Es lo Cotidiano

HISTORIA

Tachas 660 • Vidas de los sofistas • Filóstrato

Imagen generada con IA Adobe Firefly
Imagen generada con IA Adobe Firefly
Tachas 660 • Vidas de los sofistas • Filóstrato

1

Eudoxo de Cnido,[1] si bien dispensó atención preferente a las doctrinas de la Academia, fue, sin embargo, incluido entre los sofistas a causa del ornato de su lenguaje y su facilidad para la improvisación, y mereció el nombre de sofista en el Helesponto, la Propóntide, en Menfis y en el Egipto de más allá de Menfis, al que delimitan Etiopía y la zona donde moran los ascetas desnudos.[2]

2

León de Bizancio[3] oyó las lecciones de Platón siendo aún muchacho. Siendo ya adulto se le llamó sofista por ser versado en todas las modalidades de oratoria y persuasivo en sus réplicas. Así, fue al encuentro de Filipo cuando éste dirigía una acción militar contra Bizancio y le preguntó: «Dime, Filipo, ¿por qué motivo inicias esta guerra?» Y al contestarle: «Tu patria, por ser la más hermosa de las ciudades, me ha inducido a amarla y, por eso, vengo a las puertas de mi amada», replicándole, dijo León: «No suelen ir con espadas a la puerta de su amada los que merecen ser correspondidos; pues los enamorados no precisan instrumentos bélicos, sino musicales». Y Bizancio quedó libre, tras dirigir Demóstenes largos discursos a los atenienses, y unas 486 pocas palabras León al propio Filipo. Fue como embajador a Atenas este mismo León cuando se debatía en disensiones la ciudad desde hacía tiempo y se regía por normas distintas a las tradicionales, y al presentarse ante la asamblea provocó una carcajada general con su aspecto, pues estaba gordo y ventrudo en exceso. Pero, sin turbarse por las risas, «¿De qué os reís, atenienses?, preguntó, ¿acaso de que soy obeso y corpulento? Tengo una mujer mucho más gruesa y, cuando estamos a bien, la cama nos da espacio suficiente, pero si estamos disgustados ni siquiera la casa basta». El pueblo de Atenas volvió a la avenencia,[4] apaciguado gracias a León, que improvisó magistralmente en armonía con la ocasión.

3

Días de Éfeso[5] había echado las amarras de su filosofía en el puerto seguro de la Academia, pero fue considerado como sofista por lo siguiente: al ver a Filipo en actitud hostil contra los griegos, lo persuadió de que emprendiera una campaña contra Asia y él anduvo de un lado a otro diciendo a los griegos que debían seguir a Filipo en la empresa, pues era decorosa hasta la esclavitud en tierra extraña con tal de ser libre en la propia patria.

4

También Caméades de Atenas[6] figura en la lista de los sofistas. Había ejercitado su inteligencia en el estudio de la filosofía, mas por el enérgico brío de su lenguaje, llegó a la mayor perfección en la elocuencia.

5

Estoy informado de que también Filóstrato, el egipcio,[7] se ocupaba en estudios filosóficos en unión con la reina Cleopatra, pero se le denominó sofista, porque se plegó a un modo de exposición pomposo y lleno de colorido al tener trato habitual con una mujer para quien hasta el amor a la cultura tenía un contenido sensual. Por lo cual algunos le cantaban este dístico alusivo:

adopta el modo de ser del más que sabio Filóstrato: con tan estrecha amistad a Cleopatra se liga que, al verlo, él parece ella.[8]

6

También a Teomnesto de Náucratis,[9] entregado, de cierto, al quehacer filosófico, la ornamentación de su lenguaje lo ha llevado al rango de los sofistas.

