Es lo Cotidiano

NARRATIVA

Tachas 679 • Pasé el fin de semana • Lorenzo Silva

"No podía olvidar que cuando todo terminó de venirse abajo, cuando él asumió que no tenía el coraje, o la energía, o lo que quiera que necesitara para arrojar su vida por la borda y tratar de sostener lo nuestro contra el porvenir oscuro."

 

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Tachas 679 • Pasé el fin de semana • Lorenzo Silva

Pasé el fin de semana encerrada en casa. El sábado amanecí tan tarde como quiso el cuerpo, a eso de la una. Me hice algo de comer y dediqué el grueso de la jornada al zafarrancho de limpieza y lavadoras. En condiciones normales podía zanjarlo en una hora y media o dos (ventajas de habitar un minipiso y estar sola en la vida), pero en aquella ocasión me demoré al máximo en esas tareas que, aun resultándome odiosas, ofrecen la ventaja de poder hacerlas sin pensar. Dejé reluciente el cuarto de baño, le di un repaso a fondo a la cocina, limpié el polvo hasta el último rincón, aspiré las alfombras. Ya puesta, acabé ordenando cajones y estanterías. Serían cerca de las siete cuando salí al balcón, que aun sin grandes vistas, más allá del trozo de cielo de Madrid que se recortaba entre los edificios, representaba el lujo asiático de mi por lo demás humilde vivienda. Allí sola, contemplando los naranjas del ocaso con la mente en blanco, me invadió un suave e inesperado bienestar, que hacía mucho tiempo que no sentía y que interrumpió, inoportuno, el sonido de mi teléfono móvil. De pronto, el tono que le tenía puesto (el mismo que traía de fábrica, una especie de caja de música con reminiscencias de la banda sonora de las películas de Harry Potter) me sonó absurdo y fuera de lugar. Y más absurda y fuera de lugar fue la conversación que me esperaba al atenderlo.

—Cuenta, tía, cuenta —oí, apenas descolgué.

La voz de Alba me chirrió en el oído. Me costó hacerme a la idea de que tendría que responderle algo, y tal vez escuchar lo que ella tuviera que decirme. Todavía un poco aturdida, la desengañé:

—No hay nada que contar.

—¿Cómo que nada? ¿Le dejaste escapar?

—Se escapó él. Ya ves. Resultó ser un caballero.

—Qué caballero ni qué niño muerto.

—Me olió la desesperación. Y no quiso aprovecharse.

—Tía, ¿te has tomado algo?

Me ponía enferma que Alba me dijera tía, como si fuéramos dos adolescentes taradas. Creía habérselo insinuado, pero no debía de haberlo hecho con claridad suficiente para que ella lo captase. Con desgana, le di un par de explicaciones complementarias, hasta que la persuadí de que en efecto había ocurrido lo que le decía, que aquel hombre se había limitado a acompañarme a casa y dejarme sana y salva en el portal. Cuando se dio por satisfecha, pasó al contraataque:

—Pues yo sí que tengo algo que contarte. Agárrate.

No voy a atormentar a quien pueda leer este relato con los detalles de una noche loca de Alba. Entre otras cosas porque a los dos o tres minutos dejé de escucharla y me sumí en mis pensamientos mirando el atardecer, apenas estorbada por el ruido de fondo de su voz, cada vez más remoto: fui alejando el auricular de la oreja hasta oírlo lo justo para advertir cuándo tomaba aire e intercalar algún ajá que alimentara su ilusión de que estaba prestándole atención. Cuando al fin se desahogó y pude colgar, me quedé allí, encogida, esperando la noche que había de propiciar la revelación que aguardaba, la que me tenía en suspenso desde que había despertado aquel sábado.

Esa noche, después de muchas noches sin atreverme a hacerlo, volví a ponerme el disco de Amy Winehouse. Y me fui directa al corte que más hacía honor a su nombre en mi alma y en mi memoria: aquella canción que durante meses había sido una cuchilla que me abría en canal, afilada e inmisericorde. Volví a escuchar la estrofa maldita, la que tanto me había estremecido, arrebatado y al fin deshecho:

We only say goodbye with words,

I died a hundred times,

You go back to her

And I go back to, I go back to… us.[1]

 

La última vez que la había escuchado, así, siguiéndola verso a verso, entendiéndola y dejando que se abriera paso en mi mente, en una de las madrugadas más negras y masoquistas de las que guardo memoria, mientras convertía la funda de mi almohada en un paño de lágrimas, Amy aún estaba viva. Tan solo unos meses más tarde no era más que un cuerpo inerte en su dormitorio. Cuando supe de su muerte, morí un poco yo también. Me sacaba un año justo: a las dos nos echaron al mundo un 14 de septiembre, a ella de 1983 y a mí del puñetero año de Orwell (ese que acabó inspirando, a su pesar si hubiera vivido para verlo, los realities televisivos de los que procedían algunos de los famosos exprés que afeaban mis días). Su voz me había acompañado, envuelto, acariciado y destrozado a partes iguales. Porque Amy sabía lo que me pasaba por dentro, y lo había sabido decir tan corto y tan hondo como nadie iba a decirlo nunca. Solo quien lo hubiera vivido podía saberlo de aquel modo, y solo quien había sido tocada por el soplo divino podía transformarlo en una canción así.

