NARRATIVA
Tachas 677 • En las trincheras gredosas de Champaña • Ernst Jünger
El tren paró en Bazancourt, pueblo de Champaña. Nos apeamos. Con un respeto incrédulo escuchamos atentamente los lentos compases de la laminadora del frente, una melodía que había de convertirse por largos años en algo habitual para nosotros. Allá muy lejos se diluía en el cielo gris de diciembre la bola blanca de una granada de metralla, un shrapnel. El aliento de la lucha soplaba hacia nosotros y nos hacía estremecer de un modo extraño. ¿Presentíamos acaso que, cuando aquel oscuro ronroneo de allá atrás creciese hasta convertirse en el retumbar de un trueno incesante, llegarían días en que todos nosotros seríamos engullidos —unos antes, otros después?
Habíamos abandonado las aulas de las universidades, los pupitres de las escuelas, los tableros de los talleres, y en unas breves semanas de instrucción nos habían fusionado hasta hacer de nosotros un único cuerpo, grande y henchido de entusiasmo. Crecidos en una era de seguridad, sentíamos todos un anhelo de cosas insólitas, de peligro grande. Y entonces la guerra nos había arrebatado como una borrachera.
Habíamos partido hacia el frente bajo una lluvia de flores, en una embriagada atmósfera de rosas y sangre. Ella, la guerra, era la que había de aportarnos aquello, las cosas grandes, fuertes, espléndidas. La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro celebrado sobre floridas praderas en que la sangre era el rocío.
Kein schönrer Tod ist auf der Welt…
[No hay en el mundo muerte más bella…]
¡Ah, todo menos quedarnos en casa, todo con tal de que se nos permitiese participar!
—¡A formar en columna de a cuatro!
La enardecida fantasía se iba serenando mientras caminábamos a paso de marcha por el suelo legamoso de Champaña, un suelo difícil de andar. Como plomo pesaban las mochilas, los cartuchos, el fusil.
—¡Acortar el paso! ¡Los de allá atrás no dormirse!
Por fin llegamos a la aldea de Orainville, lugar de descanso del 73.º Regimiento de Fusileros y uno de los villorrios más míseros de aquella región; lo formaban unas cincuenta casuchas construidas con ladrillos o con adobes agrupadas en torno a una mansión señorial que estaba rodeada por un parque.
El tráfago existente en la calle de la aldea resultaba extraño a los ojos, habituados al orden imperante en la ciudad. El personal civil que por allí se veía era escaso, huraño y andrajoso; por todas partes había soldados, soldados vestidos con guerreras gastadas, deterioradas por el uso, y cuyos rostros, curtidos por la intemperie, se hallaban casi siempre encuadrados en grandes barbas. Estos, los soldados, deambulaban a paso lento o estaban parados en pequeños grupos delante de las puertas de las casas; a los novatos nos recibían con bromas. En el portón de un edificio se hallaba encendida una cocina de campaña, que desprendía un aroma a sopa de guisantes; a su alrededor se amontonaban los encargados de repartir el rancho, metiendo ruido con las marmitas. Aquí la vida parecía estar aletargada, moverse con lentitud. El ya iniciado desmoronamiento de la aldea hacía más honda esa impresión.
Tras haber pasado la primera noche en un pajar de enormes dimensiones, el teniente von Brixen, oficial ayudante del regimiento, nos fue distribuyendo por compañías; esto se realizó en el patio de la citada mansión señorial. Yo fui destinado a la novena.
Nuestro primer día de guerra no acabaría sin dejar en nosotros una impresión decisiva. Estábamos sentados desayunando en el edificio de la escuela, que era el alojamiento que nos habían asignado. De pronto retumbaron sordamente cerca de allí, como truenos, varios golpes seguidos; a la vez salían corriendo de todas las casas soldados que se precipitaban hacia la entrada de la aldea. Sin saber bien por qué, seguimos su ejemplo. De nuevo resonó por encima de nosotros un aleteo, un crujido peculiar, que nunca antes habíamos oído y que quedó ahogado por el estruendo de una explosión. Con asombro veía que a mi alrededor la gente se agachaba mientras corría, cual si un peligro terrible la amenazase. Todo aquello me parecía un poco ridículo; era como si estuviera viendo a unas personas hacer cosas que yo no comprendía bien.
