NARRATIVA
Tachas 677 • Dioniso y el gran Pan • Friedrich Georg Jünger
La victoria de los dioses olímpicos se obtiene con mucho esfuerzo. Tampoco son únicamente las fuerzas divinas las que lo consiguen. Para derribar a los titanes se requiere a los titanes. Y ni siquiera ellos son suficientes para vencer la resistencia de Jápeto, de Atlas y de sus secuaces. Es preciso abrir las puertas de las profundidades, es preciso que hagan su aparición los terribles vigilantes ctónicos que siempre habitan en lo oculto, que sólo emergen al pleno día y a la luz en épocas de profunda conmoción. Sólo acuden cuando se ve afectado el poder en su totalidad, cuando se ven afectados por el temblor que sacude el cielo y la tierra y el último abismo. Es entonces cuando se abren de golpe las broncíneas puertas del Tártaro, del que la Ilíada cuenta que está bajo del Hades, tan debajo de él como está el cielo encima de la tierra.
En la lucha de los dioses contra los titanes no subyace dualismo alguno. No se puede concebir como un enfrentamiento entre un principio de luz y otro de oscuridad. Los tenebrosos hecatónquiros y los cíclopes acuden en ayuda de Zeus, que los llama. La ofensiva contra los titanes se produce desde arriba y desde abajo. Sólo en virtud de este ataque tan generalizado pueden ser vencidos.
Dioniso participa también en el ataque. Dioniso está estrechamente vinculado a los titanes. La oposición entre lo dionisiaco y lo titánico se acentúa aún más por el hecho de que tienen una misma esencia emparentada. Dioniso, en contraposición con los dioses olímpicos, se caracteriza por ser un dios del devenir, del cambio y la transformación perpetuos. Esto también lo distingue de los dioses fálicos, cuya constante e inalterable función es la de ser los vigilantes, salvaguardias y protectores del sexo. Como dios del devenir, Dioniso colinda con los titanes, ante todo por la epifanía de su tormentosa irrupción juvenil. El estallido de su locura parece oscurecer el lucidus ordo del mundo de los dioses y los hombres en todas sus relaciones, y un hombre sin imaginación y sin olfato como el rey Penteo podía decir con un atisbo de razón que este delirio era equiparable a la destrucción y debía ser atajado. No siempre es fácil reconocer a un dios y Penteo, un soberano en época de cambio, hubo de responder por su equivocación de un modo cruel.
Dioniso no es un titán, por muy titánicos que puedan parecer siempre sus comienzos. No llega para apoyar a la casa de Crono; se encamina al reino que Zeus le ha adjudicado y lo conquista para tomar posesión y afianzarse en él. Al poco tiempo, se inmiscuye en la lucha contra los titanes, lado a lado con Zeus, del que es hijo y fiel seguidor. Queda patente lo que le separa de los titanes, del círculo de los doce grandes y de Prometeo. El devenir titánico y dionisiaco no son lo mismo y su retorno también es diferente. El cambio que da comienzo con la llegada de Dioniso toma otro camino y tiene otro objetivo. Su devenir no es la repetición elemental sin fin en la que desemboca el curso y el movimiento de los titanes, que no va más allá. Este modo telúrico de obrar se limita a arañar superficialmente la tierra, a cruzar su superficie como los cambios de tiempo. Dioniso no es únicamente un dios del cambio, es además un dios de las transformaciones, un dios por medio del cual el que deviene toma conciencia de lo devenido como de una paradoja. Desquicia el pasado y el futuro, y crea un acceso al presente atemporal. La insuficiencia dionisiaca es diferente de la titánica. Se considera que es tarea del hombre transformar su modo titánico en dionisiaco. Esto tiene lugar por medio del delirio catártico que Dioniso infunde al hombre. El que ha sido presa de este delirio es acogido en la comunidad dionisiaca, experimenta en sí mismo la fuerza del dios. Su vinculación con el dios se identifica con la eliminación de las fijaciones temporales, la supresión de los límites, la apertura del Hades, la exuberancia, la embriaguez y la gran fiesta. Entre los titanes no hay fiestas. En ese mundo de férrea necesidad nada es festivo, como tampoco es nada trágico ni cómico. En los titanes reina una seriedad grande y tosca, no sólo porque confían ciegamente en lo que son sino porque cada uno se conoce únicamente a sí mismo y nadie quiere saber nada del otro. Cada uno se mueve en la trayectoria que le es propia. Dioniso, en cambio, es un personaje público, y en este espíritu comunitario se fundamenta la fiesta dionisiaca. Dioniso no sólo produce la tragedia; a diferencia de los titanes, él mismo es un dios trágico y a la vez señor de las fiestas y de las procesiones fálicas. El conflicto trágico y el cómico son productos de su modo de obrar; advienen con el tiempo y con el nuevo concepto de tiempo que él aporta. De ahí que también sea el señor de la historia y ponga punto final al devenir ahistórico. Instaura la cesura que posibilita la historia. Esto no es fácil de concebir a no ser que entendamos que toda historia presupone algo que no le pertenece. Si todo estuviese dentro del ciclo de los titanes no podría existir la historia.