7

A Dión de Prusa[10] no sé qué hay que llamarlo a causa de su perfección en todo. Pues era un cuerno de Amaltea,[11] según el dicho, compendio de lo más excelso, de lo mejor de la oratoria; estuvo atento al eco sonoro de Demóstenes y Platón,[12] al que, como los puentes en los instrumentos de música, Dión añadía su tono personal con vehemente sencillez. Por otra parte, en los discursos de Dión destaca como excelente la suma de cualidades de su espíritu. Así, amonestó más de una vez a ciudades intemperantes[13] sin parecer mordaz ni odioso, sino que las contenía como a la impetuosidad de los caballos, con freno más que con látigo; en cambio, si hacía el elogio de ciudades bien gobernadas, no daba impresión de ensalzarlas, sino de llevarlas a la idea de que perecerían si cambiaban. Por lo demás, el tono de su filosofía no era mediocre ni irónico, mas sí firmemente insistente, con un tinte de apacibilidad como aliño. De que también era capaz de escribir historia da prueba su obra Los Getas[14] —llegó, en efecto, hasta los Getas cuando fue de un país a otro. El Euboico,[15] el Elogio del loro[16] y cuanto elaboró Dión con esmero sobre asuntos intrascendentes no hay que estimarlos nadería sino obra sofística, pues es propio de un sofista tratar con seriedad tales cosas.

Vivió en la época en que Apolonio de Tiana[17] y Eufrates de Tiro[18] daban a conocer su filosofía, y tuvo amistosa relación con ambos, aunque estaban enemistados entre sí,[19] contrariamente a los modos de la filosofía. Su estancia entre los getas no considero exacto llamarla exilio,[20] pues no se le había impuesto exiliarse; ni tampoco un viaje común, pues desapareció, sustrayéndose a los ojos y oídos de la gente, y desempeñó diversas actividades en distintos lugares por miedo a los tiranos de Roma, por quienes todo tipo de filosofía era perseguida. Mientras plantaba, cavaba, sacaba agua para baños y huertos y realizaba mil tareas semejantes para su sustento, no descuidaba el trabajo de la mente, sino que se mantenía firme con ayuda de dos libros: eran éstos el Fedón de Platón y el Sobre la Embajada de Demóstenes. Frecuentaba los campamentos militares con los harapos que solía, y, percibiendo que los soldados se disponían a sublevarse por el asesinato de Domiciano,[21] no se inhibió cuando vio estallar el desorden, sino que sin ropa, subiendo de un salto a un elevado altar, comenzó a hablar así:

entonces el prudente Ulises se despojó de sus harapos,[22]

y, tras decir esto y dar a conocer que él no era un mendigo ni quien pensaban, sino el sabio Dión, expuso con vehemencia la acusación del tirano y explicó a los soldados que era mejor ser sensato y acatar las decisiones de los romanos. Y, ciertamente, el poder de persuasión de este hombre fue tal que fascinó, incluso, a los que no conocían bien la cultura griega. Así, el emperador Trajano[23] le hizo subir en Roma en el carro dorado sobre el que los Césares formaban en los desfiles triunfales después de sus guerras y le decía, volviéndose con frecuencia hacia Dión: «Qué me dices, no lo entiendo, pero te amo como a mí mismo».

Muy propias del estilo sofístico son las imágenes[24] de los discursos de Dión, en las que, aun cuando se excede, también es claro y adecuado al asunto.

Fragmento del libro Vidas de los sofistas. Filóstrato. Colección: Biblioteca Básica Gredos.  Editorial Gredos. 2022.Traducción de María Concepción Giner Soria, publicado con autorización de sus editores.  




 

***

Filóstrato (Grecia, 170 - 245) Filósofo y orador griego. Vivió en la primera mitad del siglo III dC, y murió entre los años 244 y 249. Es el más famoso de los cuatro filósofos sofistas que llevan el mismo nombre. Su obra más notable y por la que ha pasado a la historia es la Vida de Apolonio, especie de novela filosófica, en la que presenta a Apolonio como hombre dotado de virtudes divinas, y no como mago que actúa con artes ocultas. La obra resulta así expresión de las corrientes místicas propias de los círculos de la emperatriz Julia, a la que Filóstrato estuvo muy unido, y a quien dedicó la obra.






