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NARRATIVA

Tachas 676 • El edificio Yacobián (fragmento) • Alaa al Aswani

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Tachas 676 • El edificio Yacobián (fragmento) • Alaa al Aswani

Apenas cien metros separan el pasaje Behlar, donde vivía Zaki Bey el Desouki, de su oficina en el edificio Yacobián. Sin embargo, cada mañana tardaba casi una hora en recorrerlos, ya que tenía que saludar a sus amigos de la calle: los dueños de las tiendas de ropa y las zapaterías, los dependientes de ambos sexos, los camareros, los trabajadores del cine, los habituales del Café Brasil e incluso los porteros, los limpiabotas, los mendigos y los guardias de tráfico. Zaki Bey los conocía a todos por su nombre e intercambiaba con ellos saludos y novedades. Era uno de los residentes más antiguos de la calle Suleimán Pachá. Se instaló allí a finales de los cuarenta, tras regresar de sus estudios en Francia, y no se marchó nunca. Para los vecinos representaba un elemento folclórico querido por todos. Ya fuese invierno o verano, aparecía siempre llevando el mismo traje holgado que disimulaba su cuerpo delgado y enclenque. Un pañuelo, a juego con la corbata y planchado con esmero, sobresalía del bolsillo de su chaqueta; en la boca su famoso puro, que en otros tiempos fuera un excelente habano, pero que ahora se había convertido en uno de esos cigarros de fabricación nacional, mal prensados y de olor horrible; el rostro, arrugado por los años; las gafas, de gruesos cristales; la brillante dentadura postiza; los escasos mechones del cabello teñidos de negro y aplastados de un extremo a otro del cráneo, intentando disimular la gran calva… En resumen, Zaki el Desouki constituía en cierto modo una leyenda, por lo que su presencia despertaba gran interés aunque era como irreal. Parecía que fuera a desaparecer en cualquier momento, o bien que se tratara de un actor desempeñando un papel y del que se sabía, terminada la función, que se quitaría el disfraz y se pondría su auténtica vestimenta. Si a esto se añade su espíritu alegre, los chistes verdes que continuamente contaba y su asombrosa capacidad para charlar con cualquier persona que se cruzaba en su camino como si se tratara de un viejo conocido, se comprende por qué, cuando Zaki Bey aparecía en la calle, a eso de las diez de la mañana, todo el mundo le recibía tan efusivamente. Los saludos surgían por todas partes y a menudo se le acercaban algunos de sus «discípulos», jóvenes empleados de las tiendas, quienes le preguntaban bromeando sobre cuestiones relacionadas con el sexo, tema vedado para ellos. Entonces Zaki Bey recurría a sus vastos conocimientos en la materia y explicaba a los chavales, con deleite y profusión de detalles y alzando la voz para ser escuchado por todos, los más sutiles secretos de la carne. A veces incluso pedía papel y bolígrafo, que le eran procurados en un santiamén, y dibujaba con claridad para los muchachos algunas curiosas posturas sexuales que había practicado en su juventud.

***

He aquí más datos importantes acerca de Zaki Bey el Desouki: era el hijo menor del Pachá Abdel Aal el Desouki, conocido dirigente del Wafd, quien fuera ministro en más de una ocasión y uno de los terratenientes más ricos del país antes de la Revolución. Su familia poseía más de cinco mil feddans de las mejores fincas agrícolas. Zaki Bey realizó sus estudios de ingeniería en París. Como era de esperar, le estaba destinado un papel fundamental en la vida política egipcia a causa de la riqueza e influencia de su padre. Sin embargo, la Revolución trastocó repentinamente su futuro. El Pachá Abdel Aal fue expropiado y llevado ante un tribunal revolucionario que, aunque no pudo demostrar las acusaciones de corrupción política, le mantuvo bajo arresto un tiempo y le despojó de la mayoría de sus propiedades, que fueron repartidas entre los campesinos durante la reforma agraria. A consecuencia del impacto de todos estos acontecimientos, el Pachá no tardó en morir. La desgracia del padre la heredó el hijo, puesto que el estudio de ingenieros que había abierto en el edificio Yacobián no tardó en irse a pique, transformándose con el tiempo en un lugar en el que Zaki Bey pasaba las horas muertas leyendo el periódico, bebiendo café, recibiendo a sus amigos y amantes u observando desde la terraza a los paseantes y los vehículos que circulaban por la calle Suleimán Pachá.