Inmediatamente después aparecieron en la desierta calle unos grupos oscuros; en lonas de tienda de campaña o sobre las manos entrelazadas arrastraban unos bultos negros. Con una sensación peculiarmente opresiva de estar viendo algo irreal se quedaron fijos mis ojos en una figura humana cubierta de sangre, de cuyo cuerpo pendía suelta una pierna doblada de un modo extraño, y que no cesaba de lanzar alaridos de «¡socorro!», cual si la muerte súbita continuara apretándole la garganta. La llevaron a un edificio en cuya entrada pendía la bandera de la Cruz Roja.
¿Qué era lo que estaba sucediendo? La Guerra había enseñado sus garras y se había quitado la máscara amable. Qué enigmático, qué impersonal resultaba todo aquello. Casi no pensaba uno en el enemigo, en aquel ser envuelto en el misterio, lleno de perfidia, que quedaba por algún lugar allá atrás. Era tan fuerte la impresión producida por aquel acontecimiento —un acontecimiento que quedaba enteramente fuera del campo de la experiencia— que resultaba difícil entender lo que estaba pasando. Era como la aparición de un fantasma en pleno mediodía luminoso.
Encima del portón de la mansión señorial había estallado una granada y había lanzado una nube de piedras y metralla en el preciso instante en que, asustados por los primeros disparos, salían en tropel por el pasadizo de entrada quienes se hallaban en el interior. Aquella granada se cobró trece víctimas; una de ellas fue Gebhard, el músico mayor, a quien yo conocía bien de los conciertos al aire libre en Hannover. Antes que los seres humanos barruntó el peligro un caballo que allí estaba atado y que, pocos segundos antes de la explosión, logró soltarse y penetró al galope en el patio; no recibió la menor herida.
Pese a que en cualquier momento podían repetirse los disparos, un sentimiento de curiosidad compulsiva me arrastró hacia el lugar de la desgracia. Junto al sitio en que había estallado la granada se balanceaba un pequeño cartel; la mano de un bromista había escrito en él estas palabras: «El rincón de las granadas». Era ya cosa sabida, por tanto, que aquel edificio era un lugar peligroso. Grandes charcos de sangre enrojecían la calle; cascos y correajes yacían dispersos por el suelo. La pesada puerta de hierro de la entrada se hallaba destrozada, acribillada por fragmentos de metralla; el guardacantón estaba salpicado de sangre. Sentí como si un imán fijara mis ojos en aquello que estaba viendo; simultáneamente se producía dentro de mí un cambio profundo.
Hablando con mis camaradas pude notar que, en bastantes de ellos, aquel incidente había enfriado mucho su entusiasmo por la guerra. Que también en mí había producido un fuerte impacto lo demostraron las numerosas alucinaciones auditivas que padecí; por culpa de ellas, el ruido causado por las ruedas de un vehículo al pasar a mi lado se transformaba en el aleteo fatal de aquella granada siniestra.
Ese sobresalto que cualquier ruido súbito e inesperado provocaba en nosotros fue, por lo demás, algo que nos acompañó durante toda la guerra. Ya fuese que pasara con estrépito un tren junto a nosotros, o que cayese al suelo un libro, o que un grito resonara en la noche —siempre se detenía un instante el corazón, oprimido por el sentimiento de un peligro grande y desconocido. Era un indicio de que durante cuatro años estuvimos en la zona de sombra proyectada por la Muerte. Tan hondo fue el efecto causado por aquella vivencia en el oscuro territorio situado detrás de la consciencia que, cuando se producía una perturbación cualquiera de la normalidad, la Muerte salía de un salto a la puerta, como un portero que nos dirigiese amenazas, cual ocurre en esos relojes en cuya esfera aparece, al sonar cada hora, la Muerte con su reloj de arena y su guadaña.
