ENSAYO
Tachas 652 • El gestor de la ciudad • Thomas Ligotti
Una mañana gris, no mucho antes del comienzo del invierno, unas noticias preocupantes se propagaron entre la población: el gestor de la ciudad no estaba en su oficina, y no parecía estar en ninguna otra parte. Dejamos que aquella situación, o supuesta situación, permaneciera en el aire todo lo que pudimos. Simplemente, así era como habíamos manejado ese tipo de acontecimientos en el pasado.
Fue Carnes, el hombre que operaba el trolebús que recorría Main Street de un lado a otro, quien nos advirtió en un principio de la posibilidad de que el gestor de la ciudad ya no estuviera entre nosotros. Fue el primero en darse cuenta, mientras caminaba desde su casa en una punta de la ciudad hasta la estación en la otra punta, que la tenue luz de la lámpara que siempre permanecía encendida en la oficina del gestor de la ciudad ahora estaba apagada.
Por supuesto, no era del todo descabellado pensar que la bombilla de la lámpara simplemente se había fundido o que se había cortocircuitado la red eléctrica de la pequeña oficina de Main Street. Tal vez se había producido un apagón de mayor alcance que también afectaba a las estancias del piso de arriba de la oficina, donde residía el gestor municipal desde que llegó a la ciudad para asumir su cargo. Sin duda, todos sabíamos que el gestor municipal no es que se mostrara excesivamente escrupuloso con el estado de su oficina de atención ciudadana o sus dependencias privadas.
En consecuencia, aquellos de nosotros que nos reunimos en la calle frente a la oficina y casa del gestor municipal consideramos la hipótesis de una bombilla fundida y la del cortocircuito eléctrico durante un buen rato. Pero durante todo ese tiempo nuestro nerviosismo fue en aumento. Carnes era el que parecía más afectado con una fuerte ansiedad, porque las actuales circunstancias habían estado atormentándole durante más tiempo que a cualquier otro, aunque sólo fuera por unos pocos minutos. Como ya he indicado anteriormente, ésta no era la primera vez que nos enfrentábamos a un desenlace similar. Así que, cuando Carnes por fin dio la voz de alarma, el resto abandonamos nuestro refugio teórico.
—Es hora de hacer algo —dijo el hombre del trolebús—. Debemos investigar.
Ritter, que se ocupaba de la ferretería local, forzó la puerta de la oficina del gestor municipal y algunos de nosotros no tardamos en entrar y registrar el interior. El lugar estaba bastante recogido, aunque sólo fuera porque se hallaba prácticamente vacío. Tan sólo había una silla, un escritorio y la lámpara sobre éste. El resto era un espacio vacío de paredes desnudas. Incluso los cajones del escritorio estaban vacíos, como descubrieron los más curiosos de nuestra partida de búsqueda. Ritter comprobaba el enchufe de pared al que estaba conectada la lámpara y otro inspeccionaba los fusibles en la parte trasera de la oficina. Pero todas estas acciones no eran nada más que tácticas de dilación. Nadie quería meter la mano por debajo del plafón de la lámpara y accionar el interruptor para averiguar si la bombilla simplemente se había fundido o si el lugar había sido invadido por la oscuridad de forma voluntaria. Como todos sabíamos, esta segunda opción, bastante más siniestra, señalaba el fin del mandato del gestor municipal de turno.
En otro tiempo, nuestro eslabón con los servicios y funciones públicas era un ayuntamiento tradicional situado en la parte sur de Main Street. En lugar de una pequeña lámpara al borde de un escritorio desgastado por el tiempo, aquel impresionante edificio se hallaba iluminado por una enorme araña. Aquel deslumbrante aplique nos servía de faro y nos informaba de que el principal funcionario de la ciudad todavía seguía entre nosotros. Cuando el ayuntamiento entró en decadencia y tuvo que ser abandonado, otros edificios prestaron su iluminación… desde los pisos superiores del antiguo teatro de la ópera (también vacío con el paso de los años) hasta la actual oficina abierta al público que había servido más recientemente de centro de administración cívica municipal. Pero siempre llegaba el día en que, sin previo aviso, la luz se apagaba.