Sin embargo, no había sido la Revolución la única culpable de su fracaso profesional sino, sobre todo, su falta de voluntad y su afición a los placeres. Su vida, que sobrepasaba ya los sesenta y cinco años, con todos sus encuentros y desencuentros, felices y dolorosos por igual, giraba en torno a una sola obsesión: las mujeres. Era una de esas personas que se encuentran completamente a merced de los voluptuosos encantos femeninos. Las mujeres no eran para él un deseo que se enciende, se colma y se consume, no. Representaban todo un complejo mundo de pasiones tan diversas como variado es su cuerpo: senos prominentes y robustos, con pezones protuberantes como apetitosas uvas; traseros jugosos y ondulantes que aguardan su violento ataque sorpresa por la espalda; labios carnosos que sorben los besos y suspiran de placer; el cabello en todas sus manifestaciones (largo, suelto y liso; salvaje y con trenzas enmarañadas; media melena, al clásico estilo familiar, o esos cortes à la garçon que le inspiraban extrañas fantasías sexuales); los ojos, ¡ay!, esas miradas sinceras o traicioneras, descaradas o tímidas, incluso las de reproche, enfado y rechazo. ¡Qué hermosas!

Hasta este extremo o más amaba Zaki Bey a las mujeres. Las había conocido de todas las clases, empezando por la nabila Kamila, sobrina del antiguo rey, con la que aprendió las artes y rituales de la alcoba real: velas que iluminan en la noche, copas de vino francés que despiertan el deseo y disipan los miedos y un baño caliente antes de acostarse en el que untaba su cuerpo con cremas y perfumes. Con Kamila, pasión incontenible, aprendió cuándo había que empezar, cuándo era suficiente y cómo pedir los más lascivos juegos sexuales con refinadas palabras francesas.

También se había acostado con mujeres de todo tipo: bailarinas orientales y extranjeras, damas de la aristocracia, esposas de engreídos hombres de la alta sociedad, estudiantes de universidad e incluso de instituto, prostitutas, campesinas, sirvientas… Todas y cada una de ellas tenían su sabor. En ocasiones le gustaba comparar entre risas el sexo con la nabila Kamila, regido por el protocolo, con el de una mendiga a la que recogió en su Buick una noche que estaba borracho y a la que llevó a su casa en el pasaje Behlar. Cuando entró con ella al baño para lavarse descubrió que era tan pobre que se había cosido la ropa interior con retazos de sacos de cemento. Todavía recordaba con una mezcla de ternura y compasión la turbación de la muchacha cuando se quitó las bragas, en las que estaba escrito con grandes letras «Cementos Portland-Turah». Recordaba también que era una de las mujeres más hermosas que había conocido y una de las más ardientes en la cama.

Todas estas variadas y ricas experiencias hicieron de Zaki el Desouki un experto en el mundo femenino. Tenía sus propias teorías, extrañas y curiosas, acerca de «la ciencia de la mujer», como él la llamaba, con las que se podría estar o no de acuerdo pero que son sin duda dignas de ser tenidas en consideración. Así, por ejemplo, afirmaba que las muchachas más hermosas normalmente son frías amantes en la cama, mientras que las de una belleza más normal o incluso un poco feas siempre son más ardientes puesto que necesitan amor de verdad y dan todo lo que tienen para satisfacer a sus amantes. Zaki Bey sostenía que el modo en que una mujer pronuncia la letra «s» permite saber si es buena haciendo el amor. Si dice las palabras «susu» o «basbusa» con voz trémula y excitante, se entiende que es una experta, y al contrario. Aseguraba, también, que toda mujer sobre la faz de la tierra tiene a su alrededor un determinado campo de atracción que emite continuamente ondas invisibles e inaudibles, pero perceptibles de un modo enigmático. Quien aprende a leer estas vibraciones puede experimentar con ella los extremos del placer. Por muy seria y decorosa que sea una mujer, Zaki Bey era capaz de percibir su deseo sexual por el temblor de su voz, por una risa exageradamente nerviosa o incluso por la temperatura de su mano cuando la rozaba al saludarla.

