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NARRATIVA

Tachas 669 • Año 30 d. C. • Christian Gálvez

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Tachas 669 • Año 30 d. C. • Christian Gálvez

Nisán de 3790
783 Ab Urbe Condita

Jerusalén

La ciudad de la paz despertó.

Aquella mañana olía a injusticia, venganza y traición.

Haciendo caso omiso de las llamadas de advertencia de su padre que resonaban tras él, el niño atravesó la puerta y la luz del día impactó en su rostro. El clamor de la ciudad llenó sus oídos.

Demasiado alboroto para un crío de nueve años.

En la parte baja de Jerusalén, la gente caminaba desordenada en la misma dirección, alejándose del estanque de Siloé en dirección a la fortaleza Antonia.

«Han condenado al Nazareno».

Esas palabras obligaron al pequeño a acelerar su paso, hasta que echó a correr. Atravesó con cierta dificultad la calle del mercado, junto al hipódromo romano, poblada de carros tirados por bueyes que transportaban piedra caliza y grandes losas de mármol. A pesar de lo que acontecía, algunos comerciantes y vendedores ambulantes extranjeros no dejaban pasar la oportunidad de rapiñar algunas monedas.

Los callejones estrechos y las calles concurridas dificultaban sus maniobras, pero el niño estaba decidido. Empujó y aceleró aún más, sorteando los carros y esquivando algún puesto que otro, con el corazón acelerado por el miedo y la urgencia.

A lo lejos, gritos distantes de una multitud.

Siguió adelante, ansioso por ver qué había en el centro del tumulto.

En una de las apretadas callejuelas se deslizó entre las piernas de los curiosos. Su respiración se aceleró aún más. El pulso en sus oídos ahogaba los sonidos del gentío. Pero, en su prisa, tropezó con un adoquín irregular y se desplomó en el suelo vaciando el aliento de sus pulmones.

Mientras yacía allí boca abajo en el suelo, vio una figura que caía de bruces contra el empedrado a pocos pasos de él. El sonido del golpe de aquel hombre atravesó a los allí presentes.

Era él.

Jesús de Nazaret había sucumbido bajo el peso del patibulum, un pesado travesaño de madera. En ese momento, algo se removió dentro del pequeño, algo que provocó una conexión que trascendió todo aquel caos. Aquel hombre, tan lleno de luz días atrás, se presentaba ante el pueblo humillado, magullado y salpicado por su propia sangre. La maloliente túnica rojo púrpura del manto de los legionarios romanos y la humillante corona de espinas no hacían sino acrecentar la mofa sobre su figura.

Antes de que el niño pudiera comprender completamente la sangrienta situación, una mujer apareció entre la multitud con lágrimas en los ojos.

Era ella.

La madre de Jesús, con el dolor grabado profundamente en su rostro mientras se arrodillaba junto a él.

María, que había seguido a su hijo desde el principio de su ministerio sosteniendo con fe inquebrantable las profecías que anunciaban su destino, sentía en ese momento cómo el corazón se le fracturaba con cada gota de sangre que ensuciaba el rostro de Jesús. Su hijo, el niño que había amamantado, cuidado y visto crecer, cargaba con el peso del mundo sobre sus hombros, y ella no podía hacer más que observar, orar y no dejar de amarle.

Cuando las fuerzas parecían abandonar el cuerpo de Jesús, sus ojos se encontraron con los de su madre. En esa mirada densa de amor y dolor se transmitió una comunicación que rebasaba las palabras. En las pupilas de su hijo se reflejaba no solo el sufrimiento físico, sino también la inmensa carga espiritual que llevaba. Jesús, por su parte, encontró en la mirada de la Señora no solo el inmenso dolor de una madre por su hijo, sino también la profunda comprensión y aceptación de su misión.

—Imma…

Cuando Jesús pronunció aquella palabra, «mamá», María rompió a llorar. Aquel encuentro, en medio del caos y la desesperación del camino al Calvario, fue un breve oasis de consuelo. Jacob fue testigo de cómo la Señora, firme en su fe pero con su corazón desgarrado, ofreció a Jesús una caricia a modo de bálsamo, un recuerdo del amor puro e inquebrantable que siempre le había acompañado, desde el pesebre hasta la cruz.

Jesús, reconociendo también el sacrificio que significaba aquel momento para su madre, le regaló un leve gesto, una sonrisa efímera a modo de promesa silenciosa de que aquel sufrimiento tenía un propósito más grande, que el amor emergería victorioso incluso en la más profunda oscuridad y frente al destino más cruel.