«No está arriba», gritó Carnes desde las estancias privadas del gestor municipal. En ese preciso instante tomé la iniciativa de encender la luz. La bombilla se encendió y todos en la habitación se quedaron mudos. Un rato más tarde, alguien —hoy en día soy incapaz de recordar quién fue— afirmó con voz resignada: «Nos ha dejado».
Ésas fueron las palabras que pasaron de boca en boca entre la multitud que se agolpaba frente a la oficina del gestor municipal… hasta que todo el mundo supo la verdad. Nadie consideró siquiera la posibilidad de que este desenlace hubiera sido una broma o un error. La única conclusión posible era que el antiguo gestor municipal ya no tenía el mando y que se realizaría un nuevo nombramiento, si es que no se había realizado ya.
Sin embargo, teníamos que seguir el protocolo. Se procedió con la búsqueda durante el resto de aquella mañana gris y la tarde. A lo largo de los años, estas búsquedas se realizaban cada vez con mayor rapidez y eficacia siempre que un gestor municipal desaparecía como preludio al nombramiento de otro. En nuestra ciudad había muchos menos edificios y casas de los que había en mi niñez y juventud. Sectores enteros que en otro tiempo fueron distritos de prolífica actividad habían sido transformados por una notable corrosión en solares vacíos donde tan sólo unos cuantos ladrillos y algunos cristales rotos indicaban que había existido allí algo más que malas hierbas y tierra seca. Durante mis años de ambiciosa adolescencia, decidí que un día tendría una casa en un barrio elegante conocido como The Hill. Esa área todavía era así conocida, un nombre amargamente conservado a pesar de que el barrio en cuestión —ahora una franja de tierra agreste y vacía— ya no se erigía en un terreno más elevado que el resto.
Tras convencernos de que el gestor municipal no se encontraba en ninguna parte de la ciudad, nos dirigimos al campo. Al igual que seguimos el protocolo dentro de los límites de la ciudad, continuamos cumpliendo con el protocolo fuera de éstos, mientras avanzábamos por el campo. Como se ha mencionado previamente, se aproximaba la estación invernal y sólo unos cuantos árboles desnudos obstruían la vista mientras vagábamos por aquella tierra agreste. Manteníamos los ojos abiertos, pero éramos incapaces de fingir ser unos buscadores meticulosos.
En el pasado, tras su desaparición, jamás se encontró al gestor municipal, ni vivo ni muerto, después de que la luz de su oficina se apagara. Nuestra única preocupación era actuar de manera que pudiéramos informar al nuevo gestor municipal, cuando apareciera, de que habíamos hecho todo lo que estaba en nuestras manos para descubrir el paradero de su predecesor. Sin embargo, este ritual parecía importar cada vez menos a los sucesivos gestores municipales, y el último apenas nos prestó atención cuando le hablamos sobre nuestros intentos de localizar el cuerpo vivo o muerto del administrador anterior.
—¿Qué? —dijo, cuando por fin salió de su letargo tras el escritorio de la oficina.
—Hicimos todo lo que pudimos —repitió uno de nosotros, el que había dirigido la búsqueda, que en aquella ocasión tuvo lugar a principios de la primavera.
—Estuvo tronando todo el tiempo —dijo otro.
Tras escuchar nuestro informe, el gestor municipal simplemente dijo:
—Oh, ya veo. Bien hecho.
Luego nos despidió y retomó su cabezada.
—Me pregunto por qué nos tomamos tantas molestias —mencionó Leeman, el barbero, cuando salimos de la oficina del gestor—. Nunca encontramos nada.