Al atardecer de aquel mismo día llegó el momento tanto tiempo anhelado de salir hacia la posición de combate, cargados con un pesado equipaje. Tras cruzar las ruinas de la aldea de Bertricourt, que se alzaban fantasmagóricas en la semioscuridad, nuestro camino seguía hacia una solitaria casa forestal que llevaba el nombre de «La Faisanería» y que estaba oculta en una espesura de abetos. Allí se hallaba acantonada la reserva de nuestro regimiento; de ella había formado parte también, hasta aquella noche, la Novena Compañía. La mandaba el alférez Brahms.
Nos dieron la bienvenida, nos distribuyeron en pelotones, y pronto nos encontramos en medio de unos tipos barbudos, cubiertos de costras de barro, que nos saludaban con una amabilidad un tanto irónica. Nos preguntaron cómo seguían las cosas por Hannover y si no se iba a terminar pronto la guerra. Luego la charla, que nosotros escuchábamos con avidez, empezó a girar, con frases breves y monótonas, en torno a las labores de fortificación, la cocina de campaña, las trincheras, los bombardeos con granadas y otros asuntos propios de la guerra de posiciones.
Ante la puerta del lugar, parecido a una choza, en que estábamos alojados, resonó poco después este grito:
—¡Afuera!
Formamos por pelotones; luego se oyó una voz de mando que ordenaba:
—¡Cargar y poner el seguro!
Con secreta voluptuosidad introdujimos entonces en el cargador del fusil un peine de cartuchos puntiagudos.
A continuación comenzó una silenciosa marcha hacia delante, en hilera, por un paisaje nocturno sembrado de oscuros bosquecillos. De vez en cuando, un tiro aislado, cuyo sonido se extinguía a lo lejos; o una bengala luminosa, que ascendía siseando y que, tras haber producido un resplandor breve y fantasmal, dejaba luego una oscuridad más espesa todavía. Tintineo monótono de los fusiles y de los útiles de zapa, interrumpido por la advertencia: —¡Cuidado! ¡Una alambrada!
Luego, de repente, una caída estrepitosa y una maldición:
—¡Maldita sea, abre el hocico cuando venga un embudo!
Interviene un cabo:
—Silencio, coño, ¿o es que se creen ustedes que los franchutes tienen tapadas con mierda las orejas?
El avance se hace más rápido. La incertidumbre de la noche, el centelleo de los proyectiles luminosos y la lenta llamarada del fuego de fusil producen una excitación que mantiene despiertos de un modo extraño a los hombres. A veces pasa junto a nosotros, cantando un canto frío y delgado, una bala disparada a ciegas, que se pierde a lo lejos. Tras esta primera, ¡cuántas otras veces he ido caminando hacia la primera línea, atravesando paisajes muertos, en un estado de ánimo a medias melancólico y a medias excitado!
Al fin desaparecimos en uno de los ramales de aproximación que avanzan ondulantes, cual serpientes blancas, hacia las posiciones. En una de éstas me encontré luego; estaba solo, tiritando, entre dos traveses, con los ojos esforzadamente fijos en una fila de abetos que se alzaba delante de la trinchera y en la que mi imaginación me hacía ver toda clase de figuras fantasmales. De vez en cuando un bala perdida atravesaba las ramas con un chasquido que acababa transmutándose en una especie de gorjeo. La única variación habida durante este tiempo que parecía no tener fin consistió en que vino a buscarme un camarada más veterano; él y yo fuimos luego trotando, por un corredor largo y estrecho, hacia un pozo de centinela situado en una posición avanzada. Y otra vez nos dedicamos allí a observar el terreno que ante nosotros se extendía. Por dos horas se me permitió intentar conciliar el sueño del agotamiento en un pelado agujero cavado en la greda. Al rayar el alba me encontraba pálido y cubierto de barro, igual que todos los demás; tuve la sensación de que llevaba ya varios meses haciendo aquella vida propia de topos.
