones sociales aparecen como centrales para entender los diversos sentidos que adquiere el espacio barrial y el modo en que se construyen tales límites. 

Bibliografía

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Briones, Claudia y del Cairo, Carlos (2015). “Prácticas de fronterización, pluralización y diferencia”. Universitas Humanística, Nº 80, pp. 13-52.

Grimson, Alejandro (2000). Fronteras, naciones e identidades. La periferia como centro. Buenos Aires, Ciccus - La Crujía.

Grimson, Alejandro (2009). “Introducción: clasificaciones espaciales y territorialización de la política en Buenos Aires”, en: La vida política en los barrios populares de Buenos Aires. Buenos Aires, Prometeo.

Grimson, Alejandro (2011). “Las culturas son más híbridas que las identificaciones”, en: Los límites de la cultura. Críticas de las teorías de la identidad. Buenos Aires, Siglo XXI.

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Harvey, David (1994). “La construcción social del espacio y del tiempo: Una teoría relacional”. Geographical Review of Japan, 67(2) (Ser. B), pp. 126-135.

Massey, Doreen (2012). “Un sentido global de lugar”, en: Un sentido global del lugar. Barcelona, Icaria.

Said, Edward (2004). Orientalismo. Buenos Aires, Ed. Libertarias.

Segura, Ramiro (2009). “Si vas a venir a una villa, loco, entrá de otra forma. Distancias sociales, límites espaciales y efectos de lugar en un barrio segregado del gran Buenos Aires”, en: La vida política en los barrios populares de Buenos Aires. Buenos Aires, Prometeo. 20

Segura, Ramiro (2011) “La trama relacional de la periferia de la ciudad de La Plata. La figuraciónEstablecidos-Outsideres´ revisitada”. Revista Publicar en Antropología y Ciencias Sociales, Año 9, Nº 10, pp. 85-106.

Simmel, Georg (1939). Sociología. Estudio sobre las formas de socialización. Buenos Aires, Espasa-calpe.

Svampa, Maristella (2005). “La transformación y territorialización de los sectores populares”, en: La Sociedad Excluyente: La Argentina bajo el signo del neoliberalismo. Buenos Aires, Taurus.

Roberti, Eugenia (2013). “El barrio como delimitación de fronteras socio-espaciales en áreas urbanas con pobreza estructural. El caso del Barrio Aluvión”, en: Actas VII Jornadas de Jóvenes Investigadores. Instituto de Investigaciones Gino Germani. Buenos Aires, IIGG.

Vila, Pablo (2001). “Versión estadunidense de la teoría de frontera: una crítica desde la etnografía”. Papeles de Población, N° 7.





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Paz Cabral. 
Socióloga Argentina


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[1]    Una versión distinta de algunos de los aspectos aquí analizados ya han sido presentados en el marco de un estudio propio, más amplio, publicado con el título “Sociabilidades, violencias y conflictos Estudio sobre jóvenes de un barrio periférico de la ciudad de La Plata. (Tesis de grado)”, Presentada en Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación para optar al grado de Licenciada en Sociología. Año 2015. 

[2]    Los nombres, tanto de éste y otros barrios estudiados, así como de los jóvenes e informantes claves entrevistados, han sido modificados para resguardar su identidad. Sin embargo, hemos mantenido la referencia a la localidad –Melchor Romero– en la que se encuentra ubicado dicho barrio, ya que la misma es importante para contextualizar la investigación. 

[3]    Si bien, como mencionamos más adelante, los jóvenes entrevistados no se definen como pertenecientes a la villa sino a El Horizonte, desde la perspectiva externa son definidos como de “la villa” por lo cual tales rivalidades también contribuían a orientar sus relaciones e interacciones con los jóvenes de otros barrios.