Entonces les recordé a él y a los otros el artículo de la Carta Municipal, sin duda un documento breve en el que se ordenaba a los habitantes realizar «una búsqueda exhaustiva por la ciudad y sus alrededores» siempre que desaparecía un gestor municipal. Era parte de un acuerdo al que habían llegado los fundadores y que había permanecido vigente a lo largo de varias generaciones. Desafortunadamente, en ninguno de los documentos almacenados en el nuevo teatro de la ópera, que más tarde se perdieron en el incendio que arrasó el edificio destartalado construido unos años después, se informaba abiertamente de quiénes eran aquellos con los que se había llegado a tal acuerdo (la propia Carta Municipal ahora era tan sólo una serie de notas escritas torpemente sobre recuerdos y costumbres, aunque los detalles de aquel rudimentario documento raras veces eran cuestionados). Sin duda, los fundadores habían adoptado en su momento lo que les pareció la mejor opción para la supervivencia y prosperidad de la ciudad, y forjaron un acuerdo que comprometía a sus descendientes con esa misma opción. No había nada extraño en esas acciones y acuerdos.
—Pero eso ocurrió hace muchos años —apuntó Leeman aquella tarde lluviosa de primavera—. Yo, por ejemplo, creo que ya es hora de que al menos averigüemos con quién estamos tratando.
Otros mostraron su acuerdo con él. Yo mismo no me opuse. No obstante, nunca logramos abordar el tema con el antiguo gestor municipal. Pero mientras deambulábamos por el campo aquel día tan cercano a los albores del invierno, hablamos entre nosotros y nos juramos que plantearíamos ciertas preguntas al nuevo gestor municipal, quien habitualmente aparecía poco después de la desaparición o renuncia del anterior administrador, en ocasiones incluso el mismo día.
La primera cuestión que deseábamos abordar era la razón por la cual estábamos obligados a llevar a cabo una búsqueda tan inútil de los gestores municipales desaparecidos. Algunos creíamos que estas búsquedas eran simplemente una manera de distraernos para darle tiempo al nuevo gestor a ocupar su puesto antes de que nadie tuviera ocasión de averiguar por qué medio llegaba o de qué dirección. Otros opinaban que estas expediciones en realidad cumplían una función, aunque éramos incapaces de entender cuál podría ser. En cualquier caso, todos estuvimos de acuerdo en que había llegado el momento de que la ciudad —es decir, lo que quedaba de ella— iniciara una nueva era más ilustrada de su historia. Sin embargo, cuando llegamos a la granja medio en ruinas, nuestros buenos propósitos se disolvieron en la penumbra gris que había envuelto el día.
Tradicionalmente, la granja en ruinas y la cabaña de madera junto a ésta marcaban el punto final de nuestra búsqueda y el regreso a la ciudad. Ya se acercaba el ocaso, lo cual nos daba el tiempo justo para regresar a nuestras casas antes de que oscureciera del todo una vez realizado un registro superficial de la granja y la choza. Pero no llegamos a entrar. En esta ocasión nos mantuvimos lejos de aquella granja, que no era más que una silueta dentada y combada que se recortaba contra el cielo gris, así como de la cabaña, un edificio estrecho de delgados tablones de madera que alguien había ensamblado con clavos mucho tiempo atrás. Había algo escrito en esos tablones avejentados por el paso del tiempo, unas marcas que ninguno habíamos visto antes. Estaban grabadas en la madera, como si hubieran usado una hoja afilada. Faltaban algunas de las letras, o eran ilegibles donde los tablones se habían separado. Carnes, el del trolebús, estaba de pie junto a mí.
—¿Dice eso lo que creo que dice? —me preguntó, casi en un susurro.
—Eso parece.
—¿Y la luz de dentro?
—Son como brasas encendidas —dije, en relación al fulgor rojizo que resplandecía a través de los tablones de la cabaña.
Tras haber confirmado la llegada del nuevo gestor municipal —de dondequiera que hubiera llegado—, nos dimos la vuelta y caminamos a paso lento y en silencio hacia la ciudad a través del campo gris que poco a poco era invadido por el inminente invierno.