 

[Ir a la portada de Tachas 660]

 

[1]      Eudoxo de Cnido, ca. 390-ca. 338 a. C., fue discípulo de Platón cuando ya tenía más de veinte años. Había estudiado matemáticas con Arquitas de Tarento y medicina con Filistrón, y fue matemático excepcional, geómetra, estudioso de la astronomía, filósofo y legislador. Estuvo largo tiempo en Egipto dedicado a estudios de astronomía. Enseñó en Cícico y otros lugares de Asia Menor. A su regreso a Atenas figuró como brillantísimo miembro de la Academia.

[2]      Suele llamárseles «Gimnosofistas» a los ascetas indios con que tomó contacto Alejandro Magno. Algunos de estos sabios desnudos, supuestamente emigrados a Egipto y Libia, afirmación problemática, aparecen en la tradición con unas ideas y un género de vida afines a los Pitagóricos. Cf. n. 126 a III 4 de Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia de PSEUDO-CALÍSTENES, traducida por C. GARCÍA GUAL, Madrid, 1977, y n. 8 a I 2 de Vida de Apolonio, trad. de A. BERNABÉ PAJARES, Madrid, 1979, ambos en «Bibl. Clás. Gredos».

[3]      León de Bizancio, personaje eminente en su ciudad, notable orador, fue enviado a Atenas buscando apoyo, cuando Filipo sitiaba Bizancio en 340 a. C. La tradición lo tiene como hombre ingenioso y agudo en sus respuestas, como leemos en PLUTARCO, Nicias 22. Pudo haber sido discípulo de Platón y parece que no debe identificársele con el historiador del mismo nombre, del que tenemos algún fragmento.

[4]      Con mínimas variaciones, ATENEO, 550f, pone esta misma anécdota en boca de León, pero hablando éste de Pitón de Bizancio, que también logró con su palabra la reconciliación de sus conciudadanos

[5]      Ya sea su nombre Días, Bías o, como se ha pretendido, Delio, sólo sabemos de él lo que aquí dice Filóstrato.

[6]      Carnéades de Cirene, ca. 214-ca. 129 a. C., más tarde ciudadano ateniense, dirigió la Academia desde ca. 160 a ca. 137; para unos, la segunda o Academia Media, que se llama así desde Arcesilao, escolarca en 268; para otros, la tercera o Nueva Academia, que también se admite iniciada por Clitómaco. Sus doctrinas filosóficas, que tuvieron gran difusión e influencia, fueron divulgadas (él no las publicó) por su discípulo Clitómaco. Las conocemos con menos precisión de lo deseable, sobre todo por Sexto Empírico y Cicerón. Su posición es contraria a todo dogmatismo, sostiene la imposibilidad de la certeza total o de la incertidumbre completa, así como la de llegar al conocimiento de la divinidad. Fue enviado por los atenienses a Roma, en 155, dirigiendo una embajada, de la que también formaban parte el estoico Diógenes y el peripatético Critolao, para intentar que se aminorara la multa de quinientos talentos impuestos por Roma a los atenienses en castigo por la destrucción y saqueo de Oropo. Consiguió la reducción de la multa y dejó una impresionante fama de hábil orador, tan hábil como pudiera serlo un sofista.

[7]      Filóstrato el Egipcio tenía fama de elocuente improvisador, que solía servirse de un estilo exuberante y panegírico. No tiene relación conocida con la familia de los Filóstratos. PLUTARCO, Catón el Joven 57, menciona su relación con Catón el Joven en Sicilia; en Antonio 80, nos informa de que se había introducido de modo fraudulento en la Academia; tal vez su género de vida no era el adecuado para quien se tenía por platónico. Filósofo palaciego en la corte de Cleopatra, al ser derrotado Marco Antonio consiguió el perdón de Octavio por intermedio de Ario Dídimo, el estoico. Su caída inspiró a Crinágoras un epigrama que conservamos en Ant. Pal. VII 645.