La posición que ocupaba nuestro regimiento se extendía, haciendo eses, por el gredoso suelo de Champaña, frente a la aldea de Le Godat. Por la derecha se apoyaba en una destrozada arboleda denominada «Bosque de las Granadas»; luego seguía zigzagueante por en medio de inmensos campos de remolacha azucarera, en los que brillaban los pantalones rojos de soldados caídos mientras se lanzaban al asalto, y acababa en la hondonada de un arroyo; el enlace con el 74.º Regimiento lo mantenían, a través de aquel barranco, patrullas nocturnas. El arroyo murmuraba al saltar sobre la presa de un molino derruido, que se hallaba rodeado de árboles sombríos. Las aguas de aquel arroyo venían regando desde hacía meses los cadáveres de los soldados de un regimiento colonial francés; sus rostros parecían estar hechos de pergamino negro. Era aquél un lugar siniestro cuando por la noche la luna, atravesando los desgarrones de las nubes, proyectaba sombras movedizas, y con los murmullos del agua y los susurros del cañaveral parecían mezclarse sonidos extraños.
El servicio era agotador. La vida comenzaba al anochecer; a esa hora la guarnición tenía que hallarse ya levantada en la trinchera. Desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana siguiente sólo podían dormir, por turnos, dos hombres de cada pelotón, de manera que cada uno de nosotros disfrutaba de dos horas de sueño en total. Sin embargo, ese espacio de tiempo quedaba reducido la mayoría de las veces a unos pocos minutos, ya porque nos despertasen antes de tiempo, ya porque fuera preciso acarrear paja o realizar otras tareas.
O bien hacíamos guardia en la trinchera misma, o bien íbamos a uno de los numerosos pozos de centinela, los cuales se hallaban unidos a la posición por largos caminos de enlace abiertos en el terreno. En el transcurso de la guerra de trincheras se abandonó muy pronto este dispositivo de seguridad, ya que el sitio ocupado por los centinelas estaba expuesto a mil peligros.
Estas noches de guardia agotadoras, inacabables, todavía se podían soportar cuando el tiempo era bueno, e incluso cuando helaba; pero si llovía, lo cual ocurrió casi a diario en aquel mes de enero, resultaban atroces. Cuando la humedad atravesaba primero la lona de tienda de campaña que uno se había puesto sobre la cabeza, luego el capote y el uniforme, y escurría después cuerpo abajo durante horas, era tal la depresión en que uno se hundía, que no lograba aliviarla ni siquiera el murmullo producido por los hombres del relevo al aproximarse chapoteando por el barro. La amanecida iluminaba unas figuras extenuadas, llenas de manchas de greda, que daban diente con diente y tenían pálidos los rostros, y que a esa hora se arrojaban sobre la podrida paja de los goteantes abrigos.
¡Y qué abrigos! Eran unos agujeros excavados en la greda; su entrada estaba en el talud de la trinchera y su suelo se hallaba cubierto por unos tablones y unas pocas paladas de tierra. Si había llovido, aquellos abrigos goteaban días y días; ésta era la causa de que con cierto humor negro se hubiera colgado delante de ellos unos apropiados carteles como «La caverna de las estalactitas», «El baño de caballeros» y otros parecidos. Si varios hombres a la vez querían entregarse al descanso en uno de aquellos agujeros, veíanse obligados a dejar las piernas fuera, en la trinchera; para todo el que por allí pasaba constituían esas piernas unas zancadillas que nunca fallaban. En tales condiciones, tampoco cabía decir que fuera posible dormir durante el día. Teníamos que realizar además dos horas de guardia diurna, limpiar la trinchera, traer la comida, el café, el agua, y hacer muchas otras cosas más.
Es comprensible que nos resultara muy dura una vida tan desacostumbrada como aquélla, sobre todo porque, hasta aquel momento, sólo de oídas conocía la mayoría de nosotros lo que era trabajar de verdad. A esto se sumaba el que allí en el frente no nos habían recibido con la alegría que nosotros esperábamos. Antes al contrario, los veteranos aprovechaban cualquier motivo para enseñarnos a «hacer bien la instrucción», y todas las misiones molestas o inesperadas se encomendaban sin más a los «voluntariosos de guerra»[1]. Esta costumbre, llevada desde los cuarteles a los campos de combate, no contribuía a mejorar nuestro humor; por lo demás, desapareció tan pronto como luchamos juntos la primera batalla. Después de ella, también nosotros nos tuvimos por veteranos.