A pesar de lo que descubrimos durante nuestra incursión, no tardamos en aceptarlo o, al menos, llegamos a un estado anímico en el que ya no expresábamos abiertamente nuestra ansiedad. ¿Importaba realmente que, en lugar de ocupar un edificio de Main Street con un letrero en la puerta en el que se leía GESTOR MUNICIPAL, el que ocupaba ahora ese cargo hubiera elegido una cabaña cuyos tablones desgastados mostraban esas mismas palabras grabadas con una hoja afilada? El devenir de los acontecimientos en los últimos tiempos ya apuntaba en esa dirección. En el pasado, el gestor municipal había llevado sus asuntos desde una planta de oficinas en el ayuntamiento y vivía en una casa elegante del distrito de The Hill. Ahora este funcionario realizaría su trabajo en una cabaña desvencijada junto a una granja en ruinas. Nada permanecía igual durante mucho tiempo. El cambio era la mismísima esencia de nuestras vidas.
Mi caso era bastante común. Como ya he mencionado antes, ambicionaba ser propietario de una residencia en el distrito de The Hill. Durante un tiempo dirigí una empresa de mensajería que sin duda me habría permitido lograr tal objetivo. Sin embargo, cuando llegó el anterior gestor municipal, yo andaba barriendo suelos en la barbería de Leeman y aceptando cualquier trabajillo que se me ofreciera. En cualquier caso, mi ilusión por hacer prosperar una empresa de mensajería se desvaneció en cuanto el distrito de The Hill se erosionó hasta desaparecer.
Quizás el declive generalizado de las condiciones de la ciudad, así como de la situación de sus habitantes, podría ser achacado a una gestión deficiente por parte de nuestros administradores municipales, quienes en muchos aspectos cada vez parecían menos capaces de desempeñar su labor a medida que se iban sucediendo unos a otros a lo largo de los años. Por muy grande que fuera nuestro miedo al nuevo gestor municipal, no se podía decir que el anterior hubiera sido un administrador modélico. Durante el periodo previo al término de su mandato, se pasó todos y cada uno de sus días laborables dormitando sobre su escritorio.
Por otro lado, cada uno de los gestores municipales contaba en su haber con algún elemento de cambio distintivo, algún proyecto oficial de uno u otro tipo, que resultaba difícil considerar del todo perjudicial. Aunque el nuevo teatro de la ópera nunca fue nada más que una estructura toscamente construida y trampa mortal en caso de incendio, representaba un esfuerzo cívico de rehabilitación o, al menos, ésa era la impresión que daba. Por su parte, el anterior gestor municipal había sido responsable de la instalación del trolebús que recorría Main Street. Durante los primeros días de su administración trajo obreros de fuera de la ciudad para construir ese monumento a su espíritu innovador. Y no es que existiera una gran demanda para ese tipo de transporte por parte de los habitantes de nuestra ciudad, que podía ser recorrida de punta a punta o bien a pie o en bicicleta sin causarnos el más mínimo cansancio a aquellos que gozábamos de una salud razonablemente buena. Sin embargo, en cuanto se inauguró el nuevo trolebús, la mayoría nos montamos en un momento u otro, aunque sólo fuera por la novedad. Algunas personas, por la razón que fuera, hacían un uso regular de este nuevo medio de transporte e incluso parecían depender de él para que los llevase aunque sólo fuera a unas cuantas manzanas más allá. En cualquier caso, el trolebús proporcionó a Carnes un trabajo estable, del cual antes carecía.