[8]      Un dístico elegíaco de contenido semejante cita ATENEO, 317, como de Teognis de Mégara, en él se dice que el pulpo cuando se asusta huye, muda el color y se hace idéntico a la roca a la que se adhiere.

[9]      Salvo alguna dudosa mención (tal vez PLUTARCO, Bruto 24), nada más sabemos de él.

[10]    Nacido el 40 d. C., de familia rica e influyente en su ciudad, Dión de Prusa recibió en Bitinia la mejor educación helénica. Se trasladó a Roma, como maestro de retórica y orador, en tiempo de Vespasiano. Tuvo relación con Musonio, que lo inició en el estoicismo. Su amistad con un pariente de Domiciano caído en desgracia provoca su exilio: se le prohibió permanecer en Italia o Bitinia. Seguramente, el destierro es causa de lo que se ha llamado «su conversión a la filosofía». Durante catorce años va de un lado a otro, al modo del filósofo cínico-estoico errante, predicando la moralidad y la virtud, el comportamiento ético. No fue filósofo especulativo ni tampoco original; como era usual en la época, una suma de doctrinas de origen diverso constituyen su «filosofía». Regresa a Roma ca. 96, cuando Nerva es emperador, recupera su prestigio social y sus riquezas, pero no cambia sus hábitos de filósofo, sus prédicas misioneras. Sabemos de un proceso sustanciado, en 112, ante Plinio el Joven, legatus Augusti en Bitinia desde 110: se le acusaba de haber ofendido a Trajano y de mala administración, pero el emperador no parece que estimó muy graves sus culpas. Desde esta fecha no sabemos más de él. Se sitúa su muerte en 117.—Aunque suele distinguirse en sus obras un período retórico y otro filosófico, o clasificárselas en políticas, morales y sofísticas, resulta un análisis artificial; Dión es, a un tiempo, orador, conferenciante, predicador filosófico y ensayista literario, fino sofista siempre, tanto en su temática como en el estilo y la forma. Tenemos de él ochenta discursos, de los que tres no son suyos, y títulos de varias obras no conservadas. La forma de los discursos es varia: el segundo es un diálogo sobre la monarquía entre Filipo y su hijo Alejandro, leído, posiblemente, ante Trajano en 104; el sesenta y uno, Criseida, es un diálogo entre Dión y una dama culta; el Euboico es, en cierto modo, un idilio en prosa. Le preocupan, y escribe sobre ello, el Estado ideal, la virtud, la ley, la esclavitud, la libertad, pero también la veracidad de Homero, Arquíloco, los matices de las tres tragedias compuestas por cada uno de los grandes trágicos sobre Filoctetes. Su discurso Olímpico es, tal vez, en palabras de G. KENNEDY, The Art of Rhetoric in the Román World, Princeton, 1972, pág. 577, «el mejor discurso que nos queda de la época del Imperio romano y digno de ser comparado con la obra de los oradores áticos». Conoce y utiliza todos los artificios de la sofística, pero no se concentra en temas históricos del pasado real o imaginario, le importa la realidad más que la fantasía, la actualidad y muchas cosas más. No es profundo, pero sí muy grato en su tratamiento de problemas de filosofía práctica. Es sencillo, cuidadoso en su lengua, elegante y buen estilista, aunque haga alguna concesión al verbalismo. El sobrenombre de Crisóstomo que le dieron los sofistas prueba que lo tenían por un egregio representante de su arte.— La edición más completa es la de J. W. COHOON Y H. LAMAR CROSBY, 5 vols., en Loeb Classical Library, Londres, 1932-1951. Recordamos el estudio de H. VON ARNIM, Leben und Verke des Dio von Prusa, Berlín, 1898. Remitimos a la información de los Apéndices de G. W. BOWERSOCK (ed.), Approaches to the Second Sophistic, Pennsylvania, 1974.