Ahora, tres años después, volvía a oírla y de pronto, en lugar del dolor que solía traerme, resbalaba sobre mí, serena y melancólica. Me dije que era hora de dar por concluido aquel duelo recalcitrante. Debía asumir mi pérdida y tenía buenos motivos para hacerlo: volvía a mirar al futuro, con un estímulo discutible, pero lo que importa no es tanto lo que provoca el cambio como el hecho de sentirse capaz de cambiar. Si quería tener una oportunidad de encontrar algo que me redimiera de mis fracasos, antes necesitaba hacer las paces con ellos.

Esa noche, mientras me escuchaba toda la discografía de Amy, o lo que es lo mismo, sus dos discos publicados en vida y el póstumo, Lioness, reconstruí sin ira mi historia con Ernesto. Por primera vez en muchos meses, los recuerdos fueron incluso dulces, al evocar los primeros tiempos: la emoción punzante de aquellos escarceos iniciales, la excitación que tanto a él como a mí nos provocaba la clandestinidad de esa relación por tantas razones ilícita que estábamos echando a rodar. Lo vi otra vez en los días de conquista, con esa alegría irresponsable que el tiempo le iría quitando luego, con su sonrisa de desquite frente a todas las renuncias que había ido acumulando por el camino. Y me vi a mí misma, más guapa, más joven, y tan orgullosa de ser la razón por la que aquel hombre se sentía en condiciones de comerse el mundo, saltarse todas las reglas, arriesgarlo todo. Luego había hecho muchos esfuerzos por devaluarlo a una mentira, un fraude sórdido y miserable: pero no, ni su sonrisa ni la mía eran fingidas, ni su placer ni el mío fueron jamás una impostura; yo fui su liberación y él fue, también, mi forma de emanciparme. Durante unas semanas embriagadas de sol, al calor de un verano preparado para nosotros por los dioses, fuimos felices, radiantes, casi omnipotentes. Y nada de aquello fue un sueño ni un espejismo, ni un error tampoco: fue lo que él quería y lo que también quería yo, porque supe seducirle y él supo estar ahí, para ser lo que yo soñaba, lo que nunca había creído poder alcanzar.

Me acordé, también, del año y medio largo que siguió. De cómo la necesidad de encubrir nuestro asunto lo fue gastando, me fue crispando, lo fue desluciendo a él. De esas miradas furtivas en la redacción, que tan pronto eran de deseo como de odio como de amor febril y desesperado, quizá el único que merece su nombre. De mis reproches, de mis soledades negras de fin de semana, de sus dudas, de sus estallidos, de esos viajes de trabajo de estar todo el día juntos y reconciliarnos para volver a hundirnos cuarenta y ocho horas después. Los meses invernales en los que acabó saliendo lo peor de mí y lo peor de él, pero en los que también aprendí a quererle, con sus flaquezas, sus desfallecimientos, su empeño por ser generoso y nunca mezquino, en medio del derrumbe de la ilusión que habíamos construido juntos. Ni en los momentos en que más furiosa me puse con él dejé de darme cuenta de que Ernesto era un buen hombre. Luego quise degradarlo, considerarlo un cobarde, un canalla, un embaucador. Incluso es posible que lo lograra, durante algún tiempo. Pero aquella noche de sábado, con Amy de fondo, admití la pura y desnuda verdad. No me había engañado en ningún momento, ni yo había dejado de saber lo que había, aunque en la ofuscación quisiera buscarme la coartada de la inocencia burlada. Era, sin trampa ni cartón, lo que me mostró desde el primer instante: un hombre decepcionado de sí mismo, sumido en el desánimo por la suma de las decisiones erróneas que pesaban sobre sus hombros, que vio una rendija de luz y se lanzó tras ella con toda su alma, con lo mejor de sí, y lo puso a mis pies mientras las fuerzas le alcanzaron a sostener la sublevación. Un hombre que no era malvado, sino débil, como lo somos todos, cuando atisbamos al alcance de nuestros dedos una pizca de la felicidad y del goce que la vida nos vende siempre tan caros, cuando no se complace en negárnoslos.