En resumen, siempre nos las apañábamos para adaptarnos a cada nuevo gestor municipal. Lo más difícil era esperar a que los nuevos administradores revelaran la naturaleza de sus planes para la ciudad y luego adaptarnos a cualquier forma que éstos adoptaran. Éste era el sistema al que nos habíamos amoldado durante generaciones. Éste era el orden de las cosas cuando nacimos y con el que nos comprometimos de forma tácita. El riesgo de oponernos a este orden de cosas, de lanzarnos a lo desconocido, simplemente resultaba demasiado abrumador para que ni tan siquiera lo consideráramos durante mucho tiempo. Pero a pesar de ser testigos del espectáculo de la cabaña junto a la granja en ruinas, no previmos que la ciudad estuviera a punto de entrar en una era de su historia radicalmente nueva.
La primera directiva del nuevo gestor municipal se nos comunicó mediante un trozo de papel que llegó un día revoloteando por la acera de Main Street y que recogió una anciana, la cual nos lo mostró al resto. El papel era de un material pulposo y de color marrón claro. La escritura en el papel parecía estar hecha con un trozo de madera quemada y provenir de la misma mano que había grabado las palabras en los viejos tablones de la choza del gestor municipal. El mensaje era el siguiente: DESTRULLAN TROLEVUS.
Aunque el sentido literal de esas palabras era lo suficientemente obvio, nos mostramos reacios a cumplir una orden tan parca tanto en su contenido como en su propósito. No era la primera vez que un gestor municipal eliminaba algún edificio o símbolo de la administración de su antecesor con el fin de despejar el camino para erigir su propio edificio o símbolo definitorio o, simplemente, para borrar cualquier indicio significativo del viejo orden y así dejar patente la existencia de uno nuevo. Pero, por lo común, se ofrecía alguna razón, se daba alguna excusa, para llevar a cabo tal acción. Obviamente, éste no era el caso de las órdenes del nuevo gestor municipal de eliminar el trolebús. Así que decidimos no hacer nada hasta que recibiéramos mayor información al respecto. Ritter sugirió que consideráramos escribir una nota solicitando instrucciones más detalladas. Alguien podía dejar la nota en la puerta de la cabaña del gestor municipal. No sorprendió a nadie que no hubiera voluntarios para esta misión. Así que hasta que no recibiéramos una notificación más detallada, el trolebús permanecería en su sitio.
A la mañana siguiente, el trolebús llegó pitando por Main Street en su primer trayecto del día. Sin embargo, no hizo ninguna parada para recoger a los usuarios que esperaban en la acera. «Mira esto», me dijo Leeman mientras escudriñaba por la ventana de la barbería. Luego salió. Dejé apoyada la escoba en la pared y salí detrás de él. Otros ya se habían congregado en la calle para observar el trolebús hasta que por fin se detuvo en la otra punta de la ciudad. «No había nadie a los mandos», dijo Leeman, una afirmación que repitieron una serie de personas. Cuando ya parecía que el trolebús no iba a hacer el trayecto de vuelta, algunos recorrimos la calle para investigar. Al subir al vehículo encontramos en el suelo el cuerpo desnudo de Carnes, el conductor del trolebús. Había sido gravemente mutilado y estaba muerto. Grabadas a fuego en su pecho se leían las palabras: «DESTROZAD TROLEVUS».
Dedicamos los siguientes días a hacer precisamente eso. También arrancamos las vías que recorrían la ciudad y desmontamos el sistema eléctrico que accionaba el trolebús. Justo cuando estábamos finalizando estas labores, alguien descubrió otro trozo de aquel papel marrón claro. Volaba empujado por el viento por encima de nuestras cabezas, agitándose de un lado a otro como una cometa. Por fin, descendió hasta el suelo. De pie, formando un círculo alrededor del trozo de papel, leímos las palabras garabateadas del mensaje. «BIEN», decía, «AHORA VTROS. TRBJOS. CANVIARAN».