Los días que la compañía pasaba descansando no resultaban mucho más agradables. Durante ellos vivíamos en La Faisanería o en el Bosquecillo de Hiller. Aunque nos alojábamos en chozas de tierra revestidas con ramas de abeto, allí al menos el suelo, que estaba cubierto de estiércol, desprendía un calorcillo muy grato procedente de la fermentación. A veces se despertaba uno en medio de un charco de agua de una pulgada de hondo. Sólo de oídas conocía yo hasta entonces lo que era el «reumatismo»; pero a los pocos días de estar así, continuamente empapado de pies a cabeza, empecé a notar dolores en todas las articulaciones. En mis sueños tenía la sensación de que por los miembros me subían y bajaban bolas de hierro. Tampoco aquí las noches servían para dormir; se empleaban en ahondar aún más los numerosos ramales de aproximación. Si uno no quería perder el contacto y andar luego vagando durante horas de un lado para otro en la maraña de las trincheras, se veía obligado a pegarse a los talones del hombre que le precedía, actuando con la seguridad propia de un sonámbulo. Y todo ello en medio de una completa oscuridad, si es que a los franchutes no les daba por disparar proyectiles luminosos. Por lo demás, resultaba fácil trabajar aquel suelo; sólo una delgada capa de barro y de humus cubría el poderoso estrato gredoso. El zapapico cortaba con facilidad aquella formación blanda. A veces saltaban chispas verdosas; ocurría cuando el acero tropezaba con alguno de los cristales de pirita de hierro, del tamaño de un puño, que se hallaban diseminados en la roca. Aquellos conglomerados estaban compuestos de numerosos dados apelotonados en forma de bola, y cuando se los golpeaba resplandecían con destellos como de oro.
La llegada, cada atardecer, de la cocina de campaña representaba un rayo de luz en aquella monotonía insípida. La cocina venía hasta la esquina del Bosquecillo de Hiller; allí, cuando se levantaba la tapadera de la marmita, se esparcía un apetitoso olor a guisantes con tocino o a otras cosas exquisitas. Pero también en esto había un punto flaco: eran las legumbres secas, que los decepcionados amantes de los buenos guisos llamaban despectivamente «alambradas de pinchos» o «plaga de los campos».
Con fecha del 6 de enero encuentro en mi diario esta irritada observación: «Al anochecer llegó, bien removida, la cocina de campaña; nos trajo una bazofia que probablemente había sido confeccionada cociendo nabos congelados de los que se echan a los cerdos». En cambio hay allí, con fecha del día 14, esta exclamación de entusiasmo: «Sabrosa sopa de guisantes, sabrosas cuatro raciones. Suplicios de la hartura. Nos dimos una gran comilona y estuvimos discutiendo acerca de la postura mejor para engullir grandes cantidades. Yo defendía la postura de pie».
Nos repartían con abundancia un aguardiente de color rojo pálido, que recibíamos en las tapaderas de las cacerolas y que sabía fuertemente a alcohol; no era de despreciar, sin embargo, dado el tiempo tan húmedo y frío que hacía. También era de la clase más fuerte el tabaco que nos daban, pero recibíamos grandes cantidades. La imagen del soldado que desde aquellos días tengo grabada en la memoria es la del centinela que, con la cabeza cubierta por el puntiagudo casco forrado de tela gris y con las manos metidas en los bolsillos del largo capote, está de pie tras la aspillera y sopla contra la culata del fusil el humo de su pipa.
Lo más agradable de todo eran los días de descanso pasados en Orainville, que dedicábamos a dormir a pierna suelta, a limpiar nuestro vestuario y a hacer instrucción. Nuestra compañía se alojaba en un pajar inmenso; tanto para entrar como para salir disponíamos únicamente de una escalera parecida a las que existen en los gallineros. Aunque aquel edificio estaba aún lleno de paja, en su interior se encendían hornillos. Hasta uno de ellos me deslicé rodando una noche; sólo lograron despertarme los esfuerzos de algunos camaradas que muy enérgicamente intentaban sofocar el fuego. Con espanto comprobé que mi uniforme había quedado carbonizado de mala manera, y durante bastante tiempo me vi forzado a ir de un lado para otro vestido con algo que se parecía a un frac.