También hay otras mujeres que están poseídas por un deseo endemoniado, imposible de saciar, «femmes fatales» como las llamaba Zaki Bey en francés. Estas enigmáticas féminas no se sienten realizadas más que en la cama, y no encuentran otro placer en la vida que iguale al sexo. Tales criaturas llevan una existencia infeliz, puesto que su sed de deseo les conduce inexorablemente a un destino atroz y terrible. Zaki el Desouki afirmaba que estas mujeres son todas idénticas aunque sus rostros sean diferentes, e invitaba a los incrédulos a examinar atentamente las fotografías publicadas en los periódicos de esposas condenadas a pena de muerte por el asesinato de sus maridos en colaboración con sus amantes, diciendo: «Si observas con un poco de atención descubrirás que todas tienen una fisonomía similar: labios en su mayoría carnosos y sensuales, separados, no apretados el uno sobre el otro; facciones duras, libidinosas; miradas brillantes y vacías, como la de un animal hambriento».

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Domingo. Los comercios de la calle Suleimán Pachá cerraron sus puertas. Los bares y los cines se llenaron de clientes. La calle quedó vacía y oscura, con las tiendas cerradas y los antiguos edificios de estilo europeo como el melancólico escenario de una película romántica occidental. A primera hora de la mañana, Shazli, el anciano portero, había trasladado su silla desde el ascensor hasta la acera, enfrente del edificio Yacobián, para observar a los que entraban y salían del portal en el día festivo. Zaki el Desouki había llegado a su oficina antes del mediodía. Desde el primer momento su criado Abaskharon se dio cuenta de lo que pasaba. Tras veinte años al servicio de Zaki Bey, era capaz de adivinar el estado de ánimo de su señor con sólo una mirada. Sabía qué significaba cuando llegaba a la oficina excesivamente elegante, desprendiendo el espléndido olor del perfume que reservaba para las ocasiones especiales. En esos momentos Zaki Bey se comportaba nervioso y tenso, sentándose y levantándose constantemente, caminando inquieto sin parar, disimulando su ansiedad con mal humor y pocas palabras. Esto siempre quería decir que esperaba la primera cita con una nueva amante.

Por eso Abaskharon no se enfadó cuando Zaki Bey le reprendió sin motivo, sino que agachó la cabeza, como quien comprende una orden, y terminó de barrer la sala rápidamente. Después cogió sus muletas de madera y golpeando las baldosas del largo pasillo con vigor y velocidad, llegó a la gran habitación donde estaba sentado Zaki Bey. Le preguntó con una voz que la experiencia había dotado de un tono completamente neutro:

—¿Su Excelencia tiene una «reunión»? ¿Le preparo los «materiales», Su Excelencia?

Zaki Bey miró en su dirección y le contempló por un instante, decidiendo el tono de reproche de su respuesta. Observó su chilaba de franela a rayas, desgastada en la mayor parte, sus muletas, su pierna amputada, el anciano rostro con la canosa barba crecida, los ojos pequeños, astutos, y esa sonrisa suplicante y asustada que nunca le abandonaba.

—Prepara los «materiales» para la «reunión». ¡Deprisa! —contestó

Zaki Bey secamente antes de salir a la terraza.

En su diccionario compartido, «reunión» significaba la cita de Zaki Bey con una mujer en la oficina. Por su parte, los «materiales» se referían a los rituales concretos que Abaskharon disponía para su señor antes del encuentro amoroso. Comenzaba por una inyección de fortificante Tri-B, traído del extranjero, que le ponía en la nalga, causándole siempre gran dolor, por lo que Zaki Bey gritaba y maldecía al asno de Abaskharon por sus manos torpes e ineptas. A continuación, una copa de café aromatizado con nueces, sin azúcar, que sorbía con calma, mientras deshacía bajo su lengua una pequeña pastilla de opio. Terminaba el ritual con un gran plato de ensalada en el centro de la mesa, junto a una botella de whisky Black Label, dos copas vacías y una cubitera metálica llena hasta el borde de hielo.