No sólo cambiaron nuestros trabajos, sino también toda la fisonomía de la ciudad. Una vez más, llegaron trabajadores de fuera con órdenes de ejecutar varias clases de obras, demoliciones y ornamentaciones que comenzaron en Main Street y después se extendieron hasta los barrios de la periferia. Habíamos sido advertidos por el medio habitual de que no interfiriéramos con las obras. A lo largo de un invierno profundamente gris, trabajaron en los interiores de los edificios de la ciudad. Con la llegada de la primavera, remataron las fachadas y se marcharon. Lo que dejaron tras de sí fue un paisaje que en lugar de una ciudad más bien parecía un parque de atracciones. Y aquellos de nosotros que vivíamos allí comenzamos a actuar de monstruos de barraca de feria tras ser notificados por el medio habitual de qué forma exactamente habían cambiado nuestros trabajos.
Por ejemplo, habían vaciado la ferretería de Ritter de su habitual mercancía y la habían reestructurado como un complicado laberinto de retretes. Al entrar por la puerta principal uno se encontraba inmediatamente entre una taza de váter y un lavabo. En una de las paredes de aquella pequeña estancia había otra puerta que conducía a otro retrete que era ligeramente mayor. Esa habitación tenía dos puertas que conducían a sendos retretes, y algunos de éstos sólo eran accesibles tras subir una escalera de caracol o recorrer un largo y estrecho pasillo. Cada retrete se diferenciaba ligeramente de los otros por su tamaño o por su decoración. Ninguno de los váteres funcionaba. Construyeron una nueva fachada en el exterior de la ferretería de Ritter con grandes bloques de piedra y un par de torres falsas a ambos lados del edificio que se erguían a bastante altura sobre éste. Un cartel sobre la puerta de entrada de la antigua ferretería anunciaba: CASTILLO DEL CONFORT. El nuevo trabajo de Ritter consistía en estar sentado en una silla colocada en la acera junto a su antiguo comercio, vestido con un sencillo uniforme con la palabra «ENCARGADO» bordada bajo el hombro izquierdo.
Leeman, el barbero, resultó incluso menos afortunado con la nueva profesión que le asignaron. Su local, rebautizado como «La Ciudad de los Bebés», había sido redecorado como un gigantesco parque infantil. Entre animales disecados y una variedad de juguetes, Leeman fue obligado a languidecer vestido con ropa infantil de talla de adulto.
Todos los comercios de Main Street fueron transformados de una u otra manera, aunque su aspecto no siempre era tan fantasioso como el Castillo del Confort de Ritter o la Ciudad de los Bebés de Leeman. Una serie de edificios simplemente permanecieron como comercios aparentemente abandonados… hasta que se exploraba el interior y se descubría que la trastienda de uno de ellos era en realidad una sala de cine en miniatura donde se proyectaban dibujos animados extranjeros sobre una pared desnuda, o en otro, escondida en el sótano, había una galería de arte abarrotada de cuadros y bocetos de cuestionable gusto. En ocasiones, estos comercios abandonados eran precisamente lo que aparentaban, aunque uno se quedaba encerrado dentro en cuanto la puerta se cerraba, obligándole a salir por la puerta trasera.
Tras los comercios de Main Street había un mundo de callejones donde reinaba la noche eterna, efecto creado mediante unas arcadas amplias como túneles que cubrían esa extensa área. Habían colocado estratégicamente luces tenues para que ningún tramo del callejón quedara del todo a oscuras, mientras uno avanzaba entre altas vallas de madera o muros de ladrillo. Muchos de los callejones acababan en la cocina o el salón de estar de alguien, que proporcionaba una vía de escape de regreso a la ciudad. Algunos de estos callejones iban haciéndose cada vez más estrechos hasta que resultaba imposible seguir avanzando y había que retroceder hasta el principio. Otros callejones se transformaban gradualmente a medida que uno avanzaba por ellos y presentaban una transición completa desde un decorado de una pequeña ciudad de provincias a un decorado de una gran urbe en la que se podían escuchar sirenas y gritos en la distancia, aunque estos sonidos eran sólo grabaciones emitidas a través de altavoces ocultos. Era justo en uno de aquellos callejones, en el que se cernían a ambos lados telones de fondo teatrales sobre los que se habían pintado rascacielos de apartamentos con zigzagueantes escaleras de incendios, donde yo desempeñaba mi nuevo trabajo.