Tras una breve permanencia en el regimiento habíamos perdido por completo las ilusiones con que habíamos marchado a la guerra. En vez de los peligros que esperábamos, lo que allí encontramos fue suciedad, trabajo y noches pasadas en claro; sobreponerse a todo esto requería un heroísmo que no nos atraía mucho. Todavía peor era el aburrimiento; para el soldado es éste más enervante aún que la cercanía de la muerte.
Teníamos la esperanza de participar en un ataque; sólo que para hacer nuestra aparición en el frente habíamos elegido un momento muy poco propicio, en el que habían sido suspendidos todos los movimientos. También habían quedado paralizadas todas las pequeñas operaciones tácticas, en la misma proporción en que se había reforzado la construcción de trincheras y había ganado potencia exterminadora el fuego de los defensores. Unas semanas antes de llegar nosotros, una de nuestras compañías había osado aún realizar en solitario un ataque parcial sobre una franja de terreno de unos centenares de metros, tras una ligera preparación artillera. Los franceses habían abatido a los atacantes como si disparasen contra un blanco fijo; sólo unos pocos consiguieron llegar hasta las alambradas enemigas. Escondidos en agujeros, los escasos hombres que sobrevivieron aguardaron a la noche para, al amparo de la oscuridad, volver a rastras hasta la posición de partida.
El permanente exceso de cansancio de la tropa se debía también a que la guerra de posición, en la cual era preciso utilizar las fuerzas de un modo diferente, seguía constituyendo para al mando un fenómeno nuevo e inesperado. El número enorme de guardias que se hacían y el incesante trabajo de excavación resultaban en su mayor parte innecesarios e incluso perjudiciales. Lo importante no son los atrincheramientos gigantescos, sino el coraje y el vigor de los hombres que tras ellos se encuentran. Hacer cada vez más hondas las trincheras ahorraba tal vez algunos heridos por tiro en la cabeza, pero al mismo tiempo propiciaba que los hombres se aferrasen a las instalaciones defensivas y reclamasen seguridad; de mala gana renunciaban luego a esas cosas. También eran cada vez mayores los esfuerzos que era preciso dedicar al mantenimiento de las obras. El caso más desagradable que podía presentarse era la aparición del deshielo; éste hacía que los gredosos taludes de la trinchera, resquebrajados ya por la helada, se vinieran abajo en masa, cual si estuvieron hechos de papilla.
Es cierto que en las trincheras oíamos silbar los proyectiles y que hasta ellas llegaban también de vez en cuando algunas granadas disparadas desde los fuertes de Reims; pero estos minúsculos acontecimientos bélicos quedaban muy por debajo de nuestras expectativas. Con todo, algunas veces ocurrían incidentes que nos recordaban que detrás de aquellos sucesos, que parecían carecer de todo propósito, se encontraba acechante la cruenta seriedad de la guerra. Así, el 8 de enero cayó en La Faisanería una granada que mató al alférez Schmidt, ayudante de nuestro batallón. Se decía, por lo demás, que el jefe que dirigía los disparos de la artillería francesa era el propietario de aquel pabellón de caza.
La artillería seguía aún emplazada inmediatamente detrás de las posiciones; incluso en la primera línea se había instalado un cañón de campaña, que a duras penas se conseguía mantener oculto bajo unas lonas. Durante una charla que mantuve con los sirvientes de aquella pieza, los denominados «cabezas de pólvora», me llenó de asombro el oírles decir que a ellos les ponía mucho más nerviosos el silbar de los disparos de fusil que no la explosión de una granada al caer. En todas partes pasa igual; los peligros propios de nuestra profesión nos parecen menos terribles y más razonables.