Los titanes son los defensores de un viejo orden cuyas murallas ciclópeas tienen algo indestructible, pues han sido erigidas por la propia necesidad. La necesidad no es aquí aquello que causa admiración. En el esfuerzo del hombre hay un afán incesante por liberarse de estas cadenas que oprimen y abren heridas. Necesario es aquello que está condicionado por la razón, que parece haber sido producido a través de condiciones. No obstante, también declaramos necesario lo incondicional. Y no porque no parezca estar ligado a condición alguna sino porque frente a él no hay elección, porque es constrictivo e incapaz de modificarse. Donde existe una necesidad que opera de un modo mecánico, allí también reconocemos que viene condicionada por un modo mecánico. Ahora bien, según nuestro uso lingüístico, lo incondicional también es necesario. La expresión es contradictoria, pero el significado es el mismo. No obstante, existe una diferencia. Aquello que nace de las condiciones, adquiere su necesidad a través de la secuencia de las condiciones, que es continua y obligatoria. Aquí prestamos atención a la dependencia. Cuando definimos la necesidad como incondicional, no prestamos atención a la secuencia de las condiciones sino a que ya no tenemos elección. Urano impera sobre un espacio en el que poco acaece. Una duración y una calma férreas definen su soberanía; el devenir titánico todavía no ha dado comienzo. Los titanes todavía no llenan la tierra con su vida, con su fuerza; por doquier reina un silencio atemporal. Urano evidencia una necesidad férrea. Esta necesidad uránica no es la del devenir, de la que está impregnada su descendencia. El tiempo parece haberse detenido; sólo empezará a correr más rápido bajo Crono. Cuando todo es concebido como necesario, no existe la libertad, ni siquiera existe una necesidad de libertad. Pero allí donde la mente que se sabe enviada a jugar ha sentido la necesidad, aunque sea una sola vez, ya no conseguirá librarse de ella. El poder y la fuerza de atracción de lo bello residen en que en sí mismo es libre. El mundo del devenir titánico no está imbuido de la sed y la pasión por lo bello. En él no se generan el exceso ni la exuberancia, puesto que las fuerzas se consumen en su propio obrar y si se renuevan constantemente es para caer de nuevo en la consunción. Los titanes no conocen el ocio. Dioniso se sustrae a su modo de obrar, no puede dedicarse a él. Es un dios de la exuberancia y la brinda allí donde llega. De él parten la riqueza, la ebriedad y el olvido. Los titanes no regalan nada a nadie, no se hacen partícipes sino que permanecen en moradas inaccesibles de las que no es posible llevarse fruto alguno. No cuidan ni protegen al hombre. Pero Dioniso es un curador. Como curador del pueblo y organizador de fiestas, guardián de las viñas y de los productos del campo, como esposo de Ariadna, está muy lejos de todo lo titánico.
A él lo persiguen los titanes con un odio tan atento, agudo y persistente como no le demuestran a ningún otro dios. Parece como si lo estuviesen observando constantemente, como si estuviesen al acecho sin perderle de vista. Lo titánico y lo dionisiaco limitan uno con otro. Los titanes siguen a Dioniso en todas las etapas de su epifanía y finalmente caen sobre él. Él se pone a la defensiva y emplea su arte de la transformación, como león, serpiente o tigre, hasta que sucumbe a ellos en forma de toro y es despedazado.
Pan se implica con Dioniso en la lucha contra los titanes. Se cuenta de él que se fabricó una corneta con una concha de mar, una trompeta cuyo estruendo asustó a los titanes. ¿En qué se fundamenta la batalla que aquí se libra? Al dios fálico no le gusta lo titánico, lo afronta con extrañeza y rechazo. Su poder se muestra en otro ámbito. Ya sus mismos movimientos se diferencian de todo movimiento titánico. Es un cazador, un buscador y un hallador. Su infatigable constancia concierne al sexo; empieza y acaba en el ámbito fálico. Es un ámbito que yace, con toda la vida que lo colma, en una calma imperturbada que hacia mediodía va adquiriendo la densidad de un silencio pánico. El silencio de Pan, su reposo, igual que su placer por el ruido, las risas y el alboroto, son fálicos. Pan surge desde el origen como un engendrador, como hijo de dioses y ninfas. En la profunda siesta que duerme, así como en su agitación atenta, se muestra como un procreador. En él la fuerza engendradora no está contenida como la corriente marítima lo está en el Océano. Su lugar no se encuentra en el mundo del devenir titánico, impregnado de esfuerzos de la voluntad. Como dios ocioso y sensible que preside el sexo y sus juegos, Pan se halla contrapuesto a la esencia titánica. En la ociosidad de Pan se puede ver la plácida existencia del dios ajeno a toda penuria y esfuerzo; así se demuestra en su contento por los asuntos ociosos. Es el dios de la naturaleza arcádica primigenia, el dios de las praderas nínfeas, de los danzantes cuyas figuras doradas destacan sobre el constante y profundo azul del cielo de Arcadia. Pan es un dios de la madurez y es propicio a todo lo que madura; así como Dioniso, dios de la exuberancia y de la fertilidad, es multiplicador y dispensador. Los titanes no derrochan nada; aun con todo su poderío, en ellos hay algo de mezquino. Al Pan ocioso sus esfuerzos le son extraños. Sus luchas son de otro tipo, se parecen a las cazas que emprende. Es un gran cazador y en ello se expresa la relación que mantiene con el sexo. De improviso, los titanes se asustan con la estruendosa aparición del dios fálico. Se ven atacados desde un lado que no esperaban y con armas a las que no es fácil hacer frente.
Fragmento del libro Mitos griegos. Friedrich Georg Jünger. Herder. 2006. Traducción de Carlota Rubies. Publicado con autorización de sus editores.
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Friedrich Georg Jünger (Alemania, 1898 – 1977). En 1924 obtuvo el título de doctor en Derecho, pero muy pronto descubrió su vocación de escritor y se consagró por entero a la creación literaria. Su pensamiento gira en torno a cuatro temáticas esenciales: la antigüedad clásica, la esencia de la existencia, la técnica y el poder de lo irracional. Publicó numerosos libros entre los que destacan: Griechische Götter (1943), Die Titanen (1944) y Perfektion der Technik (1946), entre otros.