Al final de un oscuro callejón en el que manaba vapor de los agujeros de una falsa tapa de alcantarilla, me habían asignado un quiosco donde vendía sopa en vasos de papel. Para ser más exactos, no era sopa lo que se me suministraba para la venta, sino algo más parecido a un caldo. Tras el mostrador de mi quiosco había un fino colchón sobre el suelo donde podía dormir de noche, o siempre que me apeteciera dormir, ya que parecía poco probable que algún cliente se aventurara por aquel laberinto de callejones con el deseo de que yo le atendiera. Subsistía con mi propio caldo y el agua que usaba para cocinar aquel parco ágape. Tenía la impresión de que el nuevo gestor municipal por fin lograría llevar a cabo la empresa que sus predecesores habían intentado llevar a cabo perezosamente a lo largo de los años; la tarea de sangrar hasta la última gota de los escasos recursos de la ciudad que todavía quedaban. Sin embargo, no pude errar más con esta suposición.
En cuestión de semanas, tenía un flujo constante de clientes en fila frente a mi franquicia de caldo, todos dispuestos a pagar un precio absurdo por mi fluido acuoso y amarillento. Esas personas no eran conciudadanos, sino gente de fuera. Advertí que casi todos llevaban folletos doblados que sobresalían de sus bolsillos o que sujetaban en la mano. Uno de esos folletos quedó olvidado sobre el mostrador del quiosco y lo leí en cuanto decayó la clientela. En la cubierta del folleto se leía «DIVIÉRTETE EN LA CIUDAD DE LA DIVERSIÓN». En el interior se veían algunas fotografías con pie de foto que mostraban diversas «atracciones» que ofrecía nuestra ciudad al turista curioso. Me quedé atónito ante el plan del gestor municipal. Aquella persona sin rostro no sólo se había llevado hasta nuestro último penique para financiar el proyecto de construcción de mayor envergadura que nuestra ciudad jamás hubiera presenciado, y el que sin duda involucraba a su vez una gran cantidad de sobornos, sino que además aquel ingenioso despilfarro había reportado una entrada de dinero sin precedentes para la ciudad.
Sin embargo, el único que realmente prosperaba en la ciudad era el gestor municipal. A diario, y en ocasiones a cada hora, se llevaban a cabo colectas en cada una de las atracciones y concesiones de la ciudad. Dichas colectas eran realizadas por forasteros de rostros solemnes que iban visiblemente armados con una variedad de armas. Además, advertí que se habían infiltrado espías entre los turistas para comprobar que ninguno de nosotros se quedaba con algo más que una ínfima parte de los beneficios derivados de los nuevos negocios de la ciudad. No obstante, a pesar de que durante un tiempo tuvimos motivos para pensar que no nos esperaba otra cosa que la pobreza más absoluta bajo el gobierno del gestor municipal, ahora al menos parecía que sobreviviríamos a su mandato.
Sin embargo, un día las hordas de turistas empezaron a mermar. Y pronto el nuevo negocio de la ciudad languideció hasta morir. Los hombres de rostros solemnes ya no se molestaban en hacer las colectas y nos temimos lo peor. Vacilantes, comenzamos a salir de nuestros cubículos y nos congregamos en Main Street bajo una pancarta medio caída en la que se leía «BIENVENIDOS A LA CIUDAD DE LA DIVERSIÓN».
—Creo que ya ha acabado —dijo Ritter, que todavía llevaba puesto el uniforme de encargado de los retretes.
—Sólo hay una manera de asegurarse —replicó Leeman, ahora ya vestido con ropas de adulto.
