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NARRATIVA

Tachas 669 • Uno • Mercedes Salisachs

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Tachas 669 • Uno • Mercedes Salisachs

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Los primeros recuerdos de Eva venían siempre condicionados a la prohibición sabatina. Los sábados se habían creado para el descanso absoluto y nada permitía infringirlo. Cualquier esfuerzo estaba prohibido. Ni siquiera se podía frotar las espigas para separar la barcia. Tampoco se podía masticar los granos: «Sería lo mismo que trillarlos y molerlos». Más de una vez sus padres le habían dicho cuando era niña: «Desconfía de tus manos, Eva; sin darte cuenta las verás atando nudos a los camellos o ciñendo tus sandalias…». Y como en cierta ocasión ella se acobardara, su madre añadió: «Bueno, si puedes arreglarte con una mano, bien está. Pero jamás uses las dos».

Desde entonces había adoptado la costumbre de contemplar sus manos como si fueran dos armas homicidas capaces de desmandarse en cualquier momento y por cualquier motivo.

Todo se reducía a envarar los impulsos, dominarlos y anularlos a costa de lo que fuera. Había incluso quien aseguraba que comer un huevo puesto en sábado por una gallina que ignorase la Ley, era pecado. Las gallinas normales no solían poner huevos en ese día: «Son aves endemoniadas», le decían. Y ella lo aceptaba.

El sábado era un día peligroso. Un día que hubiera sido mejor ignorar. Más de una vez Eva había pensado: «Si fuera romana no tendría ese problema». Pero enseguida desechaba la idea para no ser infiel a los suyos.

Era duro ser judío. Era duro comprobar que, por culpa de aquellos prejuicios, el mundo entero los dominaba.

Sin embargo, lo que se practicaba desde la infancia, por duro que fuese, podía, con los años, convertirse en algo arbitrario y mecánico.

Por eso cuando Eva fue mujer y le dieron marido, el sábado ya no era para ella un día siniestro: era el día de su hombre. El día de paz. El temor ya no la atosigaba y las jornadas podían ser alegres.

El porvenir, entonces, se le antojaba ancho, interminable y lleno de luz.

De hecho, Lucio era un hombre sin ambiciones, pero incapaz de ceder a la tentación del ocio. Trabajaba en el campo y como todo buen campesino era parco en palabras, pero profuso en ideas. Todo el mundo solía ponerlo como modelo: «Un judío sin tacha —decían— sabrá educar a sus hijos».

Sin embargo, los años iban pasando y los hijos no llegaban. «Todavía eres joven», le decía Salomé para animarla. Había un punto de nostalgia en aquella frase suya. Tampoco Salomé había tenido hijos y la edad de tenerlos se le estaba esfumando.

Eva contemplaba a su hermana con cierto temor: «También a ti te decían lo mismo, Salomé».

Cuando al fin supo que estaba encinta, no quiso perder tiempo y se fue corriendo hacia los Olivos. Lucio la vio llegar jadeante, el rostro enrojecido y alegre. No le preguntó a qué venía tanta premura. Tampoco Eva se lo dijo. Y él se limitó a sonreír como sonríen los advenedizos. Cuando Eva quiso hablar, se le fue todo en risas.

—Miriam lo ha confirmado —exclamó.

Y ya no hicieron falta más aclaraciones. Miriam no podía equivocarse: había ayudado a traer al mundo a casi todos los niños de la vecindad. Lucio carraspeaba, sus dientes encarados al sol:

—Habrá que dar gracias a Dios…

Hacía esfuerzos grandes por asir aquella serenidad que perdía. Y sus compañeros dejaban de varear para contemplarlos. De repente, Lucio se dio un golpe en la frente y rompió a reír:

—Por la memoria de David… ¿Qué va a decir Salomé?

Fragmento del libro El declive y la cuesta. Mercedes Salisachs. Ediciones Encuentro. 2017. Publicado con autorización de sus editores.  

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Mercedes Salisachs (España, 1916 - 2014) Estudió la carrera de Perito Mercantil en la escuela de Comercio de Barcelona. Comenzó a publicar en 1955 con el seudónimo de María Encín, y a partir de entonces, con su nombre. Además de su larga actividad literaria, se dedicó a la decoración y el interiorismo. Colaboró en radio y televisión y fue articulista en varios periódicos y revistas, como ABC, y más recientemente La Razón.

Obtuvo varios premios literarios como el Planeta en 1975, el Premio Ateneo de Sevilla en 1983 por su novela El volumen de la ausencia, y contó en su haber con la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio.






 

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