Abaskharon se puso a preparar los «materiales» con esmero mientras Zaki Bey se sentaba en la terraza que daba a la calle Suleimán Pachá, encendía un cigarro y se dedicaba a observar a los peatones. Sus sentimientos oscilaban entre la excitación que el maravilloso encuentro le producía y la obsesión angustiosa de que Rebab, su amante, olvidase la cita y diera al traste con el esfuerzo de todo un mes dedicado a perseguirla. Era esclavo de su amor desde que la vio por primera vez en el bar Cairo, en la plaza de Tawfiqiya, donde ella trabajaba de camarera. Le cautivó por completo y desde entonces frecuentaba el bar a diario para verla. La describía a un anciano amigo suyo con estas palabras: «Ella representa la belleza de las clases populares, con toda su vulgaridad y sensualidad. Como si acabase de salir de un cuadro de Mahmoud Said». Y proseguía Zaki Bey explicando a su amigo: «¿Recuerdas a aquella criada que tenías en tu casa que te volvía loco cuando eras adolescente? ¿Acaso no era tu mayor deseo lanzarte sobre su jugoso culo y agarrar sus enormes tetas de piel delicada mientras ella fregaba los platos en la pila de la cocina? Después ella se revolvía, aumentando el roce con tu cuerpo, gimiendo excitantes palabras de rechazo antes de entregarse: “Señorito…, qué vergüenza…, no está bien, señorito”. Pues he descubierto en Rebab un tesoro similar».

Pero el descubrimiento de un tesoro no significa su posesión. A causa de su amada Rebab, Zaki Bey se vio forzado a superar muchas dificultades: pasó noches enteras en un antro sucio, estrecho, mal iluminado y poco ventilado como el Cairo; casi se ahoga por el gentío y la espesa humareda de cigarrillos; estuvo a punto de quedarse sordo a causa del atronador volumen del radiocasete que no paraba de reproducir canciones obscenas ni un momento… Por no hablar de las peleas y las broncas que siempre terminaban a las manos entre los clientes del bar, una mezcla de obreros artesanos, gente de mala fama y forasteros; ni de esas copas de repugnante brandy que le quemaban el estómago y que se veía obligado a beber cada noche; ni de los evidentes engaños en las cuentas de las consumiciones de los que Zaki Bey aparentaba no darse cuenta… Además siempre terminaba dejando una buena propina para el bar y otra más generosa que metía en el escote de Rebab. Cuando sus dedos rozaban su pecho robusto y voluptuoso sentía que le hervía la sangre y le invadía un deseo incontenible que casi le hacía daño, tal era su fuerza e intensidad.

Todo esto sufrió Zaki Bey a causa de Rebab. Le estuvo ofreciendo una y otra vez una cita fuera del bar, pero ella rechazaba las invitaciones con coquetería. Él las había repetido sin perder la esperanza hasta que, el día anterior, ella aceptó visitarlo en su oficina. Su alegría era tal que metió en su escote un billete de cincuenta libras sin arrepentirse. Ella se acercó a él hasta el punto de que su aliento le golpeó ligeramente el rostro, se mordió el labio inferior y susurró con una voz excitante que destruyó la entereza que le quedaba a Zaki Bey:

—Mañana… recompensaré todo lo que has hecho por mí, querido.

Zaki Bey se puso la dolorosa inyección de Tri-B, chupó el opio y empezó a tomar con calma la primera copa de whisky, a la que siguieron una segunda y una tercera. Pronto se liberó de la tensión, el buen humor le invadió y agradables pensamientos empezaron a juguetear alegremente en su cabeza como dulces melodías. La cita con Rebab era a la una y cuando el reloj de la pared dio dos campanadas Zaki Bey empezó a perder las esperanzas. Sin embargo, de pronto, escuchó las muletas de Abaskharon golpeando las baldosas del vestíbulo. Su rostro apareció en la puerta y,  jadeando de excitación, como si la noticia le hiciera realmente feliz, dijo:

—Madame Rebab ha llegado, Su Excelencia Bey.

Fragmento del libro El edificio Yacobián. Alaa al Aswani. Malpaso Ediciones. 2018. Traducción de Susana Peralta. Publicado con autorización de sus editores.  




 

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Alaa al Aswani (Egipto, 1957). Autor egipcio con mayor proyección internacional desde Naguib Mahfuz. Dentista de formación, es un incansable activista en favor de los derechos humanos. Tanto sus mordaces artículos periodísticos como sus exitosas obras de ficción son una denuncia de la corrupción, la hipocresía y las injusticias de la sociedad egipcia. Es autor de las novelas El edificio Yacobián, Chicago, Deseo de ser egipcio y El Automóvil Club de Egipto, todas ellas recibidas con un gran éxito comercial y de crítica tanto en los países árabes como en Europa. Consagrado internacionalmente gracias a esas obras, también ha publicado el ensayo Egipto: las claves de una revolución inevitable.






 

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