Una vez más, salimos al campo bajo un cielo gris unas semanas antes del comienzo del invierno. Se aproximaba el crepúsculo y mucho antes de que llegáramos a la cabaña del gestor municipal advertimos que dentro no resplandecía ningún fulgor rojizo. Registramos la cabaña. Luego registramos la granja. No había rastro del gestor municipal. No había dinero. No había nada.
Cuando los demás se dieron la vuelta para regresar a la ciudad, yo me quedé rezagado. Pronto llegaría otro gestor municipal y no deseaba ver qué forma adoptaría la nueva administración. Así había sido siempre… un gestor municipal sucedía a otro y todos ellos mostraban signos de una degeneración cada vez mayor, como si estuvieran degradándose y transformándose en quién sabe qué. Y nadie sabía cómo iba a acabar todo. ¿Cuántos más vendrían y se marcharían, llevándose con ellos más y más del lugar en el que nací y en el que ya comenzaba a envejecer? Pensé en lo diferente que había sido la ciudad cuando era niño. Recordé mi anhelo de juventud de ser propietario de una casa en el distrito de The Hill. Pensé en mi antiguo negocio de mensajería.
Entonces partí en dirección contraria a la ciudad. Caminé hasta llegar a otra población. Pasé por muchos pueblos, así como por grandes ciudades, ganándome la vida con trabajos de limpieza y chapuzas varias. Todas esas poblaciones eran gestionadas siguiendo los mismos principios que mi ciudad natal, aunque jamás encontré ninguna que hubiera alcanzado tal grado de degeneración. Huí de aquellos lugares con la esperanza de encontrar alguna población fundada sobre unos principios distintos y gestionada según un orden diferente. Pero no existía tal lugar, o yo no fui capaz de encontrarlo. Parecía que la única vía de acción posible para mí era acabar con mi vida.
Poco después de ser consciente de los hechos arriba mencionados sobre mi existencia, estaba sentado tras la barra de una pequeña y sucia cafetería. Era ya avanzada la noche y estaba tomándome una sopa. También reflexionaba sobre cómo podría quitarme la vida. La cafetería quizás estaba en una pequeña ciudad, o tal vez en una gran urbe. Aunque, ahora que pienso en ello, el lugar estaba situado bajo un paso elevado de doble carril, así que debió de ser el segundo caso. El único cliente aparte de mí en aquel local era un hombre bien vestido y sentado al otro extremo de la barra. Bebía una taza de café y advertí que me lanzaba miradas de reojo de vez en cuando. Volví la cabeza hacia él y le lancé una mirada prolongada. Él sonrió y me preguntó si podía sentarse a mi lado en la barra.
—Puede hacer lo que quiera. Ya me marchaba.
—Aún no —dijo, al tiempo que se sentaba en el taburete situado junto al mío—. ¿A qué negocio se dedica?
—A ninguno en particular, ¿por qué lo pregunta?
—No sé. Usted parece conocer el terreno que pisa. Parece que ha estado en bastantes sitios, ¿me equivoco?
—Supongo que no —respondí.
—Me lo imaginaba. Mire, no estoy sólo interesado en mantener una charla cordial. Trabajo a comisión para encontrar a gente como usted. Y creo que tiene lo que hace falta.
—¿Para qué? —pregunté.
—Gestión municipal —contestó.
Apuré las últimas cucharadas de sopa. Me limpié los labios con una servilleta de papel.
—Cuénteme más cosas —dije.
Era eso o quitarme la vida.
Texto cedido para promoción por los editores del libro Teatro Grottesco. Thomas Ligotti. 2016. Editorial Valdemar. Traducción: Marta Lila Murillo.
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Thomas Ligotti (EUA, 1953) es un poeta y escritor estadounidense contemporáneo del género de terror. Sus obras narrativas cultivan diversos modos y estilos, más frecuentemente el terror lovecraftiano, y a veces se les ha asignado el calificativo de "horror filosófico". Es decir, se trata de narraciones filosóficas, pero en un tono "más oscuro", que las emparenta con la ficción gótica.