No podía olvidar que cuando todo terminó de venirse abajo, cuando él asumió que no tenía el coraje, o la energía, o lo que quiera que necesitara para arrojar su vida por la borda y tratar de sostener lo nuestro contra el porvenir oscuro, se partió la cara por mí, para que me renovaran el contrato, en lugar de echarse a un lado y dejar que otros le hicieran el trabajo sucio de librarle de mi presencia. Lo recordaba en aquellas reuniones, desencajado, vencido, asqueado de sí mismo, y sin embargo dando la batalla para que me renovaran y me hicieran de plantilla, defendiendo mis méritos como yo jamás habría podido hacerlo porque creía de veras en mí, porque veía en aquello una causa de justicia y no porque la mala conciencia le empujara a sostener una representación con la que desagraviarme tarde y mal. Le vi defenderme con verdadera fe, y por eso fui yo quien decidió, en un arranque de altanería que tendría ocasión de lamentar amargamente, pedir el finiquito y dejar aquel periódico que era de largo el mejor trabajo que he tenido nunca, y donde tal vez habría podido quedarme y prosperar. En aquel momento pensé que era la penitencia que me tocaba por mi metedura de pata, y para él, el desplante que se merecía por su falta de carácter y su resignación a ser esclavo de sus ataduras caducadas. En medio de mi frustración, de mi rencor, de mi desorientación, viví como un triunfo, mi triunfo final sobre él, el momento de hacer mis cajas y marcharme al paro, haciéndole ver que yo sí que tenía cojones, no como él, y lo que se había perdido y se iba a perder durante el resto de su vida. La cara que se le quedó, al pobre: esa cara desolada y envejecida que fue la última que le vi, y a la que me agarraba cuando quería negarle y de paso negarme a mí misma, negar el amor loco y suplicante y rendido que le había tenido, y que nunca me había inspirado nadie antes. Pero la que se pasó los siguientes seis meses llorando todas las noches, mientras empalmaba sustituciones y trabajos de mierda, fui yo. También la que no dejó de mirar la pantalla del teléfono en la que jamás volvió a aparecer su número, y la que se quedó rota y muerta de miedo, ante la posibilidad de volver a querer a alguien de aquel modo absoluto y turbio, del modo en que quieren los que de veras quieren, aunque sepan que un día les hará mal.

Seguía viendo con regularidad en el periódico el nombre de Ernesto, firmando sus artículos. Seguían estando bien escritos, bien documentados, bien armados de principio a fin. Era un buen profesional, el mejor con el que trabajé nunca. También había visto fotos suyas recientes, por las que podía averiguar cómo era ahora. No había engordado mucho, pero se le había blanqueado bastante el pelo. Los días de mal café me empeñaba en verlo como un cincuentón sin atractivo. Los días blandos, le admitía aún posibilidades. No me engañaba, sin embargo: esas posibilidades tendría que jugarlas alguna otra becaria, y tratar de ser mejor que yo, para arrancarlo de la red de responsabilidades y temores que lo mantenía prisionero. Yo ya le había perdido, porque había jugado mal mi partida, y él la suya conmigo. Como dijo durante una de nuestras peleas, con la lucidez de la desesperanza: ni él había sabido merecerme, ni yo había sabido ganar mi lugar.

Volví a escuchar un par de veces aquella noche la canción de mis pecados. La última vez a oscuras, tumbada en el sillón, sin dejar de sonreír. No podía saber si él pensaba en mí, a menudo o raramente. Por no saber, no sabía si yo no era una de varias, ni siquiera la más memorable. Pero supe que aquello que yo estaba haciendo, pensar en él y hacerlo con amor, sin resentimiento y sin ansiedad, aceptando haberle perdido y no poder recuperarle, me hacía mejor y más feliz de lo que había podido ser mientras estaba empeñada en extenderle la factura de nuestro descalabro. Mi corazón sabía desde siempre, aunque a mí me hubiera costado tanto admitirlo, que tenía que limpiarse de aquella inmundicia para poder seguir prestándome el servicio que le era propio. Para volver a exponerse, con alguien que lo haría mejor que él, alguien que sería quien yo necesitaba como Ernesto no había acertado a serlo. Alguien a quien volvería siempre, en todas las horas oscuras, en todas las orillas tristes, en todas las noches solitarias.

 

 

 Texto cedido para promoción por los editores del libro Música para feos. Lorenzo Silva. Ediciones Destino. 2015.