Y el crío, al ver aquel diálogo silencioso de amor que incluso un niño de nueve años podía entender perfectamente, pensó en su madre.

La Señora limpió con ternura y manos temblorosas la sangre del rostro de su hijo para terminar inclinándose y besar su frente, un acto de bondad entre tanta humillación a su alrededor.

Jesús, frente a su madre, intentó levantarse, pero sus extremidades totalmente laceradas fallaron por completo.

Colapsó y se golpeó de nuevo contra la calzada.

María gritó.

En medio de aquella conmovedora escena, un joven e inflexible legionario romano, con un reconocible traumatismo nasal que le diferenciaba del resto, empujó a María a un lado con brusquedad, y su exceso de autoridad sorprendió a quienes le rodeaban. El niño reconoció a Juan, el más joven de los discípulos del Nazareno, cuando dio un paso adelante para encarar al romano exigiendo algo de respeto por la madre del condenado. Con la mirada, el carpintero de Galilea dio profundamente las gracias por el gesto de su amado Juan.

Tras el agradecimiento, cerró los ojos y tomó un respiro.

Fue entonces cuando la oportunidad se presentó ante él. El niño supo aprovecharla. Mientras un par de legionarios intentaban amedrentar al joven apóstol, el chiquillo, sacudido por la premura y la devoción, se abalanzó sobre Jesús. Arrodillado en el suelo, con las palmas de las manos apoyadas en la piedra, no pudo contener las lágrimas al ver la sangre en el pavimento. Miró fijamente a aquel hombre que tanto amaba. Intentó articular palabra, pero no tenía fuerzas para pronunciar voz alguna. A tan solo un paso de distancia, Jesús, el carpintero, abrió lentamente sus ojos de color miel y reconoció su cara.

El Nazareno le habló llamándole por su nombre.

—Oh, Jacob, no llores —dijo con compasión a pesar de su propio dolor —, pues en verdad te digo que llegará el día en el que tú salvarás la palabra de mi Padre.

Jesús intentó mostrarle la más cálida de sus sonrisas, ese tierno gesto de complicidad que tantas veces había compartido con el chiquillo, pero no pudo debido al dolor que le provocaban los hematomas de su rostro. El chico se quedó paralizado por la sangre en la santa faz de su amigo, la crudeza del momento y el peso de aquellas palabras.

Palabras que ya había escuchado tiempo atrás.

Los legionarios tiraron de Jesús hacia atrás con violencia mientras uno de los romanos se dirigió al pequeño.

Pero él solo tenía ojos para Jesús de Nazaret.

Sin prestar atención al romano que se aproximaba furioso a él, no podía alcanzar a comprender con tan solo nueve años que aquel encuentro pondría en marcha un viaje que cambiaría su vida para siempre.

Fragmento del libro Te he llamado por tu nombre. Christian Gálvez. SUMA. 2024. Publicado con autorización de sus editores.  




 

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Christian Gálvez (España, 1980) es uno de los rostros de Mediaset España desde hace más de veinte años. Desde 2009 compagina su trabajo en televisión con la literatura, donde destacan sus ensayos sobre Leonardo da Vinci y sus novelas ambientadas en el Renacimiento italiano y la Segunda Guerra Mundial. Entre sus ensayos destacan Leonardo da Vinci: cara a cara, galardonado con el Premio al Mejor Trabajo Periodístico de Investigación Científica por la Academia de Ciencias y Artes de la Televisión. Es miembro del Leonardo DNA Project, un proyecto internacional cuyo objetivo es crear ideas sobre la vida y obra de Leonardo da Vinci a través de la aplicación de herramientas de avance rápido en biología, ciencias moleculares y antropología en estrecha asociación con la experiencia de la historia y las artes. Fue comisario de la exposición española «Leonardo da Vinci: los rostros del genio» en España e Italia desde 2018 hasta 2020 para conmemorar el 5º centenario de la muerte del genio florentino. Asimismo, es miembro del Consejo Internacional de Museos (ICOM), de la Asociación Española de Museólogos y de la Alianza Americana de Museos y del Centro Español de Sindonología. Es patrono de QSDGlobal, la Fundación Europea por las Personas Desaparecidas, y embajador de Feder, Federación Española de Enfermedades Raras. Pero, sobre todo, es un marido y un padre feliz. Te he llamado por tu nombre es su cuarta novela.






 

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