A las doce de la noche del 27 de enero, nada más comenzar ese día, lanzamos tres hurras en honor del Kaiser y entonamos a lo largo de todo el frente el himno Heil dir im Siegerkranz [Gloria a ti, que llevas la corona del vencedor]. Los franceses respondieron disparando sus fusiles.
Por aquellos días tuve una experiencia desagradable que a punto estuvo de poner un fin prematuro y deshonroso a mi carrera militar. Nuestra compañía ocupaba el ala izquierda de la posición. En una ocasión, tras haber pasado toda la noche en vela, tuve que ir, al amanecer, a hacer una guardia, junto con otro camarada, a la hondonada del arroyo. Aunque estaba prohibido, yo, en vista del mucho frío que hacía, me había echado la manta por encima de la cabeza y me había recostado en un árbol, tras haber dejado el fusil en un matorral situado a poca distancia de mí. De repente oí a mis espaldas un ruido y quise echar mano al fusil —¡había desaparecido! El oficial de guardia se había acercado sigilosamente hasta el sitio donde me hallaba y se había llevado mi fusil sin que yo me diera cuenta. El castigo que me impuso fue enviarme unos cien metros adelante, en dirección a los apostaderos franceses, sin otra arma que un zapapico— una idea que sólo se les ocurre a los indios y que a punto estuvo de costarme la vida. Durante aquella extraña guardia de castigo ocurrió que una patrulla nuestra formada por tres voluntarios se fue adentrando en el extenso cañaveral que crecía a orillas del arroyo; y era tal el ruido que en los altos tallos producía aquella patrulla al caminar con total despreocupación que los franceses lo notaron enseguida y comenzaron a disparar en aquella dirección. Uno de los componentes de la patrulla, de nombre Lang, fue alcanzado y nunca más se lo volvió a ver. Puesto que yo me encontraba muy cerca de allí, también a mí me tocó una parte de las salvas disparadas por los franceses —una forma de tiro que entonces estaba muy en boga—, de modo que las ramas de la mimbrera junto a la que me hallaba me silbaban en las orejas. Apreté los dientes y por terquedad permanecí de pie. Al caer la tarde vinieron a recogerme.
Todos nos alegramos mucho cuando nos dijeron que íbamos a abandonar definitivamente aquella posición. En Orainville celebramos nuestra partida con una fiesta nocturna en el gran pajar, durante la cual ingerimos cantidades enormes de cerveza. El 4 de febrero de 1915 llegó a relevarnos un regimiento sajón y nosotros volvimos a pie a Bazancourt.
Fragmento del libro Tempestades de acero. Ernst Jünger. Austral. 2015. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Publicado con autorización de sus editores.
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Ernst Jünger (Alemania, 1895 – 1998). Escritor, filósofo, novelista e historiador alemán. Su infancia transcurrió en Hannover, y en 1913, tras huir del hogar familiar, se alistó en la Legión extranjera, pero al poco tiempo tuvo que abandonarla debido a la intervención paterna. Voluntario en la primera guerra mundial, fue herido varias veces obteniendo la condecoración Pour le Mérite, también conocida como «Blauer Max» al mérito militar. Fruto de esta experiencia, fue la publicación de sus recuerdos de la guerra en el libro Tempestades de acero.
Inició estudios de zoología y se trasladó a Leipzig y, después, a Berlín.
En 1941, como capitán del ejército, formó parte del alto mando alemán en París. El régimen nazi prohibió la publicación de sus obras. A partir de los años cincuenta, Jünger combinó las estancias en Wilflingen con viajes por el mundo entero y la creación de una obra literaria, ensayística y memorialística, que le ha convertido en uno de los testigos más lúcidos, apasionantes y controvertidos de nuestra época. Jünger murió en Wilflingen en 1998, poco antes de cumplir los 103 años de edad.
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[1] Expresión burlona con que, recurriendo a un juego de palabras («voluntarios de guerra» [Kriegsfreiwillige], «voluntariosos de guerra» [Knegsmutwillige]), designaban los veteranos a los jóvenes voluntarios en las trincheras alemanas de la primera guerra mundial. (N. del T.)