[11]    Amaltea —cabra o ninfa, según las versiones— fue la nodriza de Zeus cuando se criaba, lejos de la voracidad de su padre, Crono, en el monte Ida de Creta. Zeus-niño, jugando, rompió un cuerno a la cabra y, a cambio, prometió que el cuerno se llenaría de toda clase de frutos sólo con desearlo.

[12]    Filóstrato ve confirmada su observación en los dos libros que Dión lleva siempre consigo

[13]    Dirigió discursos a las ciudades de Rodas, Tarso, Atenas, Nicomedia, Celenes, Apamea, etc.

[14]    De la que tenemos escasísimos fragmentos. Seguramente pasó una parte de su destierro en la región del Danubio y, allí, recogió información para su historia.

[15]    Encantador idilio en prosa, donde describe a una familia de cazadores cuya vida se desarrolla en contacto con la naturaleza, felices y sin ambiciones, sencillos y puros. Debió de ser pronunciado en Roma ca. 160. F. JOUAN, «Les thèmes romanesques dans l’Euboicos de Dion Chrysostome», Rev. Ét. Gr. 90 (1977), 38, interpreta la obrita como un discurso de propaganda en favor de la política agraria de los emperadores. Encuentra en ella temas novelescos que son comunes a las novelas de la época. PAUL MAZON, Lettres d’Humanité, vol. II, París, 1943, percibe tres partes distintas en contenido y estilo: una escena bucólica, un sermón estoico y un apólogo moral. Debe añadirse que, en todo caso, impresionan la percepción delicada de la naturaleza y los sentimientos sinceros expresados en sobrio ático.

[16]    Perdido, como el Elogio del mosquito; un Encomio de la cabellera, de Dión, nos lo ha transmitido Sinesio. Tiene razón Filóstrato, estos temas son tan sofísticos, como los elogios de la ley, de las costumbres, etc., que figuran como temas en discursos de Dión, conservados.

[17]    No puede evitarse, mutatis mutandis, comparar a Apolonio de Tiana, el taumaturgo y predicador pitagórico del s. I d. C., cuya vida escribió Filóstrato, con Dión de Prusa.

[18]    Filósofo estoico de quien PLINIO EL JOVEN tiene excelente opinión. En Cartas I 10, expresa éste ampliamente su veneración por Eufrates, alaba su inteligencia, aspecto físico, atractivo personal, afabilidad, etc. Timócrates de Heraclea dejó la medicina por la filosofía cuando oyó a Eufrates, cf. I 25, 536. No obstante, parece que los reproches de Apolonio eran, de algún modo, justificados: Eufrates buscaba el éxito y la riqueza abandonando sus deberes de predicador. Cf. P. GRIMAL, «Deux figures de la Correspondance de Pline: le philosophe Euphratès et le rhéteur Isée», Latomus 14 (1955), 370.

[19]    La hostilidad de Eufrates contra Apolonio de Tiana aparece en varios pasajes de la biografía de este último, especialmente en V 33, 37. En V 27 y 28, Filóstrato presenta también a Dión. Consta la relación de los tres hombres. Cf. GRIMAL, «Deux figures…».

[20]    No hay duda de que lo fue. Filóstrato se muestra reacio a admitir el exilio de sus personajes, como ha de verse en la biografía de Favorino, y a callar lo que va en desdoro de los sofistas que admira.

[21]    Dión pudo obrar así en favor de Nerva. En todo caso, su exilio terminó, como el de otros, con la subida de éste al trono el año 96.

[22]    Odisea XXII 1.

[23]    Trajano lo distinguió con su amistad, aunque parece difícil creer que estuviera a su lado en una ocasión semejante. Este triunfo ocurrió en 102. Tenemos noticia de que Dión pronunció ante Trajano dos discursos, al menos.

[24]    Suelen ser elegantes e ingeniosas, pero demasiadas.