 




 

***
Lorenzo Silva (España, 1966) en palabras de él mismo, nació el 7 de junio de 1966 en la maternidad del antiguo hospital militar Gómez Ulla, ubicado en el límite entre los distritos de Latina y Carabanchel de Madrid. Ha vivido un buen trozo de su vida (entre 1971 y 1985) no demasiado lejos de allí, en Cuatro Vientos (distrito de Latina). Entre 1993 y 1994 fue vecino de la Ciudad de los Ángeles, también en Madrid (distrito de Villaverde). Durante el resto de su existencia ha tenido su domicilio en Getafe, en tres etapas: 1966-1971, 1985-1993 y desde fines de 1994 hasta la fecha. Haber regresado dos veces le sugiere que este pueda ser su lugar en el mundo, aunque por otra parte necesita la proximidad de su Madrid natal y por eso su casa getafense dista unos diez kilómetros del parque del Retiro. Desde el verano de 2015, no obstante lo anterior, ha encontrado otro espacio vital en Illescas, en la raya de Toledo con Madrid. Así se ha hecho definitivamente manchego, o lo que es lo mismo, de cualquier parte y de ninguna. Nada mejor que ser y sentirse un poco extranjero doquiera que uno va. Como a veces la vida no ofrece excesivas facilidades para que uno haga lo que desea, estudió Derecho en la Universidad Complutense y estuvo trabajando como abogado de una gran empresa del sector energético desde 1992 hasta 2002, tras pasar un año como auditor de cuentas y otros dos como asesor fiscal en una firma multinacional. Sin embargo, su camino siempre fue otro. Desde que iniciara su dedicación a la literatura, allá por 1980, ha escrito unos cuantos cientos de relatos y artículos, un puñado de ensayos literarios e históricos, varios libros de poesía (llamémosla así), una obra dramática (de muy ingenua factura), un par de libros de viajes y veintiséis novelas. De todo ello, tras su decisión de abandonar en plena adolescencia la poesía y el género dramático, para los que no sintió que estuviera especialmente dotado, ha publicado hasta la fecha un buen número de relatos y artículos (dispersos en revistas y periódicos diversos) y los siguientes libros: •Viajes escritos y escritos viajeros (Anaya, Madrid, 2000). Ensayo sobre literatura de viajes. •Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos (Ediciones Destino, Barcelona, 2001). Relato de viajes. •Laura y el corazón de las cosas (Ed. Destino Infantil, Barcelona 2002). Álbum infantil ilustrado por Jordi Sábat. •El déspota adolescente (Ed. Destino, Barcelona, 2003 y Booket, Barcelona, 2007). Libro de relatos. •Nadie vale más que otro (Ed. Destino, Barcelona, 2004 y Booket, Barcelona, 2005). Libro de relatos. •Líneas de sombra. Historias de criminales y policías (Ed. Destino, Barcelona, 2005). Libro de reportajes y ensayos. •En tierra extraña, en tierra propia (La Esfera de los Libros, Madrid, 2006). Recopilación de relatos y ensayos de viajes. •Pablo y los malos (Ed. Destino Infantil, Barcelona, 2006). Álbum infantil ilustrado por Violeta Monreal. •Y al final, la guerra. La aventura de las tropas españoles en Irak. (La Esfera de los Libros, Madrid, 2006, y Crítica, Barcelona, 2014, edición corregida y aumentada). Libro-reportaje, coescrito junto a Luis Miguel Francisco. •La isla del tesoro (EDAF, Madrid, 2007). Adaptación para niños de la novela de Robert Louis Stevenson. •Muerte en el «reality show». (Rey Lear, Madrid, 2007). Relato aparecido anteriormente en prensa. •El Derecho en la obra de Kafka (Rey Lear, Madrid, 2008). Ensayo. •Albéniz, el pianista aventurero (Anaya, Madrid, 2008). Álbum infantil ilustrado por Ignasi Blanch. •Mi primer libro sobre Albéniz (Anaya, Madrid, 2008). Álbum infantil ilustrado por Ignasi Blanch. •El videojuego al revés (San Pablo, Madrid 2009). Álbum infantil coescrito con Laura Silva e ilustrado por Violeta Monreal. •Sereno en el peligro. La aventura histórica de la Guardia Civil. (Algaba-EDAF, Madrid, 2010). Ensayo histórico. •Tres mil metros en la noche (Ed. Destino, Barcelona, 2011)… •El misterio y la voz (Ed. Destino, Barcelona, 2011). Ensayo. •Los trabajos y los días (Libros.com, Madrid, 2012). Dietario (blog). •Todo suena (Clínica Universidad de Navarra, Pamplona, 2012). Relato-reportaje. •El hombre que destruía las ilusiones de los niños (Tagus, Madrid, 2013, y booket, Barcelona, 2015). Sólo son algunos de su basta producción.






 

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[1]     «Solo decimos adiós con las palabras, / he muerto cien veces, / tú regresas a ella / y yo vuelvo a, vuelvo a… nosotros».